bajo_la_cama

Sonriendo con desvergonzada malicia, Fernando contaba sus vulgares anécdotas a su aún más prosaico público. Todos los miembros del clan Freijido le escuchaban embelesados, profiriendo estruendosas risas de hiena al compás de los gestos de su hermano quien parecía comportarse como el director de una orquesta integrada por disonantes bufones.

Como le aborrecía… Como detestaba su sonrisa cruel y a la vez infantil; esa empalagosa simpatía que atraía como moscas a hombres y mujeres por igual a las untuosas redes de su contagiosa elocuencia. Felipe lo observaba en silencio, a él y al resto de sus familiares presentes. Si aguardaba lo suficiente, muy pronto las risas se transformarían en taimados murmullos. Muy pronto; sus miradas se desviarían furtivamente hacia él.

A sus casi cincuenta y seis años de edad, Felipe sabía que tarde o temprano Fernando le haría partícipe involuntario de sus pedestres bromas; compartiendo con el soez auditorio la razón de su miedo y vergüenza. Una fobia que sufría desde niño, la cual su hermano convertía en objeto de burla para el deleite morboso de parientes que en muchos casos ambos apenas conocían, y cuyos nombres volvían a escuchar únicamente el último mes de cada año.

En ese preciso momento, tal y como Felipe esperaba, las sonoras risotadas disminuyeron en ladinos susurros y esquivas ojeadas, preludio a las pueriles manifestaciones de burla expresadas por el séquito de aduladores. Sin embargo todo aquello terminaría cuando su madre hiciese acto de presencia en el enorme y adusto salón comedor, cuyos derruidos muebles se encontraban impregnados con la misma fragancia de autoridad y decadencia que la anciana matriarca.

El primer fin de semana de cada Diciembre, la familia Freijido se reunía en el vetusto adefesio de piedra y moho ubicado en la localidad de Silleda, situada a unos 41 kilómetros de distancia de Santiago de Compostela. La enorme mansión constituía actualmente el hogar de María Luisa López de Freijido y cerca de veintidós empleados domésticos. Las gruesas paredes de piedra habían cobijado a sus residentes durante noventa y tres inviernos; uno más que los vividos por su última dueña. Los dos hijos de María Luisa; Felipe y Fernando, eran los herederos de un emporio ganadero cimentado en la explotación y distribución de productos cárnicos y derivados lácteos. Dicho productos eran procesados a través de sus doce plantas industriales repartidas a lo largo del territorio español; predominantemente en las regiones de la «España húmeda» las cuales abarcaban entre otras: La Coruña, Cantabria, Asturias y Salamanca.

El padre de Felipe y Fernando, Alejandro Freijido, había sido un hombre de porte distinguido; alto y de cabellos dorados que contrastaban con sus ojos de un inquietante verde felino. De origen humilde pero de gran visión para los negocios, aprovechando la fortuna heredada por su esposa logró erigir un imperio cotizado actualmente en cerca de 1.200 millones de Euros.

El primero de Diciembre de 1982, a la edad de 68 años, Alejandro Freijido moría de cáncer de próstata en la misma habitación que había compartido con su amada esposa por casi medio siglo. Desde ese entonces María Luisa se convirtió en la accionista mayoritaria de Empresas Freijido; y por consiguiente, en las hondas raíces de un tronco cuya sabia alimentaba las ramificaciones de un linaje que se extendía por ya cuatro generaciones.

Mas existía una condición para que los frutos concebidos por las madres que portaban el apellido Freijido se beneficiasen de esta sabia. Una condición que todos sin excepción, incluyendo a sus dos hijos, debían de cumplir so pena de perder el cobijo del árbol materno: El primero de Diciembre, en el aniversario de la muerte de Alejandro Freijido, todos y cada uno de sus descendientes estaban obligados a asistir a la rancia mansión con el propósito de rendir honores a un hombre que pocos de ellos conocieron en vida; afianzando de esta manera los lazos que les unían.

A pesar de que ambos hermanos dirigían la empresa desde los dos grandes Departamentos de Producción y Distribución respectivamente, cualquier decisión de cierta importancia necesitaba ser aprobada por su madre sin importar si se trataba de inversiones destinadas a la ampliación de las fabricas, o a la comercialización de una nueva marca. Ya fuese dentro o fuera de las más de dos mil hectáreas de jardines y bosques que rodeaban la mansión de «Pequena Fervenza», nombrada así por la hermosa cascada situada al sur de sus añejos muros; los deseos de María Luisa no solo se cumplían al pie de la letra, sino que además, cualquier acto que los contrariase significaba el exilio permanente de un mundo de privilegios concedidos por el poder y el dinero asociados al apellido Freijido.

Pero a diferencia del resto de sus parientes, ambos hermanos sabían que la verdadera intención de su madre al reunir a cuatro generaciones de su descendencia año tras año, no se debía a perpetuar el recuerdo de un hombre que rara vez mostró interés por cualquier otra persona que no fuesen su esposa e hijos. La verdadera razón de que María Luisa Freijido quisiera reunir bajo su solemne techo a todos los integrantes de la vasta familia, era para demostrarles que su fortaleza física y mental se resistía a sucumbir al inexorable paso del tiempo. A sus noventa y dos años, caminaba con la simple ayuda de un viejo bastón cuya empuñadura ostentaba el escudo familiar tallado magníficamente en plata maciza. Con excepción de los medicamentos prescritos para controlar la tensión sanguínea, su salud rivalizaba con la de alguien medio siglo más joven, y su lucidez se hallaba exenta de las sombras que presagiaban el ocaso de la consciencia. En estas reuniones María Luisa exhibía ante todos esa fortaleza, reiterando su indiscutible autoridad e influencia sobre las vidas de todos los presentes. En cada encuentro confirmaba que ellos no solo existían literalmente gracias a su unión carnal con el hombre a quien celebraban; sino que al igual que su carne, sus acciones componían una extensión más de su voluntad.

Felipe hizo caso omiso de las miradas indiscretas; de las risas entre dientes de aquellas bocas de labios grasientos y toscas palabras. Sentado enfrente de uno de los grandes ventanales de cristal de plomo hermosamente grabados con motivos silvestres, se mantenía alejado de toda esa prole que tanto despreciaba. Él y su hermano habían sido criados y educados desde que nacieron para dirigir la empresa; aunque a diferencia de Fernando, jamás se sintió parte de un linaje que se perpetuaba a través de un negoció que consideraba tan sórdido como brutal. Ya desde muy joven, su sensibilidad se vio abrumada por el entorno en el cual creció, compuesto por matarifes cuyo tufo de la sangre podrida entre sus uñas no podía ser disimulado sin importar las costosas colonias y perfumes que bañaran sus pieles, ni los trajes y vestidos elegantes que cubriesen sus bastos cuerpos.

Frente a él, como si se tratase de una tragicomedia, Felipe contemplaba a los individuos sentados alrededor de la imponente mesa de roble situada en el centro del majestuoso salón comedor. Todos ellos, jóvenes y ancianos, reclinaban sus cuerpos obesos sobre la inmensa variedad de embutidos y carnes frías dispuestas sobre la pulida superficie de madera; entretanto reían con sus rostros congestionados y sus bocas llenas de carne magra a medio masticar otro de los sarcásticos comentarios de su hermano. Madres e hijas envueltas en vestidos apretados de telas brillantes y colores tan estridentes como sus propias voces, exhibían sendas aureolas de sudor bajo los brazos de carnes fofas que colgaban inertes, similar a sus voluminosos bustos. Muchas de ellas llevaban todavía puesto ostentosos abrigos de piel de zorro; mientras que los hombres de mayor edad vestían gruesas chaquetas de cuero provenientes de los mismos animales sacrificados cuyo penetrante olor evocaba en Felipe recuerdos que trataba de olvidar. Imágenes y sensaciones de un horror que lo había perseguido a lo largo de toda su vida.

Afuera, su noble pastor alemán, “Cerbero”, hijo del primer perro que su madre le obsequió en su doceavo cumpleaños, observaba con cierto interés cansino a los niños jugar en los espaciosos jardines que rodeaban la mole de piedra; montados todos ellos en los diversos balancines y columpios construidos con la misma madera de roble que la enorme mesa del salón comedor. Sus gritos agudos y constantes, aunado al insoportable olor que desprendían las prendas usadas por sus padres, madres y abuelos; transportaron a Felipe hasta trozos aislados de su pasado, comenzando con aquel día en que visitó por primera vez el mayor y principal matadero bovino construido en las afueras de Sidella.

La primera vez que escuchó la historia de Miguel…

II

Alejandro Freijido había transformado los criaderos pertenecientes a la familia de su esposa en enormes centros de procesamiento de muerte. El primer matadero bovino y porcino de tipo industrial, ubicado en las afueras de Sidellas, poseía los más modernos avances tecnológicos para la época con el fin de cubrir las necesidades crecientes de un mercado en alza. En el mismo emplazamiento se ubicaban las plantas de fundición de grasa, de aprovechamiento, de procesado de sangre y de compostaje; incluyendo también las incineradoras más dos plantas dedicadas al despiece y procesado posterior de productos derivados.

En el catorceavo cumpleaños de Felipe, a finales de la década de los sesenta, él y Fernando visitaron el matadero. Felipe estaba emocionado pues rara vez pasaba tiempo con su padre al cual apenas veía por las noches antes de acostarse. Aquel sábado por la mañana, los dos futuros dirigentes del mayor conglomerado ganadero de España iniciaron el recorrido por una de las plantas de procesado. Los acompañaba el tío Darío, quien junto con su hermano dirigían todos los niveles de producción y distribución, excepto el área administrativa. A medida que recorrían las distintas instalaciones, el ominoso olor que invadía el aire provocaba nauseas a Felipe el cual no se atrevía a decir nada por no ofender a su padre; pero principalmente porque Fernando no parecía afectado en lo absoluto. Cuando finalmente llegaron al matadero, supo que no podría continuar…

El enorme galpón con paredes blancas de cemento frisado y techo de zinc, estaba dividido por tres áreas o secciones totalmente aisladas una de la otra. La entrada del edificio daba paso a los establos del área vacuna, ubicándose a continuación en la sección posterior de la estructura, en los extremos Norte y Sur; las zonas avícola y porcina respectivamente. Aunque el intenso olor mezcla de estiércol y pelaje húmedo le provocaba arcadas, fue la horrenda cacofonía compuesta por el estruendoso piar de miles de pollos hacinados unos encima de otros en pequeñas jaulas, lo que hizo que Felipe se detuviese antes de llegar a los establos. El mugir de las vacas no era nada comparado con los agudos chillidos de los cerdos, los cuales se asemejaban al llanto de cientos de bebes torturados.

Fernando por su parte disfrutaba visiblemente del recorrido, prestando suma atención a las explicaciones del tío Darío acerca de los diferentes métodos de sacrificio según de que animal se tratase. Hombres vestidos con grandes delantales blancos, gruesas botas y guantes de goma; traían consigo nuevas remesas de ganado que iban distribuyendo a lo largo de cubículos poco más grandes que los animales, cuyos suelos cubiertos de paja se encontraban atestados de desechos.

En un momento dado de su relato, el tío Darío señaló con una sonrisa despreocupada cómo en ciertas ocasiones, especialmente con los cerdos, después de ser desangrados de modo incorrecto por el matarife y colgados boca abajo en un riel llamado “de sangría”; repentinamente sufrían violentos espasmos asustando a un buen número de empleados con su frenética danza. Ante el asombro de Felipe, su hermano menor se rió de la dantesca imagen preguntándole acto seguido a su padre si podría ver como mataban a un cerdo o a una vaca. Aquella apatía hacia el sufrimiento de otros seres vivos, las constantes carcajadas de su tío al narrar crueles sucesos de su trabajo, y especialmente el orgullo con el cual su padre contemplaba a Fernando al pedirle este ser testigo de esos brutales instantes de agonía; hizo que Felipe experimentase una profunda decepción y a la vez, un fuerte desprecio por todos ellos. Fue entonces cuando Darío les contó un hecho que según él había ocurrido en el anterior matadero, unos veinte años atrás. Esta «anécdota» fue corroborada por Alejandro, asegurándoles a Felipe y Fernando que él mismo estuvo ese día laborando siendo en ese entonces tan solo un poco mayor que ellos. La historia que estaba a punto de narrarles su tío se había convertido en una especie de leyenda; un cuento de fantasmas que se contaban los trabajadores entre sí y a sus hijos tal y como ellos hacían en este momento. La historia que Felipe estaba a punto de oír duraría escasamente unos minutos, mas cambiaría su vida para siempre. Con una sonrisa incipiente en los labios y un evidente placer en su proceder, el tío Darío les contó a sus sobrinos la historia de Miguel…

Al igual que ellos, Miguel había ido a visitar el antiguo matadero en compañía de su padre, de nombre Alberto; uno de los cuarenta matarifes contratados para aquel entonces.

A principios de los cincuenta no existían los dispositivos modernos como “la pistola insensibilizadora de perno”, la cual se aplica en la base del cráneo del animal sumiéndolo en un estado temporal de aturdimiento antes del proceso de “sangrado”. La práctica común llevada a cabo en esos tiempos, además de constituir el procedimiento más económico, consistía en suministrar un golpe certero justo por encima de los ojos de la bestia con un mazo de hierro, manejado por un matarife de cierta experiencia como lo era en este caso el padre de Miguel.

Con la crueldad derivada del orgullo proveniente de la ignorancia, Alberto trajo consigo a su único hijo para que viera el lugar donde trabajaba su padre, y donde muy probablemente lo haría también él cuando fuese mayor. A sus quince años, Miguel era un adolescente de complexión fuerte cuya altura sobrepasaba a la mayoría de los jóvenes de su edad. La crianza en un ambiente de crudeza moral había forjado en él una indiferencia absoluta ante el padecimiento de cualquier otro ser vivo. Luego de recorrer las instalaciones, Miguel le preguntó a su padre si le dejaría matar a uno de los cerdos que en ese preciso instante estaban siendo sacados de los corrales. Alberto orgulloso, le mostró el tortuoso periplo que les aguardaba a las bestias que llegaban hacinadas en camiones salpicados de barro y estiércol.

Dos cerdos machos proveniente de la misma granja, se encontraban a la cabeza de otros ocho en el estrecho corredor llamado coloquialmente «chutis». Ambos cerdos pertenecían a la variedad denominada “Carballina”, bastante común en la Galicia rural; y ambos exhibían enormes lunares negros muy característicos que cubrían prácticamente sus enormes cuerpos cuya envergadura superaba la media, sobrepasando los 240 kilos de peso. El cerdo de raza Celta poseía un gran desarrollo óseo y muscular, especialmente en su tercio anterior, lo cual aunado a la longitud de sus miembros le proveía de una agilidad y resistencia notables.

El primer macho fue conducido por el angosto corredor hasta el “cajón de inmovilización”, el cual conformaba un receptáculo metálico donde difícilmente cabía la bestia. Dicho artefacto se encontraba diseñado de esta forma con el propósito de limitar sus movimientos mientras el matarife descargaba el brutal golpe. Haciendo caso omiso a los chillidos que rozaban la desesperación humana, Alberto cogió la pesada herramienta entre sus férreas manos y ante el morboso placer de Miguel, descargó un certero golpe en la cabeza del enorme animal. Los chillidos del otro macho opacaron al del resto de cerdos del corredor, llegando incluso a llamar la atención por el grado de su angustia a uno de los matarifes que se retiraba a los corrales en busca de las siguientes víctimas.

––¡Vamos!… ¡Ayúdame a arrastrarlo fuera, que ya tienes tanta fuerza como tu viejo! ––le instó Alberto a su hijo quién acudió solicito a su llamado. Entre ambos retiraron el cuerpo del cajón para seguidamente desangrarlo antes de que volviese a recuperar la consciencia. Cuando su padre se preparaba para degollarlo, Miguel prácticamente le suplicó que le permitiese ejecutar tal infame tarea. Instintivamente Alberto se cercioró de que no hubiese nadie próximo a ellos, entregándole el filoso cuchillo a su hijo. Miguel contempló embelesado el hermoso instrumento de muerte llamado «cuchillo de sangrado»; el cual constaba de una hoja hueca de acero inoxidable de doble filo en cuyo centro se disponían dos finas varillas con el propósito de mantener la herida lo más abierta posible, facilitando de este modo la afluencia de la sangre al exterior.

––Apúrate Miguel, hazlo como te lo he enseñado… de afuera hacia dentro… ––le urgió Alberto, imitando el mortal movimiento con su diestra––. Acuérdate que tienes que cortar tanto la artería carótida como la yugular para que no quede ni una sola gota dentro ––le explicó finalmente, complacido de recordar los nombres que tanto le había costado memorizar a fin de impresionar a su adorado hijo.

La imagen de Miguel se reflejó en los ojos bañados en lágrimas del indefenso cerdo mientras cercenaba su piel con el afilado cuchillo. Un grueso chorro comenzó a manar de la empuñadura hueca del cuchillo diseñada para tal finalidad. Bajo sus pies, la creciente aureola de un intenso color bermellón oscuro se extendió alrededor de la inmóvil cabeza, entretanto los chillidos del otro macho se volvían verdaderos gritos de terror.

––¡Miguel!… ¡Espérame allí! ––le gritó su padre–– ¡Voy a meter a ese desgraciado al cajón a ver si lo hago callar de una vez!

Miguel hizo un gesto de asentimiento antes de volver a fijar su mirada en la sangre que se derramaba a sus pies. Entretanto, Alberto se dirigió al extremo opuesto del cajón de inmovilización, abriendo la barrera metálica para que el aterrado cerdo entrase en él. Al aproximarse el hombre cuyo agrio sudor apestaba a crueldad y muerte, la bestia retrocedió golpeando con sus patas traseras al otro cerdo situado detrás; también de raza Celta pero de menor envergadura.

––¡Maldito seas … entra sino quieres que te rompa las patas! ––gritó nuevamente Alberto en medio de los estruendosos chillidos que emitían los cerdos en el angosto corredor. Cogiendo el mazo por la cabeza, golpeó el amplio lomo con el grueso mango de madera.

––¡Vamos, muéve…!

La punta de su lengua salió despedida de la boca al esta cerrarse bruscamente tras impactar de forma brutal contra la recia cabeza del cerdo. Las poderosas y largas patas delanteras del macho quedaron enganchadas por unos instantes entre los barrotes del corredor, al tiempo que Alberto se desplomaba de espaldas completamente inconsciente. El vigoroso animal liberó sus patas al fin, corriendo velozmente hacia el cajón de inmovilización que permanecía abierto en uno de sus extremos. Miguel no se enteró de lo que sucedía hasta que los doscientos cuarenta kilos de músculo y adrenalina destrozaron el soporte que sujetaba la segunda barrera del cajón. El enorme cerdo golpeó con feroz fuerza la humanidad del sorprendido adolescente, pasando por encima de él y de su inerte compañero que seguía tumbado en el piso desangrándose por el profundo corte que mantenía abierta la ingeniosa cuchilla.

El dolor de su hombro dislocado mantuvo a Miguel postrado sobre el creciente charco de sangre que podía percibir como una densa y cálida marea de vida transcurriendo bajo él. Apoyándose en su brazo sano, trató de incorporarse en el preciso momento que ocurrió lo inconcebible: el cerdo degollado a unos pasos de él, sufrió dos fuertes espasmos antes de pararse en sus cuatro patas. Ojos y boca se abrieron desmesuradamente en una cabeza que se convulsionaba con violencia, haciendo que el continuo fluir escarlata dibujase extravagantes líneas onduladas en el suelo de cemento gris. Súbitamente, volvió a quedar inmóvil con las vidriosas pupilas fijas en Miguel. Sus patas delanteras teñidas de rojo no cesaban de temblar.

Antes de que sintiese los poderosos incisivos destrozando sus labios y dientes, Miguel se vio así mismo por segunda ocasión en aquellas pupilas de un negro absoluto rodeadas por cientos de hebras sanguinolentas.

El segundo macho corrió hacia ellos sin cesar de chillar.

III

––¿Qué pasó con Miguel? ¿Murió? ––preguntó Fernando ansioso.

––Bueno… tu padre y yo vimos cuando lo trasladaron a la ambulancia ––respondió el tío Darío, dirigiéndole una mirada cómplice a su hermano––. Solo puedo deciros que la sábana con la que lo envolvieron estaba completamente roja. Algunos de los que llegaron primero comentaron al cabo de unos días que al parecer los cerdos le habían mordido el rostro, la garganta y los brazos. Según nos enteramos al cabo de un tiempo, el pobre chaval falleció en el hospital a causa de las heridas.

Fernando se mantuvo callado durante unos segundos. Alejandro por su parte, esperaba que su hijo quisiera saber lo sucedido con el padre del infortunado adolescente. La pregunta que formuló en cambio vaticinó el carácter amoral que le definiría en el futuro:

––¿Cómo pudo levantarse el cerdo si estaba degollado? ––preguntó frunciendo el entrecejo, visiblemente extrañado. Ambos hombres se miraron mutuamente, más sorprendidos que divertidos. En esta ocasión fue Alejandro quien contestó con la misma frialdad con la que su hijo les había preguntado:

––Un animal de ese tamaño y ese peso tarda generalmente de cinco a siete minutos en desangrarse por completo. Como ya te comentó tu tío, muchas veces si no lo golpeas lo suficientemente bien en la cabeza, lo cual necesita cierta experiencia, puede reaccionar violentamente a los dos o tres minutos con suficiente sangre en el cuerpo para dar aún una buena carrera.

Fernando se imaginó la grotesca escena del cerdo corriendo sin control con la cabeza colgando inerte balanceándose de un lado a otro. Una segunda pregunta afloró en su morbosa curiosidad:

––¿Si su papá estaba icons… icons…

––Inconsciente… ––le corrigió rápidamente su padre, pellizcándole cariñosamente la mejilla izquierda.

––Si… si…, si su papá estaba inconsciente… ¿Cómo se enteraron los demás de que Miguel necesitaba ayuda? ¿Gritaba mucho cuando los cerdos le mordían?

Sin admitirlo en un primer momento, el tío Darío se preocupó por lo que ya transcendía de una curiosidad infantil a una obscena indagación en los detalles más turbadores de la historia. Por desgracia para Felipe, quien apenas había soportado conocer los sucesos acaecidos en aquel mismo matadero, su padre tomó la malsana curiosidad como otro signo de la fortaleza de carácter de su hijo menor.

––Pues bien, Fernando…, ––empezó diciendo Alejandro, apoyando la gruesa y callosa mano sobre el hombro de su hijo–– A uno de los matarifes le llamó la atención que los cerdos no avanzasen por el corredor; así que fue en busca del señor Alberto. En cuanto a los gritos de Miguel…–– Alejandro hizo una pausa con el propósito de captar aún más la atención de su anhelante oyente.

––Por si no lo sabéis, los cerdos son capaces de triturar tendones y huesos…

La curiosidad de Fernando era casi tan intensa como su necesidad por conocer el desenlace. Felipe entretanto aferraba la mano de su tío con fuerza, experimentando una extraña debilidad en sus piernas.

––Nosotros no lo vimos; pero el matarife que llegó primero a donde encontraron a Miguel nos contó después de que la ambulancia se lo llevase, que cuando fue capaz de someter al segundo macho, lo que presenció casi le quitó el aliento…

Felipe comenzó a sentirse físicamente enfermo. Un frío vacío amenazaba con engullir su estomago.

––El matarife ––continuó diciendo Alejandro––, descubrió a Miguel cubierto de barro junto al cuerpo del otro cerdo desangrado. A pesar de toda la suciedad, se fijó en que le faltaban tres dedos de la mano derecha y que tenía una enorme herida en su brazo izquierdo. Su pecho al parecer subía y bajaba con violencia, por lo cual el matarife se apresuró a limpiarle el rostro suponiendo que no podría respirar a causa del barro que lo cubría. Su mano derecha retiró la inmundicia de unos ojos llenos de terror que le miraban fijamente. Cuando apartó la húmeda suciedad a la altura de su boca, comprobó horrorizado que bajo esta no existía nada más que barro. El joven Miguel si estaba gritando con todas sus fuerzas; pero nadie lo escuchaba porque los cerdos le habían arrancado de cuajo la mandíbula inferior junto con su lengua.

No resistió oír otra palabra. Felipe vomitó el contenido del desayuno a los pies de su tío, sin ser capaz de detenerse hasta que las continuas arcadas se redujeron a un delgado hilo amarillento de bilis. Nunca recordó con exactitud las palabras de su padre; tan solo la decepción de su rostro quedó grabada en su memoria. El tío Darío intentó interceder ante él argumentando que su comportamiento era el previsible luego de semejante historia, especialmente durante la primera visita. Al cabo de unos minutos, Alejandro le preguntó si prefería quedarse afuera de los establos mientras terminaban de mostrarle el resto a su hermano. La manera en que lo dijo fue suficiente para que Felipe supiese quien sería el preferido de su padre de ahora en adelante. Antes de entrar, Fernando se volteó por un breve momento dedicándole esa detestable expresión burlona que exhibiría a lo largo de su vida.

A pesar de que el hedor envolvía todas las instalaciones, fuera del matadero era mucho menos intenso al igual que el incesante clamor producido por los miles de animales que no cesaban de llegar en enormes camiones embadurnados de mugre y desechos. Felipe se avergonzaba de sí mismo por haberse asustado a causa de una historia que con toda probabilidad era un cuento inventado por su tío para asustarlos. Sin embargo era incapaz de apartar de su mente la imagen de Miguel con su rostro mutilado, y con sus gritos muriendo mudos en su pecho.

Había transcurrido cerca de media hora desde que su padre le dejase afuera en compañía de sus temores y de la humillación que estos provocaron. Felipe era consciente de cuan orgulloso se sentía su padre con respecto a tan terrible lugar, y él le acababa de demostrar lo mucho que lo detestaba. Le asqueaba estar en medio de aquellas personas horribles, de aquel olor a estiércol, humedad y grano podrido. Del insoportable piar de los miles de pollos hacinados unos encima de otros, y de los cientos de cerdos chillando ante la proximidad de una muerte inevitable. Él no quiso ofender a su padre; pero si su rechazo al sufrimiento de animales indefensos significaba defraudarlo, entonces ya no le importaba hacerlo. Su madre les había pedido que se mostrasen respetuosos cuando su padre les llevase de visita a la que constituía la primera y mayor obra construida por él; aunque todo lo que Felipe podía sentir en esos momentos era una profunda aversión hacia lo que representaba un lugar creado con la única intención de matar.

Uno de los camiones pertenecientes a la flotilla, propiedad de la empresa, llegaba con otra carga de reses. las vacas descendían por la angosta rampa instalada en la parte trasera, siendo luego conducidas a los establos. Felipe se encontraba suficientemente cerca para advertir el pavor que exhibían los acuosos ojos negros de las reses. Sus mugidos sonaban ––al menos para él–– como lamentaciones llenas de una indescriptible resignación.

Mientras la patética procesión de hombres y animales se internaba en los establos, Felipe distinguió unos extraños sonidos provenientes desde el interior del remolque. Al principio pensó que probablemente habían olvidado a una de las vacas adentro; dándose cuenta casi de inmediato de lo absurdo de su presunción. Lentamente, con más curiosidad que miedo, se aproximó a la rampa manteniéndose a una distancia prudencial. Debido a su altura no conseguía divisar por completo el suelo del remolque el cual se hallaba cubierto con la misma “camada” utilizada en los establos. Una especie de gemido entrecortado dio paso a una serie de tenues golpes, como si alguien o algo se escondiese bajo los montones de paja. La delirante imaginación de Felipe plasmó en su mente imágenes de un monstruo con la mitad del rostro brutalmente mutilado, arrastrándose hacía él desde algún rincón del enorme transporte.

A pesar del terror que experimentaba, Felipe recordó lo que su padre les había contado acerca de las veces en que las ratas campestres se introducían en los remolques en busca de refugio. Muchas veces, inclusive ––les había dicho su padre–– se ocultaban dentro de las innumerables hebras de paja aprovechando el calor generado por el estiércol de los animales transportados, especialmente durante el invierno. Quizás fuese debido a este recuerdo, o al de su padre decepcionado al descubrir que su primogénito era un cobarde, lo que le impulsó a subir.

Solamente son ratas… No existen los monstruos ni los fantasmas. Son solo ratas… se repetía para sus adentros, enfrentándose con las sombrías criaturas de su propia fantasía. Al llegar a mitad de la rampa ya podía distinguir toda la superficie del remolque. No se apreciaba ningún movimiento en la densa camada. Después de un cierto tiempo Felipe, orgulloso de sí mismo, confirmaba que no era su falta de coraje sino su sensibilidad hacia la agonía de otro ser vivo lo que le había impedido entrar al matadero con su padre.

Cuando se dispuso a bajar, un fuerte golpe estremeció la rampa haciéndole perder el equilibrio. El gemido insoportablemente agudo y prolongado hirió sus oídos, obligándolo a mantenerse de rodillas cubriéndose la cabeza con las palmas sudorosas de sus manos. Algo se arrastraba hacia él arañando con sus pezuñas ­­––o garras–– la hedionda madera. Felipe no podía moverse. Era incapaz incluso de respirar. Lo peor de todo es que todavía no lograba ver aquello que se acercaba hacia él. Los rasguños se escuchaban cada vez más cerca; de hecho, ya podía apreciar el pesado jadeo de aquel «Ser». Una ínfima porción de su consciencia se desligó del caos que dominaba sus pensamientos desvelándole la causa por la cual no lo estaba viendo:

¡Está debajo de la rampa!… ¡Está debajo de mi!…

La adrenalina acumulada en su cuerpo por fin le obligó a moverse, pero ya era demasiado tarde. Una mano de dedos coronados por uñas mugrientas se aferró a su tobillo derecho.

El mundo desapareció. Solo un espacio oscuro y gélido rodeaba a Felipe junto con el torso desnudo que emergía desde abajo. Miguel lo observaba con sus enormes ojos bovinos, manteniendo sus garras curvas clavadas en él. Su piel era de color rosado pálido y sus brazos eran tan extremadamente delgados que apenas podía fluir vida por sus venas. Su pecho seccionado por costillas descarnadas se fusionaba cruelmente a unas prominentes clavículas de las cuales surgía un cuello extremadamente largo. La enorme cabeza tenía el ancho de los escuálidos hombros. Su rostro conservaba rasgos infantiles; mas no completamente humanos. Aquellos prominentes ojos lucían un iris negro que consumía prácticamente cualquier blancura en ellos. El hambre había drenado la piel translúcida sobre los huesos de su cráneo de cabello ralo, transfigurando su cabeza en una calavera viviente. No obstante, el verdadero horror provenía de la omisión más que de lo visible. Un paladar rosáceo con dos afilados colmillos dispuestos a cada lado era lo que quedaba de su boca. Bajo esta, un nauseabundo trozo de carne alargado carente de dientes colgaba flácido sobre su garganta.

El ardor de su pecho contrastaba con el frío que invadía los brazos y piernas de Felipe. Al principio creyó que seguía oyendo los escalofriantes chillidos de los cientos de cerdos encerrados en los corrales. En el instante en el que fue consciente de que era él quien gritaba, vio como Miguel le imitaba echando su mutilada cabeza hacia atrás, al tiempo que emitía un alarido tan espeluznante como el de la bestia que estaban a punto de degollar.

El mundo volvió a desaparecer…

Al finalizar el reconocimiento preliminar, el médico de cabecera de la familia Freijido, el Dr. Jesús Acosta, justificó el desmayo de Felipe como una consecuencia de la fuerte impresión causada por la terrible historia aunado al tórrido calor del verano. Por supuesto, su diagnóstico fue corroborado por el tío Darío quien en aquellos instantes se sentía responsable por lo acontecido. A diferencia de su hermano, Alejandro Freijido no se molestó en acompañarlos a la casa ya que en sus propias palabras «aquello era algo que su hijo debía de superar por sí solo».

Inmensamente avergonzado, Felipe no contó nada acerca de la terrible visión convenciéndose así mismo de que todo había sido producto de su imaginación. Por desgracia para él, el horror que halló en el interior de aquel camión lo acompañaría en los años por venir.

IV

El sonido intermitente debajo de su cama le despertó minutos después de que se filtrase en sus sueños. Fernando dormía plácidamente en el otro extremo del dormitorio. Su respiración era un suave murmullo en la quietud nocturna.

“Crack… Crack… Crack”…

Felipe supo de inmediato que Miguel estaba arañando con sus garras el viejo armazón metálico que sustentaba el grueso colchón. Su primera reacción fue llamar a Fernando. Lanzarse sobre él si era necesario. En cambio; procuró serenarse diciéndose a sí mismo que el miedo estaba alterando su percepción una vez más. Pero si era capaz de razonar, si era consciente de que no podía existir semejante criatura ¿por qué seguía escuchándolo? ¿Por qué, si incluso prestaba suficiente atención, podía discernir sus roncos jadeos?

No importaba lo mucho que lo negase, la muerte se había arrastrado desde el matadero hasta debajo de su cama.

“Crack… Crack… Crack”…

La sábana comenzó a deslizarse hacia el borde derecho. Muy pronto asomarían sus manos deformes y su abominable cabeza…

Felipe saltó al lecho de su hermano sin atreverse a posar los pies en el suelo, bajando con un frenético golpe el interruptor de la luz. Fernando se sentó bruscamente llevándose la mano derecha sobre la frente tratando de aclimatar sus ojos a la luz artificial.

––Hay… hay algo bajo la cama ––exclamó Felipe aterrorizado.

––¿Cómo qué hay algo bajo la cama? ––le respondió Fernando con cierta extrañeza.

Felipe prosiguió con la mirada fija debajo de las sábanas. Al no obtener ninguna respuesta, Fernando se levantó y sin siquiera dudarlo se arrodilló a un lado de la cama levantando el grueso edredón.

––Has tenido una pesadilla… Acuéstate ya, antes de que mamá venga y nos regañe por estar con las luces encendidas.

Sus temores fueron relegados casi de inmediato ante el asombro. En ese preciso momento Felipe comprendió la verdadera naturaleza de su hermano. Siendo un año menor que él, Fernando se situaba ya muy por encima de los terrores infantiles. Mostrando el pragmatismo inherente al de un adulto, no titubeo en cerciorarse, o más bien en demostrarle, que sin importar lo que creyese haber visto nada de aquello existía realmente.

Felipe caminó por la tersa alfombra que antes no se había atrevido a pisar. Con suma desconfianza se obligó a cerciorarse por sí mismo ––era la única forma–– de que efectivamente no había nada acechando en la oscuridad que moraba bajo su cama. Al levantar el edredón no obstante, recordó que aquel día en el matadero Miguel no estaba arañando la rampa de descarga, sino que se sujetaba a ella entretanto avanzaba hacia él.

Colgado boca abajo del oxidado armazón, los inmensos ojos bovinos le miraban fijamente. Idéntico a lo ocurrido tras el repugnante camión, Felipe quedó paralizado por el pánico. Ni siquiera reaccionó cuando Miguel extendió su escuálido brazo, y con la filosa punta de una de sus mugrientas uñas manchadas de sangre y excremento, le arañó la mejilla izquierda. El contacto físico; la sensación punzante en su piel, le hicieron reaccionar al fin. Impulsándose con ambas piernas, Felipe saltó hacia atrás cayendo de espaldas sobre la mullida alfombra del cuarto. Una y otra vez gritó hasta que literalmente sintió que su garganta se desgarraba al igual que la piel de su mejilla. Pasaron minutos, una eternidad; antes de que su madre entrase por la puerta acompañada de una de las sirvientas de mayor edad, de nombre Isabel. Pero aún entonces Felipe no cesó de gritar. Su madre lo abrazó de inmediato interponiendo su delgado aunque recio cuerpo entre él y el engendro que le aguardaba agazapado tras las sombras.

Aquella noche de Febrero, una semana posterior a su primer encuentro con Miguel, fue la primera y última vez que Felipe se atrevió a mirar debajo de la cama.

A la mañana siguiente Fernando encontró el causante de la herida en el rostro de su hermano. Al parecer, una astilla que sobresalía del somier había lacerado su mejilla izquierda por accidente. La forma despreocupada y casi analítica en que Fernando describió lo acontecido, hizo que la humillación de Felipe fuese aún mayor. De hecho, Fernando se mostró hasta comprensivo, alegando que las alucinaciones de su hermano eran una consecuencia lógica (máxime en alguien tan cobarde) de lo sucedido en el matadero.

No importaba lo que dijesen los demás, Felipe sabía que no había sido un trozo de madera lo que cortó su mejilla. Aquel día en el matadero, Miguel percibió su terror y desde entonces se había mudado a otro lugar pequeño y oscuro similar a los hediondos cubículos donde los animales esperaban la muerte.

Miguel se había mudado debajo de su cama.

Noches terribles e interminables arroparon las pesadillas de Felipe. Cuando su condición física empezó a deteriorarse, María Luisa acudió a los mejores psiquiatras infantiles de toda España. Sin importar las innumerables consultas ni las continuas pruebas a las que fue sometido durante su adolescencia, Felipe siempre estuvo convencido de que algún día Miguel subiría para despedazar su rostro y devorar sus manos.

Durante la época que él y su hermano comenzaron a dormir en habitaciones separadas, Felipe convenció a su madre de que le comprase un perro, sin confesar abiertamente la razón por su repentino interés en cuidar de una mascota. Evidentemente su madre y Fernando; la primera debido al fuerte vínculo que los unía, el segundo a causa de su perversa intuición, dedujeron rápidamente el motivo cuando insistió en llevarse el cachorro a su dormitorio a la hora de acostarse.

A pesar de la ubicua presencia de Miguel entre las sombras nocturnas, Felipe logró controlar en parte sus temores gracias a la compañía de su fiel Pastor Alemán; al cual bautizó con el nombre de “Cerbero” en honor al mitológico perro que no solo impedía que los vivos entrasen en el infernal reino de “Hades”, sino que más importante aún, se aseguraba de que los muertos no pudieran salir de él.

Con el transcurso de los años, se hizo incuestionable la diferencia de personalidad entre ambos hermanos. Felipe era distinto a Fernando en casi todos los aspectos como también al resto de sus parientes, excepto por su madre de la cual había heredado su carácter introvertido y su amor por el arte y la literatura. Sus primos, sobrinos, y sus respectivas familias; componían un entorno de gente grosera, de matarifes que se habían enriquecido con la sangre perteneciente a innumerables animales sacrificados. Al contrario que él, Fernando llegaría a ser admirado por todos los integrantes de la prolifera estirpe de los Freijido, con el ofuscado arrobamiento que tan solo los ignorantes eran capaces de ofrecer.

Gradualmente, para tristeza de María Luisa quien siempre deseó que el vínculo entre sus hijos pesara más que las diferencias de carácter, la naturaleza retraída de Felipe lo fue conduciendo por una interminable carretera donde rostros y nombres pasaban fugaces ante él. Las dos únicas constantes en su vida serían su visitante nocturno, y el leal guardián que le mantenía dentro del averno del que procedía cuyas puertas se entreabrían gracias al terror de su amo.

No existirían otros amigos ni habrían más compañeros para Felipe que su inseparable Cerbero, a cuyo hijo bautizaría con el mismo nombre como una forma de honrar a su primer protector. A su primer e incondicional aliado.

Al cumplir los veinticinco, Felipe se graduó con honores en dirección y administración de empresas en la universidad Complutense de Madrid. Nuevamente la diferencia existente entre ambos hermanos se hizo palpable cuando Fernando se negó a cursar estudios superiores, eligiendo quedarse a trabajar con su padre. El día siguiente al funeral de Alejandro Freijido, María Luisa le rogó a su hijo mayor que se hiciese cargo de los departamentos de Gestión y Comercialización de la empresa. Felipe no pudo negarse ante la petición de la única persona a quien siempre amó; y por eso, aún en contra de sus deseos, aceptó con la condición de no tener ningún contacto con los mataderos que para aquel entonces sumaban dos en Galicia y uno en Asturias. Como consecuencia de su inesperada decisión, Fernando se encargó de lidiar con las diferentes gerencias de operaciones, supervisando directamente el funcionamiento de toda la cadena de producción.

María Luisa continuó siendo la accionista mayoritaria y presidente vitalicia de la Junta Directiva, involucrándose activamente en todo lo relativo a la empresa. Con el tiempo, Felipe demostró que además de contar con una habilidad innata para los negocios, poseía la aptitud necesaria para triplicar el capital de la empresa en menos de una década. Su éxito, basado específicamente en la comercialización de productos derivados, hizo que la poderosa matriarca fuese relegando mayores responsabilidades en él.

Para Fernando su hermano era un hipócrita. Un farsante que evitaba mancharse las manos de sangre; pero que como el resto de ellos bebía de las ganancias que el apetito por ella generaba. Esa fue la razón por la que efectivamente, a pesar de que el éxito en los negocios le permitía sufragarse sus placeres personales, la amargura y el resentimiento modelaron el carácter de Felipe por formar parte de un ciclo interminable de tortura contra otros seres vivos, ampliándose gracias a él a un purgatorio mecanizado en donde miles de animales se sacrificaban a la semana. Esta frustración fue erosionando lenta e inexorablemente cualquier tipo de relación afectiva o de amistad, quedando tan solo la establecida con su Madre cuyo invariable amor era lo único inalterable junto con la oscuridad que yacía bajo su cama.

V

El inconfundible tañido del arcaico reloj de pared trajo a Felipe de vuelta al presente.

Como de costumbre, a las doce en punto del mediodía, todos habían sido llamados al enorme y majestuoso salón comedor de estilo rústico el cual siempre le recordaba al palacio de “Heorot” o «salón del ciervo», descrito en el poema épico anglosajón en el que se narraban las hazañas del fabuloso Beowulf. Semejante al presente relato; el piso, las paredes y el techo del comedor, estaban contruidos en su totalidad de madera de roble artesanalmente trabajada formando una estancia de 30 metros de longitud por unos 26 metros de ancho. En medio del enorme espacio, una imponente mesa casi tan larga y ancha como la misma estancia, aguardaba repleta de una opípara variedad de alimentos en su mayoría compuestos por las carnes y embutidos que la empresa Freijido comercializaba. Sentada a la cabeza, en el extremo opuesto con relación a la entrada, María Luisa aguardaba pacientemente con el ostentoso bastón apoyado dócilmente contra el respaldo de su elegante silla.

Debidamente aleccionados por sus padres, los numerosos nietos y bisnietos corrieron a abrazar a la mujer de cuyo seno habían nacido sus madres y abuelas, algunas de las cuales se encontraban ya fallecidas. A pesar de lo que disfrutaba María Luisa con la tan esperada reunión, su carácter le impedía aceptar con agrado las muestras excesivas ––y ciertamente, muchas veces fingidas–– de cariño provenientes de niños o adultos por igual. Debido a esto, inclusive la duración de estas grandilocuentes manifestaciones de afecto también estaban mesuradas con sumo cuidado, retirándose la última generación de jóvenes Freijido una vez que María Luisa tenía la oportunidad de revolver el cabello de unos y acariciar las sonrojadas mejillas de otros. Ahora era el turno de sus padres el ofrecer las pringosas dádivas de su zalamería como la ofrenda de su incondicional vasallaje.

Fernando se presentó con toda su familia, misma que se extendía ya por tres generaciones. Su esposa, tan hermosa como vulgar, había concebido antes de cumplir los treinta a una hembra y tres varones asegurando su influencia en el gran circulo familiar, el cual análogo a los criaderos, se media por el número de cabezas de ganado. Todos sus hijos, excluyendo la joven Mariana que para desdicha de su madre todavía no estaba comprometida, le habían dado nietos grandes y rubicundos que provocaban la envidia en otras madres cuya fertilidad era mucho menos exuberante. Aquellos niños regordetes y rosados chillaban y se revolvían sobre el impecable suelo de madera barnizado como los pequeños cerdos que eran. Entre el algarabío que inevitablemente siempre le producía una terrible jaqueca, la mirada de Felipe se cruzó con la de su madre. La expresión de esta, mezcla de melancolía y preocupación, le recordaba la decepción que significaba para ella ver como año tras año su primogénito continuaba abrazado a la soledad, sesgando para siempre las esperanzas de que esa rama de su tronco diera alguna vez los tan añorados frutos.

Las interminables y cansinas anécdotas de los padres sobre sus hijos, de las esposas sobre sus maridos, y de estos últimos sobre el trabajo y la política; colmaron la estancia con un irritante zumbido que Felipe difícilmente podía soportar. No obstante, el aborrecible coro de voces se interrumpía al unísono ––casi como si lo hubiesen ensayado––, cuando María Luisa tomaba la palabra.

Cuanto despreciaba Felipe ese descarado servilismo, en parte por que era su propia subordinación la que lo mantenía en la mesa junto con el resto del rebaño. Aún así, a diferencia de aquellos comensales que acudían a la cita anual debido a una obvia conveniencia; para él su madre representaba la única persona que comprendía sus miedos. Ella siempre le defendió ante la intransigencia de un padre que se negó a entender, hasta el día de su muerte, como un adulto podía seguir creyendo en monstruos que se arrastraban por los rincones de su hogar.

No era la sumisión, sino el agradecimiento lo que obligaba a Felipe a hacer acto de presencia en aquella celebración familiar. Para bien o para mal, y a pesar de poseer un carácter intransigente que no aceptaba otra alternativa que no fuese el cumplimiento de su voluntad, lo que verdaderamente deseaba su madre era el bienestar de todos ellos.

Alrededor de las once de la noche, los matrimonios más jóvenes se despidieron llevándose con ellos a sus somnolientos hijos a los cuatro hoteles de la zona que María Luisa reservaba para tan importante ocasión. Solamente las familias de Fernando y de Ernesto, el único hermano del rememorado Alejandro Freijido que aún le sobrevivía, permanecían junto con Felipe y su madre en el comedor. A diferencia de los demás, ellos se quedarían a dormir en la mansión.

El ritual se iniciaba como siempre; con Felipe ignorando por completo a todos, excepto a su tío Ernesto con quien generalmente iniciaba una conversación sobre diferentes asuntos mayormente relacionados con la empresa. Esta patente indiferencia entre hermanos le disgustaba profundamente a María Luisa, pues a pesar de su casi omnipotente influencia sobre todos sus descendientes, no podía cambiar el hecho de que sus dos hijos se detestaban mutuamente.

La exuberante y todavía atractiva esposa de Fernando, Raquel, aprovechó la oportunidad para hablar con su suegra ahora que contaba con toda su atención. Justo cuando iba a comenzar a presumir de sus dos hijas, tan hermosas y ordinarias como ella misma, Fernando rompió la regla tácita de no hablarse fuera de la empresa, misma que existía entre los dos hermanos desde aproximadamente diez años:

––¿Cómo te encuentras Felipe, todavía sigues teniendo problemas para dormir?

El silencio fue absoluto. La sorpresa en el arrugado rostro de María Luisa hizo que este rejuveneciese un cuarto de siglo. Felipe observó cuidadosamente a su hermano tratando de vislumbrar algún signo de malicia en su semblante. A pesar de su cuidadoso escrutinio, no advirtió ninguno.

––Hace ya mucho que no tengo ningún problema para dormir–– contestó Felipe secamente, procurando que el tono de su voz sonase indiferente. Sin saber con certeza si sería apropiado, Raquel se atrevió a intervenir en la conversación.

––No estaba al tanto de que tenías problemas para dormir. Yo también sufría de insomnio cuando era una adolescente hasta que me recomendaron a un especialista en…

––Gracias por tú preocupación, Raquel… ––interrumpió María luisa con voz áspera, sin apartar la vista de su hijo menor––; pero como acaba de decir Felipe, él también ha solucionado sus problemas de sueño.

La astucia inherente a toda la gente de campo hizo que Raquel se apartarse inmediatamente del sendero por el cual se había torcido la conversación. Obviamente el tema del insomnio era algo que su suegra no deseaba discutir delante de ella.

––Me alegro por ti, Felipe. Dios sabe que el no poder dormir es una de las peores cosas que le puede pasar a uno ––sentenció de inmediato, ofreciendo una de sus mejores sonrisas.

María Luisa cogió por la sólida empuñadora de plata su regio bastón, haciéndolo chocar dos veces contra el soberbio piso de madera. Tras unos segundos, la inmutable ama de llaves se adentró en la estancia con su sombrío uniforme gris.

––No quisiera abusar de vuestra paciencia pues supongo que ya debéis de estar cansados por el viaje ––puntualizó María luisa, recorriendo con la mirada los aletargados rostros de sus nietos––. Si eres tan amable, Diana; por favor acompáñalos a sus habitaciones para que vayan desempacando mientras converso algunos temas de la empresa con mis hijos.

La numerosa progenie de Fernando y Ernesto se apresuraron a levantarse de la mesa sin mayores comentarios, despidiéndose cortésmente con una sucesión de besos en la ajada mejilla de la anciana mujer. Una vez a solas, María Luisa se enfrentó a Fernando.

––¿Quisieras decirme a que vino ese comentario delante de tu esposa e hijos? ––le preguntó evidentemente disgustada. Antes de responder, su hijo menor retrajo levemente los labios en una sonrisa de felina malicia, mostrando a medias sus amarillentos colmillos.

––No me mires así, mama…––respondió con un deje casi infantil–– hace tiempo que no hablamos excepto por temas de trabajo. Simplemente quería saber como iba su problema de insomnio; principalmente teniendo en cuanta que sigue viviendo solo.

Felipe también sonrió ante la forma ruin en que su hermano sacaba a relucir las dos carencias de su vida. Fernando nunca fue demasiado inteligente, pero desde niño había desarrollado una habilidad; un instinto casi sobrenatural para revelar en otros sus más hondas cicatrices sin importar las capas de mentiras que las recubriesen.

––Gracias por tu preocupación… ––respondió Felipe con sarcasmo, al tiempo que trataba de no mostrarse afectado por sus insidiosos comentarios––. Hace mucho que no tengo ningún problema para dormir, y en cuanto a si continuo sin casarme, bueno…, digamos que estas reuniones me confirman cada año que he tomado la mejor decisión.

––¡Basta ya, los dos! ––espeto con rabia María Luisa, afianzando con fuerza sus descarnados dedos en la empuñadura del bastón–– ¡No os consiento que me faltéis al respeto de esta forma!

Ambos hermanos guardaron silencio. La educación que su madre les inculcó no había decaído en absoluto con los años. María Luisa se dejó caer en su ornamentada silla de cuero curtido y madera añeja, contemplando con evocadora tristeza a sus dos hijos.

––Sé que no puedo cambiar lo que sentís el uno por el otro ––reiteró con expresión distante, balanceando la reluciente empuñadura de su bastón como si de una pequeña cuna plateada se tratase––; pero os guste o no, los dos heredasteis el producto del trabajo de vuestro padre y del mío propio, el cual pasará de forma similar algún día a vuestros hijos y nietos ––al decir esto último, miró de soslayo a Felipe––. Esta empresa está en vuestras manos, siendo mi obligación garantizar que antes de reunirme con vuestro padre el legado familiar perdurará por las generaciones venideras.

A pesar de que dicha conversación con su madre se había convertido en el prologo de sus visitas anuales, Felipe detectó esta vez algo extraño en el tono de su voz. Lo siguiente que le escuchó decir le cogió completamente desprevenido:

––Fernando, por favor… déjanos a solas un momento.

Este no hizo ninguna pregunta ante la imprevista solicitud de su madre. Ni tan siquiera manifestó sentirse ofendido. Simplemente procedió a levantarse de la silla, dirigiéndole una última mirada a su hermano mayor. En el fondo traslúcido de aquellos ojos de azul opaco, Felipe comprobó cuanto odio sentía realmente Fernando hacia él.

––Ven conmigo, Felipe… ––le pidió María Luisa, sin darle mayores explicaciones.

Felipe siguió a su madre hasta el estudio que había pertenecido al gran patriarca; uno de los pocos espacios de la mansión que no fueron renovados desde su construcción. El incisivo olor a cuero curtido de las gruesas encuadernaciones que revestían los cientos de tomos conformantes de la inmensa biblioteca, penetraron en sus fosas nasales como una inyección de recuerdos al centro de su memoria. Su padre nunca fue especialmente cariñoso con él; pero sin embargo y a pesar de que la augusta estancia estaba vedada aún hasta para su propia esposa, desde muy temprana edad le permitió acceder a las miles de historias narradas en páginas hilvanadas con hilos de seda. Así había nacido el amor de Felipe por los clásicos, por el romanticismo y la aventura. Y principalmente por la cálida evasión de una sociedad cruel donde se descuartizaban animales en una perenne ofrenda a la voracidad humana.

––Ven, Felipe… siéntate aquí conmigo ––le pidió María Luisa, a un tiempo que palpaba la agradable superficie del antiguo sillón sobre el cual se encontraba. Felipe curioso obedeció, confiando en que su madre le desvelara al fin el porque de su reunión privada.

––Ya conoces como soy… ––argumentó María Luisa, con una sonrisa llena de experiencia colmada con los años que esta conllevaba––, así que te lo diré sin mayores preámbulos…

Tomando la mano de Felipe entre las suyas, la anciana madre sorprendió a este con un gesto de cariño que en cierto modo era totalmente ajeno a ella.

––Ya he hablado con Fernando al respecto ––inició la conversación, como si dicha afirmación le otorgara una especie de indulto moral para lo que se proponía exponer a continuación––. Sin importar si nuestro negocio te es loable o no, en la última década has sido el responsable directo de multiplicar el capital de la empresa, extendiendo nuestros productos a nuevos mercados. Posees el instinto natural de tu padre para los negocios, con la ventaja adicional que tus estudios te han ofrecido.

A medida que hablaba, Felipe advertía como su madre ––seguramente de forma inconsciente–– apretaba su mano entre las suyas.

––Tu hermano ha demostrado ser un hombre responsable tanto en el trabajo como para con su familia, y al igual que vuestro tío Ernesto, goza del favor de los trabajadores y entiende los problemas del día a día. Fernando ha demostrado sus méritos con creces; pero no cuenta con tu visión ni tu inteligencia.

Felipe comprendió ahora el porque de aquella mirada de odio en los ojos de su hermano. Se preguntaba cuando habría tenido lugar esa conversación con Fernando, y si se habría llevado a cabo en este mismo escenario privado rodeados de libros y sombras.

––He decidido convocar la próxima semana una asamblea con la junta de accionistas para nombrarte Presidente General, cediéndote mi voto con el fin de que detentes la autoridad suficiente para respaldar tus decisiones.

Felipe frunció el entrecejo en un gesto de sincera perplejidad. Conocía a su madre y sabía que ella siempre se aseguró de que él y Fernando dirigieran la empresa si sus facultades se viesen mermadas. No obstante, jamás pensó que ese día llegaría mientras hubiese un hálito de vida en su cuerpo, y mucho menos que le otorgaría un poder tan absoluto sobre las decisiones de su hermano.

––Mamá… no me parece necesario que…

Antes de que pudiese continuar, María Luisa realizó un elocuente gesto con su diestra indicándole que se ahorrase sus comentarios, posando acto seguido su avejentada mano sobre la de él.

––Ya está arreglado. Ve a dormir que mañana ya nos reuniremos los tres para hablar de todo esto. Créeme cuando te digo que Fernando ha comprendido que a pesar de vuestras diferencias la mejor decisión es dejar la compañía en tus manos.

Sin esperar a recibir una respuesta, María Luisa cogió el bastón levantándose con una rapidez que todavía sorprendía a Felipe. Antes de despedirse, con sus dedos resecos acarició levemente la mejilla de su hijo.

––Le dije a Marta que le diese de comer a Cerbero algunas de las sobras. Sé que no te gusta, pero a mi me encanta mimarlo las veces que viene a casa.

––Gracias por todo mamá ––le respondió Felipe de corazón––. Mañana entonces hablaremos de esto. Te prometo esforzarme para que las cosas mejoren entre Fernando y yo.

Su anciana madre no le contestó. Simplemente le sonrío con una dulzura que únicamente guardaba para sus hijos.

Al entrar en la amplia cocina, Felipe comprobó como efectivamente Cerbero devoraba con avidez los restos de los fiambres que minutos atrás habían sido degustados con la misma ansia por los miembros de su familia. El robusto Pastor Alemán levantó la cabeza y le saludó con un distintivo ladrido, para posteriormente proseguir dando cuenta de las sobras amontonadas en un recipiente ovalado de plástico con su nombre impreso a los lados.

––No se preocupe, Señor Felipe… le he dado varios trozos de carne de res, y unos embutidos de jamón cocido que son los que tienen menos grasa ––se justificó rápidamente la corpulenta mujer, adelantándose a una posible queja por parte de Felipe. Al igual que la ama de llaves, Marta la cocinera llevaba trabajando para los Freijido desde antes que ambos hermanos nacieran.

––Descuida Marta… al fin y al cabo solo te ve una vez al año, así que tiene derecho a atracarse de comida como el resto de los otros animales.

Marta sonrió maliciosamente, reafirmando que ambos compartían la misma opinión acerca de sus parientes.

––Bueno chaval, si ya terminaste es hora de que dejemos descansar a Marta y nos vayamos nosotros también a dormir ––dijo Felipe alzando la voz, a lo cual Cerbero respondió trotando hacia él no sin antes restregar su cabeza contra la voluminosa cadera de la cocinera.

––Gracias por cuidar de este abusador. Confío verte por la mañana para que podamos ponernos al día.

––No hay de que, Sr. Felipe. Que tenga unas buenas noches.

––Lo mismo te deseo, Marta. Hasta mañana.

Los dormitorios se distribuían entre la segunda y la tercera planta. Aún se podían distinguir las voces, especialmente la de los niños, atenuadas tras las gruesas puertas de roble que se alzaban sobrias a lo largo de los pasillos de grisáceas paredes. Cerbero se dirigió directamente a la habitación de Felipe cuyo camino siempre recordaba sin mostrar la menor indecisión. Antes de llegar, se detuvo a olfatear la puerta correspondiente a la habitación de Fernando, meneando la cola aún con mayor velocidad.

––Vamos… ya sabes que es la siguiente.

En ese preciso instante Cerbero dio un leve gruñido retrocediendo un par de pasos e inclinando levemente su lomo en una posición natural de defensa. La puerta se abrió iluminando aquella sección del pasillo con una bocanada de luz.

––¡Vaya!… ¿Sigues todavía por aquí? No estaría mal que llevases a tu perro con bozal mientras está deambulando por el interior de la casa ––le señaló Fernando mientras miraba a Cerbero, el cual se sentó expectante sobre sus patas traseras.

––Si haces lo mismo con tus hijos, en lo que a mi respecta no hay ningún problema ––respondió de inmediato Felipe, sin mostrar la menor sonrisa que pudiese hacerle pensar a su hermano que estaba bromeando. Haciendo un sutil gesto con la mano, caminó los diez metros que separaban ambas habitaciones seguido por Cerbero quien desconfiado no apartaba la vista de Fernando. En el momento que se dispuso a entrar, se percató de que su hermano continuaba parado en el pasillo. Bajo la macilenta luz artificial que los envolvía su rostro adquiría unos rasgos perturbadores.

––Bueno, me imagino que has conseguido lo que querías. Así que ya no te verás obligado ha honrarnos con tu presencia.

La sonrisa que dibujaban sus finos labios destilaban maldad y rabia en proporciones iguales.

––No tengo ningunas ganas de mantener esta conversación, ni aquí ni ahora ––le respondió Felipe, haciendo caso omiso a las insinuaciones de su hermano menor––. Si no estas de acuerdo con la decisión de nuestra madre mañana tendrás la oportunidad de decírselo.

Sin dejar de sonreír, Fernando elevó las manos abiertas a la altura de sus hombros. Sus ojos azules adquirían una tonalidad verdosa a medida que hablaba.

––Creo que me has entendido mal. Estoy totalmente de acuerdo con su decisión. De hecho siempre has sido el cerebro de la familia… Siempre has tenido una gran imaginación ––Al decir esto, ensanchó aún más su sonrisa mostrando unos colmillos que parecían estar afilados en exceso.

Muy bien… entonces ya hablaremos mañana. Que descanses ––se despidió Felipe, consciente a su pesar de que su hermano le estaba provocando una cierta sensación de desasosiego que jamás había experimentado en su presencia hasta ahora. Cuando se disponía a cerrar la puerta, Fernando comentó algo en voz baja como si estuviese hablando consigo mismo:

––No hubo ninguna astilla…

Un fuerte mareo amenazó a Felipe con hacerle perder el equilibrio, viéndose obligado a recostarse contra la puerta que a punto estaba de cerrar. Con apenas la fuerza suficiente en sus piernas para no desplomarse, encaró a su hermano que le observaba fijamente.

––¡¿Qué demonios significa eso?! ––le preguntó, intentando por todos los medios de mantenerse firme.

––Aquella herida que te hiciste en la mejilla… No fue una astilla de madera, ¿Verdad que no?

La sangre golpeó con fuerza las sienes de Felipe, sumergiéndolo en el fragor de una violenta marea que arremetía implacable con cada latido de su corazón.

––¿Qué es lo que quieres decirme exactamente? ––le preguntó nuevamente, esforzándose para que el pánico que lo invadía no se reflejase en su voz. Fernando por su parte hizo caso omiso a su pregunta, regresando a la puerta entreabierta de su dormitorio. Antes de entrar se volvió hacia él. Ya no sonreía.

––Nunca te metiste debajo de la cama. De hecho, ni siquiera te acercaste a ella. Yo vi su brazo cuando intentó cogerte. Yo vi sus dedos cuando te acariciaron la mejilla. Él te odia Felipe… te odia aún incluso más que yo.

Justo después de que Fernando cerrase la puerta tras de sí, Felipe cayó de rodillas. Cerbero emitió un lánguido gemido yendo a su encuentro con cierto recelo. Tuvieron que trascurrir un par de minutos para que lograse incorporarse, caminando seguidamente con paso trémulo hacia una pequeña silla de madera que junto a una también pequeña mesa de diseño, formaban un particular escritorio el cual su madre había ordenado instalar en sus aposentos para las noches que no pudiese conciliar el sueño. Sus dedos acariciaban con premura el corto pelaje del entrecejo de Cerbero, entretanto las palabras de su hermano volvían a él una y otra vez como un eco que se resistía a desvanecerse:

«Nunca te metiste debajo de la cama»

«De hecho, ni siquiera te acercaste a ella»

Esa era la verdad y él lo sabía. Los psicólogos intentaron convencerlo durante años de que había sido una terrible casualidad. En un mundo donde los monstruos habitaban únicamente en las pesadillas de quienes las soñaban, ninguno de ellos se había molestado en comprobar si existía tal astilla de madera. Ninguno de ellos había mirado debajo de la cama.

«Yo vi sus dedos cuando te acariciaron la mejilla»

Y él también los había visto. Unos dedos inmensamente largos y delgados, con uñas curvas como garras. El brazo cerúleo de Miguel estuvo a punto de llevárselo consigo si no hubiese reaccionado a tiempo.

«Él te odia Felipe… te odia aún incluso más que yo»

¿Cómo podía Fernando conocer los sentimientos de Miguel? ¿Acaso el espectro del infeliz niño mutilado también se le aparecía a él? ¿Por qué entonces no lo atormentaba también? ¿Por qué era a él y no a su hermano a quien torturaba con el sonido de sus uñas escarbando a través del colchón?

Es el miedo… Pudo oler mi miedo en el matadero. Yo soy el otro cerdo que desea degollar… Yo soy…

El gemido quedo de Cerbero le distrajo de sus pensamientos. Sus expresivos ojos de un reluciente color castaño claro le miraban con preocupación. Felipe acarició su cabeza la cual descansaba plácidamente sobre su muslo derecho.

––No te preocupes chaval… No permitiré que Fernando nos mantenga a los dos en vela.

Cerbero no necesitó entender el significado de aquellas palabras, pues el tono de voz en que estas fueron pronunciadas bastó para apaciguarle. No obstante aun podía degustar el olor agrío que expelía la ansiedad de su amo.

Pasadas las dos de la madrugada, Felipe decidió acostarse a pesar de que todavía se encontraba algo alterado. Luego de ducharse en el baño privado, se vistió con un refinado pijama de seda, y como tantas otras veces a lo largo de su vida, aguardó a que su fiel mascota se tendiese a un costado de la cama. Seguidamente, en un proceder que se había convertido en acto inconsciente, apoyó primeramente los brazos en la blanda superficie manteniendo sus pies separados del grueso larguero. Entonces, dando un pequeño salto, se apresuró a desplazarse hacia la seguridad que representaba el centro de la amplia cama. Cerbero por su parte siguió con su propia rutina acurrucándose sobre su esponjosa alfombrilla. Si Miguel trataba de colarse desde las penumbras del infierno, él se encargaría de impedirle el paso.

Felipe cogió de una pequeña cartuchera de cuero negro que guardaba en su elegante bolso de mano, la misma combinación de pastillas para dormir que tomaba desde que era un adolescente. Por última vez, dirigió su mirada más allá de los ventanales hacia la luna cuya onírica luz daba vida a sinuosas sombras que se estremecían ante él.

––Hasta mañana, Cerbero… ––le deseó a su leal amigo, percibiendo como su pausada respiración se interrumpía al escuchar su nombre. La punta de la vistosa cola atisbaba por encima de la blanca sábana con su peculiar movimiento pendular. Dentro de dos horas, Felipe despertaría solo en la habitación a merced de Miguel.

VI

“Crack… crack… crack”…

“Crack… crack”…

El ruido continuo de las garras arañando el soporte metálico del colchón, sonaba como un bizarro instrumento musical cuya recurrente cadencia le extrajo paulatinamente de su ensoñación. Felipe se incorporó apoyando la espalda contra la cabecera, sujetando con ambas manos la sábana de lino que lo cubría hasta la altura del pecho. Sin estar totalmente seguro si ya había cruzado el engañoso linde que separaba sus sueños de la realidad, accionó el interruptor de la luz situado encima de él. No importó las veces que lo intentó, la estancia permaneció en penumbras iluminada tan solo por el fantasmal fulgor proveniente de la estéril luna. Su desesperación aumentó al tratar de encender la estilizada lámpara ubicada encima de la mesa de noche sin obtener tampoco ningún resultado. Haciendo lo posible por mantener la calma, llamó apremiante al guardián de sus sueños.

––¡Cerbero!… ¡Cerbero!…

No hubo respuesta. Sea lo que fuese que se lo hubiese llevado, el vigoroso Pastor Alemán no había tenido oportunidad de defenderse.

Ahora el terror que invadía a Felipe era tan opresivo como la oscuridad que lo rodeaba. Sin dudarlo dos veces, ni reparar en la vergüenza que supondría tal acto, retrocedió hasta su época infantil llamando con todas sus fuerzas a su madre.

––¡Mamá!… ¡Mamá!…

No supo cuanto tiempo llevaba gritando hasta que una punzada de dolor en su pecho le confirmó lo inútil de sus acciones. Sin aliento, su mente buscaba una explicación plausible del por qué a pesar del silencio que reinaba nadie respondía a sus gritos. Del por qué Cerbero había desaparecido.

Cerrando los puños con fuerza comenzó a golpear la pared tras de sí, la cual separaba su dormitorio del de Fernando. En un momento dado, los latidos de su corazón se fundieron con los golpes asestados por sus nudillos inflamados. Al cabo de toda una vida medida en segundos, temblando por el esfuerzo, Felipe se arrodilló sobre la cama vigilando el suelo que se extendía a su alrededor sin percatarse de que estaba llorando.

––¡Tranquilízate!… Tienes que tranquilizarte…, no puedes perder el control ––se repetía así mismo en voz alta, respirando profundamente de acuerdo a las recomendaciones de los Psicólogos. Su encuentro con Fernando hace unas horas y lo que estaba sucediendo no podía ser casualidad. De alguna manera él se había llevado a Cerbero. Quizás le hubiese ordenado a su esposa que hiciera caso omiso a sus gritos y golpes en la pared ¿Pero cómo era posible que nadie respondiese a sus llamados de auxilio? ¿Acaso los empleados y hasta su propia madre estaban confabulados con su hermano para torturarlo de aquella forma?

No… Su madre jamás le haría eso. Siquiera pensar en esa probabilidad revelaba el grado de angustia y confusión en el que se encontraba. Su madre no le escuchaba porque sus aposentos se ubicaban en el ala norte del inmenso caserón. De hecho, excepto por la habitación de Fernando, el grosor de las paredes de granito resguardadas por las puertas construidas rústicamente en madera maciza de roble, harían imposible que nadie más lo oyese.

Por supuesto tenía el teléfono con línea directa a la alcoba de la vieja ama de llaves, Diana; cuyo dormitorio estaba en la planta baja, y quien seguramente aún se encontraría despierta a pesar de la hora. Estaba también el amplio ventanal desde el cual podría gritar pidiendo auxilio. Podía de hecho, simplemente ir hasta la puerta y salir en busca de Cerbero. Sin embargo, la razón que le impedía caminar hasta la puerta era la misma que le impedía ir hasta el pequeño escritorio y tomar el teléfono.

Tendría que bajar al suelo.

“Crack… crack… crack”…

“Crack… crack” …

Allí estaba de nuevo…. Miguel arañaba los pequeños resortes metálicos con su muñón transfigurado en una afilada pezuña, esperando ansioso a que él posara sus pies en el piso. Sin Cerbero para ahuyentarle, Miguel le cogería por los tobillos y le llevaría a un lugar frío y húmedo donde cientos de cerdos se arrastrarían hacia él con sus patas cortadas; chillando no de pavor, sino de hambre.

Está en mi mente…, está en mi men…

“Crack… crack… crack”…

“Crack… crack”…

No importaba lo mucho que se esforzara por convencerse de lo contrario, podía apreciar ese terrible rasgar con toda claridad. De hecho, si ignoraba el acuciante redoble de su corazón augurando el inminente terror que se aproximaba, era capaz de oír la respiración entrecortada de Miguel. Una respiración gutural. El espeso aliento que salía a través de una oquedad sin labios ni dientes.

“Crack… crack… crack”…

Felipe permaneció sentado con las piernas recogidas, rodeándolas con sus brazos. Habían pasado décadas desde que no adoptaba aquella postura de indefensión. Aún era consciente de que no debía permitir que su miedo le arrebatase por completo el control, y al contrario de lo que el instinto o la condición humana le obligaba a hacer, tenía que mantener los ojos abiertos. Esta era según el primer psicólogo que le trató, el Dr. Jaime De Las Casas, la regla más importante: «Una vez que estés plenamente consciente ––le decía––, debes obligar a tu cerebro a percibir la realidad tal y como es. Tu imaginación crea la puerta…, tu miedo le da a Miguel la llave para abrirla. Domina ese miedo y Miguel junto con los demás monstruos quedarán para siempre confinados exclusivamente en tus recuerdos».

“Crack… crack… crack”…

“Crack…crack”…

¿Pero cómo dominar el miedo?… ¿Cómo cerrar las puertas cuando él ya se encontraba dentro de la habitación?

Cuando él ya estaba debajo de la cama.

––¡Araña todo lo que quieras, maldito! ¡No puedes hacerme ningún daño! ¡No puedes hacer nada en lo absoluto!

Silencio. El persistente rascar de uñas cesó en el instante que lo hicieron sus palabras. Proveniente del exterior, el tenue resplandor continuaba introduciéndose furtivamente a través del amplio ventanal, extendiéndose por la nívea sabana hasta la pared sobre la cual dibujaba una segunda puerta hecha de luz de luna. Una puerta nocturna a este mundo.

––Tengo que bajar… voy a bajar y caminaré hasta la puerta…

Describir paso a paso lo que planeaba hacer en voz alta, constituía otra de las «armas» con las cuales expertos como el Dr. De las Casas le habían provisto para «combatir» a Miguel. Apoyando las manos sobre el acolchado edredón, Felipe se puso de rodillas con el peso del cuerpo distribuido entre sus brazos y piernas.

Por un momento pensó en saltar lo más lejos posible. Si lograba coger algo de impulso, la puerta quedaría a su alcance. Solo tendría que girar las llaves en la cerradura. Solo tendría que…

Se llevó a Cerbero…, le recordó la omnisciente voz de su interior que se manifestaba como un ente consciente capaz de cuestionar todos sus actos.

Si saltas ya no podrás volver. Te cogerá por los tobillos y te arrastrará con él a las penumbras…

Sus brazos y piernas empezaron a temblar. Un repentino vértigo se apoderó de él como si estuviese a punto de lanzarse desde un gigantesco precipicio.

––¡Maldita sea! ––exclamó impotente, avergonzándose de su cobardía. En cada ocasión que intentaba acercarse al borde, sus piernas se debilitaban y un frío vació reptaba por su estomago absorbiendo el aliento de su pecho. No sabia si podría abandonar la seguridad de la cama; pero de lo que sí estaba seguro es que no soportaría una noche entera sin Cerbero.

––Tengo que hacerlo… Puedo hacerlo…

Distribuyendo su peso sobre las piernas flexionadas, logró pararse con el torso inclinado hacia delante. Su pie derecho se encontraba a un par de centímetros dentro de los seguros confines que le separaban del oscuro abismo existente, entre la blancura de las sábanas y las sombras que le esperaban expectantes en el suelo. El costoso pijama de seda estaba completamente empapado en sudor, adhiriéndose a su cuerpo como una fina y brillante mortaja. Ya no había vuelta atrás; si no lo hacía cuanto antes muy pronto su voluntad se disiparía así como su cordura.

––Hazlo… hazlo ya…­­

En el brevísimo instante antes de saltar, Felipe sintió los dedos de Miguel cerrándose alrededor de su tobillo. Bajando la mirada con un escalofrío comprobó sin embargo que nada ni nadie se aferraba a su pie bajo el cual solamente se hallaba el suave tejido. Conteniendo el aliento, se preparó para correr hacia fuera tan rápido como le fuese posible…

––Ahora… Aho…

El lacerante dolor hizo que su voz y sus propios pensamientos enmudecieran. Su espalda golpeó con violencia la punta roma de una de las ornamentaciones vegetales talladas en la cabecera. A pesar del fuerte impacto, Felipe apenas notó algo debido a la adrenalina que inundaba su cuerpo. La franja de luz que yacía sobre la cama iluminaba los tres rasguños que rodeaban el área posterior de su tobillo izquierdo.

––¡Mamá!… ¡ Cerbero!… ¡Cerbero!…

No quedaban más mentiras que repetirse en voz alta, ni más estratagemas que emplear para convencerse que era tan solo una pesadilla. De las tres pequeñas medias lunas impresas en su piel, tres finísimos hilos de sangre fluían con la misma tibieza que la orina por su entrepierna. La terrible incertidumbre dio lugar a la insoportable certeza, en tanto que la voz se le quebraba al igual que su valor.

––¡Cerbero!… ¡Cerbero!… ¡Ayúdame!

Era real… Después de todo, Él era real.

Muy en su interior siempre había creído lo que le aseveraron los médicos que le atendieron a lo largo de su niñez y gran parte de su juventud. Su miedo era una enfermedad latente, incurable; una enfermedad que controlaría con la razón y la compañía de generaciones de Cerberos que velarían por él. Mas ahora, su carne le mostraba la verdad que su mente no aceptaba a reconocer. Miguel terminaría al fin por atraparlo y llevárselo con él a un lugar de suplicio y agonía. Quizás a un matadero, donde se convertiría en la próxima víctima de cientos de hambrientos colmillos.

Sin poder contener el llanto, Felipe estaba a punto de hacer algo que le fue expresamente prohibido por todos esos mismos especialistas que le aseguraron que no existía la maldad fuera de este mundo. Estaba preparado para rendirse ante el horror que le rodeaba, haciendo aquello que derrumbaría por completo los ya frágiles muros de su realidad…

Reconocer la existencia de Miguel.

––¿Por qué? ¿Por qué ahora? ––preguntó en voz alta, consciente de estar abriendo una puerta que no podría volver a cerrar.

Otra vez, silencio. Las razones que guiaban a la maligna entidad no serían al parecer conocidas por Felipe. No al menos en vida.

––¿Es… es Alejandro… quien te ha pedido esto?

Su pregunta fue respondida por un pequeño gemido, seguido por tres palabras pronunciadas en un susurro:

––Voy a subir…

La sábana que yacía a sus pies se deslizó hacia el extremo derecho de la cama. la reacción de Felipe fue un simple reflejo. Flexionando aún más las piernas, profirió un gritito agudo y entrecortado al tiempo que recostaba su cuerpo contra la cabecera. Sin ser capaz de cerrar los ojos, dirigió la mirada al resplandeciente rectángulo que se dibujaba en la pared. Allí, en el extremo inferior, una sombra de brazos delgados se deslizaba por la puerta de luz.

Un único pensamiento coherente permanecía incrustado en el interior de Felipe:

Miguel no se lo llevaría con él.

––Mírame, Felipe…

Aferrado a las puntas de los esmaltados adornos, Felipe sintió como se hundía el colchón frente a él. En un último acto de sometimiento, dirigió su mirada hacia donde provenía la voz que nunca antes le había hablado en sus pesadillas; pero que ahora lo hacía en la ineludible realidad. La melancólica luz nocturna ungía el cuerpo extremadamente delgado e increíblemente pálido de Miguel. Desde un lienzo de piel en donde las formas que definían los rasgos humanos habían sido arrancadas literalmente a mordiscos, dos hermosos ojos verdes le miraban con maligna ansiedad. Una estrecha hendidura los separaba de su boca sin forma ni labios.

––Ven conmigo, Felipe…, quiero mostrarte mi cuchillo…

La muerte había llegado. Solamente sobrevivía la reacción de un cuerpo sin mente; de un horror sin consciencia. Únicamente existía ese pensamiento:

No me llevará con él…

Antes de saltar a través del enorme ventanal, Felipe vio reflejado el torso de Miguel inmóvil deseándole con su boca desfigurada un solemne adiós.

VII

Lejana; como en uno de sus sueños, la fría lluvia escurriéndose por su rostro le trajo gradualmente de la inconsciencia. Su cuerpo yacía boca arriba sobre el césped recién podado, y por unos segundos Felipe contempló absorto las gruesas gotas que se precipitaban por millares desde la infinita oscuridad que se cernía sobre él. Las palmas de sus manos y antebrazos tenían clavados pequeños fragmentos de cristal que parecían resplandecer con luz propia. Al intentar mover las piernas, cuchillas de fuego y hielo ascendieron por sus muslos hasta clavarse a la altura media de la espalda. Lentamente los recuerdos calaron en sus cabeza al igual que la fría lluvia en sus huesos. Arriba, en la segunda y tercera planta, las ventanas fueron iluminándose una tras otra cual pequeños faros en una playa de granito. Las opacas siluetas que se movían en el interior de las resplandecientes cuadrículas, rememoraron en Felipe los minúsculos títeres cuyas fabulosas historias se representaban en pequeños escenarios durante las funciones ambulantes a las que su madre los llevaba de niños. Cuando la puerta principal de la entrada se abrió, las luces de la fachada se activaron iluminando todo a su alrededor.

Las dos primeras figuras en cruzar el umbral fueron dos hombres corpulentos a quienes Felipe reconoció como los hijos de Ernesto, los cuales trabajaban en el matadero desde que eran adolescentes.

––¡Auxilio! ¡Ayudadme… por favor! ¡Estoy aquí!

Los costados le dolían terriblemente al gritar. No había reparado en las posibles heridas internas que seguramente tendría provocadas por la aparatosa caída. Los dos corpulentos jóvenes voltearon inmediatamente al tiempo que otro grupo de personas encabezados por el ama de llaves salían al exterior, preguntándose unos a otros lo que estaba ocurriendo.

José y Manuel ––así se llamaban los dos hermanos–– corrieron hacia donde se hallaba Felipe. Faltando pocos metros para llegar, José se detuvo de improviso como si una barrera invisible le cortase el paso.

––¡José! ¡¿Qué sucede?! ¿Por qué te has parado?…

Al ver la expresión de sus rostros, Felipe supo de inmediato el motivo de su reacción. De pie frente a él, la lívida figura de Miguel se erigía como una espantosa estatua de mármol blanco. En la diestra sujetaba el cuchillo de sangrado que seguramente había sido el mismo que utilizó su padre al cercenar los cuellos de miles de animales.

––Eres mi cerdo… ––musitó la grotesca boca con una mueca de júbilo. Su cuerpo desnudo y su monstruosa faz quedaban totalmente iluminados por las luces automáticas del porche. A diferencia de sus pesadillas Felipe descubrió abstraído de toda sensación de miedo o dolor, que la boca del engendro se encontraba surcada por atroces cicatrices que dejaban entrever unos pocos dientes dolorosamente inclinados hacia dentro. Su lengua increíblemente roja, humedecía con avidez las grietas resecas que horadaban cruelmente su piel.

José cayó de rodillas, dejando a su hermano detrás paralizado por la pavorosa aparición. Una malsana alegría invadió a Felipe.

Ahora lo habéis visto. Ahora seréis vosotros los que vigilaréis debajo de vuestras camas, se dijo así mismo, sin importarle que su vida estuviese a punto de llegar a su fin. A lo lejos, la voz de su madre gritaba su nombre. Los demás gritaban de terror. Una sombra sin embargo, de entre el grupo de siluetas negras que se aglomeraban a la puerta de la entrada, corrió hacia Felipe a pesar del maligno ser que constituía la leyenda de todos y las pesadillas de uno.

––¡Miguel detente! ¡Ya es suficiente! ––gritó Fernando sin cesar de correr a través de la lluvia nocturna. La manera de pronunciar su nombre; la convicción con la que lo hizo, distrajo por unos momentos la atención de Felipe del horror que avanzaba hacia él con su cuchillo de muerte.

¡Sabe que existe. Sabe que siempre ha existido y aún así no le teme. Jamás ha sentido miedo en su vida!, pensó ensimismado, invadido por una emoción mezcla de asombro y admiración.

Sin reparar en su hermano, Fernando se enfrentó a Miguel. No se vislumbraba temor en sus ojos; ni tan siquiera un atisbo de sorpresa.

––Por favor… ayúdame… ––Le rogó Felipe desde el suelo, sin poder incorporarse a causa de tener ambas piernas fracturadas.

Fernando no le respondió. Miguel entretanto le examinaba detenidamente, empuñando con los tres dedos de su mano derecha la mortal herramienta.

––Todos te han visto… Vete de aquí mientras aún puedas hacerlo –– le ordenó Alejandro con un tono de voz pausada carente de toda emoción.

Ninguna de su terribles visiones prepararon a Felipe para la indescriptible transformación de la que fue testigo. La atroz animalidad del rostro de Miguel cobró de repente la maldad e inteligencia que ningún monstruo, excepto el hombre, era capaz de manifestar. El grotesco agujero sin labios se contrajo hacía atrás en una mueca de rabiosa contrariedad.

––Es mi cerdo… Tú me lo prometiste…

No hubo respuesta por parte de Fernando. El filoso cuchillo de sangrado penetró su yugular en un movimiento tan veloz como certero. De la empuñadura hueca, la sangre comenzó a brotar en un chorro negro a la luz de la luna. José y Miguel; uno de rodillas, el otro de pie a su lado, presenciaron inmóviles como Fernando era degollado con el mismo proceder que los cerdos y reses a los que ellos sacrificaban diariamente. Al igual que en el matadero, chillidos (gritos) de angustia acompañaron su agonía al tiempo que María Luisa contemplaba impotente como su hijo menor era asesinado ante ella. Nadie se atrevió a ir en su ayuda pues delante de ellos se encontraba el engendro que había logrado peregrinar hasta su hogar a través de los sombríos caminos que recorrían los parajes de lo desconocido.

Ya no sentía dolor, ni tan siquiera temor. En aquellos instantes desfasados de cualquier lógica, Felipe veía maravillado como la vida de su hermano fluía a través de la empuñadura hueca. Con otro hábil movimiento Miguel extrajo el filoso cuchillo ampliando aún más la herida mortal en el cuello de su víctima. Fernando se llevó las manos al cuello en un desesperado e inútil intento por detener la vida que su corazón bombeaba fuera del cuerpo.

Los dedos que se posaron en la rodilla de Felipe estaban amputados por encima de los nudillos, excepto por el pulgar. Las cuatro callosidades de color ocre contrastaban con la macilenta piel del resto de la mano. Su otra extremidad cubierta con la sangre de Fernando, en la cual sostenía el cuchillo, exhibía una horrible cicatriz en forma de media luna que se extendía desde el principio de la muñeca hasta el codo.

Miguel se arrodilló hasta que su rostro quedó a la altura del de Felipe.

––El me prometió que serías para mi… ––le confesó con voz áspera, rozando el cuello de su siguiente presa con la punta del cuchillo. Aquella fue la primera vez que Felipe le respondió:

––Ya no podrás llevarme bajo la cama… Ya no nos encontramos en el dormitorio.

El monstruo plegó su oquedad en un nauseabundo amago de sonrisa antes de empujar el cuchillo torciendo levemente la muñeca hacia dentro, tal como su padre le había enseñado. Una fugaz sombra cruzó por delante de Felipe; apenas un leve parpadeo que entorpeció su visión por una fracción de segundo. El cuchillo de acero inoxidable describió el mortal movimiento semicircular llegando solamente a rozar la parte inferior del mentón. Cerbero mantenía apretadas sus poderosas mandíbulas entorno al delgado cuello de Miguel cuya monstruosa boca se abrió hasta tal punto que su cabeza parecía partirse en dos. La mano de tres dedos palpó frenéticamente el suelo en busca de la filosa arma que se hallaba a menos de medio metro. Al ver a su fiel protector defendiéndolo una vez más, Felipe reaccionó al trance en el que estaba sumido retirando de un golpe el mortal utensilio fuera del alcance de Miguel. Los ojos del engendro volvieron a recobrar la angustia con la que le había mirado de niño, cuando de pie sobre la rampa de descarga le había imaginado.

Los párpados de Felipe se cerraron finalmente rindiéndose al cansancio que lo embargaba. Esa noche nada ni nadie le haría daño pues Cerbero se encontraba ya a su lado.

VIII

El funeral se prolongó más de lo que Felipe hubiese deseado a pesar de que la ceremonia en sí fue realmente breve. Nadie pronunció unas últimas palabras en memoria de Fernando; ni tan siquiera su esposa Raquel o su hijo mayor, Matías. La longeva matriarca del clan Freijido guardó silencio durante toda la ceremonia, retirándose inmediatamente después de que el cuerpo de su hijo menor fuese sepultado.

Esperándolo como siempre en la puerta de su casa, Cerbero agitaba la cola mordiendo el moderno arnés de poliéster negro haciendo tintinear la pequeña argolla metálica que sujetaba la larga correa de nylon.

––Hola chaval… ¿Quieres dar una vuelta antes de dormir?

Cerbero corrió hacía él apoyando con agilidad las patas delanteras en sus muslos, cuidando de hacerlo por encima de ambas escayolas respondiendo así su pregunta de manera harto elocuente. Felipe sujetó cariñosamente el recio cuello estampando un beso en el hocico del leal Pastor Alemán.

Entretanto Cerbero corría libremente por el plácido parque situado a dos calles de su apartamento, Felipe se situó con la silla de ruedas, en la que debería desplazarse por al menos otros dos meses, debajo de la agradable sombra producida por un frondoso Abeto. Allí; en aquella bucólica tarde, no pudo evitar pensar en su hermano.

Sin importar lo mucho que su madre se hubiese forzado por mantener en secreto las consultas con los diversos especialistas, ni lo mucho que él mismo ocultase sus terrores nocturnos, Fernando solo necesitó verlo; hablar con él, para saber que nunca superaría la atroz visión que sufrió aquel día en el matadero. Mas fue cuando la misma intuición le dijo que su madre elegiría a Felipe por encima de él, que comenzó con una paciencia tan extensa como su rencor a elaborar el perverso plan.

Raquel confesó ante la policía que su esposo había iniciado meses atrás averiguaciones sobre el paradero de los padres del desdichado adolescente asesinado bajo tan escabrosas circunstancias. Lejos estuvo Fernando de imaginar que descubriría uno de los muchos secretos que su padre, el venerado Alejandro Freijido, se llevó a la tumba:

Miguel no estaba muerto.

De forma confidencial, con el fin de evitar cualquier tipo de escándalo, Alejandro había corrido con todos los gastos del hospital asegurándose además de que la familia de Miguel recibiese una fuerte suma de dinero con la condición de evitar el contacto con cualquier persona relacionada con la empresa. Alberto, el padre de Miguel, aceptó tal imposición mudándose a su antigua residencia en la Coruña, a unos 120 km de distancia. El mismo Alejandro se encargó de propagar el rumor de que Miguel había fallecido, evitando mayores indagaciones por parte de los trabajadores.

Fernando se encontró con un hombre cuyas heridas infligidas por los martirizados animales del matadero no solo deformaron su aspecto, sino que también habían destrozado su estabilidad mental. La alienación de ver su rostro desfigurado le provocó frecuentes ataques depresivos que culminaron con dos intentos de suicidio. Nuevamente la habilidad de empatía de Fernando percibió la aflicción de la madre, la vergüenza del padre, y el odio de Miguel hacia una sociedad que lo obligaba a vivir recluido.

El monstruo que acechaba en sueños a Felipe había vivido en una habitación angosta por más de veinte años. Fernando supuso que con gusto aguardaría unas cuantas horas bajo la cama de su hermano mayor.

Fue sumamente fácil canalizar esa hostilidad hacia Felipe, quien en palabras de Fernando continuaba al igual que su padre poniendo en peligro a los trabajadores obligándoles a lidiar sin ningún tipo de protección con animales tan salvajes como impredecibles.

Todo estuvo preparado para el día de la gran reunión familiar. Raquel relató como aquella noche Fernando aguardó por su hermano en el pasillo con el propósito de reavivar sus temores. De como deshizo media docena de Valiums en el agua que Felipe bebía rigurosamente antes de acostarse, y del mismo modo como sobornó a uno de los empleados para que minutos antes le diera a Cerbero trozos de carne a los que previamente les habían introducido Ketamina en polvo, usada como analgésico durante las inspecciones veterinarias a los animales de mayor tamaño. Fernando se había procurado con una copia de la llave del dormitorio de su hermano con la cual entró al cabo de un tiempo prudencial para retirar el cuerpo de Cerbero e introducir a Miguel. Cada detalle; inclusive cortar el suministro de energía eléctrica en su dormitorio, se planificó meticulosamente para que esta vez Felipe viviese una pesadilla tan real como su protagonista.

Pero con lo que Fernando no contó a pesar de su extraordinaria intuición, es que el terror de su hermano a ser arrastrado a la oscuridad bajo la cama era mayor al que sentía por su propia muerte; hacia la cual desesperado se lanzó a través de la ventana del dormitorio.

Fernando no previó tampoco que el monstruo al que había despertado de su profundo letargo, no se conformaría hasta sentir el cuello de su presa bajo el viejo cuchillo de sangrado olvidado por su padre en un oscuro rincón del sótano de la que sería su última morada en esta tierra. Miguel iría tras Felipe, si; porque al final haría lo que debía de hacerse.

Porque al final, Felipe era su cerdo.

Entre lágrimas de vergüenza y culpa, Raquel confesó su angustia al escuchar los gritos de Felipe y no poder hacer nada al respecto. Juró por sus hijos que en innumerables ocasiones intentó convencer a su marido de que desistiera de tal perversa confabulación. Después que Felipe saltase al vacío, Fernando inyectó el antídoto del analgésico a Cerbero al que mantenía en su habitación, con el fin de no levantar sospechas una vez que el resto de la familia se enterase de lo ocurrido.

Para desgracia de Miguel, a quien la tragedia de su propia crueldad le había conducido al destierro, y la maldad de un hermano a su espantosa venganza; el fiel Pastor Alemán fue en auxilio de su amo de cuyo monstruo esta vez, a diferencia de sus pesadillas, podría protegerle.

María Luisa se encargó de proveer a sus nietos con los recursos necesarios, lo cual no impidió que Raquel fuese exiliada para siempre del entorno familiar. Hasta el día de su muerte, el nombre de Fernando jamás volvió a ser pronunciado por los labios de su madre.

Esa noche, por primera vez desde que su tío Darío les contase la patética historia, Felipe se acostó liberado del temor que le había acompañado a lo largo de su vida. Saber que Miguel había sido un desdichado niño que creció con las atroces cicatrices de un brutal ataque, le confirmaba que tanto los monstruos como los hombres nacían únicamente en el seno de este mundo.

Antes de apagar la luz, acarició la cabeza de Cerbero quien se acercó a él en busca de tan apreciada muestra de cariño.

––Que descanses, grandulón… Mañana iremos temprano a correr al parque. Creo que los dos estamos engordando un poco.

Cerbero le respondió con un efusivo ladrido, balanceando vigorosamente la cola mientras se acurrucaba rápidamente en su cálida alfombrilla.

Poco antes del amanecer su sexto sentido le despertó de improviso. Con sus orejas perfectamente triangulares en alto, Cerbero levantó la cabeza mirando fijamente debajo de la cama. Más allá de las penumbras, detrás del insondable velo que separaba esta realidad de la otra, Fernando y Miguel aguardaban pacientes a que se abriera el portal que les permitiese cruzar entre ambos mundos. En esta ocasión sin embargo, el devoto centinela podía oír la plácida respiración de su amado dueño la cual le decía que no había temor en sus sueños.

Miguel estiró su pálida mano de tres dedos hacia el animal perteneciente a una de las pocas especies que podían divisar el otro lado. Cerbero le gruñó quedamente, mostrándole los afilados colmillos en señal de su inquebrantable valentía. Miguel retrocedió consciente de que al menos esa noche no contaría con la menor oportunidad de atravesar la puerta que el terror humano era capaz de abrir.

Posando la cabeza entre sus patas, Cerbero se mantuvo alerta por otros pocos minutos. Cualesquiera que fuesen las intenciones de aquellos que ahora habitaban en el otro extremo de la existencia, mientras él estuviese cuidándolo, ninguno de ellos se acercaría a Felipe.

Copyright © 2017 Relatos de Gehenna

 Dejar Respuesta

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>