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Al atardecer, Ángela le suplicó por tercera vez a su hermana que la ayudase a morir. Postrada en su cama, paralizada del cuello para abajo, una vez más al igual que hace diez años la muerte desdeñaba sus plegarias. La respuesta de su hermana Helena, como en las dos ocasiones anteriores, fue apretar contra su pecho el viejo rosario de su madre rezando por un milagro que en el fondo siempre supo jamás llegaría.

El brazo izquierdo y la pierna derecha de Ángela no habían soportado el traumatismo sistemático en huesos y articulaciones. Cuando fue recluida en el Hospital Sant Rafael de Barcelona luego de ser hallada inconsciente a las puertas de la Iglesia de Sant Agudells, ubicada a seis calles del centro médico, los cirujanos tuvieron que operarle ambos miembros debido al peligro de gangrena. La intervención en su brazo se realizó a la altura del hombro, el cual comprendía actualmente poco más que un muñón descarnado y lívido. Su pierna había sido amputada por encima de una rodilla reducida a fragmentos. Después de cinco años de inmovilidad, el muslo consumido sobresalía de su cadera cual repugnante cola vestigial.

No obstante, fue al final de las tres infinitas semanas de tortura cuando el «Apóstol» dejó caer el pesado mazo de hierro contra su espalda desnuda, sepultándola dentro de una tumba construida de su propio ser. Paralizada; enterrada bajo el peso de la putrefacción de su cuerpo, Ángela era más muerte que vida.

Sentada a un lado de la cama, Helena cogió la mano inerte de su hermana, besando dos veces una piel que no volvería a advertir la tibieza de sus caricias.

––Ángela… sabes que haría todo lo que me pidieses ––le aseguró oprimiendo con fuerza los mustios dedos––; ¡pero esto es un pecado mortal que nos condenaría a ambas por toda la eternidad!… ¡Tú lo sabes tan bien como yo!

––Helena, mírame… ––insistió Ángela, ante el llanto de vergüenza y frustración de su hermana––. Mírame, porque hoy quiero decirte la verdad y necesito que seas lo suficientemente fuerte para aceptarla. ––La severidad que reflejaba su pálido rostro hizo que Helena permaneciera en silencio.

Una pequeña ave de brillante plumaje se posó en el marco de la ventana. Con cierto recelo y mayor curiosidad, examinó el sombrío interior de la habitación. Después de un rápido aleteo, adelantó su delicada pata de color amarillo con el ademán casual de querer entrar. Mas en ese preciso instante ––Helena lo creería hasta el fin de sus días–– la avecilla giró repentinamente su cabeza hacia Ángela. Inmóvil; el brillo de sus ojos creció hasta convertirlos en dos húmedas perlas negras incrustadas en el verde coral de un arrecife formado por plumas irisadas.

Siente la tristeza, pensó Helena. No quiere entrar porque percibe nuestro pesar.

Los dos diminutos puntos acuosos desaparecieron con un fugaz movimiento de la delicada cabeza perlada. Segundos después, el pajarillo se alejó volando hacia el menguante sol naranja cuyo ocaso bajaría por última vez su telón carmesí para Ángela.

Y para Helena…

Cinco años atrás, Helena había vivido el segundo peor día de su vida cuando le permitieron visitar a su hermana en el ala de Traumatología del hospital, casi un mes después de su rapto. La visión del cuerpo incompleto de Ángela envuelto en un sudario de vendas; las decenas de sondas extrayendo e introduciendo fluidos en la carne muerta de sus miembros desfigurados, la hicieron cuestionarse su fe en un Creador con el poder (sino con la misericordia) para detener el sufrimiento de los inocentes. Sin embargo, fue también cuando descubrió la voluntad y la fortaleza sin límites de su hermana. Aquel segundo Sábado de Julio por la mañana, inerte en la inmaculada cama, apenas una silueta en relieve grabada en un fondo níveo, Ángela le había dicho con una sonrisa en sus labios:

––«No hay nada porque llorar… Dios me ha permitido vivir y eso es todo lo que importa ahora»

¿Cuánta fe se requería para sonreír de ese modo? ––Se había preguntado Helena con atribulada admiración–– ¿Qué imperturbable convicción poseía su hermana para mostrar tal entereza?

Mas ahora, la desesperación que no creyó volver a padecer desgarró su pecho al descubrir en las facciones de Ángela la desoladora tristeza de la derrota; la incondicional rendición de quien ha sido despojado de todo, incluso de su amor por la vida. Lo que le escuchó a continuación constituyó una declaración imposible de admitir:

––Sabes que amo a nuestro Señor con todo mi corazón ––confirmó Ángela un hecho que para ambas hermanas era incuestionable––. La única razón que me ha permitido vivir estos últimos años ha sido mi amor por Él y por su Santa Palabra. Pero ha llegado un momento en que simplemente Helena… ya no puedo más ––reconoció, aceptando el final de una batalla que la había hecho prisionera en la más atroz y degradante cárcel, cuyos barrotes eran sus propios músculos atrofiados. Lo que el infierno de su cautiverio no había sido capaz de abrasar, el purgatorio de su libertad lo terminaba ahora por consumir.

––¡No, por favor! ¡No digas eso! ¡Siempre me tendrás a tu lado! ––le prometió Helena vehemente. Sus juramentos y oraciones constituían todo lo que podía ofrecerle a su hermana. Ella aún no lo sabía, pero el desengaño sería el último inquilino en habitar su corazón.

––Helena… no llores y déjame terminar, por favor ––le pidió Ángela sin apenas alterarse. Su voz se encontraba exenta de toda emoción. La esencia de lo que una vez fue se había perdido junto con sus restos cercenados––. Todas las noches sueño con él. Todas la noches, sin importar cuanto le suplique, puedo sentir (si Helena, porque en las pesadillas también se sufre) mis brazos y piernas desgarrándose con cada golpe de su mazo. Puedo oler mis desechos y mi sudor. ––Su mirada reflejaba en ese momento el mismo terror con el cual se despertaba por las noches durante los últimos ocho años––. Quiero que entiendas Helena que ya no puedo continuar viviendo a través de sueños, y muriendo a lo largo de mis pesadillas…

Helena no respondió. Sus labios temblaban sin control por el desconsuelo de contemplar a su hermana en ese estado. Aún con mayor fuerza, estrechó contra su regazo las manos de Helena, las cuales permanecían frías e insensibles a su contacto.

––Quiero que comprendas, y para eso tengo que confesarte lo que hasta este momento no me he atrevido a contar ––La larga pausa que precedió a sus palabras le confirmó a Helena cuan profundas e íntimas eran las revelaciones que estaba a punto de escuchar.  

––Al finalizar la primera semana…, poco después que comenzara a administrarme el suero, me exigió que renegara de la Iglesia. Me dijo que aquello por lo que debería «rezar» era porque no existiese un Dios tan perverso que le permitiese ultrajar «su obra», entretanto Él, indiferente, contemplaba de soslayo un mundo creado con el único propósito de recibir e infligir dolor.

––¡Ángela!… ¡No, por favor! ––le suplicó Helena. Jamás había querido conocer los ominosos detalles de las vejaciones que había sufrido su hermana durante las tres semanas que permaneció secuestrada.

––Traté de resistir, de rezar para que Jesucristo me diese fuerzas suficientes ––prosiguió Ángela, haciendo caso omiso a los ruegos de Helena––. Pero el dolor… el dolor era tan inmenso… tan absoluto…

En sus ojos, Helena vio algo que le resultó totalmente inconcebible. Vio vergüenza.

––No tengo la menor duda en mi corazón de que Dios comprendió que no podría continuar resistiendo por mucho que lo intentase. Y entonces renegué de Él…, lo maldije una y otra vez porque eso era lo que aquel monstruo quería escuchar, y lo que yo deseaba gritar ––El rubor se extendió con tal fuerza y rapidez que sus mejillas parecían florecer con pétalos de piel carmín––. El dolor Helena… es un demonio que se posesiona de ti y te domina por completo. Te obliga a hacer y decir todo lo que la crueldad pueda imaginar…, y su crueldad… ¡Oh Helena!… Su crueldad era tan vasta como su retorcida imaginación.

Helena experimentó un miedo indefinido; el que ella también estuviese llegando a su límite, a la intangible frontera que trazaba el inicio de las tierras yermas de la desesperanza.

––Hoy he despertado sabiendo que mi vida, la que al menos deseo vivir, ha terminado ––reconoció Ángela, mirando fijamente a su hermana. La cadencia invariable de su voz componía la narración de un viajero cuya pasión por el camino recorrido se había perdido con el paso de los años––. Fue entonces cuando supe en mi corazón que se nos absolvería; a mi por mi debilidad… y a ti, por tu compasión.

Helena no sabía que responder. Se limitaba a secar sus lágrimas con el dorso de la mano sin vida de su hermana. Un áspero y frío pañuelo exento de calor y carente de vitalidad.

––¡Ángela te lo suplico!… No me pidas algo que sabes no puedo hacer… ¡Por favor, no lo hagas!

––¡Soy yo la que te suplica, Helena! ––le interrumpió Ángela de forma implacable––¡Soy yo la que te imploro que termines de enterrarme porque ya llevo cinco años muerta! ¡Te pido que me liberes no de la vida, sino de esta interminable agonía!

Helena soltó las manos de su hermana utilizando las suyas propias para ocultar el llanto. No podía continuar hablando. Durante estas últimas horas con Ángela había comprobado realmente el daño causado por su vil captor. Finalmente desde que fuese raptada, entendió cuan profundas eran en verdad sus heridas.

––Te ayudaré a superar esta crisis ––le prometió Helena, consciente de que sus palabras sonaban débiles y vacuas––. Mañana te sentirás mejor, créeme. El Dr. Velayos ya nos advirtió que vendrían días aciagos; pero que juntas seríamos capaces de superarlos.

Ángela la contempló en silencio. Una última lágrima cayó al vacío, siendo rápidamente absorbida por la anodina blancura de su almohada.

––Quiero que trates de dormir y que recuerdes que siempre estaré a tu lado ––le aseguró Helena mientras sus dedos deambulaban sin destino entre su lacio y frondoso cabello––. No importa lo que suceda, te prometo que nos sucederá a las dos…

Sin esperar respuesta, Helena besó a su hermana en la comisura de sus labios.

––Esta noche asistiré a la misa del Padre Moran para pedirle su consejo y bendición. Sé que él nos ayudará a hacer lo correcto.

Al ver que Ángela no le respondía, Helena se dispuso a marcharse de la habitación rezando para que hubiesen acabado las súplicas por un cielo al cual todavía no se le permitía entrar, y las confesiones de un infierno que aún no la liberaba.

––Helena ––la llamó Ángela, pronunciando su nombre con la ternura más propia de una madre que de una hermana. Desde la puerta de la amplia habitación Helena necesitó de toda su voluntad para detenerse. Inmersa en su mausoleo de sábanas y recuerdos, Ángela le dedicó una sonrisa colmada de afecto.

––Tienes razón, he tenido un mal día; eso es todo. Perdóname por haberte pedido que pecaras por mi. Perdóname por haber sido tan egoísta.

––Todo irá bien Ángela…, te lo prometo ––contestó Helena, albergando nuevas esperanzas ante el cambio de actitud de su hermana––. Trata de descansar. Volveré en un par de horas al terminar la misa. Pasaremos la noche juntas haciendo lo que tú quieras… ¿De acuerdo?

––Te quiero Helena ––fue lo único que Ángela le respondió. Fue la mejor manera que encontró de decirle «adiós».

II

Al padre Moran lo conocían por la fuerza moral de sus sermones. «Blanco o Negro» constituían los únicos colores que componían el sobrio arco iris que ceñía el severo mensaje de su predicación.

––¡Las llaves del cielo no girarán para todos! ––proclamaba en actitud apóstala––. ¡Solamente aquellos que han permitido la entrada del Todopoderoso en su morada; los que han caminado por el estrecho sendero de la fe, sin recelo ni duda, serán admitidos al final en el reino de nuestro Salvador!

Su sermón resonaba con ecos proféticos en las desnudas paredes de piedra de la Iglesia de «San Pedro el Viejo», todos los días de la semana durante los últimos dos servicios de la noche. Hacía 25 años que se encontraba al frente de la Parroquia Mare de Déu, y desde el primer día su predicación exudaba el dogma implacable del Antiguo Testamento.

––¡No se es «medio Católico» ni se ama a Cristo nuestro Señor a «medias»! ––La atención del padre Moran se posaba en los fervientes rostros, recorriendo los bancos dispuestos a lo largo de la majestuosa nave central––. ¡Aquel que se llama así mismo «cristiano» no eleva la vista al cielo únicamente cuando el demonio tiene sus garras aferradas en él. La ambigüedad es la excusa al compromiso. Son las buenas intenciones en la boca y la falta de hechos en nuestro corazón. La ambigüedad mis hermanos y hermanas, es rezar al Altísimo para que deje de llover aceptando el cobijo del demonio mientras esperamos!

Los unánimes murmullos de aceptación entre los devotos oyentes se propagaban en intermitentes olas de aceptación que rompían dócilmente contra el solemne Púlpito. Desde que Ángela podía recordar, siempre había sido así.

Al aproximarse el final de la misa luego del rito de Comunión, el Padre Moran acostumbraba a expresar una última reflexión:

––El demonio conoce nuestras debilidades, hermanos y hermanas ––afirmaba, señalando un techo celestial infinitamente más alto y grandioso que aquel constituido por la magnífica bóveda de estilo gótico––. Los caminos hacia nuestro Señor son escarpados y se encuentran por encima de toda montaña terrenal. Es comprensible que a lo largo de nuestro recorrido nos sintamos a veces exhaustos y sin esperanza. Más recordad que el Malvado nos acecha a cada paso que damos, esperando que nos detengamos a descansar; a contemplar cuanto camino nos queda aún por recorrer. A preguntarnos si podremos llegar. Y es en este instante de duda cuando se presentará ante nosotros mostrándonos la suave pendiente hasta el Averno, la cual siempre e invariablemente nos conducirá hacia el abismo.

Sujetando la pesada cruz tallada en madera al igual que un naufrago se aferraría a los restos de su embarcación, el sacerdote elevó sobre sus hombros la figura de un Jesús dorado fundido a su tormento, cuyos estilizados contornos brillaban con intensidad sobre los feligreses como un faro de fe en el vasto mar de piedra bajo el cielo de vitrales multicolores.

––«Que la paz sea con vosotros»…

––«¡Y con tu espíritu!» ––contestaron a coro los absortos navegantes sentados en sus estrechas barcazas de madera.

Helena aguardó a que los cerca de trescientos devotos se retirasen a sus respectivos hogares. Dos ancianas sentadas juntas oraban entre suaves susurros sujetando un mismo rosario de cuentas extremadamente negras y brillantes. Nunca antes había visto compartir un rosario. Posiblemente ––se dijo––, creerían que sus ruegos llegarían mejor a su destino si ambas aunaban su fe y su aflicción. Detrás del imponente Púlpito ornamentado en un marcado estilo barroco, el Padre Moran se preparaba también para retirarse a la Sacristía. Dejando atrás sus dudas, Helena se encaminó hacia el altar central no sin antes persignándose con la naturalidad inculcada desde los albores de su niñez.

––¡Padre…! ––le llamó con reverencia, pero también con la familiaridad que dan las relaciones de toda una vida.

––Ángela… ¿cómo estás?, ¿cómo sigue Helena? ––preguntó el sacerdote con la protocolar reiteración que acostumbraba emplear durante los últimos cinco años.

––Padre, necesito confesarme–– le respondió ella, haciendo caso omiso a las formalidades––. Sé que las horas previstas son antes del primer servicio; pero es que mi hermana… ––Lo escrito en la mente de Helena no llegó a ser pronunciado por sus labios. La esquiva sensación que oprimía su pecho y garganta al hablar o pensar en Ángela la invadió con mayor fuerza.

––No importa Helena ––le contestó el sacerdote con entonación grave y pausada––. Sabes que puedes contar conmigo siempre que me necesites. El Señor no tiene horarios para escuchar nuestros pecados.

Sin esperar ni dar más explicaciones, el Padre Moran señaló el confesionario con un elocuente movimiento, invitándola a pasar adelante. De rodillas, con la frente inclinada, Helena esperó el saludo proveniente de detrás de la hermosa rejilla conformada por cientos de pequeños rombos de oscuridad.

––«Que Dios sea contigo»… ––dijo él.

––«Y con su espíritu» ––respondió ella, sintiendo que la oquedad en su pecho amenazaba con volver a engullir su aliento.

––Cuéntame tus pecados y no omitas ninguno hija mía; pues el verdadero arrepentimiento empieza por la total sinceridad.

Helena le relató ––entre las pausas que sus sollozos la obligaban a hacer–– la conversación que había mantenido con su hermana un par de horas antes. Al finalizar, el silencio reflexivo por parte del sacerdote precedió a su confesión. Cuando creyó que sus oraciones no tendrían respuesta ni del Cielo ni de su vicario en la Tierra; el Padre Moran comenzó a hablar con la misma inflexión monótona de sus sermones:

––En estos trances de mayor desesperación es cuando nuestro Señor nos pone a prueba ––expresó con total certeza––. Sin embargo, no solo Él nos pone a prueba, hija mía… También Lucifer lo hace, aguardando pacientemente a que nos dejemos llevar por la tentación de abandonar el camino que nos ha señalado el Supremo.

––Padre… usted sabe que Ángela y yo somos dos de sus más fieles devotas; pero… es que si la hubiese escuchado.

––Escúchame tu a mi Ángela ––la interrumpió el sobrio sacerdote con dureza––, y escucha a la «Santa Palabra». A lo largo del sermón he hablado sobre la ambigüedad de nuestra conciencia; apenas una voz de mesura entre las que conforman la multitud del pecado. Nuestro compromiso como Católicos y Cristianos no puede estar sujeto a la debilidad de nuestro espíritu ni de nuestra carne…

El padre Moran hizo una pausa lo suficientemente prolongada para que Ángela realizara su propio acto de contrición, antes de proseguir con el impertérrito monólogo.

––Fue justamente durante el tormento de nuestro Señor Jesucristo cuando su sangre derramada lavó nuestros pecados, haciéndonos nuevamente merecedores del favor divino ––Su deliberado énfasis imbuía de vigor las presuntuosas frases––. Puede que otros que se hagan llamar Cristianos te digan que el sufrimiento es una excusa para desobedecer los mandamientos de nuestra sagrada Biblia. Puede que incluso, algunos de ellos opinen que únicamente deberíamos de cargar la cruz hasta que sintamos que su peso es demasiado para nuestras espaldas…

Una nueva y premeditada pausa exhortó a Helena a meditar sobre sus palabras.

––Escucha con atención, hija mía. Quiero que tú y Ángela reflexionéis sobre estas preguntas…: ¿Qué es la agonía de una vida comparada con la dicha de toda una eternidad? ¿Vale la pena tomar un sorbo de agua procedente de la inmunda ciénaga que nos ofrece Lucifer por no resistir el abrasador desierto que nos separa del dulce y cristalino oasis del Paraíso?

Helena sintió una mezcla de impotencia y vergüenza al reconocer que su Calvario lo podrían estar padeciendo cientos, sino miles de familias. El suicidio y el asesinato significaban transgresiones imperdonables y ella lo sabía. ¿Estaría el Demonio aprovechándose de un día de debilidad para condenarlas a una eternidad de tormento?

––Le pido perdón por mi y por mi hermana, Padre; es que… ––la mirada suplicante de Ángela volvía a posarse en sus recuerdos–– cuando ella me imploró que terminase con su suplicio…, que no deseaba seguir viviendo…; yo… yo no pude afrontarlo.

––No tienes porque disculparte; ni tú ni Ángela ––le respondió el sacerdote con el tono condescendiente de sus elocuentes homilías––. Es verdad que estáis padeciendo un terrible trance y que seguramente creáis que el Señor os ha desamparado. No obstante, tened ambas en cuenta que sus caminos pueden resultarnos inescrutables, mas todos ellos conducen al Paraíso y a la vida eterna bajo su Santa Gracia.

––Amén, Padre ––concluyó Helena, sintiendo que al menos parte de su ansiedad  se disipaba junto con sus impuros pensamientos.

––Dile a Ángela que mañana después del primer Servicio iré a visitarla ––le ofreció el Padre Moran, con la certeza de que su sola presencia desvanecería las funestas ideas que cualquier oveja de su rebaño pudiese albergar––. Recuérdale que nuestra sangre ha sido la moneda con la cual los Cristianos hemos pagado por nuestra fe desde hace miles de años. Dile también, Helena… que esa sangre ha teñido el hábito de nuestros santos y mártires a lo largo de la eterna cruzada del bien contra el mal. Ahora hija mía, como penitencia te ordeno rezar cinco Padre nuestros y diez Ave Marías.

––Amén ––volvió a responder Ángela.

––Puedes ir en paz… Después de cumplir tu penitencia te invito a que te quedes con nosotros y participes en el último servicio. Luego podrás llevar el consuelo de la oración a tu hermana.

––Así lo haré reverendo ––le aseguró Helena, con el consuelo de saber que fuerzas superiores intercedían por ellas.

En el exterior, la naturaleza imperecedera cubría nuevamente el sangrante corazón del ocaso con la negra mortaja de la noche; recordándole a todo ser vivo que era ella la eterna verdad que persistía desde el inicio de su existencia.

III

Un poco más de dolor… solo un poco más… y eso será todo.

Ángela supo que su hermana jamás podría hacer lo que le había pedido. Ambas transitaban dentro de los confines de sus creencias, tan arraigadas en su mente como las entrañas en su interior. Comprendió que el martirio que padecía día a día había logrado enterrar la voluntad de Helena en la misma sepultura de músculos y nervios destrozados en la que ella vivía.

Helena jamás podría traspasar el linde que su fe había trazado.

El Padre Moran culminó la Primera Lectura, parte inicial de la Liturgia de la Palabra, recitando uno de sus pasajes favoritos del Antiguo Testamento:

––«Job 1:15…: Acometieron los Sabeos, y los tomaron, e hirieron a los criados […]»

Un poco más de dolor… un poco más de sufrimiento… y eso será todo.

La tibieza de las lágrimas recorría su rostro hasta la fría insensibilidad de su cuello. Ángela cerró los párpados, y rezó en voz alta:

––Te pido perdón por todos mis pecados. Te pido perdón por lo que estoy a punto de hacer ––el corazón le latía con feroz velocidad. La intensidad de su sonido conformaba la única señal de vida dentro del inservible envoltorio que lo contenía––. Conoces la fuerza de mis creencias, y por lo tanto no puedo permitir que estos pensamientos impuros se extiendan por mi alma de la misma forma que las úlceras llenan de pútrida negrura todo mi cuerpo.

Una viciosa sonrisa surgió a través del entramado de hilos grises que ocultaba la identidad del «Apóstol». Desde el par de agujeros desiguales desgarrados seguramente con sus propias manos; la rabia y crueldad del animal humano la acechaban a través de sus inmisericordes ojos. Un tercer agujero mucho mayor exhibía la lujuria diluida en sus labios finos y pálidos.

Ángela abrió los ojos obligando a la visión del monstruo a desvanecerse dentro de las tinieblas que la rodeaban.

––Señor… en una ocasión renegué de ti a causa de mi debilidad. No permitiré que esta agonía me obligue nuevamente a repudiarte. Sé que me conoces bien, y sé que no me pedirías más de lo que puedo dar ––su llanto le bañaba el rostro en un último bautismo no de iniciación a la vida, sino de consagración a la muerte––. Te ruego que me perdones y me recibas en tu Gracia… Te ruego que le des la fuerza necesaria a Helena para seguir con su vida y olvidar todo este horror.

Entornando los párpados, lentamente abrió la boca exhibiendo la punta reseca y áspera de su lengua en una última mueca de burla infantil a la maldad del hombre.

El Padre Moran inició la Eucaristía del postrero Servicio. Sus movimientos gráciles y pausados ––casi hipnóticos ––, adormecían los sentidos de Helena.

Antes de ser asesinada por un adicto que pedía limosna a las puertas de la Iglesia, su madre les había inculcado a ambas hermanas desde muy temprana edad las verdades inconmovibles de un Dios celoso y vengativo.

––No existen diferentes interpretaciones de los «Diez Mandamientos» ––les solía decía todas las noches antes de acostarse––, aparte de la corrupta anuencia entre pecadores. El Padre Celestial nos da las reglas, nosotros buscamos las excepciones.

Un par de años después de enterrar a su madre, su padre fue diagnosticado con Alzhéimer precoz. Meses más tarde Ángela y ella, con 15 y 16 años respectivamente, veían a la persona que tanto amaban irse de viaje a una realidad diferente cada día con mayor frecuencia, dejando bajo su cuidado a un desconocido perdido y asustado quién había olvidado el camino de retorno hacia su propio hogar. Una mañana de Agosto al regresar de uno de aquellos viajes; solo, sentado en la cama de su habitación y sabiendo que su esposa no regresaría, el padre de las dos adolescentes cogió de la mano al desconocido que la enfermedad había traído para reemplazarlo en este mundo, y juntos decidieron marcharse para siempre.

Los frutos amargos y dulces que ambas hermanas habían probado a lo largo de su vida cayeron del mismo árbol cuyas frondosas ramas siempre las cobijaron: La Parroquia Mare de Déu. Y fue el padre Moran, el tutor que desde los primeros años de su infancia les había predicado a ambas la infinita bondad y el ilimitado rencor de Dios.

Sujetando la Hostia con etérea delicadeza, el Padre Moran se la ofreció a Helena quien ansiaba recibir el cuerpo y alma del Santísimo.

––«Tomad y comed, porque este es mi cuerpo que será entregado por vosotros […]» ––recitó con solemnidad.

Helena entreabrió los labios ofreciendo su lengua como el receptáculo carnal al símbolo sagrado.

Con todas sus fuerzas, Ángela apretó la mandíbula mordiendo su lengua una vez tras otra. La sangre fluía a borbotones de la herida llenando su boca de un amargor caliente.

Un poco más de dolor… un poco más de sufrimiento… y eso será todo; se repitió, tosiendo copiosamente al atragantarse con enormes tragos de su ser…

Helena degustó la amarga y delicada textura de la Hostia consagrada, sintiendo que la minúscula oblea se disolvía en su boca junto con todos sus temores.

Era lo correcto, pues Dios estaba con ella.

Con un feroz gemido, Ángela hundió sus dientes en el músculo húmedo y fibroso. El trozo partido de su lengua fue arrastrado hacia el interior de su garganta por el incesante manantial rojo.

––«Esta es la sangre de Cristo, derramada por nosotros […]» ––recitó el Padre Moran. Helena aproximó sus labios al hermoso Cáliz dorado bebiendo del dulce vino que le ofrecían.

Un último sorbo del vital líquido calentó su exiguo pecho antes de que el trozo desgarrado de su carne impidiera que nada, incluso el vital aire, penetrase en su interior. Un rocío de gotas negras llovió sobre Ángela oscureciendo el estéril paisaje de su habitación.

 

El Padre Moran juntó sus dedos índice y pulgar, dibujando el ancestral símbolo sobre la frente de Helena.

––«Que el Señor esté contigo» ––proclamó con autoridad.

––«Amén» ––afirmó Helena sin vacilar.

Antes de asfixiarse, una voz dulce y melodiosa le susurró:

 «Déjate ir Ángela… Déjate ir… No más días interminables… no para ti, mi querida»

 ––«Amén» ––respondió ella.

Ambas se fueron en paz.

IV

En el transcurso de las últimas semanas, desde que le habían asignado el caso del presunto asesino en serie apodado «el Apóstol»; Ferran Ribelles, Inspector de los Mossos D’Esquadra, se había reunido con prácticamente todos los Párrocos asignados a las comunidades del área metropolitana. Tenía concertada una cita con el Párroco local, el Padre Alejandro Moran, antes del primer servicio de la tarde a las 15:00 horas. El edificio de la Iglesia con su adusta fachada de granito coronada por la enorme cruz de hierro forjado, le provocaba una desazón similar a la que sentía en los cementerios.

Con cortés contundencia hizo chocar el antiguo llamador ––también labrado en hierro forjado–– empotrado en la pesada puerta de madera cuya mole protegía la entrada principal usada a diario por los feligreses. Segundos después, un hombre alto y de hombros anchos con un alzacuellos apenas visible en una sotana impecablemente negra, abrió la puerta con gran parsimonia. Su inexpresividad absoluta no dejaba entrever otra emoción que no fuese un aletargado hastío.

––El Inspector Ribelles supongo ––confirmó el sacerdote con cierto protocolo.

––Así es ––concedió el inspector, tratando de analizar el estado anímico de su interlocutor––. Y usted me imagino, es el Padre Moran. Le agradezco me haya recibido a estas horas.

––Pase adelante, por favor ––le invitó el sacerdote sin mayores preámbulos.

El amarillento resplandor de al menos cuatro docenas de velas colocadas sobre el magnífico Altar, iluminaban escasamente el interior de la amplia nave central. Escenas de batallas por la salvación del alma inmortal resplandecían apasionadamente flotando estáticas en lo alto de las gruesas paredes de piedra. Un imponente San Jorge en su armadura de cristal atravesaba con su espada de luz azul el traicionero corazón del dragón; quién agonizante, exhalaba su último aliento incandescente contra el escudo de su eterno vencedor en una deslumbrante llamarada púrpura. La imponente Roseta central proyectaba cientos de haces multicolores, los cuales se desvanecían en la solemne oscuridad que envolvía a la ciudad de granito erigida bajo su resplandor. Dos imponentes hileras de estatuas a tamaño natural se disponían augustas a lo largo del majestuoso recinto. Los Santos Patronos movían sus extremidades de yeso al compás de las sombras que moldeaban sus siluetas con cada latido incandescente de las efímeras velas. Sus labios de lascivo rojo reían maliciosamente al desvelar arcaicos misterios; cómplices secretos de una fe viciada por el paso de los siglos, susurrados en un lenguaje que el Inspector no podía descifrar. Era esa antinatural vida sustentada por opacas alegorías engendradas en úteros de cera ardiente, lo que provocaba en él una sensación de rechazo. Lo inanimado le observaba; le guiñaba sus ojos delineados en pétreos semblantes albugíneos. Una presencia en esta casa de oración se manifestaba tan aberrante a su inherente naturaleza como las sardónicas miradas en aquellas figuras de alabastro.

Algo que el Inspector percibía sencillamente no pertenecía a ese lugar.  

––Si me disculpa Padre, quisiera ir directo al grano ––le anunció, mientras trataba de enfocarse en el objetivo de su entrevista.

––En absoluto ––respondió el sacerdote––, todo lo contrario; debo oficiar las tres misas de esta tarde, y la primera comienza dentro de una hora. Así pues soy yo el que le agradecería fuese lo más sucinto posible en sus preguntas.

––Se lo agradezco Padre, le aseguro que no demoraré más de lo imprescindible –– La actitud reservada del sacerdote le anticipó que no tendría mayor colaboración por su parte que la estrictamente necesaria––. ¿Conoce a las señoritas Ángela Pons y a su hermana, Helena?

Aunque muy sutilmente, la expresión de indiferencia del sacerdote dio paso a una de consternada curiosidad.

––Por supuesto ––afirmó con normalidad––, conozco a todos mis feligreses desde la primera semana que me hice cargo de la Parroquia. En el caso de Ángela y Helena, la prueba a la que fueron sometidas me ha obligado a involucrarme con especial dedicación.

El Inspector supuso que con «la prueba a la que fueron sometidas», el sacerdote se refería al indecible martirio infligido a Helena por el Apóstol.

––Sabrá entonces que la Srta. Ángela fue la tercera víctima del asesino en serie apodado «el Apóstol»…

––¡Por favor! ––interrumpió con violencia el sacerdote, visiblemente molesto–– ¡Tal apodo es una blasfemia y le pido que no se refiera a él en esos términos. Menos aún en suelo sagrado!

El Inspector Ribelles guardó silencio por unos segundos ocultando su disgusto por la abrupta interrupción.

––Siento haberle parecido banal, Padre ––se disculpó, tratando de mostrarse sincero–– a veces en nuestra profesión la mejor forma de lidiar con los monstruos es calificarlos con motes pueriles…; nombres que desmitifiquen de alguna forma su perversidad.

––Le entiendo Inspector ––respondió el Padre Moran con matiz indulgente––, solamente recuerde que nos encontramos en un lugar de oración y respeto.

––Así lo haré ––le aseguró el Inspector. La actitud prepotente de su anfitrión comenzaba a irritarle.

––Lo que pretendía decir, es si estaba al tanto de que el asesino conocido por los medios con este apodo ya había secuestrado y asesinado con anterioridad a otras once personas, al menos de las que sepamos.

El sacerdote volteó hacia el altar en una actitud de apatía que al Inspector le desagradó profundamente.

––Si, recuerdo que dicha información fue publicada por la prensa en su oportunidad.

––Y lógicamente estará al tanto de que excepto por la Srta. Ángela y la Sra. Susana Alarcón, las otras nueve víctimas no lograron sobrevivir.

––Si por supuesto, ambas pertenecen a mi congregación y todos los días agradecemos al Altísimo por haberlas salvado.

El Inspector no pudo evitar preguntarse que tipo de criterio emplearía Dios para escoger a quienes salvar y a que otros ofrecer en sacrificio.

––Al margen de las razones que en un principio me han traído aquí con relación a nuestra investigación ––continuó, cambiando inconscientemente la inflexión de su voz––, lamento informarle que ambas hermanas, la Srta. Ángela y la Srta. Helena, fueron halladas muertas en horas de la madrugada del día de ayer.

El Padre Moran se volteó de inmediato mirándolo fijamente. La ceremonial displicencia que había mostrado desde su llegada fue sustituida por una profunda consternación. Mas algo en su reaccionar le indicó al Inspector que no todo había sido inesperado para el circunspecto hombre de Dios.

––¡Que el Cielo nos ampare! ––exclamó el Padre Moran, dibujando una cruz invisible en un lienzo de penumbras–– ¿Qué ha sucedido?

––Según los informes preliminares de nuestro forense de campo, la Srta. Ángela se suicidó mordiéndose repetidamente la lengua. Un trozo de esta fue hallada obstruyendo el paso de aire a través de sus vías respiratorias. Aunque se encontró una gran cantidad de sangre en su lecho, la verdadera causa de la muerte parece haber sido la asfixia; lo cual creemos fue su intención desde el inicio.

––¡Dios Santísimo! ––profirió una vez más el sacerdote–– ¿¡Pero qué es lo que le ha ocurrido a Helena!? ¡Ayer mismo se confesó conmigo al final del ultimo servicio de la noche!

––Desgraciadamente Padre, no quisiera ser el portador de tan terribles noticias ––le advirtió con gravedad––; pero hemos hallado una nota de suicidio escrita y firmada por la Srta. Helena en la cabecera de la cama donde yacía el cadáver de su hermana.

Al ver que el sacerdote guardaba silencio, el Inspector decidió responder la pregunta que no le fue formulada…

––La nota decía textualmente: «Que Jesús nos perdone a ambas; pero si la condenación le aguarda a mi hermana, entonces arderemos juntas hasta el fin de los tiempos». Los restos de Helena fueron descubiertos por uno de sus vecinos a varios metros de distancia de la entrada norte del edificio. Todas las evidencias nos indican que saltó desde la ventana de la habitación de Ángela, situada justamente en la cara norte de la fachada.

Al finalizar el inspector su explicación, el Padre Moran elevó el rostro dirigiéndose hacia el espléndido Altar.

––Te ruego Señor nos des la fuerza necesaria a todos tus hijos que moramos en este, Tú reino, para no ceder ante los obstáculos que el demonio ponga en nuestro camino más allá de la desesperación o angustia que ellos nos produzcan. Concédenos la fe necesaria para llevar sobre nuestros hombros el peso de nuestros pecados… Que el acto aborrecible cometido por Helena y Ángela nos recuerden que las llamas del Infierno arden con mayor fuerza al final de nuestra jornada hacia el Paraíso, sin importar cuanto hubiésemos de esta ya recorrido.

Confundido; sin dilucidar totalmente el significado de la elaborada oración pronunciada por el sacerdote, el Inspector Ribelles no pudo evitar traer a discusión un hecho consciente de que no guardaba relación alguna con el contexto de su investigación:  

––Disculpe Padre, tengo entendido que ambas hermanas fueron fieles devotas desde muy jóvenes, incluso antes del trágico rapto de Ángela… ¿Acaso esto no les garantiza el perdón por cualquier pecado que pudieran haber cometido?

El Padre Moran lo miró con severidad, aferrando instintivamente el elegante crucifijo de plata que colgaba sobre su pecho.

––No Inspector ––sentenció inflexible––, Ángela y Helena han escogido la repugnante dádiva del Maligno. ––En sus palabras no existía el menor atisbo de piedad ni comprensión––. Ellas han decidido prescindir del don divino de la vida. Han escogido buscar la paz en la noche eterna y no en el sereno atardecer. Tras de sí dejan tristeza y pesar, y del mismo modo solo desolación y olvido encontrarán en los insondables pozos del infierno.

Un repentino sentimiento de ira invadió al estupefacto Inspector. En sus 20 años trabajando para el Dpto. de Homicidios, conocía por experiencia lo que el impacto de una muerte cruel y prematura producía en el frágil tejido de las creencias individuales. Sin embargo, jamás había escuchado tal severidad de juicio hacia seres tan cercanos, y que además hubiesen padecido semejante suplicio. Parado ante aquel juez de negro cuyas sentencias dictaban castigos eternos a almas atormentadas, decidió que no deseaba pasar ni un minuto más del necesario en aquel lugar.

––Como le comenté por teléfono esta mañana, he venido porque pienso que existe una relación entre esta iglesia y el asesino ––aseveró el Inspector Ribelles, cambiando bruscamente de tema. Del bolsillo izquierdo de su chaqueta extrajo una pequeña libreta de apuntes recubierta por un forro de color amarillo pálido. Fechas, teléfonos, direcciones, nombres, y un galimatías de frases y oraciones inconclusas finalizadas muchas de ellas tan solo en su cabeza, abarrotaban las delgadas hojas ambarinas.

––Cinco de las nueve víctimas conocidas han pertenecido a su congregación. Las únicas dos supervivientes también han sido feligreses de su Parroquia: la primera secuestrada hace diez años, la Sra. Susana Alarcón, esposa del Teniente retirado el Sr. Miguel Alarcón… y por supuesto, la Srta. Ángela.

El sacerdote aguardó un par de segundos antes de encarar a su visitante.

––¿Qué insinúa Inspector? ¿Que el asesino puede ser uno de mis feligreses?

––No necesariamente. Es factible que elija a la gente de su congregación por algún motivo en especial. La otra pregunta, quizás la de mayor relevancia, es por qué dejó con vida a la Srta. Ángela y a la Sra. Alarcón.

––¿Por ser mujeres?–– especuló el sacerdote sin esperar realmente que ese fuese el caso.

––Es improbable ––respondió el Inspector––. De hecho, siete de estas nueve víctimas fueron mujeres entre los 16 y 41 años. Todo parece apuntar a que tiene preferencia por el sexo femenino, aunque por supuesto esta estadística es susceptible de cambiar si el número de muertes aumenta. Esa es la razón por la que prefiero centrarme en las dos supervivientes.

Llevándose la libreta al bolsillo de su chaqueta, el inspector Ribelles vislumbró fugazmente la inmensa bóveda de piedra maciza que se erigía sobre él, y a su intolerable vacío iluminado por el frio prisma de los inmensos rosetones.

––¿Qué me podría contar acerca de la Srta. Ángela y la Sra. Alarcón que las diferenciase de los demás devotos? ¿Existía algún aspecto en ellas que le llamase la atención particularmente?

 Antes de contestar, el Padre Moran se acarició la incipiente barba en un afectada pose de concentración. El inspector Ribelles tuvo la impresión de que para el sacerdote su vida transcurría detrás de un pulpito ya fuera este real o imaginario.

––Tengo que admitir que en el caso de Ángela y Helena, ambas hermanas se encontraban totalmente entregadas en cuerpo y alma a nuestro Señor. Desde que su madre falleció a manos de un pecador, siendo ellas todavía unas adolescentes, la tragedia formó parte de sus vidas a muy temprana edad. A pesar de todo, las dos supieron hallar el consuelo en el infinito amor de Jesucristo y en este, su rebaño. ––Después de una corta pausa, el sacerdote continuó con el relato dejando entrever su desilusión––. Posterior al rapto de Ángela, ella y Helena volvieron a refugiarse con todas sus fuerzas bajo el amparo de nuestra Fe y de las sagradas escrituras. Por desgracia, la noche de ayer Helena me confesó que su hermana le había pedido que la ayudase a cometer pecado mortal poniendo fin a su vida terrenal. ––Como si del púlpito se tratase, apoyó sus manos sobre el banco de madera que tenía ante si, adoptando la postura de predicador en el sermón del domingo––. Doy gracias a que al menos la fe del matrimonio Alarcón haya sido lo suficientemente fuerte para evitar escoger el sendero siempre llano de la perdición.

Al escuchar el intransigente veredicto del Padre Moran, el Inspector Ribelles volvió a preguntarse que sería más desolador: que no existiera ningún Dios en absoluto que velara por la humanidad, o que realmente hubiese un «Ser superior» igual de despiadado que el sacerdote.

––¿Sugiere Padre que el matrimonio Alarcón se encuentra por encima de cualquier acto de debilidad? ––preguntó, sin reparar tan siquiera en la escasa importancia que la respectiva respuesta tendría para su investigación.

––No me corresponde a mi emitir tales juicios ––señaló el sacerdote con su singular teatralidad, mientras el inspector intentaba ocultar su sarcasmo entre las penumbras del recinto––, pues nadie aparte del Altísimo conoce lo que encierra nuestro corazón. Lo que si puedo decirle en mi humilde opinión es que la fortaleza mostrada por la Sra. Alarcón en todos estos años ha sido digna de inspiración para todos nosotros.

Alejándose del banco, el sacerdote caminó por la planta de estilo gótico cubierta por una ancha alfombra de terciopelo púrpura dispuesta hasta el inicio del Altar central. Con su acostumbrada grandilocuencia señaló los primeros bancos de la columna derecha.

––Todos los Sábados y Domingos, los Sres. Alarcón se sientan en el primer banco de la segunda fila dando gracias por recibir el hermoso regalo de la vida. Desde su silla de ruedas, Susana nos bendice recitando versos escogidos por ella misma de la sagrada Biblia. Su fuerza y su compromiso Cristiano son un ejemplo y un constante recordatorio de que no existe tentación concebida en el infierno, ni tormento impuesto en la tierra, capaces de quebrantar la fe de un verdadero creyente.

La satisfacción que exudaba el sacerdote al referirse a los que él llamaba «verdaderos creyentes», despedía un tufo a fatuidad que al inspector Ribelles le resultaba difícil de tolerar. Tratando de que su primera impresión hacia el Padre Moran no influyera en la entrevista, se esforzó por proseguir con la conversación.

––Me ha comentado antes que la Srta. Helena mostró dudas con relación al futuro de su hermana. ¿En alguna de sus conversaciones con el Sr. Alarcón este le confesó también sentirse abrumado por el padecimiento de su esposa? ––Nuevamente el inspector formuló una pregunta exenta de valor para su cometido, respondiendo a una morbosa necesidad de saber hasta donde llegaba la voluntad ––para bien o para mal–– exacerbada por el fanatismo.

Arqueando su ceja derecha, el sacerdote le respondió cambiando notablemente su entonación.

––Esto se lo puedo contar Inspector, ya que no me fue dicho bajo secreto de confesión. Efectivamente, la fe del Sr. Alarcón se ha visto mermada en ocasiones ––admitió con presuntuosa decepción––. En ciertas oportunidades me ha hablado de sus turbios pensamientos disfrazados de bondad, justificados por el alivio carnal de Susana… quiero decir, la Sra. Alarcón. Mas mi respuesta siempre ha sido igual de invariable e inamovible que mi fe por los mandatos Divinos: «Todos cargamos nuestra cruz, y todos deberemos soportar su peso hasta el fin de nuestros días».

Una escultura visiblemente restaurada del Arcángel San Gabriel se volteó hacia el inspector guiñándole un ojo con malicia. La pintura alquitranada que delineaba sus pestañas se derretía gradualmente licuando su mirada en dos enormes lagrimas negras. El malestar que venía experimentando desde que llegó se había tornado en angustia; en una sensación de desamparo.

El Inspector Ribelles no quiso oír nada más acerca de la intransigencia divina o terrenal. Mirando de soslayo al resto de estatuas de Santos y Mártires cuyo transitorio sufrimiento no se comparaba al eterno castigo que aguardaba a ambas hermanas, procedió a abrocharse los gruesos botones de su viejo impermeable. A pesar de que su mente racional le obligaba a descartar tal posibilidad, juraría que la temperatura dentro del edificio había descendido unos cuantos grados desde su llegada.

––Le agradezco enormemente su colaboración, Padre ––le dijo, consciente de que sus palabras sonaron tan frías como el aliento que las envolvía––. Es mi intención hacerles una visita a los Sres. Alarcón. Tengo la esperanza de que estos años transcurridos hayan sido suficientes para que la Sra. Susana pueda revivir recuerdos que hasta entonces, por motivos obvios, haya preferido reprimir.

Sin molestarse en responder, el sacerdote se dirigió a la pétrea puerta de roble que guardaba la entrada principal.

––Ya sabe donde encontrarme si me necesita ––se despidió con la misma indiferencia que evidenció al recibirlo.

––Muchas gracias, Padre ––respondió el Inspector, emulando el tono lacónico del sacerdote. Al salir del edificio se percató de que ya anochecía. El tenue fulgor de las farolas proyectaba largas sombras difusas que se movían de manera diferente a la de sus taciturnas dueñas. Los oscuros doppelhängers temblaban y gesticulaban violentamente, queriendo al parecer escapar de aquellas a quienes permanecían atados. Antes de subir a su coche, se volteó para examinar por última ocasión el imponente templo. En un primer momento había creído que la sensación de opresión que lo embargaba se debía a su reacción ante la presencia de un déspota cuya piedad se desvanecía frente a su intolerante fanatismo. En cambio ahora, dentro de su viejo Ford Impala, estaba seguro de que «algo» no parecía «correcto» en aquel templo despojado de misericordia. Era ese «vacío», esa omisión de vida; lo que provocaba en él tal rechazo.

Espero no tener que regresar, se dijo para sus adentros al ir dejando atrás el adusto edificio de clásica arquitectura.

En la calle solitaria, destellos artificiales parían negras siluetas deformes y retorcidas. Una de ellas, huérfana de toda luz, se deslizó por debajo de la formidable puerta de la catedral.

IV

El Padre Moran terminaba de organizar los preparativos para la Misa. Dos enormes candelabros de plata recubiertos por finas estrías de oro resplandecían majestuosamente a los lados del altar. Con rutinaria precisión, consultó su reloj de bolsillo Omega ––regalo de su padre ya fallecido–– cuya esfera dorada marcaba las 19:03 horas. Normalmente en el último servicio del día prescindía de la ayuda de los dos monaguillos que le asistían regularmente cedidos por la Diócesis de Mare de Déu. Lejos de representar esta situación un inconveniente, dichos períodos de tiempo le brindaban el silencio y la soledad que tanto apreciaba durante la ejecución de sus tareas.

Cuando todo fue de su agrado, se dirigió pausadamente a la entrada principal con el fin de abrir la hoja derecha de la imponente puerta manteniendo la izquierda cerrada hasta la llegada de los primeros feligreses. A pocos metros de la pila bautismal, una sombra se proyectó en el pulido suelo de mármol estilo «Bardiglio», cruzándose súbitamente en su camino. Con más extrañeza que desconcierto, se detuvo para estudiar la silueta que aún no lograba definir, mientras su inconsciente trataba de buscar al Santo esculpido que la proyectaba. Semejante al despertar de un mal sueño en las primeras horas del alba, la comprensión de que esa sombra no pertenecía a ninguna de las impasibles estatuas se fue revelando paulatinamente.

Falta algo… no está completa, le señaló una voz muy dentro en su interior. La silueta de la pierna ¿derecha? ––no lo sabía con exactitud––, se interrumpía a la altura de la rodilla. El brazo opuesto a esta sencillamente no existía. El Padre Moran sintió hundirse en un pozo de aguas heladas donde viscosas algas acariciaban su nuca con depravado anhelo. Sosteniendo la respiración, miró allí donde la escultura de San Pedro debía de encontrarse. De espaldas a él, una mujer se mantenía parada sobre su única pierna. El cabello lacio y resplandeciente caía descuidadamente sobre un pijama de seda color ceniza el cual la cubría escasamente hasta la cintura. Un suave aroma a lilas se percibía en el aire. Girando con grácil lentitud ––una etérea bailarina mutilada––, Ángela se apartó el cabello en un provocativo y sensual ademán. Su blanca cara era un espejismo bajo las tenues luces de las velas.

––Mi querido Padre… He rezado tanto por usted…

El Padre Moran se desplomó sin fuerzas sobre el último banco de la columna derecha. Ángela avanzó hacia él caminando con naturalidad, apoyando su miembro inexistente en la nada con cada paso que daba. La cicatriz en forma de «X» grabada sobre su muñón se abría en carne viva cual flor de una aberrante planta carnívora. Esta secretaba un denso y continuo hilo de sangre a manera de miembro, cuyo rastro formaba las huellas rojizas de un pie descalzo. La tez lechosa de Ángela contrastaba con el fondo rosáceo que el moribundo día proyectaba desde el exterior.

––Creo Padre… que Dios no quiere recibirme en su seno ––le expresó con cierta contrariedad. Parecía respirar con  dificultad; como si aún le costase inhalar el aire de una existencia dejada atrás––. He pecado Padre… he permitido que la agonía de mi tormento me «desviara del camino».

Apoyado contra el respaldo del banco, El Padre Moran la contemplaba con aterrorizada fascinación. A su alrededor, los santos de piedra reían junto con Ángela, exhibiendo sus bocas de labios negros repletas de blanquísimos dientes afilados en contraste con sus cetrinas encías.

––He permitido Padre, que la humillación de defecar en una bolsa de plástico me «desviara del camino». He permitido que extraños me tocasen, reteniendo su aliento al limpiarme el recurrente pus de mis decenas de pústulas…

Su rostro cambiaba por momentos. Ojos, nariz y labios se fundían en una abominable amalgama de trazos informes. Con sensual gentileza cogió con ambas manos la diestra temblorosa del sacerdote.

––Ahhhh… Sin embargo el amor no me fue negado, mi querido Padre… ––una débil ráfaga de viento proveniente del exterior hizo que las exiguas llamas de las velas oscilaran a su paso, retorciendo los labios de Ángela con ángulos de abyecta satisfacción––. Durante los últimos meses de mi estancia en el hospital, un caballero envestido en su blanco uniforme se sintió atraído por mi… ––su voz sonaba lejana, distorsionada. Como si una barrera invisible se interpusiera entre ella y el sacerdote–– Todas las noches, cuando las luces de mi habitación se apagaban, el paciente de la habitación 402; mi «amado» Eduardo, me honraba con su presencia. Sus dedos se introducían en mis llagas, en mis lesiones… recorrían con gozo los retorcidos contornos de mi cuerpo.

Delicadamente, Ángela atrajo la mano del sacerdote hasta las odiosas ulceras de su otro brazo. El tacto frío de los tumores resecos le invadió de repugnancia y pavor.

––Ohhh… así es Padre. Jesús consideró que mi cuerpo desfigurado merecía su igualmente deforme pasión. ––Los enormes y negros ojos de Ángela resplandecían con íntimos fulgores dorados. Su sinuosa superficie ondulaba constante cual mares negros en la pleamar de mundos nocturnos––. Y una noche, cuando el incesante dolor me hizo despertar de mi sueño sin sueños; lo sentí sobre mi…, dentro de mi… complaciéndose con toda mi corrupción. «Tienes tantas vaginas sangrando por mi… son tan rojas y suaves» repetía él, entrando y saliendo sin cesar por las puertas supurantes que mi carne le ofrecía.

Ángela apartó de su miembro amputado la mano temblorosa del Sacerdote, sin dejar de sostenerla.  

––No lo denuncié a la mañana siguiente. ¿Sabe porqué Padre?… Porque una caricia es una caricia. Y todo lo que deseaba era que un hombre me tocase sin mostrar asco… sin desviar la vista ante el repulsivo espectáculo de mi desnudez.

Un estado de ensoñación comenzó a apoderarse del Padre Moran. Su mente consciente buscaba desesperadamente una vía de escape de toda aquella locura.

––¿Pero quiere saber lo que realmente me ha «desviado del camino», Padre? ––le preguntó Ángela con libidinosa retórica, mientras sus rasgos volvían a solidificarse en una apariencia reconocible––. No ha sido vivir paralizada dentro de una cáscara consumida desde dentro, capaz únicamente de producir más y más suciedad. No fue el depender de la abúlica caridad de enfermeras y doctores para responder a mis necesidades más básicas… Lo peor mi querido Padre; fue ver como el afecto de mi hermana se degradaba lentamente en lástima, y después de los años… en un inconfesable aborrecimiento. Lo peor fue advertir su culpabilidad por desear que mi corazón se pudriese junto con el resto de mi cuerpo. Porque sabe algo mi querido Padre ––su voz parecía ahora provenir de todas direcciones––, cuando los que una vez te amaron buscan consuelo lejos de ti… cuando el amor se convierte en obligación…, bueno Padre… Es el momento de «desviarse del camino».

El Padre Moran no tuvo oportunidad de asimilar lo que sucedía. Su mano derecha ––la que el espectro sostenía–– giró de forma antinatural contra la articulación de la muñeca. La imagen de cientos de ostias crujiendo bajo el peso del pecado cruzó fugazmente ante él. Los tendones de su muñeca fracturada se retorcieron a través de la herida abierta comprimiendo arterias y nervios por igual. Solo después de contemplar el blanco hueso emergiendo de su piel como el grotesco espolón de una monstruosa ave de rapiña; el dolor de una magnitud inmensurable se apoderó de todo su ser. El pánico a lo desconocido dio paso al terror por el tormento conocido.

––¡Dios mío!… ¡Dios mío!… ¡ayúdame! ––gritó el Padre Moran, hacia el techo de grandes arcos ojivales entrelazados por infinitas nervaduras de granito.

––Ohh, Padre ––exclamó ella relamiéndose con avidez–– créame… ya he probado eso muchas veces.

Instintivamente el Padre Moran se arrastró por la pulida superficie del banco intentando alejarse del espectro. Antes de que pudiese continuar pidiendo ayuda a un Dios que no respondía, Ángela saltó sobre él con alienante velocidad. Su muñón sangrante se clavaba despiadadamente en el costado del sacerdote. Cogiendo por segunda vez la muñeca destrozada de este, se la retorció con brutal ensañamiento hacia el lado contrario. En esta ocasión no hubo gritos. Un chillido agudo, grotescamente afín al de un animal en el matadero, brotó desde la boca desencajada del sacerdote.

––Si, Padre… ¡Grite!… ¡grite! Puede que Él esté demasiado lejos para escucharnos.

––¡Por favor!… ¡por favor! ––rogaba el Padre Morán, luchando contra el llanto que ahogaba sus súplicas entre fuertes e incontrolables convulsiones.

––Llore padre, llore… Deje que las lágrimas fluyan por su rostro y cubran sus labios ––. Usando la yema de su pulgar, Ángela trazó una línea en la húmeda mejilla del sacerdote, recogiendo de ella las pequeñas gotas de salada desesperación.

––«Desde hoy lo bautizo en el sacramento de una nueva fe».

Los inhumanos dedos de Ángela se aferraron a la rodilla derecha del sacerdote.  ––Esta fue la que él escogió primero–– le susurró al oído. Sus uñas penetraron en los tensos músculos, extrayendo la rótula de cuajo en un demencial movimiento. Tendones y ligamentos se abrieron de par en par mostrando el interior; una líquida mezcolanza roja, blanca y amarilla. A escasos metros, el ruido producido por el esponjoso trozo triangular al chocar contra el frío suelo de mármol apenas produjo eco entre las inmensas columnas.

El indescriptible dolor se convirtió en una enfermedad virulenta con despiadados síntomas. Entre violentos espasmos de agonía, el Padre Moran trató de pedir ayuda; pero en su lugar un vomito amargo tiñó el negro hábito con el ocre de sus entrañas. El gélido frío que recorría su espalda se combinaba con la abrasadora fiebre que fluía en un río incandescente hasta desembocar en su ingle. Las frecuentes arcadas le impedían inspirar un aire viciado por los desechos provenientes de su interior. Lentamente, una pregunta comenzó a emerger en su mente y con ella, la posibilidad de que se hiciese realidad lo impensable.

––«¿Cuánto tiempo seguirá?» ––le dijo Ángela con su hambrienta sonrisa atestada de dientes.

El oír sus pensamientos en los labios de aquella criatura con forma humana, significó para el sacerdote el verdadero punto de inflexión en su frágil realidad.

––Dígame Padre… ¿Puede haber algo más aterrador que no obtener respuesta a esta pregunta? ¿Puede haber mayor locura que la palabra «eternidad»?

––¡Por favor!… ¡por favor!…

Rogar se había convertido en un simple reflejo físico para el Padre Moran al igual que sus continuas evacuaciones. Sangre y orina dibujaban extrañas e íntimas líneas en el suelo del santuario.

––¿Quiere que me detenga, Padre? ––le preguntó Ángela con pérfida retórica. Un oasis de esperanza emergió de entre el abrasador desierto en el que permanecía enterrado el sacerdote.

––¡Por favor!… ¡por favor! ––aquella frase había pasado a componer su liturgia personal. La inflamación de su pierna y muñeca amenazaban con desgarrar la fina capa de dermis que las cubría.

––¡Muy bien, Padre! ––jadeó Ángela salvajemente. Su cuello, su pecho, su respiración; todo en ella se agitaba de manera bestial; feroz––. Junte sus manos conmigo.

Arropando el muñón horriblemente pálido de su hombro derecho con la palma de su mano izquierda, Ángela ladeó la cabeza hasta tocar con su mejilla el dorso de esta, otorgándole al gesto un aire de ingenua obscenidad.

––¡Por favor… me duele! ––la muñeca izquierda del sacerdote desaparecía en una masa inflamada de violácea tonalidad.

––¿Quiere que le ayude a juntar sus manos, Padre? ––le preguntó Ángela, ensanchando aún más su despiadada sonrisa. Su torso había empezado progresivamente a volverse translúcido, mientras sus desproporcionados ojos negros se deslizaban hacia los lados girando sobre sus órbitas. Sus labios y nariz se contrajeron en los dos viscosos pliegues por donde la medusa humana insistía desde el interior de toda su informidad:

–––¿Quiere que le ayude a juntar sus manos, Padre?

La metamorfosis de aquella vesania parlante a escasos centímetros de él, hizo que el Padre Moran se sobrepusiera a la palpitante agonía de sus lesiones. Gradualmente acercó sus manos procurando no ejercer presión sobre la enorme tumefacción.

––Bien Padre… muy bien… Ahora rece conmigo… ––Ángela se sentó sobre la cavidad sanguinolenta que había alojado hasta hace escasos segundos la rodilla del Padre Moran, quien contenía el aliento mientras que el resto de su cuerpo por el contrario era incapaz de retener las continuas deposiciones.

––Oh, Señor que estás en los cielos… ––comenzó ella con fingido fervor.

––«Señor… que… que estás… en los cielos» ––repitió él con verdadero terror.

––Dinos por qué con tu infinito poder… 

––«Dinos… por qué… con… tu infinito poder»

––Con tu omnipresencia…

––«Con… tu… omnipresencia»

––Has permitido que destrozaran mis huesos…

––«Has permitido… que… que destrozaran… mis huesos»

––Una y otra vez…

––«Una y otra vez».

––Que me obligaran a renegar de ti…

––«Que… me obligaran a… renegar… de ti»

––Que te despreciara, que te maldijese…

––«Que te despreciara… que… que te maldijese»

La mano fría de Ángela se posó en el hombro del sacerdote. Un escalofrío recorrió su cuerpo al anticipar el suplicio de la próxima agresión.

––¿Acaso será que no te importamos…; acaso será que disfrutas viéndonos sufrir, ultrajando y corrompiendo nuestra carne y espíritu mientras ríes complacido?…

El Padre Moran no sabía que hacer. No recordaba todo lo que ella decía. Solo podía concentrarse en sus atroces heridas.

Quizás Padre ––manifestó Ángela con ficticia preocupación––, el Creador sea igual de mezquino que nuestros deseos. ¿No le parece?

––Por favor… por favor…

––Es probable que nuestro Dios sea demasiado parecido a sus hijos bastardos. Eso explicaría muchas cosas…, ¿no es cierto?

––Por favor… no me hagas daño… te lo ruego.

––Si lo ofendemos, Él nos castiga allí, en donde nuestro corazón le dice que somos más vulnerables… Si lo ignoramos, Él nos recuerda su omnisciencia abandonándonos a la azarosa crueldad de nuestros semejantes.

Los descarnados dedos de Ángela comenzaron a cerrarse.

––Por favor… ¡por favor! ––suplicó el Padre Moran, envuelto en el hedor de sus excrementos.

––Si rogamos por su ayuda ––continuó Ángela, haciendo caso omiso a las súplicas del sacerdote–– bueno Padre… Todos sabemos lo que «no» sucede.

Sin soltar la amorfa hinchazón en que se había convertido la muñeca del sacerdote, Ángela elevó su macilento muñón manteniéndolo en alto como una vela a medio derretir entre las cientos que los iluminaban.

––En los Cielos no existe el perdón; no existe la misericordia ni la redención. En su lugar hemos concebido la mentira más perversa de todas ––sus abismales ojos negros despedían fatuos destellos que dejaban tras de sí fantasmales estelas impresas en la penumbra––. Esta obscena mentira de la que usted forma parte mi querido Padre; se llama «fe».

Ángela apretó brutalmente la turgente articulación del Sacerdote. Por unos terribles segundos su respiración, los latidos de su corazón y sus propios delirios; quedaron suspendidos en el tiempo.

––La fe es la quimera de los desesperados ––prosiguió la aparición, con los gritos del sacerdote como trasfondo de su insidioso monologo––. La fe Padre, es el yugo de un amo ausente que nos exige arar cual bestias las tierras siempre fértiles de la ignorancia. Es la manipulación del hombre por el hombre…

El padre Moran perdía la consciencia por momentos. Un piadoso entumecimiento recorría sus extremidades.

––La feeeee, Padre… no escucha razones; es amoral e inflexible ––semejante a la serpiente de un Paraíso olvidado, su lengua rasgaba el aire con reptilianas oscilaciones al pronunciar la palabra «fe»––. La feeeeee nos dice que continuemos cuando ya no hay caminos que recorrer. Nos cierra la puerta que la muerte piadosamente nos abre, obligándonos a vivir día tras día en un lecho inundado con nuestra propia inmundicia.

Ángela retiró con un cariñoso ademán el cabello empapado en sudor del Padre Moran, quien no podía dejar de temblar ante cada movimiento de la otrora oveja de su gran rebaño.

––Voy a confesarle un secreto… ––le susurró, acercando su rostro al de él. Desengaño, tristeza, frustración. A pesar del intolerable tormento que estaba padeciendo, el Padre Moran pudo percibir todos aquellos sentimientos en su verdugo. Fuera cual fuese la infernal naturaleza que la había convocado, aquel espectro era realmente Ángela.

––Varias veces, al principio… Dios me habló. Me decía que era mi deber resistir todo lo que ese monstruo quisiese hacer conmigo. Hora tras hora, día tras día; el castigo recibido rivalizaba con el ilimitado rencor de su particular credo.

El Padre Moran padecía una fiebre que lo impregnaba de un sudor frío y aceitoso. Toda su atención se enfocaba en el cerúleo grillete con el que Ángela lo mantenía preso. La fugaz empatía que ella mostró al recordar la agonía en manos de su captor se esfumaba con el también efímero indicio de humanidad.

––Durante los primeros días en el hospital, Él me hablaba con mayor frecuencia ––prosiguió el espectro con sus remembranzas de una vida finalizada entre el temor y la duda––. Esas interminables noches cuando soñaba con «escapar» por la puerta negra, cuando le suplicaba que me permitiese rendirme; Dios respondía que todavía me quedaban muchos años más de humillación. Muchos años para que mi hermana presenciara a la repugnante criatura en que me transformaba con el paso de los días. Debía soportar lo insoportable porque de lo contrario caería en desgracia. Y el infierno, Padre… El infierno es agonía sin principio ni fin; sin clemencia ni absolución. Una matriz estéril en donde volvemos a ser engendrados por la lujuria de nuestros pecados para de este modo arder, consumirnos, y de nuevo renacer en un ciclo eterno e invariable…

La obscena y repentina carcajada que profirió Ángela se introdujo en los oídos del sacerdote como un parásito ponzoñoso.

––¿No es irónico, Padre? ––le preguntó con afectado deleite, retirándose mechones de negro cabello con su muñón sangrante–– ¿En donde aparte de nuestra santa Iglesia se promulgan más mentiras? ¿En que otro lugar se han proferido más amenazas?

––Por favor… por favor… ––repetía el Padre Moran, postrado de rodillas sobre un azafranado charco de orina que se oscurecía con la suciedad que resbalaba por detrás de sus muslos. Al borde del desmayo, comenzó a rezar para que todo terminase, o así lo hiciese su vida.

––Ya le he dicho que eso es del todo inútil ––le volvió a advertir Ángela con despótica reiteración––. Aunque eso Ud. ya lo sabe… ¿verdad?––. Por tercera vez hundió sus dedos en la tumefacta muñeca del sacerdote, y por tercera vez este sintió que el dolor comprendía su todo.

––¡Por favor!…, ¡basta!… ¡Te lo suplico!

Antes de que el eco de su última suplica terminase de resonar en aquel vasto espacio lleno de mártires y demonios, Ángela liberó la muñeca del Padre Moran. Su vientre se contrajo una última vez provocándole nuevas arcadas. Un ardor amargo subió quemándole la garganta hasta que un chorro de bilis marrón cobrizo salió expelido de su boca.

––Se ha terminado el tiempo de las súplicas. Es hora de que profese una nueva fe ––le anunció Ángela mientras el sacerdote escupía los remanentes de su estómago––. Fe en mi y en los tormentos que puedo hacerle padecer hora tras hora… minuto tras minuto. Y a diferencia de Dios, yo volveré para mostrarle los milagros de la carne ––al decir esto último, posó sus labios helados sobre la frente sudorosa y febril del sacerdote. La reacción de éste ante el magro beso fue visceral. Un alarido histérico escapó de su garganta mientras lo que quedaba en sus intestinos y vejiga fue expulsado al exterior en un único y violento espasmo de degradación.

––Ahhh Padre ––La voz de Ángela resonaba con cientos de ecos deslizándose entre los mármoles y el granito––…, no hay nada mejor para la obediencia que el miedo, y usted va a seguir mis ordenes sin cuestionarlas como si estas proviniesen de los falsos Santos que sangraron bajo el látigo de los infieles.

––¡Si… si… haré lo que me pidas… pero por… por favor… no… no continúes haciéndome daño!––. El Padre Moran suplicaba como un mendigo. Sus lágrimas eran las de un niño. Ambos actos carecían de la dignidad del hombre.

Ángela se retiró a la esquina opuesta del banco con su sedoso cabello cubriendo los infecundos senos. Por unos instantes, volvió a ser la incondicional devota quien en vida rezó por la piedad que nunca llegó, a un Dios que jamás la escuchó. Lo que dijo a continuación escaparía a la comprensión del sacerdote antes de desvelar su significado a las puertas del infierno que aguardaba por él.

––No soy alguien padre ––declaró, observándolo con genuina melancolía––. Soy un sentimiento; apenas la última huella de un pie cercenado. Donde me encuentro no existe nadie a parte de mi y la infinita negrura que me rodea. Siento que dejo de ser dentro del ubicuo silencio de la nada… Siento que me desvanezco en un recuerdo soñado por otro. No hay cielo, Padre… No hay Cielo ni Infierno. Su culpa y mi tormento son los caminos por los cuales transito ahora.

Duda, tristeza, soledad, rabia… Los sentimientos reprimidos en vida a causa de su fe en un intransigente Dios, eran los mismos que ahora la traían de regreso desde la muerte.

––El odio es mi cuerpo…; mi desprecio hacia este maldito dogma es el alimento que lo sustenta. Por esta razón Padre, antes de partir de este mundo en el cual solo puedo existir consumiendo mi propia esencia, usted hará lo que le ordene.

––¡Si…si…lo haré!… ¡lo haré! ––exclamó el sacerdote con el servilismo que solo el temor puede inducir. Frente a él, Ángela parecía dirigir su mirada hacia uno de los dos confesionarios ubicados en lados opuestos de la imponente nave central.

––En tres días vendrá a confesarse alguien a quien usted ya conoce. Su nombre es Miguel Alarcón ––el suave seseo de su cadencia sonaba al aleteo de cientos de mariposas en el silencio de la inmensa bóveda pétrea. ––Muy pronto, la voluntad de su esposa Susana sucumbirá ante la implacable continuidad de su sufrimiento.

Los negros cabellos se diluían en pastosos chorros de brea que se extendían por la vaporosa indumentaria en miles de estrías negras.

––Muy pronto, gracias a usted y a su inmundo Credo, la devoción del esposo se tornará en la indiferencia del extraño. Sus oraciones al igual que las de mi hermana no pedirán por un día más; sino por una última noche.

Excepto la tenue luminosidad de su tez, toda ella era ahora oscuridad.

––No permitiremos que nada de esto suceda. usted repugnante sirviente, no lo permitirá.

––¡No… no lo permitiré… haré… haré lo que me pidas… por favor…, por favor! ––El Padre Moran suplicaba con un fervor mayor del que alguna vez ofreciera a Dios y a su hijo. Altiva e indiferente ­––como Dios y su Hijo––, Ángela prosiguió hablando sin reparar en los ruegos del sacerdote.

––Miguel Alarcón vendrá a confesarle sus dudas, los deseos sin nombre que nos llaman en la noche de nuestras vigilias y que no nos atrevemos a nombrar. Las mismas dudas y deseos, Padre…, que yo le confesé en vida.

Al mencionar esto último, Ángela volvió a mirar al sacerdote con sus grandes y profundos ojos de ébano.

––A diferencia de lo que usted hizo conmigo; le dirá que el amor y la piedad hacia su compañera y amante están por encima de cualquier mandamiento divino o terrenal. Le dirá que no existe justicia divina que exija el sufrimiento a cambio del compromiso de nuestra fe. Le dirá en definitiva… lo que un hombre de bien debe decir.

Ángela apoyó su cabeza sobre el hombro del Padre Moran al igual que una pareja de enamorados durante sus paseos nocturnos.

––El infierno «mi amado Pastor», apenas necesita de horas para hacernos creer en la eternidad con la que el cielo nos promete recompensarnos. Mi infierno fue de tres semanas. El de Susana se prolongó por cuatro meses. Una eternidad, Padre… Una eternidad tras otra.

Ángela se recostó contra el respaldo del banco. Parecía cansada, somnolienta. Cualquiera que fuese su vínculo con este plano de existencia dependía exclusivamente de su voluntad.

––Le exigirá que deberá abdicar de su credo amoral e inmisericorde. Le recordará que es su deber de esposo mostrar clemencia al terminar con la vida de ella. Le dirá, Padre…, que tiene su permiso para asesinarla desde el preciso instante que acabe de rezar sus diez malditos Padre Nuestros.

El Padre Moran trató de responderle, pero de su garganta apenas brotó un leve gorgoteo. En un segundo intento logró articular las palabras de forma entrecortada:

––Si… si… haré lo… lo que me pidas. Por favor… perdóname… perdó…

La violenta bofetada resonó en el ominoso silencio con el sonido de un trueno proveniente de la bóveda celeste pintada en el inmenso mural frontal. El sacerdote se desplomó a un costado, recibiendo el impacto de la caída contra el hombro derecho al tratar de proteger su miembro lesionado.

––¡Por favor!…, ¡por favor no!… ¡No! ––gritó fuera de sí, escupiendo la sangre de sus labios partidos la cual fluía por su barbilla tiñendo de rojo el alzacuellos. Un Cardenal ordenado por la comunión de su martirio.

––¡No se atreva a pedirme perdón, asqueroso hipócrita! ––aulló Ángela en un ensordecedor estallido de rabia.

––¡Noggh!…, ¡noggh…, ¡nogggh! ––gritaba entretanto el sacerdote, atragantándose con el amargor de su sangre.

––¡¿Es qué aún no lo ha entendido?! ¿!Es qué acaso la abulia de su servilismo lo ha vuelto ciego y sordo?!

los gritos del espectro alcanzaban escalas demenciales haciendo vibrar las figuras inmersas en los grandes vitrales.

––¡He vuelto por usted! ¡No por mi verdugo! ¡Él me ha torturado por tres semanas! ¡usted lo ha hecho durante los últimos diez años! ¡Usted y su maldita Iglesia han asesinado a mi hermana!

El horror de aquellos alaridos colmados de ira reemplazaron momentáneamente al dolor causado por sus lesiones. En otro acto involuntario ––no existía consciencia que gobernara a su cuerpo–– el Padre Moran escondió rápidamente la abultada inflamación de su muñeca derecha entre los holgados pliegues de la sotana.

––No… por supuesto que no lo entiende. ¿Cómo podría hacerlo? ––dijo Ángela con desprecio. Su voz volvía a ser serena, paciente.

            ––¿Qué puede importarnos las respuestas a las preguntas que nos negamos a hacer?

El Padre Moran permaneció en silencio. El terror que experimentaba amenazaba con derrumbar los endebles cimientos de realidad sobre los cuales descansaba su cordura.

––¡Míreme Padre! ­­––le ordenó Ángela––. Míreme y escuche; pues en muchas ocasiones usted me dio falsas razones para vivir en agonía. Ahora yo le diré el verdadero motivo de la suya…

El sacerdote elevó su rostro justo lo necesario para contemplar la imagen de la joven mujer, cuyo tormento había significado para él tan solo un nombre a recordar entre muchos otros; un par de menciones al comienzo de su sermón dominical.

––En las impalpables paredes de este vacío en el que habito resuenan los ecos de miles de voces. Algunas de ellas, las más difíciles de aceptar, provienen de mi propio interior desnudas de mentiras, faltas de juicio; tan implacables como solamente la verdad es capaz de serlo. Pero a diferencia de las inconmovibles paredes de su templo, Padre… los ecos no cesan de volver cada vez con mayor intensidad.

Los miembros de Ángela se difuminaban en opacas ráfagas de materia, convirtiéndola en un busto suspendido entre los haces de fulgor arrojados por el inmenso Rosetón. Su gélido aliento rodeaba al sacerdote en una bruma de hielo y escarcha.

––Entre estas voces puedo oír las preguntas que no me atreví a formular, las dudas que no admití tener…, las verdades que no quise aceptar.

Los ojos sin parpados de Ángela reflejaban el ardor de las velas en la fría negrura de su superficie.

––Entre todas esas voces también llegó hasta mi la de mi torturador; rezando al mismo Dios que yo he rezado. Lo he escuchado rogar por la salvación de su alma sempiterna, y hasta mi han llegado sus gritos de desesperación; pues quiero que sepa Padre que nuestro creyente predica con el ejemplo.

Su boca carente de labios y dientes formaba una grieta retorcida que rasgaba el pálido y fino lienzo que era su piel.

––¿Debo vengarme entonces de aquel cuyos actos son dictados por la misma fe que yo he profesado en vida? ¿Fue acaso su tormento menor al que yo misma me sometí junto con mi hermana a lo largo de estos últimos diez años? No, Padre… no puedo castigar a quien cree fervientemente en una justicia distorsionada por la lente de su demencia. Porque a fin de cuentas… ¿Qué es la locura sino un grado mayor de devoción?

Contornos y sombras intercambiaban lugares desdibujando a Ángela en el esbozo de un retrato inacabado. A pesar del húmedo prisma formado por sus lágrimas, El Padre Moran no necesitaba distinguir los fluctuantes rasgos del espectro para darse cuenta que estaba desapareciendo.

––Usted en cambio, se ha refugiado en los intransigentes muros de un dogma despiadado en el cual nunca a creído, y como buen mercenario día tras día recolecta las miserables monedas ofrendadas por los creyentes ávidos del veneno de vuestro evangelio tergiversado…

Al borde del colapso de sus sentidos, el Padre Moran vio impotente a la mano transparente de Ángela introducirse en su pecho. Antes de poder suplicar o gritar; antes incluso de entender lo que sucedía, sintió literalmente a su corazón y garganta inundarse entre miles de gélidas agujas.

––Su pecado ha sido el peor que un hombre puede cometer… Su pecado, Padre… es la indiferencia.

Excepto por su mano aún dentro del sacerdote, el resto de la extremidad de Ángela se evaporaba en una especie de vaho blanco y lechoso.

––Detrás de su púlpito, envestido con el hábito de su arrogancia, emite juicios y dicta sentencias carentes de toda piedad; no por su creencia en el insensato ensueño de la religión sino por la vanidad en ser llamado «el vocero de Jesús en la tierra»

Su cabello flotaba en un océano invisible de mansas e imperecederas corrientes.

––Durante nueve años mi hermana se ha arrastrado hasta este corrupto edificio confesándole sus dudas, suplicándole misericordia, rezando a estatuas huecas de falsas deidades. usted Padre, me ha visto condenada a morar en una casa en ruinas de sábanas blancas carentes tanto de color como de dignidad. Un hediondo parásito enquistado en las entrañas y el corazón de mi hermana.

Al borde del desmayo, el Padre Moran realizó un último intento por respirar. A pesar de sentir las agujas abrirse paso a través de los tejidos, su entumecido pecho se expandió inhalando el vital elemento.

––Usted y su displicencia por el sufrimiento ajeno ha transfigurado mi necesidad de creer en un instrumento de vejación; en mi Viacrucis de ocho años con los estigmas de la decadencia grabados por todo mi cuerpo… Pero ahora, al igual que Cristo ––anunció con ficticia solemnidad––, yo he resucitado para mostrarle el verdadero camino de la humildad y la compasión. He vuelto para decirle que el infierno existe y su fuego arde aquí en la Tierra, consumiéndonos con las voraces llamas que nuestros actos alimentan. Es en este mundo donde los monstruos como el «Apóstol» mutilan nuestra alma y carne; y es en este mundo donde los farsantes como usted apartan la vista con indiferencia.

El hielo incrustado en el pecho del Padre Moran fue derritiéndose junto con los dedos del engendro. Desde lo alto, el sol imperecedero grabado en el paisaje policromado de uno de los inmensos vitrales, precipitaba un único haz luminoso sobre la cabeza translucida de Ángela formando un nimbo de blasfema santidad entorno a ella.

––Cumpla lo que le he ordenado ––le exigió entre la bruma de polvo y tinieblas que los separaban––. Libere a Susana Alarcón de su denigrante expiación. Evite a su esposo el tener que seguir presenciándola. Otórgueles la compasión que su Evangelio no quiso ofrecerles en vida, o yo le castigaré con los horrores que su Iglesia nos promete en la muerte.

El Padre Moran trató de responderle, de asegurarle como antes lo hizo que haría todo lo que ella le pidiese; mas su pecho no contenía aliento alguno. Antes de desmayarse, la voz de Ángela volvió a disfrazarse de sus pensamientos.

––Después de dos semanas, cuando no quedaba nada más de mi brazo izquierdo que una pulpa podrida y seca, exprimida decenas de veces por el hierro de su mazo; fue solo entonces cuando renegué de lo que fue sagrado para mí. Con usted en cambio, apenas han sido necesarios diez minutos de dolor para que abjure de todas sus creencias. Para que renuncie a su propia hombría…

La niebla oscura y cálida rodeó al sacerdote subiendo lánguidamente por sus pies.

––Usted… el juez de los pueblos…

Y por su cintura.

––Usted… el vicario de Jesús en la tierra…

Hasta rodearlo por completo.

V

El cielo sombrío le recordó al inspector Ribelles la lóbrega nave central de la Iglesia de San Pedro el Viejo, durante su reunión con el Padre Moran hacía ya una semana.

La casa de dos pisos perteneciente al matrimonio Alarcón no tenía nada de particular, excepto probablemente por un cierto aire de austeridad. La ausencia de motivos ornamentales de cualquier clase le conferían a la impoluta fachada un aspecto impersonal, más propio de un hospital que el de un hogar. Lo primero que llamó su atención fue la ausencia de timbre o de un interfono que permitiese la comunicación con el interior. Lo segundo, el extraño llamador en forma de corazón hecho de alguna aleación extremadamente brillante. Algo en la sinuosidad de sus curvas le turbaba profundamente. Después de considerarlo unos segundos, optó por golpear la puerta suavemente con los nudillos de su mano izquierda. Jamás llamaba a una puerta extraña utilizando la diestra.

El sonido metálico repetido en cuatro ocasiones a intervalos de unos pocos segundos, le confirmaron el recelo que los habitantes de aquella casa sentían por una sociedad cruelmente impredecible. Ante él, Miguel Alarcón lo observaba con adormecida curiosidad. Un cansancio crónico evidenciado en los profundos surcos labrados en su frente y entrecejo, revelaban que la angustia y la resignación eran los escultores que habían modelado los contornos de su rostro a lo largo de los últimos 18 años. Aún así, y contra todo pronóstico, el esbozo de una sonrisa se plasmó en sus labios.

––¿El inspector Ribelles? ––preguntó en tono familiar.

––Buenas tardes, Sr. Alarcón ––contestó este, mostrándole su placa en una acción que no se desprendía de un tramite protocolar, sino de un mero reflejo desarrollado con el transcurso de los años––. Espero no ser inoportuno.

––En absoluto inspector ––negó su anfitrión con rapidez, invitándolo seguidamente a entrar––. Gracias por haber llamado esta mañana; a mi Susana siempre le gusta prepararse con antelación.

––Todo lo contrario ––se apresuró en responder el Inspector sintiendo un ligero ardor en las mejillas––, soy yo el que le agradece que me reciban; especialmente a su esposa.

El interior de la casa se encontraba inmaculado, algo que al Inspector no le sorprendió después de apreciar la impecable fachada y su pequeño y meticulosamente cuidado jardín. Incluso los muebles parecían dispuestos de acuerdo a un orden preestablecido. Dos enormes purificadores de aire situados en los extremos opuestos de la sala de estar, emitían su entrecortado y húmedo aliento en invariables exhalaciones. Seguramente ––supuso mientras pasaba a la amplia sala de estar–– los cuidados exigidos por la condición de la Sra. Alarcón después de su secuestro habían transformado la calidez del hogar en la apática frialdad de un hospital.

Por favor, tome asiento ––le pidió Miguel Alarcón, señalando dos enormes sillones forrados en cuero de una tonalidad parduzca, los cuales le parecieron al inspector los cuerpos de una pareja de corpulentos animales abrazados en su sueño perpetuo––. ¿Desea tomar algo? Generalmente no tenemos muchas visitas, aunque podemos ofrecerle una bebida sin alcohol… o una taza de café…

––Por favor, no se moleste ––rechazó el Inspector con amabilidad–– acabo de almorzar cerca de la Jefatura con varios compañeros de trabajo.

––Muy bien, entonces si es tan amable de esperar iré a por mi Susana.

Acto seguido, Miguel Alarcón abandonó la estancia con paso firme. Por su regio caminar el Inspector corroboró la instrucción militar que había mencionado el Padre Moran durante su entrevista. El olor de la antiséptica atmósfera del recinto le volvió a traer imágenes fugaces de grandes salas de espera iluminadas bajo la fría luz fluorescente de vibrantes lámparas de neón.

Minutos después, el antiguo Teniente del Ejercito se presentó empujando con ceremonial diligencia la silla de ruedas de su esposa; la primera víctima del «Apóstol».

––Buenas días inspector, perdóneme si lo he hecho esperar demasiado ––se disculpó Susana Alarcón con humildad.

––En absoluto Sra. Alarcón, no sabe cuanto le agradezco se tome tantas molestias para recibirme.

A diferencia de su esposo, Susana presentaba un semblante de paz, de una dulce añoranza por deseos que no se cumplieron mas no habían sido del todo olvidados. No se percibía tristeza en ella. Sus ojos de un azul intenso reflejaban el cansancio y a la vez, la paz de un viajero que ha llegado a su destino después de largos años de recorrido. Un gran chal de lana entretejida cubría todo su torso hasta la altura de la cintura, en donde una gruesa falda de algodón rosada ocultaba sus piernas hasta la altura de las rodillas. Por debajo de estas, no existía nada que ocultar.

––Nuestro Padre Moran nos ha llamado para avisarnos que quería hacerme algunas preguntas acerca… acerca de él ––el temblor en su voz delataba el estrés emocional que le producía hablar sobre su tabú personal––. No sé que le pueda decir que ya no le haya contado a la policía en aquel entonces; no obstante Inspector, dígame por favor en que podemos… en que puedo ayudarle.

––Sé perfectamente que ya ha contestado a todas las preguntas realizadas por mis colegas a este respecto ––aclaró el Inspector, tratando de no parecer condescendiente––. Al margen de ello, me gustaría repasar con Ud. ciertas dudas que se me han suscitado después de leer el expediente de su caso.

Reclinándose sobre el respaldo del enorme y cómodo sofá, el Inspector Ribelles la observó fijamente.

––Sra. Alarcón… no puedo ni imaginarme lo que debe ser para usted revivir tan espantosos sucesos, y si hubiese una forma distinta de hacer esto con gusto la haría.

La comprensiva sonrisa de Susana Alarcón le dijo para su alivio que ella también lo entendía.

––Lamentablemente, no contamos con pistas recientes y por esa razón tengo que utilizar todo lo que esté a mi alcance, aún cuando eso signifique acudir a usted pidiéndole algo tan difícil como mantener esta conversación. Tengo la esperanza de que con su ayuda podamos descubrir juntos algo que se nos haya pasado a todos por alto, y que posiblemente nos conduzca hasta su secuestrador.

Con una mezcla de agotamiento y resignación, Susana se frotó la sien derecha entornando los párpados en un gesto de malestar.

––Mi querido Inspector… No existen recuerdos que traer porque desgraciadamente estos nunca se han ido. Todos los días duermo delante de una ventana sin cortinas. Todas las noches veo a través de esa ventana lo que la crueldad es capaz de hacer. Lo presencio y lo más terrible…, es que a veces también puedo sentirlo.

Tristeza y culpa embargaron en igual medida al Inspector. En sus años al servicio de la policía, estaba acostumbrado a tratar con víctimas que eran capaces de relatar sus sórdidas vivencias gracias al indulto emocional que el tiempo les ofrecía. ¿Pero como confrontar a alguien que día a día continuaba siendo torturado? Mientras se debatía en la mejor forma de abordar tal obsceno interrogatorio, Miguel Alarcón, de pie a un lado de la silla de ruedas de su esposa e inmerso en su particular calvario, se adelantó un paso interrumpiendo el tenso silencio.

––Lamento tener que irme Inspector Ribelles ––le anunció con cierta gravedad––. Pero prefiero no estar presente durante esta conversación ––confesó visiblemente afectado, acariciando delicadamente la aun tersa mejilla de su esposa.

––Lo entiendo, y por favor, no tiene porque disculparse ––le respondió el inspector, sintiendo aumentar su desasosiego.

––Estaré en la iglesia hasta que termine el primer servicio de las 20:00h. Si requiere mi presencia, por favor no dude en contactar conmigo.

––Se lo agradezco profundamente y le deseo unas buenas tardes ––se despidió el Inspector respetuosamente. Acto seguido, el Teniente retirado depositó un beso en la frente de su amada antes de dirigirse a la puerta. Aquel acto reflejaba fidelidad y compromiso; un lazo tan fuerte que impedía a la humillante y tediosa cotidianidad quebrantar el amor que sentían el uno por el otro.

Frente al Inspector Ribelles, Susana se preparaba para relatar los sucesos de su cautiverio. Acontecimientos cuya terrible impronta permanecía invariable en ella a pesar del tiempo. «Vivía con la ventana abierta», le dijo; y en los próximos minutos él también vislumbraría los horrores de su patio trasero.

VI

A pesar de los fuertes analgésicos, en aquella tarde lluviosa de Mayo el Padre Moran apenas podía moverse sin el fantasma del dolor acechándolo. Su pierna derecha ardía por debajo de la blanca coraza de la escayola. Su corazón completo se le había trasladado a la muñeca derecha.

Uno de los monaguillos presentes para el oficio de la tarde empujaba la silenciosa silla de ruedas. Contra las indicaciones de su médico de cabecera, el Padre Moran se disponía a cumplir con el sagrado deber de la confesión después del último Servicio del día. Mas no eran sus creencias religiosas la razón por la que a pesar de su estado se dirigía hacía el confesionario, llevado por el joven sacristán quien empujaba su silla de ruedas con reverencial respeto. En esta tarde gris e incierta, era el terror su verdadero motivo para cumplir con el impostergable encuentro.

––¿Quiere que le ayude a sentarse? ––le preguntó el monaguillo, consternado y a la vez orgulloso de la innegable dedicación del sacerdote.

––No hijo mío…, agradezco tu preocupación pero ya puedo encargarme desde aquí.

––De acuerdo Padre. Por favor no dude en llamarme si se le ofrece algo. Cualquier cosa que necesite ––le enfatizó el joven acólito, dejando manifiesta la admiración que sentía hacia él.

––Gracias por tu bondad hijo mío. Así lo haré. «Que Dios… que Dios sea contigo»…

––«Y con usted», Padre ––contestó de inmediato el cautivado adolescente, alejándose en medio de un arrebato de fidelidad hacia su mentor. Lo que el joven sacristán no sabía era que el Padre Moran comulgaba ahora con los preceptos de una fe que reemplazaba las antiguas promesas de una condenación más allá de esta existencia. Su reciente religión profesaba el castigo en este mundo, y su evangelio predicado por un demonio mujer señalaba a los condenados que debían cumplirlo. Al finalizar la tarde, él confesaría a un fervoroso creyente y le absolvería de pecados aún por consumar. Hoy, el quinto mandamiento se ignoraría en favor de la clemencia.

Y del miedo.

Con gran esfuerzo, el Padre Moran se reclinó en el acolchado respaldar de la silla de ruedas. No podía ni tan siquiera imaginar rozar a alguien o algo con su mano derecha. Impulsándose mediante la pierna sana al mismo tiempo que se apoyaba en el respaldar de la silla con su brazo izquierdo, se dejó caer no sin antes vacilar por unos segundos en el no menos mullido banco del interior.

El ataque perpetrado a su persona por unos atracadores poco después de concluir el último servicio, fue la mentira que contó al médico residente durante su convalecencia en el hospital a pesar de la extraña naturaleza de sus heridas. Esa misma mentira fue repetida a la policía y a su turbada congregación; pero especialmente al reflejo que por las mañanas lo contemplaba con temor y vergüenza en el espejo del pequeño baño de su habitación.

¿Cómo podría continuar viviendo después de lo ocurrido? ¿Y si decidía no hacerlo, qué o quién le esperaría al otro lado del umbral de la existencia?

«La indiferencia es el peor de los pecados, Padre…»

En verdad no era esta la pregunta que le acosaba durante las interminables noches de llanto. La pregunta que temía hacerse comprendía la más temible de todas justamente porque ya conocía la respuesta:

¿Por qué Dios lo permitía?

Porque Dios también es indiferente… contestó la voz de su interior, aquella que había dejado de escuchar hacía ya tanto tiempo. Porque las suplicas que nos negamos a oír hacen eco en el infierno. No existe Cielo ni un Purgatorio, solo el odio que queda; aquel que él mismo como sacerdote permitió crecer al seguir el «recto» sendero de un dogma amoral e intransigente.

Y lo que «quedó» fue Ángela. El dolor remanente de la indescriptible tortura; el vacío resultado del inconcebible desengaño. Su voluntad sería la puerta que cruzaría una y otra vez para atormentarlo.

¿Pero cuál era la verdad? se preguntaba el Padre Moran en la soledad de su pequeño claustro. Tal vez los hombres llevaban miles de años haciendo la pregunta equivocada. Tal vez, la pregunta no debiera ser «si existía Dios»; sino: «¿Quién era Dios?»

El estado de incertidumbre que estaba experimentando le llevaba a indagar en lugares de su alma a los que jamás se había atrevido antes a explorar. Un «acto de contrición» fuera de toda creencia.

¿Podía haber alguna razón inalcanzable por la conciencia terrenal para las atrocidades que se sucedían con inclemente veleidad?

Quizás la respuesta era inmensamente sencilla e infinitamente cruel: Dios era «indiferente». Porque la condición humana que lo había creado también lo era y lo sería por siempre. Más aún, Dios era un arma; la omnipresente amenaza del castigo ejecutado por un verdugo inmisericorde, allí donde la ley de una sociedad incipiente no bastaba para controlar la bestialidad de sus individuos. Pero su nombre no significaba tan solo la omnipresente amenaza, sino también la piedra filosofal de la voluntad. La poderosa alquimia que transmutaba a los hombres en soldados ciegos y sordos, enviándolos a una batalla sin fin contra el único mal existente: el propio hombre.

Perdido y sin esperanza, el Padre Moran sentía que las paredes de madera del confesionario se cerraban entorno a él como un inmenso ataúd. Ahora sabía ––siempre lo supo–– que el Dios al que rezaba no existía. Que la maldad y la necesidad habían sido capaces de crear y mantener la mayor aberración concebida por la humanidad: la religión.

Sin embargo, lo que no pudo imaginar hasta hace unos días, es que esa misma religión que mentía acerca del Cielo dijese la verdad sobre los demonios que nos aguardan en el oscuro abismo de nuestra iniquidad. No existían ángeles ni santos renacidos en el tormento de los mártires. En su lugar, abominaciones mutiladas con ojos de cristal negro reflejaban su culpa, amenazándole con una penitencia de carne en vida y de perpetuo olvido tras la muerte.

La religión constituyó su perversa excusa para negar la paz a Ángela, y por eso hoy los ecos de las súplicas y lamentos que evitó escuchar resonaban en el infierno de ella. Les decían que padecería los tormentos que destrozaron sus huesos y alma, pues eso significaba la verdadera justicia. La víctima se convertía en el victimario, y el perdón llegaba siempre a través del castigo.

El padre Francisco dio inicio a la misa con una cita proveniente de los evangelios de San Marcos. Un pequeño grupo de fieles ya comenzaban a acercarse al confesionario listos para expiar las culpas y lavar sus pecados antes de recibir el cuerpo de Cristo. 

––He pecado Padre… hace unos días tomé dinero de nuestro fondo de pensiones…

––He pecado Padre… he estado accediendo a ciertas páginas de Internet que…

––He pecado Padre… estoy engañando a mi esposa…

Uno tras otro, gente de diferentes edades y procedencias le confesaban sus pecados, esperando una absolución que les permitiese empezar nuevamente a pecar sin el lastre de la culpa. Al escuchar la repetitiva exposición de faltas y miserias, nuevas dudas acuciaron al Padre Moran: ¿Qué significaban todas estas confesiones? ¿Qué transcendencia adquirían los pecados expuestos en ellas? ¿Acaso el verdadero arrepentimiento podía darse ante tal nimio castigo?

––«Reza tres Padrenuestros y dos Ave Marías…»

 No podía haber arrepentimiento sin expiación, como ya lo había comprobado en «carne y sangre propia». Él tan solo era uno de los personajes principales de la parodia representada a través de los siglos en aquel ostentoso escenario, adornado de figuras de yeso pintadas y esplendorosos símbolos de poder celestial. Su papel como en toda buena comedia, era el más absurdo de todos: un hombre insignificante con el poder de perdonar los pecados cometidos por extravagantes personajes sin decencia ni voluntad propia. Todos ellos, juntos, acudían en busca de un mágico conjuro que solo podía ser pronunciado por el «hombre Santo» oculto tras su trono de madera e incienso. Este encantamiento que les otorgaba la libertad de robar, asesinar y violar con solo escucharlo; se componía de la siguiente fórmula: «Reza tres Padrenuestros y dos Ave Marías»

––Padre…¿Se encuentra usted bien?

La anciana vestida de negro que sujetaba un enorme rosario de inmensas cuentas también negras, observaba con preocupación la oscura silueta del Padre Moran a través de la delicada rejilla de madera.

––Si hija mía, gracias por preguntar––respondió él vacilante––. Por un momento me he perdido…

––Oh, no se preocupe Padre; a mi me sucede muchas veces ––sonrío ella con franca melancolía––. Le pregunté acerca de mi penitencia.

––Reza tres… reza dos Ave Marías y dos Padre Nuestros…, y arrepiéntete de corazón por todos tus pecados.

––Así lo haré padre. «Que el Señor esté con usted»

––«Y con tu espíritu», hija mía… «Puedes ir en paz»

No todo podía ser una farsa. Él había consagrado su vida para servir a la santa Iglesia. Si su pecado fue evitar que el temor de otros lo desviaran del camino de los justos; respondería ante el Altísimo y no ante un demonio. Porque eso es lo que era aquel espectro que usurpaba la forma de la fallecida devota. Si la maldad poseía el poder de transfigurarse en una abyecta aparición, ahora más que nunca las creencias que con tanto ahínco el deformado reflejo de Ángela trataba de que él abjurase conformarían la Atalaya tras la cual lucharía. Aquel demonio mujer representaba el testimonio fehaciente de que Dios existía, y de que su fe estaba siendo puesta a prueba.

 A lo largo del ancho pasillo central, los fieles exentos de pecado desde su última confesión se preparaban para recibir la Eucaristía. Procurando controlar su ansiedad, el Padre Moran advirtió que nadie más permanecía a la espera de la absolución.

––Dame fuerzas Señor para superar esta prueba. Perdóname por permitir que las dudas se apoderen de mi.

De rodillas en el angosto reclinatorio conformado por una pieza recubierta de un recio tejido de cuero color vino tinto, el Padre Moran rezaba en voz baja por el perdón; por valor y consuelo ante la diabólica tentación, y para que no regresara el mal que él mismo podía haber ayudado a engendrar.

Súbitamente, un sonido agudo; algo parecido a un chasquido seco, distrajo su atención. Sentada en el último banco a escasos metros de él, la anciana del rosario cuyos tenues pecados se cometieron en los pocos matices de una vida gris, estaba transformándose. Una oquedad antinatural absorbía el vaporoso vestido en el preciso lugar donde un brazo debería ocupar la nada. En un acto reflejo, sin exhalar el aliento contenido en sus pulmones, el Padre Moran miró hacia abajo. Similar al torso, la ausencia de formas en la superficie oscura de la larga falda evidenciaba la falta de la extremidad inferior derecha. Sin razón aparente, la beata de negro dejó caer el inmenso rosario de cuentas negras las cuales no produjeron sonido alguno al chocar contra la pulimentada superficie del banco. La anciana retiró el antiguo velo formado por cientos de filigranas de tela entretejida, descubriéndose ante él. Dos obsidianas de níveo marfil incrustadas en sus cuencas lo miraban fijamente, absorbiendo en su negrura el brillo multicolor proveniente de los inmensos vitrales. Sus labios contraídos hacia tras en una mueca abisal dejaban entrever densas hileras de dientes amarillos…

«Esto es lo que había quedado»

Un nuevo chasquido de la abominación hirió los oídos del sacerdote, obligándolo a apartar su mirada de la delirante imagen en busca de la fuente del lacerante sonido. Ángela/la anciana cogió el largo rosario del piso, deslizando paulatinamente las enormes cuentas negras entre sus dedos índice y pulgar, cuyas falanges se fracturaban continuamente con el paso de cada una de las oscuras esferas emitiendo los agudos crujidos.

––Esto es lo que él me hacía cuando me obligaba a rezar ––le confesó Ángela, mostrándole su pulgar plegado en dos ángulos opuestos.

––Y esta, la respuesta que nuestro Salvador dio a mis suplicas ––sentenció, dejando que el silencio hablase por si solo.

––Tome Padre… acepte un pequeño regalo de «nosotras».

Al decir esto, el rosario flotó con sobrenatural levedad hasta posarse suavemente en el suelo. Cientos de sinuosas patas emergieron de las cuentas transformándolas en los innumerables segmentos vellosos de un monstruoso ciempiés. La repugnante cosa comenzó a arrastrarse en dirección al sacerdote. Todas las promesas, oraciones y súplicas, se desvanecían de su mente a medida que la vil alimaña arrastraba su negrura por el marmóreo suelo.

––¡Por favor… por piedad… dije que haría lo que me pidieras! ¡Por favor no sigas!… ¡Te lo ruego! ––Sus lagrimas arrastraban consigo los escasos remanentes de valor. La fe, el bien sobre el mal, y la justicia de un Dios omnipresente; tan solo alimentaban el espejismo del creyente. El dolor y la incertidumbre, incluso la delirante criatura que se arrastraba sigilosamente hacia él, conformaban en estas horas de pesadilla su verdadera y única realidad.

––Oh no Padre, no he venido a lastimarle ––respondió Ángela con maliciosa condescendencia––. Estoy aquí para recordarle la promesa que debe de cumplir. Porque yo a diferencia de Él escucho con gran atención. Y a diferencia de Él, mi penitencia para usted no será tan solo un «Padre Nuestro»

––¡Haré… haré lo que me pidas!­ –– Su atención vacilaba entre la espectral figura de Ángela y la aborrecible oruga que se enrollaba en sus pies después de traspasar la madera del confesionario.

––El marido, cuya esposa a sufrido lo inimaginable, atravesará esa puerta buscando la absolución por un pecado que solo ha consumado en el pensamiento. Usted Padre le ofrecerá la piedad que su Dios le ha negado. Usted le liberará de la asquerosa doctrina de su evangelio.

––¡Lo haré!…, ¡lo haré!… ¡Le daré mi consentimiento para que mate a su esposa! ––le aseguró el Padre Moran, confirmando que su falta de valor y de fe eran tan ciertos como la aberración que tenía ante él.

––Sé que lo hará Padre ––sentenció la aparición con una mezcla de desprecio y sarcasmo––. Aguardaré sentada, escuchando y rezando por Ud.

El inmenso ciempiés retrocedió hasta el banco desde donde la muerte se burlaba del milagro de la vida. Trepando por su tobillo, cientos de minúsculos apéndices se retorcían bajo la superficie del vestido hasta que el último segmento del enorme gusano desapareció bajo el regazo de Ángela. Instantes después, la fervorosa octogenaria volvía a ocupar su lugar recitando entre susurros los misterios de la Virgen y su Hijo, dejando que las cuentas del rosario fluyesen con rítmica indolencia.

Poco antes de concluir la Misa, la inmensa sombra atrapada en el extenso rectángulo de luz proveniente de la entrada principal anunciaba la llegada de un fiel en busca de la absolución. Miguel Alarcón se arrodilló a un lado de la pila bautismal. Después de persignarse, transcurrió al menos un par de minutos antes de que se incorporase caminando vacilante hacia el confesionario.

––Padre… discúlpeme por no haber llegado al servicio. Sé que debe de ser un enorme sacrificio para usted cumplir con su sagrada obligación en estas condiciones; pero necesito confesarme cuanto antes. Necesito que me escuche. Que me aconseje…

Al escuchar su voz, el Padre Moran supo que la tarea encomendada a él por el infierno acababa de comenzar.

––No hay horarios para nuestra necesidad de perdón, hijo mío… ––le contestó, sintiendo que su garganta y sus labios resecos le escocían con mayor intensidad––. Cuéntame tus pecados y no te preocupes por mi salud.

De rodillas, Miguel Alarcón reunía fuerzas para confesar no un pecado cometido, sino el acto innombrable que estaría por llevar a cabo. Amparado en el pequeño habitáculo desde donde impartía el Sacramento de la reconciliación, el Padre Moran comenzó a llorar en silencio.

VII

––El primer día desperté atada a la cama… Él permanecía sentado a la izquierda, observándome en silencio. Durante varias horas, no recuerdo cuantas, me leyó con pasión los Salmos del Antiguo Testamento.

––Esa noche entró a mi habitación después de tocar la puerta. Me pidió que le confesara mis pecados sin omitir ninguno de ellos. Tenía tanto miedo que no sé si le dije todos, o probablemente más de los que podría haber cometido.

––Al terminar, se levantó y me dejó sola en la habitación oscura… Tenía tanto miedo…, tanto miedo…

––Unas dos o tres horas después, quizás menos; el tiempo no tenía significado en esa habitación, él regresó trayendo consigo una caja de herramientas y un balde de plástico algo sucio. En ese momento no supe la razón por la cual el olor que desprendía aquel balde me asustó tanto que no podía parar de temblar. Hasta entonces, no fui consciente de que acababa de evacuar sobre la cama…

––Él retiró las sábanas sin prestarme mayor atención. Luego, las acercó hacia el foco de una pequeña lámpara de mesa situada a mi izquierda extendiéndola delante de mi para que pudiera ver las manchas que la cubrían. Alzando la voz sin llegar a gritar, me dijo: «Esto es tu cuerpo… Así como mancha la superficie de la sabana con su inmundicia, de la misma forma corrompe tu alma con su impureza y debilidad. El cuerpo es lo que nos hace débiles…, es lo que nos hace «sucios».

––Acto seguido, arrojó las sábanas manchadas en un viejo cesto de mimbre. Y entonces…

––Entonces cogió un mazo de la caja de herramientas. Era enorme y se veía muy pesado. La cabeza me pareció de color marrón o algún tipo de rojo ocre… No sé porque recuerdo esta clase de cosas; no sé porque reparé en estos detalles. Es probable que mi mente buscase una vía de escape al terror que sentía…

––Él se paró en el lado derecho de la cama. Cuando alzó el mazo, un hedor penetrante a metal y a óxido llegó hasta mi. Antes de que sufriera el mayor dolor que había padecido jamás, me di cuenta que en ese olor se encontraba la prueba del milagro de nuestro Señor. Aquel pedazo de metal frío e inanimado tenía el mismo aroma que la cálida y roja vida que fluye bajo nuestra piel. Dios nos hizo del barro, Inspector… y allí estaba la prueba. Aún conservamos el olor de sus herramientas…

––Cuando mis lesiones comenzaron a sanar y el respirar se volvía casi soportable; él se presentó no con comida y agua, sino con su herramienta de hierro y sangre. Saber con antelación el daño que me causaría era lo peor. Saber que muy pronto el dolor que padecía sería aún mayor, hacía que… bueno Inspector, hacía que perdiese el control y por este motivo llevaba aquel balde siempre consigo…

––Con el primer golpe, me invadió un frío gélido. El pecho me dolía tanto. Parecía que mi corazón también deseaba castigarme golpeando desde dentro con idéntico frenesí… Los huesos al romperse no se oyen, inspector… es un crujido que solo se puede sentir.

––Cada visita consistía de cuatro golpes… Cuatro veces que rogaba a todos los ángeles que me llevasen, que me librasen de aquel infierno. Cuatro veces que mis entrañas se revelaban contra mi voluntad como si también ellas, al igual que mi alma, quisieran expulsar toda la suciedad contenida en su interior. «Un exorcismo de la carne», le llamaba él.

Susana se detuvo por unos segundos antes de continuar. Un apéndice deforme y abultado emergió del hermoso chal de lana, mostrando las cicatrices que decenas de operaciones dejaron tras de sí. La mano de apenas tres dedos permanecía soldada al amorfo antebrazo izquierdo cuya división delimitada por la articulación de la muñeca era indistinguible. Con el índice y el anular se acarició la sien derecha. Unas pocas lágrimas permanecían en sus largas y hermosas pestañas como pequeñas gotas de rocío. Su cuerpo ––dedujo el Inspector–– volvía a desobedecerle.

––Al final, cuando mis brazos y piernas a pesar del suero y de los cuidados que él me proporcionaba comenzaron a gangrenarse, di gracias a Dios por saber que al menos habrían partes de mi que ya habían muerto.

Una semana antes de asistir a su cita con el matrimonio Alarcón, el Inspector Ribelles había repasado exhaustivamente las descripciones presentadas en los informes forenses, las cuales plasmaban en detalle los daños físicos causados por la ignominiosa expiación impuesta a las víctimas del Apóstol. También contaba con la entrevista realizada a Ángela Ponds por los médicos e inspectores de turno, después de las primeras intervenciones de emergencia en el Hospital Universitario de Barcelona. A pesar de todo ello, hasta hoy no había sido realmente consciente a lo que se enfrentaba. En el proceder del Apóstol no prevalecía la pasión ni la furia; por el contrario, el castigo que impartía era amoralmente sistemático. Lágrimas, súplicas, sometimiento…, nada de lo que sus prisioneros le ofrecían saciaba su insaciable apetito por el tormento ajeno.

Al concluir el relato de Susana Alarcón, el Inspector supo por experiencia que perseguía a la peor clase de asesino. Aquel que no nacía y moría en un arrebato de violenta pasión, sino que vivía y comía del retorcido manjar de su propio sadismo. No sabía que decir. Creía que cualquier tipo de comentario sería indecorosamente banal. A pesar de todo, al principio de la sórdida narración, su frustración dio paso a una gran admiración por la fortaleza física y moral que mostraba Susana Alarcón al narrar lo inenarrable. Mas en el transcurso de su siniestro relato, una extraño sensación comenzó a incomodarle. Su anfitriona revelaba una emoción subyacente que se mostraba esquiva a su entendimiento.

––Disculpe Señora Alarcón…

––Susana por favor ––le interrumpió ella, apenas él acabó la frase––. Después de todo le he contado cosas que una mujer jamás le contaría a un extraño.

 ––Se lo agradezco y lo lamento profundamente, Susana ––respondió el Inspector con gravedad––. Me consta que los inspectores que llevaron su caso repasaron meticulosamente este tipo de detalles ––hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras adecuadas––. No obstante, y esto es frecuente en casos de profundo trauma, con el paso de los años somos capaces de recordar…

La sonrisa que se gestaba en los labios de Susana le impidió seguir hablando. La amarga condescendencia que en ellos se perfilaba le reclamaba lo superficial de su proceder.

––Inspector Ribelles… ––pronunció su nombre con complicidad–– tal como ya le dije al comienzo de nuestra conversación y seguramente ya lo ha podido comprobar, no son recuerdos los que le he contado a usted y a sus compañeros. Únicamente le estoy describiendo los hechos de una película que no cesa de proyectarse en mi cabeza.

El Inspector trató de responder, de disculparse nuevamente; pero la vergüenza que experimentó le impidió seguir hablando. Su necesidad de obtener información le indujo a cometer una imperdonable equivocación: menospreciar el hecho de que para Susana el tiempo era incapaz de desdibujar los recuerdos de su indescriptible agonía, de manera similar a su imposibilidad de ocultar las cicatrices que reptaban sobre su piel.

––Créame Inspector cuando le digo que no existe un día en el cual no sienta el caer de su mazo ––nuevas lágrimas afloraban entre sus fatigados párpados––. No existe una noche que no espere a que él entre en mi cuarto, trayendo consigo su balde apestando a humillación. No hay pesadillas Inspector… no me asusta cerrar los ojos. Es mantenerlos abiertos lo que me aterra.

El Inspector Ribelles inclinó la cabeza en un acto de cansancio y frustración. Susana lo observaba detenidamente, en silencio. No le fue necesario hablar para manifestarle que cualquier falta por su parte ya había sido perdonada.

––Sé que ha venido a ayudarnos y que su objetivo es evitar que otras sufran tan espantoso tormento. Pero créame que Dios tiene un propósito para todo, y sus designios no pueden ser alterados por nuestros deseos.

––Realmente ––respondió el inspector con una mezcla de incredulidad e impaciencia––, creo que la mayoría de nosotros no tenemos su fortaleza para creer que un «Padre» misericordioso antepondría sus inexplicables propósitos ante el sufrimiento de sus «hijos».

La pasiva deferencia de Susana fue sustituida rápidamente por su implacable convicción.

––No son «inexplicables» Inspector ––interpeló con incuestionable pasión––, simplemente escapan a nuestra comprensión.

A pesar de su estado anímico, lo último que deseaba hacer el inspector Ribelles era cuestionar la fe de Susana. Si sus creencias conformaban la barcaza que la mantenía a flote en un mar de horrores y angustia, no sería él quién abriría las fisuras por donde entrasen las turbias aguas del desengaño.

––En lo que a mi respecta, trataré de no volverla a importunar con la investigación. Si me permite, solamente la llamaré con el fin de mantenerla informada de los avances que hagamos.

––No se preocupe, inspector ––le reiteró Susana––. Puede llamarme cuando quiera; por el caso, o sencillamente si desea hablar y desahogarse. Sé que su trabajo no es fácil pues debe de lidiar día tras día con nuestros más sórdidos instintos ––de nuevo, su voz se deslizaba entre esa cadencia maternal que tanto le tranquilizaba––. Aun así, quiero que sepa que el Todopoderoso está aquí con nosotros, caminando a su lado a través de los tortuosos valles de la vida.

––«Amén» ––le respondió él con toda honestidad––. Por favor, no hace falta que me acompañe; ya conozco la salida. Usted trate de descansar.

––Hasta pronto Inspector ––se despidió ella desde su silla de ruedas, la cual ladeó unos centímetros hasta situarla en la puerta del espacioso salón––. Es usted un buen Cristiano… y un buen policía.

El Inspector Ribelles se disponía a abandonar la casa de marcado estilo colonial, cuando algo en su interior, una sensación de incompletitud, le obligó a detenerse volviéndose hacia su anfitriona.

––Susana… sé que a lo largo de todos estos años en muy pocas oportunidades ninguno de los agentes involucrados en el caso, ni nadie del personal médico que la ha tratado, le habrán sabido mostrar o expresar debidamente la admiración y el respeto que se merece…

Susana expectante guardó silencio. Su labio inferior se mecía al ritmo de una melodía que solo ella parecía percibir.

––Créame que lamento profundamente su desgracia y la de las otras víctimas. Le prometo hacer todo lo que esté en mi poder para detener al miserable monstruo que le ha hecho esto.

En el transcurso de la insoportable narración de Susana, la ira había mantenido su sofocante presión contra el pecho del inspector. Al poder expresar lo que realmente pensaba sintió por vez primera desde que entró en la amplia y sobria sala de aquella casa, y posiblemente desde que se había hecho cargo del caso; que esa incesante opresión disminuía con cada frase que pronunciaba. No reparó en el puño tembloroso de Susana apretándose hasta que sus nudillos perdieron el color.

––Esa escoria no es un ser humano; es un desecho, una malformación que no debió de sobrevivir en el vientre de ninguna madre ––No podía contenerse y tampoco deseaba hacerlo. Si la inquebrantable fe de Susana le impedía maldecir, él maldeciría por los dos…

 ––Probablemente esos misteriosos (oscuros) designios de Dios contemplen la necesidad de que una madre engendre tal abominación; pero le prometo Susana que cuando logre cogerlo le…

De repente, el Inspector Ribelles dejó de hablar.

Susana se había ido.

VIII

––Abre tu corazón y dime tus pecados ––le pidió el Padre Moran tras la rejilla cubierta por una hermosa ornamentación que descendía desde lo alto del confesionario. A veces miraba de soslayo hacia los bancos contiguos esperando que en cualquier momento Ángela surgiese de entre las penumbras.

––Con hoy, hace ya dos domingos que no me confieso, Padre ––reconoció Miguel Alarcón con humildad, avergonzándose de la falta cometida.

––Prosigue hijo mío.

––Hay momentos que… que no soy capaz de continuar viendo a mi Susana marchitarse en medio de la indignidad de no poder valerse por si sola. Es un árbol sin hojas ni flores, Padre… un tronco con frutos negros y podridos que germinan y hieden a su alrededor.

Como si la oscuridad que lo envolvía no fuese suficiente para ocultar su vergüenza, Miguel se cubrió el rostro con ambas manos mientras sollozos de desesperanza acompañaban a su desoladora confesión. El Padre Moran por su parte no tenía tiempo para la misericordia ––en realidad nunca lo tuvo––. Toda su voluntad se centraba en seguir el guión escrito por Ángela.

––Sé que aunque la Biblia no hable abiertamente sobre ello ––inició la primera línea de su diálogo en aquella nueva pantomima––… Jesucristo conoce nuestros límites mejor que nosotros mismos. Si debido a las circunstancias llegamos a este punto de inflexión, estoy seguro que nos permitiría en su infinita bondad atravesar la frontera que nuestras creencias han trazado.

––¿Qué es lo que quiere decirme, Padre? ––le preguntó Miguel sorprendido.

Nuevamente, el Padre Moran dirigió su vista hacia los bancos cercanos esperando descubrir unos labios descarnados relamiéndose de satisfacción.

––Quiero decirte Miguel, que debes de hacer lo que tu corazón te dicte porque el Señor sabe de misericordia y amor, y todos los actos determinados por ellos no pueden estar en contra de su voluntad.

«Un niño asustado que se cobija entre lágrimas y gemidos…»

––Dígame Padre ––susurró Miguel en voz baja, como si temiese que alguien pudiera escucharlos––…, me está diciendo que el Señor me perdonará si…

––Si terminas con el sufrimiento de Susana de una vez por todas ––sentenció este último, completando la frase inacabada.

El fiel creyente y esposo se mantuvo en silencio, lo cual fue interpretado por el Padre Moran como una señal negativa, temiendo que el brusco cambio que significaba la anuencia del asesinato en su habitual mensaje le hubiese creado mayor confusión que alivio. Miguel se levantó de improviso sin pronunciar palabra alguna, para acto seguido extraer algún tipo de objeto del interior de un voluminoso bulto que al parecer había traído consigo.

Cuando la endeble puerta del confesionario se abrió, el Padre Moran contempló el mismo odio desmedido al que se enfrentaba en ese instante el Inspector de policía a cargo de la investigación del Apóstol, a unas diez calles de distancia. La diestra de Miguel Alarcón aferraba con fuerza un pesado mazo cuya cabeza de hierro mostraba una coloración ocre.

––Es sangre… ––musitó el sacerdote al verlo.

IX

Aquella mujer sentada en la silla de ruedas no era Susana Alarcón. Saliva, lágrimas y mucosidades confluían en las comisuras de su labio inferior precipitándose en una cascada de rabia animal. Finas hebras azules aparecieron en su frente perlada de sudor, desapareciendo en un mar de cabellos plateados.

––¡Callesé! ––aulló, escupiendo las palabras como si fuesen algo físico–– ¿¡Quién es usted para hablar así de mi Miguel!?

«Mi Miguel…» «Mi Miguel…»

El Inspector Ribelles apenas escuchaba los gritos de la mujer en silla de ruedas. Ni siquiera su metamorfosis en una criatura que rezumaba puro odio lo distrajo de su estado de ensoñación desde el cual repetía abstraído la frase: «Mi Miguel». Su mente consciente parecía tratar de descifrar el significado oculto de un idioma lejano y desconocido.

La cabeza metálica resplandecía desde el interior. Un halo turbio y difuso le otorgaba una apariencia irreal.

––¿Es esta realmente la voluntad divina, Padre? ––Le preguntó Miguel, cuya robusta figura cubría prácticamente todo el campo visual del sacerdote–– ¿Es esto lo que usted predica a aquellos que tienen dudas; a los que vienen por su consejo y su consuelo? Usted Padre, quien todos los sagrados domingos nos exhorta a redimir nuestros pecados aceptando con valor las pruebas que el Altísimo nos impone. Usted quien nos enseñó que hasta su único hijo Jesucristo tuvo que purificarse a través del martirio ––el desengaño se revelaba en su voz; la locura lo hacía a través de su mirada––. Usted Padre…, después de todos sus sermones… ¿Me dice ahora que escoja el execrable camino de los malditos y dé la espalda al milagro de la vida con el que hemos sido bendecidos?

––No… no entiendo… ¿Qué le sucede Miguel… por qué lleva eso con usted?

Sabes muy bien lo que sucede, le respondió la tenue voz de su conciencia; aquella que nunca es aceptada pero que jamás miente.

––He venido, al igual que todos los domingos, a purgar mi alma ante usted y ante el Señor. Esta noche me vuelvo a embarcar en la sagrada misión de someter a prueba la fe de otro miembro de su rebaño.

Las facciones de Miguel se encontraban imbuidas por la alienación del fanatismo. Más abajo, la cabeza de hierro mostraba las huellas delineadas en sangre de los anteriores mártires.

––Justo hoy, después de ver a mi Susana revivir la dura prueba a la que ambos fuimos sometidos… Justo hoy cuando necesitaba de su consejo, de su apoyo en la batalla que libro contra el mal; usted se muestra por fin como el detestable charlatán que es en realidad…

Sentada en el segundo banco de la columna izquierda, la hereje vestida de negro sostenía su rosario negro. Este se movía con miles de patas diminutas agitándose en un caos de sinrazón. Las cuentas negras y brillantes que componían el caparazón del monstruoso ciempiés discurrían entre sus dedos al compás de su perversa liturgia. El velo que cubría su rostro casi por completo, dejaba entrever unos labios magros que se abrían en una enorme llaga donde la burla y el desprecio supuraban por igual.

Con palabras no pronunciadas, Ángela le decía al Padre Moran:

––No poseo el poder para castigarle, Padre… Diez minutos ha sido todo lo que mi voluntad me ha obsequiado. Diez minutos es el tiempo que le ha llevado a este mundo consumirme por segunda vez ––el vestido negro se desvanecía volviéndose parte de la oscuridad que la rodeaba. Su brazo y pierna mutilados repletos de cicatrices se le mostraban desnudos en toda su crudeza.

––Solo diez minutos fueron necesarios para mostrarle cuan débil es usted; cuan frágiles son sus creencias. Pero eso Padre, ha sido tan solo su confesión. Ahora deberá cumplir la penitencia.

El Padre Moran comprendió finalmente el engaño perpetrado por Ángela. La aborrecible criatura que le sonreía desde las penumbras que invadían su Iglesia había regresado a este mundo por tan solo diez minutos; no para ejecutar su venganza, sino para conseguir a su verdugo. «Soy un sentimiento», le había confesado durante esos minutos en los cuales su voluntad la hizo materia. Y fue únicamente aquella infinita voluntad; aquel infinito odio, el que le había otorgado el poder necesario para retornar desde el perpetuo exilio de la humanidad con la fuerza suficiente para infligir el mismo sufrimiento que en vida ella había padecido.

El Padre Moran comprendió en las postrimerías de su existencia terrenal, que tal poder no podía originarse de la compasión hacia las otras víctimas del «Apóstol». El único sentimiento capaz de obrar el milagro de la resurrección, aunque fuese tan solo por diez minutos…, era el odio.

Lo último que el Padre Moran hoyó de Ángela sería también lo último que recordaría antes de cruzar la puerta ignota de la demencia.

––he ahí a un verdadero creyente… He ahí al verdadero milagro de su religión: la transfiguración del individuo en un monstruo cruel e inmisericorde, ávido de violencia y lágrimas. Él le mostrará los caminos de su fe. Él le enseñará a suplicar, a humillarse…, a maldecir a la Iglesia y a su ejército de peones ciegos y sordos.

Sus cicatrices, las enormes úlceras de su piel corrupta, las costras resecas que coronaban sus muñones se desvanecían junto con la cordura del sacerdote.

––Sus pecados no serán perdonados por el sacrificio de Cristo… En esta ocasión, Padre… los huesos astillados de sus miembros se convertirán en los clavos de su crucifixión.

Frases inconexas sobre batallas inmemoriales del bien contra el mal proferidas por Miguel Alarcón, conocido por los medios como el «Apóstol», llegaron a los oídos del sacerdote quien apenas les prestaba atención. Ángela se despedía finalmente.

––He de marcharme, Padre… Cielo e infierno son la nada. Apenas el vacío en el que dejarme caer…

––¡Cumpla su penitencia! ¡Arrepiéntase! Pues su pecado es el peor de todos: La indiferencia…

––¡Grite!…, ¡maldiga!…, ¡suplique! Quizás allí donde me encuentre todavía pueda escucharle.

––Quizás después de todo… aun pueda sonreír

Lo que una vez fue… lo que quedó…, dejó de ser para siempre.

––¡Maldito farsante! ¡Maldito hipócrita! ––gritaba enloquecido el «Apóstol». Decepción y rabia convergían en él de forma espeluznante––. ¡Impostores como usted se hacen pasar por verdaderos creyentes con el propósito de alimentarse de nuestras convicciones! ¡Sois gusanos que engordan con los fétidos fluidos de nuestra culpa!

El Padre Moran cesó de luchar. Sentado en el pequeño banco se convirtió en el espectador pasivo de su propia locura.

––Hoy tenía una misión ––prosiguió el «Apóstol». La cadencia serena en su hablar volvía a ser la de un penitente que confesaba sus pecados esperando la absolución del Domingo––; pero el Santísimo me hizo venir hasta aquí con un propósito. En estos quince años he sido el instrumento que nuestro Señor ha utilizado para dar a conocer la verdadera fuerza de nuestras convicciones. Mi Susana fue la primera escogida, y fue también la prueba viviente de mi entrega a nuestra eterna batalla contra el Maligno.

El apagado clamor de las velas, el delirante gemido del viento herido por los agudos arcos ojivales; incluso el violento golpear del corazón cautivo en el pecho del Padre Moran, todo ello formaba parte de las risas de Ángela llenando el ubicuo silencio desde el último banco del santuario.

––Antes de su renacimiento en la verdadera fe, la belleza de mi Susana fue aprovechada por el Demonio para hacerla caer en el pecado de la vanidad. En la búsqueda de una vida fútil y superficial ––el Apóstol mantenía el grueso mango de madera contra su pecho, del modo que lo haría el cruzado de una antigua orden medieval en su eterno combate contra los enemigos de la Cristiandad.

––El sufrimiento de mi Susana fue el mayor, Padre. Golpe tras golpe mi espíritu se quebraba junto con sus huesos. El Infierno la obsequió con el regalo de la tentadora belleza, y nosotros se lo devolvimos para que ella pudiera renacer en un cuerpo que le recordase lo efímero de la juventud y las tentaciones que en ella anidan–– al introducir su pie derecho dentro del Confesionario, los ocres resecos de los sacrificios centellearon amenazantes en la rugosa superficie de hierro colado.

––No sé hasta cuando el Señor me permitirá continuar con su obra, pues cada misión que me ha encomendado puede ser la última ––orgullo y locura emanaban de él con idéntica intensidad––. Hasta ahora, solo dos hijas de Eva han soportado catorce días de Viacrucis sin abjurar de su fe. Catorce días en los que mi Susana y la otra joven de nuestro rebaño han logrado mantener su devoción sin sucumbir a la expiación de mi mazo. Por esa razón Dios me ha permitido dejarlas vivir, y por esa razón sin importar lo que me suceda, le aseguro que usted también renacerá en un nuevo cuerpo. Le juro que usted también recuperará la fe, y rezará junto conmigo por el perdón eterno.

Unos labios maliciosos le decían adiós al sacerdote.

Un sentimiento de odio es todo lo que había quedado.

Y ahora, ese sentimiento se había ido.

El «Apóstol» alzó el pesado mazo por encima de sus hombros…

El Padre Moran no suplicó. No rezó por la ayuda que él sabía jamás llegaría. En lo alto, San Jorge empuñaba con fuerza su espada dorada listo para descargar el golpe final sobre el demonio vil y pecador. En sus últimos segundos de cordura, el sacerdote se preguntó si los ángeles mostrarían piedad ante el arrepentimiento del leviatán derrotado.

 No, no lo harán ––se contestó a si mismo––. Ordenes son ordenes, tanto en el Cielo como en el Infierno. El arrepentimiento no es necesario, tan solo el cruel castigo. Probablemente ––concluyó con las primeras lágrimas preludio de muchas otras––…, la piedad solamente pudiese provenir del hombre.

El enorme mazo descendió con brutal fuerza sobre el sacerdote. Su castigo por el peor de todos los pecados apenas acababa de comenzar.

Más que respirar, su pecho se contraía a un ritmo feroz provocando que su cuerpo se estremeciera con cada una de sus palabras.

–– ¿!Quién es usted, miserable policía corrupto?!  ¡¿Qué puede saber acerca de la difícil tarea de mi Miguel?! ¡Yo he pecado! ¡Yo he permitido que el orgullo rigiese mi vida! ¡Yo he alentado las morbosas fantasías de otros hombres exhibiéndome como una vulgar ramera!

Su voz sucumbía por momentos al delirante esfuerzo que la ira ciega demandaba de ella. Los dedos de su mano derecha se hundían en el acolchado apoyabrazos de la silla de ruedas.

––¡Madres…, padres…, hijos e hijas…; todos ellos degradan el barro divino en el cual fuimos moldeados a su imagen y semejanza! ¡Lo corrompen con los venenos que su maldad ha creado! ¡Bestias que fornican ebrias de lujuria ofreciéndose para ser sodomizadas y esclavizadas por amos hambrientos de humillación y deseo!

El inspector Ribelles se esforzó en concentrarse a pesar de sentirse desorientado por el bizarro desvío al que lo había conducido su persecución del «Apóstol». La metamorfosis de la noble mujer que conoció hace apenas un par de horas en aquel ser delirante y obsceno, fracturó por breves instantes su percepción de la realidad. Los gritos discordes, la cacofonía de maldiciones unida a los brutales versículos de una biblia salvaje; reverberaban en sus oídos con la repetitiva frecuencia del desvarío.

––Señora Alarcón…, Susana ––pronunció su nombre con la sensación de llamar a alguien ausente––, dígame si su esposo realmente se dirigía a la Iglesia de San Pedro ––. Le hablaba pausadamente, con suavidad; como si se tratase de un animal rabioso cuya enfermedad le hubiera hecho olvidar el contacto humano.

––¡Mi marido está luchando contra el mal! ––respondió ella, vociferando con la boca desmesuradamente abierta–– ¡Esos pecadores purgarán sus culpas a través de la penitencia! ¡Y su penitencia será renegar de sus imágenes reflejadas en el espejo de la soberbia! ¡Todos y cada uno de ellos comulgarán, no con la carne de Cristo, sino con los restos podridos de su propio cuerpo!

––¿Quiénes Susana? ¿Quiénes son los próximos?… Susana, tiene que ayudarme a detener a su marido o daré la orden de que le disparen en cuanto lo…

Estaba sonriendo. Los ojos de Susana Alarcón continuaban irradiando la misma aversión, y sin embargo sus labios entrecerrados se curvaban con vesánico regocijo. El Inspector Ribelles se interrumpió al darse cuenta de cuan absurdas eran sus preguntas; cuan ridículas sus amenazas. Aquella mujer postrada en una silla de ruedas había soportado todo el dolor que un ser humano podía resistir y la razón sobrevivir. ¿Acaso la demencia no habría el camino hacia esos inexplorados lugares inaccesibles a la cordura? ¿No constituía la locura la última puerta que el sufrimiento nos invitaba a cruzar?

La detestable sonrisa de Susana Alarcón le decía al Inspector que el verdadero poder de su dogma residía tras esa puerta, en un mundo donde la alienación y el fervor hacían que todo fuese posible. En este mundo; el tormento de la víctima se sustituía por el obsceno amor hacia su torturador, y los miembros cercenados se convertían en el diezmo ofrecido por los verdaderos creyentes. Desde su desfigurada realidad, Susana le aseguraba que nada de lo que él pudiera decir o hacer cambiaría el hecho de que todos los pecadores cumplirían su penitencia.

El Inspector Ribelles cogió el teléfono móvil del profundo bolsillo de su vieja gabardina, a la vez que daba la espalda a la demencia y a la fe que la alimentaba.

––«Policía Municipal, en que podemos ayudarle…» ––recitó la recepcionista con mecánica inflexión…

––Habla el inspector Ribelles, número de Placa: 2246. Necesito que envíen de inmediato una patrulla y una ambulancia a la calle…

«Ploc…, ploc…, ploc…»

––¡Mi amor está pidiendo consejo al altísimo! ––vociferaba el monstruo mutilado detrás de él.

––Me dirijo a la Iglesia de San Pedro el Viejo. Envíen refuerzos. Varón de mediana edad, armado con…

«Ploc…, ploc…, ploc…»

––una herramienta… presumiblemente un martillo grande o un mazo de carpintero.

«Ploc…, ploc…»

¿De donde proviene aquel sonido? ––se preguntó de forma inconsciente. Sosteniendo el móvil aún contra su mejilla derecha, el inspector se volteó rápidamente para presenciar la grotesca escena que el absurdo le ofrecía: Susana avanzaba gradualmente, apoyándose con su único brazo completo ––el izquierdo–– a manera de bastón. La falda de inmaculada tela asedada translucía sus piernas amputadas por encima de las rodillas, las cuales la hacían balancearse con cada paso que daba asemejándola a un juguete dañado cuya enajenación daba cuerda sin cesar.

––¡Deténgase!… no me obligue a…

Antes de que pudiese terminar la frase, Susana se abalanzó hacia él aferrándose a su cinturón con sus dedos deformes.

––¡Sra. Alar… Susana, suélteme… no deseo hacerle daño!  ––Súbitamente una sensación irracional de repugnancia se apoderó del inspector impidiéndole siquiera tocar a su atacante minusválida.

––¡Maldito… maldito sea! ¡No dejaré que se marche! ¡No le dejaré!…

El inspector Ribelles retrocedió instintivamente, haciendo que el torso de Ángela colgara de su cintura como su extravagante pareja de baile en aquella repulsiva danza.

––¡No lo permitiré! ¡No se lo permitiré! ––gritaba Susana exhibiendo a lo largo del cuello y cara, decenas de venas serpenteando bajo su piel como finos muelles de un mecanismo a punto de romperse. El inspector decidió que aquello debía de terminar. Venciendo su repulsión, se agachó para apartarla intentando no lastimarla demasiado.

––¡Suélteme Susana… suélteme. No me obligue a…!

Antes de que la visión de su ojo izquierdo se sumiese en un cielo de rojizo ocaso salpicado por cientos de estrellas negras; el inspector vislumbró como el brazo derecho de Susana, amputado por encima del codo, se prolongaba en un fulgor dorado que se extendía a lo largo de una extremidad inexistente. El lacerante dolor le hizo caer de espaldas contra el templado suelo de parqué barnizado. Llevándose ambas manos al rostro, sus gritos se mezclaban con los de su improbable atacante en una disonante melodía de furia, dolor e incredulidad.

––¡No necesitará la vista para contemplar la gloria de nuestro Señor! ––gritaba Susana arrastrándose hasta donde él se encontraba–– ¡Yo le ayudaré a ver…; pero primero tendrá que aprender a vivir en la oscuridad!

Materia blanda y fluidos se escurrían entre los dedos del Inspector. A pesar de las lágrimas que empañaban la visión de su ojo derecho, intentó enfocar la figura que se cernía sobre él blandiendo su letal arma. Un nuevo fuego ardió con voraz velocidad, esparciéndose por todo su muslo hasta la altura de la pantorrilla. En un acto reflejo, flexionó su pierna izquierda pateando con todas sus fuerzas al amorfo contorno que continuaba aferrado a su cintura. Un agudo gemido de dolor fue el colofón de los gritos de rabia que lo envolvieron durante los últimos e interminables segundos.

La espalda de Susana golpeó contra una pequeña mesita de madera de nogal hermosamente tallada, sobre la que dos pesados ángeles de porcelana alzaron su último vuelo antes de caer al vacío esparciendo sus blancas entrañas en decenas de pedazos esmaltados. A pesar del terrible dolor que carcomía la cavidad sanguinolenta donde segundos antes se encontraba su globo ocular, el Inspector Ribelles sabía que debía tranquilizarse y tomar el control de la situación cuanto antes. Apoyándose en el codo izquierdo logró sentarse, limpiándose con la manga de la camisa el pastoso amasijo que se escurría por su mejilla. A unos pasos de él, Susana jadeaba sin aliento sentada en el piso, mostrando sus repugnantes muñones enrojecidos.

––¡Maldito…, Maldi…to! ––Le gritaba enloquecida, inhalando profundas bocanadas del aire filtrado por los dos modernos humificadores. Sujeta a su muñón con una especie de abrazadera metálica rodeada por un grueso hilo de algodón, una larguísima aguja de tejer de acero inoxidable se extendía más allá de la horrible cicatriz. Desde la aguda punta, gruesas gotas de sangre caían al vacío tiñendo de rojo el dulce semblante de uno de los querubines de porcelana.

Por ese motivo y no por vergüenza, siempre ocultaba su brazo derecho bajo el chal de lana, razonó el inspector con increíble serenidad.

Apoyándose en su estilizada arma, Susana se incorporó con dificultad pasando por encima de los lacerantes restos de alas, cabezas, y diminutos pies de los devotos serafines.   

––¡Cuando arda en el infierno iré a visitarlo… llevaré mi propio mazo de hierro y destrozaré su alma!

«Clock, clock, clock…» ––La enorme aguja de tejer emitía un sonido metálico al chocar contra el suelo de madera. Susana avanzaba hacia él, balanceándose con el denigrante caminar de la deformidad.

––¡No saldrá con vida de esta casa…, no lo permitiré, maldito!

«Clock, clock, clock…» ––Dos círculos rojos crecían radialmente en la translucida falda de Susana por debajo de los muñones ensangrentados. Huellas escarlatas daban muestra de su odiosa procesión.

Sentado sobre el suelo, con la vulva flácida que sobresalía de su cuenca derecha entre sus dedos, el Inspector admiraba con morbosa fascinación a Susana mecerse con hipnóticos movimientos. En esta ocasión, a pesar de su vista mermada y del intolerable dolor que experimentaba, su mente calculó las opciones con total frialdad.

«Clock, clock, clock»…

––¡Cobarde! ¡¿Cómo se atreve a tocarme?! ¡No merece seguir viendo la creación de Dios! ––le insultaba Susana, escupiendo saliva y amenazas por igual–– ¡Le arrancaré su otro ojo! ¡Se lo arrancaré y lo trituraré con las ruedas de mi silla!  

Podría volver a patearla a la altura de las costillas, dejándola prácticamente sin aliento.

«Clock, Clock, Clock…»

––¡Mi Miguel le destrozará y lo moldeará hasta convertirlo en un gusano ciego!…

Podría simplemente levantarse y desarmarla, para luego esposarla hasta que llegase la ambulancia y…

«Clock, Clock, Clock…»

 Podría…

En un ágil y veloz movimiento, el inspector Ribelles desenfundó su pistola «GLOCK» reglamentaría y sin apenas apuntar, disparó a la cabeza de Susana Alarcón. La bala de calibre «9mm» atravesó de lado a lado su cráneo matándola antes de oír el sonido de la detonación. Pedazos de sesos y locura se esparcieron a su alrededor por todo el suelo.

––«Dios mío…» ––musitó el Inspector Ribelles. La imagen carente de profundidad que contemplaba a través de su único ojo penetraría dentro del paraje más recóndito de su psique, permaneciendo como un recuerdo indeleble cuando los demás se hubiesen desvanecido. A un lado del cadáver de Susana, uno de los ángeles de porcelana yacía boca arriba sobre el piso. Sus dos piernas se habían quebrado a la altura de las rodillas, y su brazo derecho se encontraba roto en dos mitades, justo a nivel del codo envestido en la blanca túnica. En su pequeña frente ––tuvo que acercarse para distinguirla––, una gota de sangre dibujaba un círculo perfecto al igual que el orificio negruzco y humeante en la frente de Susana.

La ambulancia no tardaría en llegar, y con ella los refuerzos que venían en camino. Probablemente sus compañeros ya hubiesen detenido a Miguel Alarcón, conocido por los medios y la población en general como el «Apóstol». Pero muy a su pesar, presentía que similar a la ambulancia los oficiales de policía llegarían demasiado tarde.

X

El inspector Ribelles observó en silencio los lugares donde la pesada herramienta había impactado, destrozando las delicadas filigranas que adornaban la elegante puerta del Confesionario. Un grupo de astillas dispuestas radialmente en el suelo se asemejaban a una representación barroca del astro rey con sus múltiples haces de madera. ¿Por qué Miguel Alarcón había atacado a un Sacerdote? ––se preguntaba––, mientras la sensación de un mundo bidimensional lo agobiaba por completo.

––¡Inspector! ––le llamó el joven paramédico vestido de azul y blanco––. Por favor Inspector, debe venir ya con nosotros. Nos están esperando en Urgencias…

––¿Cuál es la prisa? ––Le preguntó este con cruel sarcasmo––, ¿acaso me están esperando con un ojo nuevo?

––Por favor, Inspector ––volvió a insistir el paramédico a pesar de la mirada reprobatoria de los policías presentes––. Tenemos que curarle debidamente esa herida antes de que se le infecte. También tienen que examinar el corte en su muslo para determinar la profundidad de la lesión.

Los fuertes calmantes que le habían inyectado le dificultaban razonar con claridad. La frustración de estar en su primera escena del crimen con la visión mermada se traducía en un sentimiento de recriminación; de ira contenida ante una situación que no supo controlar. Una fanática; una mártir minusválida cómplice del amor y la enajenación compartida con su esposo, logró herirle a pesar de sus años de experiencia dentro del cuerpo de policía. Lo embargaba una lejana y omnipresente sensación de culpa, de remordimiento por haber decidido en un instante de furia acabar con la vida de Susana Alarcón; no por piedad o justicia, sino por venganza.

––Inspector, por favor… ––el enfermero permanecía detrás del cordón policial. Su expresión mostraba verdadera preocupación en lugar de la déspota ambigüedad que conllevaba su deber profesional. Resignado, el inspector le contestó sin molestarse en voltear hacia él––: ¡Está bien!… ¡vámonos ya! Creo que por hoy he tenido suficiente.

Los peritos mantenían iluminada un área de 25 m2 entorno al lugar donde presuntamente se había consumado el ataque, incluyendo los primeros bancos de la fila norte. La orden de «búsqueda y captura» junto con varias fotos de Miguel Alarcón provenientes de un par de álbumes familiares, fueron enviadas a todos los medios de transporte y comunicación locales. En un par de horas se difundirían a nivel estatal y nacional. Realmente no tenía nada que hacer allí, salvo rezar a pesar de no ser creyente para que el Padre Moran fuese encontrado con vida.

––¡Inspector! ––Le llamó en ese momento uno de los peritos, enfundado en un traje de nylon gris con las iniciales del departamento forense bordadas en gruesas letras de blanco fosforescente.

––Si… dígame, y sea breve ––Contestó parcamente el inspector Ribelles, tratando de vislumbrar a su interlocutor tras las gafas de polímero reflectante.

––No hemos hallado ningún indicio que nos lleve a suponer que la víctima se encuentre herida de gravedad; aunque no necesito decirle que debido al adiestramiento militar del sospechoso, este pudo haber asesinado a nuestro sacerdote con tan solo uno o dos golpes mortales.

––Si mantiene el patrón que ha seguido hasta ahora dudo mucho que lo haya herido de gravedad ––le respondió el inspector, señalando al confesionario. La expresión del perito le dijo que él también estaba al corriente de las atrocidades a la que el asesino sometía a sus víctimas.

––Les agradecería me mantuviesen informado sobre cualquier prueba que vayan a procesar ––le pidió el inspector con estoica amabilidad. Sin esperar contestación por parte del profesional envestido en su esterilizado uniforme gris, se dirigió a la entrada principal del templo en donde el sanitario continuaba aguardando. Al pasar por debajo de la primera bóveda de crucería, volvió a preguntarse por las razones que Miguel Alarcón habría tenido para atacar a un sacerdote, y el motivo que lo llevó a elegir precisamente al que oficiaba su Parroquia desde hacía ya tantos años.

––Espero que lo encontremos a tiempo ––murmuró en voz baja sin darse cuenta. De improviso, la cálida voz de una joven llegó hasta él provocándole un estremecimiento que le obligó a detenerse. Detrás de sí no vio a nadie, excepto al grupo de peritos tratando de encontrar alguna migaja de pan que los condujese a través del escabroso camino recorrido por el Apóstol. El matiz familiar de aquella voz le había sobresaltado aún más que sus palabras.

Sus palabras…

No… no fueron palabras lo que había escuchado.

Fueron risas.

XI

Isabel se incorporó del banco en el cual se sentaba desde hace 25 años, diez minutos después de haber comenzado el servicio. Con paso trémulo se dirigió al altar de San Judas Tadeo donde hileras de velas encendidas a medio consumir iluminaban su silenciosa agonía. Habían transcurrido cinco meses desde que el Padre Moran fuese secuestrado por el homicida conocido con el apodo del «Apóstol».

A sus 82 años de edad, Isabel rezó por el perdón de sus pecados, el bienestar de su numerosa familia, y por el consuelo de una muerte pacífica junto a sus seres amados. Esta tarde encendería también una vela por el sacerdote desaparecido para que pronto estuviese entre ellos sano y salvo con el favor divino. Sentado de espaldas a ella, un hombre vestido con ropa oscura y algo desaliñada oraba fervientemente una monótona letanía, balanceándose al compás de frases repetidas cientos de veces durante la interminable plegaria. A su derecha, extendido sobre la pulida superficie del banco de madera, un rosario de cuencas negras y brillantes parecía moverse bajo el influjo de la oscilante iluminación. Algo en él atrajo la atención de Isabel quien se disponía a encender la primera de media docena de velas blancas.

Enciende la primera…

No, no es la ropa, pensó Isabel, sosteniendo la próxima vela.

Enciende la segunda…

Es… su sombra…, concluyó sin ser consciente de lo que aquello significaba.

Por segunda ocasión, Isabel observó al penitente quien seguía meciéndose con perturbadora constancia. La oscura silueta que proyectaba en el suelo parecía no estar unida a él, sino originarse a unos pasos de distancia como si tuviese sus piernas flexionadas encimas del banco. Como si no…

––¡Bendito Jesús!––musitó Isabel––, ¡no tiene piernas!

La majestuosa puerta de la entrada principal dio paso a un joven matrimonio con sus dos hijas menores, y con ellos, a la luz matinal que hizo retroceder la densa penumbra del interior proporcionando un mejor escenario donde la curiosidad de Isabel se sobrepusiera a su reticencia inicial.

Hacia atrás

Dejando la última vela sin encender, se aproximó al desconocido con la certeza de que le conocía.

Hacia delante.

A pesar del fuerte olor a incienso que rodeaba el altar, un tufo a sudor y descomposición inundó sus fosas nasales  como si una barrera invisible de decadencia rodeara al extraño. Los latidos de su corazón se aceleraron junto con una sensación de mareo que la obligó a apoyarse en una de las gruesas columnas de mármol.  

Hacia atrás

El cuello de la camisa del desconocido y la porción de esta visible por encima del respaldo del banco, presentaba manchas de color marrón intercaladas con otras de tonalidad amarillenta. Isabel comenzó a temblar. Una uña helada se hendía a través de su pecho izquierdo.

Hacia delante

El torso sin extremidades del Padre Moran se balanceaba de atrás hacia delante. Por encima de los inexistentes codos, las mangas de su camisa culminaban en sendos nudos sumergidos en dos hediondas manchas ocres. Cayendo con horrenda laxitud desde el borde del banco, sus pantalones negros mostraban un segundo par de nudos realizados con la misma displicente improvisación. La piel cerúlea cubría una calavera cuyas pupilas ciegas vislumbraban sin cesar el pesado mazo fraguado en sangre y fe, del cual su razón había escapado para siempre cruzando por primera y última vez su propia puerta negra.

Antes de sumirse en el limbo de la inconsciencia, la palabra repetida con invariable reiteración por el sacerdote quedaría grabada en la memoria de Isabel hasta el día que la muerte la llevase, o sus recuerdos la abandonaran:

––Perdón…,

 Hacia atrás 

––Perdón…,

Hacia delante

––Perdón…

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