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Un nuevo espasmo aún más violento que los anteriores, anunciaba la enésima ocasión que regurgitaba el escaso contenido de su ulcerado estomago. De rodillas, con ambas manos sobre el piso, un vómito oscuro salpicado de pequeñas motas de sangre brotó de su boca en un delgado hilo de materia licuada.

––Irene, adminístrale unos 8 mg. de Ondansetron por vía intravenosa. Tenemos que detenerle las nauseas antes de que empiece a echar sus propias entrañas… ––ordenó el Dr. Bosch, quien dirigía la Unidad de Desintoxicación del hospital Universitario de Madrid desde hacía más de diez años.

Irene cogió el brazo derecho del drogadicto arremangando con maquinal indolencia la hedionda camisa. La piel cerúlea de su raquítico miembro translucía un inflamado entramado de venas, las cuales bajo la luz fluorescente poseían una extraña tonalidad azul verdoso. Cinco heridas supurantes, estigmas recientes del vicio que lo consumía lentamente, se extendían desde la parte media de su antebrazo.

––Déjeme ver el izquierdo, por favor ––le pidió la estoica enfermera de forma rutinaria, sin molestarse en cubrir nuevamente la reseca rama donde miles de agujas habían anidado. La diestra del drogadicto no presentaba al menos por ahora un abuso tan marcado. Con un rápido movimiento Irene insertó la larga sonda por la cual se suministraría el medicamento.

––¿Puede recostarse? ––le preguntó sin siquiera mirarlo.

––Si, pero creo que…

Una fuerte arcada interrumpió la contestación del esquelético paciente, obligándole a inclinarse nuevamente sobre la camilla metálica. Esta vez el vomito presentó un color amarillento debido a la presencia de la bilis.

––Dios… me arde la garganta ––se quejó el drogadicto, limpiándose la boca con una toalla desechable más por un hábito arraigado a lo largo de su vida que por una consideración hacia los presentes.

––Tome, beba un poco ––le ofreció Irene, entregándole un pequeño vaso de cartón lleno con un líquido de coloración rosa––. Se sentirá mejor en unos momentos ––agregó lacónicamente.

Al terminar de beber el contenido, el drogadicto miró con lánguida vehemencia al hombre vestido de blanco parado frente a él.

––Doctor ––dijo con un gesto de molestia, al tiempo que llevaba su mano hacia el lado izquierdo del abdomen–– necesito ir al baño; creo… creo que aun sigo con diarrea…

––Está bien ––contestó el Dr. Bosch con la paciencia que solo se consigue a través de la apatía absoluta––. Cuando termines, aséate lo mejor que puedas y cámbiate de ropa. Tienes un par de batas nuevas detrás de la puerta.

––Gracias doctor… regreso en un minuto ––prometió el adicto vacilante. Una mancha marrón oscuro se extendía por detrás de su bata azul exageradamente holgada. Al caminar, la mugrienta porción de tela ondeaba con cada paso que daba cual ignominioso estandarte que proclamaba su abyecta condición.

Mientras Irene cambiaba las toallas de papel manchadas por el infeliz joven, un sentimiento mezcla de odio y aversión crecía en su interior. Esta repulsión no se debía a las decadencias de un cuerpo enfermo, ya que como enfermera titular durante más de veinticinco años, estaba acostumbrada a tratar con todas los residuos que el ser humano excretaba. Ni tan siquiera el hedor dejado tras de sí por el paciente de turno perturbaba su estado de ánimo. Lo que despreciaba y al mismo tiempo la asqueaba, era presenciar la forma en que el vicio de la adicción transformaba al hombre en una criatura sin voluntad cuyo único objetivo consistía en saciar la necesidad de introducir más veneno en su sangre infectada. Si por ella dependiese ––pensaba con frecuencia durante sus turnos en el centro–– les inyectaría su propio vómito; al fin y al cabo lo que salía no era muy diferente de lo que entraba.

Irene cogió el historial del adicto el cual se encontraba engrapado a una elegante carpeta de acabado acrílico con el logotipo del hospital. El nombre que figuraba al inicio del dossier lo identificaba como David Kolsh. En él voluminoso documento se registraban decenas de entradas y salidas al centro de desintoxicación, todas ellas debidas a la misma causa: «adicción crónica a la heroína». En aquellos momentos el pálido paciente cuyo nombre ahora Irene conocía, estaba saliendo del baño con su perenne expresión de somnolencia. Caminando con paso inseguro, volvió a recostarse en la estrecha camilla recubierta con un nuevo pliego de papel reciclable.

––Sr. Kolsh, tendrá que quedarse hasta mañana por la tarde ––le informó Irene sin apartar la vista del historial––. Si para entonces lo desea, podemos iniciar el tratamiento durante las próximas dos semanas. En fin, usted ya conoce de sobra el procedimiento. ––La displicencia en el tono de su voz enmascaró el evidente sarcasmo al menos en cuanto al adicto concernía. El Dr. Bosch por su parte, le arrebató la carpeta de las manos al mismo tiempo que le dedicaba una mirada de reproche.

––Esta es la tercera oportunidad que desperdicias, David ––le advirtió el doctor, esperando captar la atención del desdichado postrado ante él––. Tú ya sabes que no podemos recibirte más hasta que completes las primeras dos semanas de tratamiento.

––Lo sé doctor ––contestó el escuálido joven, bajando la mirada en un gesto de vergüenza que a Irene le irritó profundamente––, es que… es muy difícil, créame…, lo intento todo lo que puedo; pero…

––Vas a tener que intentarlo con más ganas, David ––le atajó bruscamente el desengañado doctor, soltando el historial sobre una de las pequeñas sillas metálicas del consultorio––. Eres consciente de que estos tratamientos son costosos y que deberías de estar agradecido por contar con la oportunidad que se te brinda. He hecho todo lo posible para que sigas con nosotros en consideración al compromiso que has mostrado durante las fases iniciales. Pero también espero que comprendas que no sería justo para con la extensa lista de pacientes en espera, que ocupes el lugar de alguien con verdaderos deseos de curarse y la voluntad necesaria para hacerlo.

––Lo siento… lo siento de verdad… ––se excusó el drogadicto manteniendo la mirada en el piso––. Le prometo que esta vez haré todo lo que sea necesario… ¡Se lo juro!

Irene sonrió con desprecio al escuchar el vano juramento de aquel despojo humano. Un juramento que apenas mantendría unas seis u ocho horas más.

––De acuerdo David, eso espero por tu bien ––añadió el Dr. Bosch con su habitual condescendencia––. Trata de dormir un poco y ya hablaremos mañana a primera hora. –– Con un evasivo ademán se despidió de su paciente, llevándose el historial nuevamente con él.

––Irene, ya puedes irte si quieres. Yo mismo llamaré a limpieza para que arreglen este desorden.

––Gracias doctor ––le respondió ella con profundo alivio.

––Espero entonces contar contigo el próximo martes, ¿de acuerdo?

––Aquí estaré doctor, muchas gracias ––se despidió con una sonrisa, ocultando con gran dificultad su desagrado.

II

Irene ostentaba el cargo de «Enfermera en Jefe» de la sección del Ala Este, desde hacía más de una década. Lejos de cualquier motivación personal, aquel trabajo significó para ella una fuente de ingresos adicional que le había asegurado un cierto grado de independencia durante su matrimonio. Diez años después, el tedio de un divorcio entre dos personas que jamás se amaron realmente la dejó con una manutención que a duras penas cubría las necesidades básicas de su hija de seis años; constituyendo actualmente su labor en el hospital el principal soporte de su hogar. A pesar de todo, aquel grado de libertad le gustaba. Le satisfacía poder tomar sus propias decisiones limitadas solamente por las fronteras de su propia conciencia. La verdadera ––y única–– recompensa obtenida de aquella malograda relación sentimental había sido su hija, Alejandra.

El indicador luminoso del panel del control de acceso instalado en el estacionamiento perteneciente al centro de desintoxicación, resplandeció con su acostumbrado halo verdoso al procesar la información contenida en la tarjeta magnética de Irene Freijido. El reloj digital de su automóvil ––un SEAT Ibiza–– señalaba las 5:30 pm; lo cual significaba que dentro de un cuarto de hora aproximadamente finalizarían las clases diurnas en el colegio privado Sagrada Trinidad. De forma invariable, siempre que terminaba su insatisfactorio turno de trabajo, se consolaba en la promesa diaria de ver a su pequeña hija. Y en los últimos dos meses la necesidad de ese consuelo se había acrecentado más que nunca.

––Maldición, aquí vamos de nuevo… ––murmuró para sí misma, cuando divisó el reciente aviso de desvío a medio kilómetro de la calle San Leonardo.

Hace seis meses aproximadamente le habían sido asignado dos turnos semanales en el centro de desintoxicación del Hospital Universitario. Durante los martes y jueves de cada semana, debía presenciar los «espectáculos» ––así los llamaba ella–– de la escoria humana que desfilaba por sus instalaciones: Drogadictos, alcohólicos, mendigos… Personalmente no podía evitar preguntarse cómo era posible que viviesen de esa manera, y cómo era posible que muchos de ellos; adolescentes todavía, fuesen capaces de cambiar las sábanas recién lavadas que sus madres les tendían con fervoroso amor para yacer en los lechos formados por su propia suciedad bajo la desoladora intemperie de la miseria. Niños y niñas a la espera de transformarse en hombres y mujeres, quienes habían preferido el frío e hiriente contacto de una aguja desechable a la cálida y suave caricia de sus seres amados.

Desde muy temprana edad Irene había aprendido a valerse por si misma tras la muerte prematura de su padre. No comprendía como para algunas personas el degradarse públicamente hasta tal punto significaba una opción más loable que la intimidad solemne de la muerte ¿Acaso la idea de yacer en la vacuidad de la nada constituía una alternativa peor que la humillación de arrodillarse cada día ante la indiferencia de un extraño? Adictos, mendigos… Todos ellos eran envolturas de carne corrompida consumidas por el alcohol y las drogas. Parodias aborrecibles que expelían su fétida esencia a un mundo en el cual ellos mismos eran sus propios desechos.

Frente a la parada del autobús escolar, Alejandra la esperaba sentada con la pequeña mochila abarrotada de libros de texto entre sus piernas.

––Hola cariño, ¿que tal a ido el examen? ––le preguntó Irene, mientras le ajustaba el cinturón de seguridad.

––Bueno, creo que bien ––le respondió Alejandra, con evidente falta de convicción––. Repasé las respuestas con Ana y solo nos equivocamos en una pregunta.

Sus grandes ojos azules reflejaban una seriedad absurdamente graciosa en una niña de su edad. Lo más trivial ––pensó Irene en ese momento–– podía adquirir una importancia significativa en el universo infantil.

––Vale… si es solo una pregunta, quiere decir que en general hemos salido muy bien, ¿cierto? ––concluyó Irene, apartándole el dorado cabello con la delicadeza característica de un afectuoso ademán realizado innumerables veces. Alejandra sonrió, y el brillo celeste de sus ojos bañaron de alegría sus hermosas facciones. Las comisuras de sus labios granates ascendieron por las sonrosadas mejillas dejando entrever la forma incipiente de unos dientes de nácar. El rostro de su hija ––se decía Irene siempre que la veía sonreír–– era puro cielo y rubíes.

––Mamá, ¿puedo terminar mi dibujo en el coche? ––le preguntó Alejandra, conociendo de antemano una respuesta que permanecía invariable siempre que formulaba la misma pregunta. Un mero protocolo a seguir que le dictaba la obediencia a su madre.

––Claro que si, cariño; pero recuerda no sacar todos los colores al mismo tiempo o se te caerán debajo del asiento.

––Vale… no te preocupes, tendré cuidado.

Al inclinarse para buscar su cartuchera nueva dentro del morral escolar, un velo de cabello dorado se deslizó suavemente cubriéndole parcialmente la mitad izquierda de su carita. No importaba cuantas veces aquella imagen se repitiese frente a ella, Irene la admiraba embelesada. Quizás no existían segundas veces en los ojos de quien ama.

El cuarto semáforo ubicado en la intersección de las calles de Juan Álvarez Mendizábal con De La Quintana, señalaba el comienzo del desvío que Irene tanto detestaba.

Dios… que no esté allí, pensó con desagrado, aminorando la velocidad para tomar la curva en «U» situada entre las dos calles. Por si no fuese suficiente lidiar con las adicciones de la humanidad dos turnos por semana, su vuelta a casa en el último mes se había visto marcada por la presencia de aquel aborrecible ser.

Tal vez esté pidiendo limosna en otra parte, conjeturaba con cierta esperanza mientras se aproximaba al segundo cruce de la calle Buen Suceso. Tal vez haya muerto de cirrosis, o simplemente se haya peleado con alguna otra basura igual que él y ambos aparezcan acuchillados en el fondo de un contenedor.

Pero allí estaba…

Seguramente se debiese solo a su imaginación; pero el asqueroso tufo que desprendía el mendigo llegaba hasta ella en densas oleadas a pesar de la distancia que la separaba de él. Como un acto reflejo, siempre que conducía en dirección al cuarto semáforo de la calle Buen Suceso, miraba de soslayo a Alejandra a través del espejo retrovisor. Recostada cómodamente en el confortable asiento trasero del espacioso vehículo, su pequeña hija de seis años comenzaba a trazar las primeras líneas de un paisaje que por ahora solo existía en su imaginación.

Hacía poco más de un mes que el acceso a la calle Gran Vía permanecía cerrado a causa de las obras llevadas a cabo como consecuencia de las ampliaciones en la red eléctrica de ese sector. Esto implicaba que la única trayectoria posible hasta el hogar de Irene consistía en tomar el desvío por la calle Buen Suceso, y era justamente aquí, en el cuarto semáforo, donde aquel repugnante hombre se paraba a pedir limosna.

Con la mano derecha a la altura de su cintura, el pordiosero sostenía un sombrero oscuro y mugriento a manera de aberrante objeto fálico. Al igual que todas las tardes, esperaba a que los coches se detuviesen frente al semáforo antes de acercarse a ellos.

Irene no era completamente consciente del por qué sentía tal aversión hacia aquel hombre. En el transcurso de su vida había tropezado con un sin fin de pordioseros arrastrándose por las calles al igual que enormes ratas andrajosas emergiendo desde las cloacas de la ciudad. Ya desde su infancia jamás pudo acercarse a ellos para ofrecerles una limosna. Aunque lo intentó varias veces alentada por la férrea insistencia de su madre, aquellos seres miserables siempre le habían despertado una aversión que rayaba en la fobia. No quería tan siquiera mirarlos; lo cual comprobó a lo largo de los años que también correspondía con el sentimiento general de la gran mayoría.

Pero aquel pordiosero en particular, aún cuando solo le observaba fugazmente en la distancia, la hacia sentir enferma; como si una malsana e invisible fuerza emanara de su ser avanzando furtivamente hacia ella.

Son asquerosos…

Son odiosos…

son…

Durante los primeros días de su forzado periplo entre el laberinto de calles y encrucijadas, Irene había contado con suficiente tiempo, en la parada obligada del cuarto semáforo, para observar aún contra su voluntad ––pero gracias a una malsana morbosidad–– el sistemático proceder del mendigo. Primeramente ––tardó unas cuantas mañanas en percatarse de esto––, una vez que el semáforo cambiaba a «rojo», el andrajoso hombre salía desde detrás de un quiosco ubicado en dirección perpendicular al trazado de la acera. Una fuerte cojera en su pierna izquierda le obligaba a caminar balanceando con inseguridad todo su cuerpo. Más que una cojera ––había observado Irene––, parecía que debido a algún tipo de mal formación congénita su pie izquierdo carecía de toda movilidad. A consecuencia de esto, y aunque el resto de su pierna se flexionaba sin dificultad, al apoyar el peso en la pétrea extremidad perdía rápidamente el equilibrio.

Mas solo era hasta que el mendigo se situaba a menos de un metro del coche escogido, cuando el «espectáculo» comenzaba realmente

Como la pantomima grotesca de un saludo, y a fin de inclinarse hasta la altura del conductor del vehículo; la despreciable figura no contaba con otra opción que apoyar la rodilla de su pierna derecha en el suelo para que de este modo la menor parte de su peso descansara sobre su pie deforme. A continuación ––esto a Irene le parecía de la más abyecta indignidad––, el mendigo cogía su inmundo sombrero con ambas manos y en aquella humillante posición parecía rezar anhelante a un desdeñoso Dios por un último acto de misericordia. Un hijo olvidado y maldito, condenado a vivir de rodillas y mirar desde abajo.

Lo más patético sin embargo, era que mantenía aquella postura de incondicional sometimiento hasta que la larga caravana de coches pasaba a su lado; incluyendo por supuesto el de Irene.

––Mamá, ¿ya llegamos? ––exclamó de pronto Alejandra, sacándola de su ensimismamiento.

––No mi vida…, aún tienes unos diez minutos para terminar tu dibujo. Acuérdate de no coger todos los colores a la vez ––agregó con un deje de reproche.

––Si, ya lo sé ––replicó Alejandra, también con cierta displicencia al tiempo que se acomodaba en el asiento inclinándose sobre su costado derecho.

Que hermosa es, se dijo Irene con innegable orgullo materno, contemplando a su hija a través del espejo retrovisor. La belleza natural de Alejandra envestida en el cándido fulgor al que solo la inocencia infantil podía aspirar, le conferían un aire casi místico, rozando lo sagrado. Absorta en esta imagen Irene no se dio cuenta de que el semáforo volvía a estar en rojo; pero además…

Estoy enfrente del quiosco…, se dijo súbitamente. Sin necesidad de comprobarlo supo con certeza que en estos momentos el mendigo se encontraría al otro lado de su ventanilla. Rápidamente, encendió la radio digital del automóvil moviendo de forma aleatoria la pequeña rueda del dial.

«tac, tac, tac»… sonaron unos trémulos golpes en la ventanilla.

––Por favor señora… deme una ayuda en nombre de Dios ––le rogó el mendigo, de rodillas en el polvoriento asfalto.

––Por favor señora…

––Dios se lo devolverá multiplicado por…

¿Por qué sigue insistiendo? ¿Acaso no es evidente que le estoy ignorando?, se preguntó Irene, indignada ante la desagradable situación. El semáforo había cambiado de color nuevamente; pero aún así la fila de coches delante de ella permanecía inmóvil.

Dios, esto no está pasando, repitió para sí misma. Un extraño sentimiento de impotencia crecía en su interior. Alejandra por su parte continuaba concentrada en el bosquejo perfilado en su mente, ajena completamente a lo que sucedía en el mundo exterior.

«tac, tac, tac»…

––Señora… por favor, una limosna…

––Dios la bendecirá…

––Dios le pagará con…

Irene golpeó con violencia el interruptor que accionaba la ventanilla del lado del conductor. Apenas esperó lo suficiente para que el cristal ligeramente opaco bajase hasta la altura de su barbilla.

––¡Señor, no tengo monedas! ¡Así que por favor déjeme en…!

Las palabras desaparecieron junto con su aliento. La visión que tenía frente a ella, a tan solo unos centímetros de distancia, la dejó completamente paralizada. Sin lograr entender del todo lo que veía, Irene sufrió una fuerte y súbita punzada de dolor justo por encima de su ingle y en ambos pezones de su pecho; como si unos voraces roedores quisieran abrirse paso hasta sus entrañas devorando las regiones carnales de su femineidad. El hombre que tenía ante sí había caminado por las oscuras tierras baldías de las miserias humanas. Durante su viaje, herreros infernales de un reino bizarro le habían moldeado en la pestilente fragua de la corrupción una odiosa máscara destinada a los hijos malditos de una madre maldecida. Enmarcado por un cabello ralo de profundas entradas, el cráneo del desdichado pordiosero dejaba entrever diversas pústulas, varias de ellas rodeadas por círculos irregulares de pus seco. Otras heridas en cambio todavía continuaban supurando la putrefacción de su interior. Otras áreas del cráneo se mostraban ausentes de cabello, presentando hediondas erupciones que variaban en tamaño y forma.

Pero lo peor era el rostro en si mismo…

Un profundo surco en la agrietada y sucia piel serpenteaba a lo largo de la frente hasta ser interrumpido por un tumor carnoso e hinchado situado sobre su ojo derecho, impidiéndole a este abrirse por completo. Aquel ojo mezquinamente oculto rezumaba una secreción pastosa de tono ambarino producida por una llaga situada en el nacimiento del párpado inferior. El ojo izquierdo, cruelmente pequeño, revelaba un iris de alquitrán nadando en una ausencia casi absoluta de blancura. Los dos odiosos luceros se apoyaban en una masa informe y ondulada semejante a una monstruosa e hinchada lombriz bicéfala, la cual constituía los restos de lo que en su día debió de ser la nariz de aquel pobre desgraciado. La boca de labios colmados por costras de sangre y más pus reseco, escupía sus sucias encías negras e inflamadas incrustadas de fétidas gemas desgastadas de una repulsiva coloración ocre. Una antigua herida cubierta por tejido necrótico hacia que la grieta pestilente por donde la miserable criatura comía y bebía se alargara de forma imposible hasta más allá de la mitad de su mejilla izquierda.

Fue después de que la mente de Irene procesara el conjunto de formas y rasgos en un todo, cuando para su sorpresa algo más despertó en su interior…

Algo que superaba el asco y la aversión…

Algo que superaba el miedo…

Rabia. Una rabia y desprecio absolutos; porque…

El mendigo le sonreía.

El espectáculo continuaba…

La harapienta aparición no solo soportaba la ciega crueldad de un destino azaroso, sino que la aceptaba con los brazos abiertos. Sonriendo, de rodillas; le decía a Irene tendiendo sus manos hacia ella, que ya nada importaba…

No importaba arrastrarse, pues hacia tiempo que sus pies deformes no podían sostener el agobiante peso del orgullo en su espalda.

No importaba suplicar, pues ahora se alimentaba de la piedad y la lástima de extraños.

No importaba su aspecto, pues había sido nombrado el grotesco bufón de una corte cruel e indiferente formada por súbditos de ojos y oídos mutilados.

No importaba tener que sonreír a pesar del dolor, pues su público; ciego y sordo, únicamente olfateaba el hedor rancio de su degradación.       

El espectáculo debía de continuar…

––Por favor señora… una limosna por amor a Dios ––le suplicaba el mendigo con su almibarada mueca de sumisión.

Irene no pudo soportarlo más. Poseída por una furia ciega (mujeres de ojos mutilados), le gritó con todas sus fuerzas al grotesco ser:

––¡Déjame en paz, pedazo de basura! ¡Si te queda algo de hombría muérete y desaparece de este mundo (reino)!

El vehículo todo terreno situado a un par de metros delante de ella comenzó a moverse. De inmediato, Irene presionó el pedal del acelerador sin molestarse en subir de nuevo la ventanilla de la puerta.

––¡¿Mamá, qué sucede?! ––exclamó Alejandra detrás suyo, con una mezcla de confusión y miedo.

––Nada cariño. Perdona por haberte asustado… Es que un hombre malo se acercó a mamá y tuve que gritarle para que se fuera.

Con expresión desconfiada, Alejandra dirigió su vista hacia el volante.

––Mamá… ¿por qué estás temblando?

––No mi amor, no estoy temblando… solo me asusté un poco, eso es todo. Mira, ya nos estamos moviendo. Recoge todo que en un par de minutos llegaremos a casa.

Alejandra aún la observaba con algo de recelo mientras introducía los colores de vuelta en la cartuchera. Árboles inmóviles en un bosque estático crecían a los lados de una cabaña ––o una casa de campo–– a medio construir, en la tercera hoja de su cuaderno de dibujo. De improviso, la fila de coches se volvió a detener. Irene se apresuró en accionar el interruptor de la ventanilla. Sin necesidad de verificarlo, sabía ––sentía–– sin lugar a dudas que el mendigo caminaba hacia ellas.

Y estaba en lo cierto…

Cojeando marcadamente, la astrosa figura de la decadencia se acercaba arrastrando su miembro deforme con insidiosa parsimonia. Presa de un pánico irracional, Irene experimentó la imperiosa necesidad de pedir auxilio a gritos; de abrir la puerta y salir huyendo con su hija en brazos. Pero justo en ese momento y a unos pocos pasos del vehículo, el mendigo se detuvo.

––¡Mamá… dime que sucede! ––esta vez el miedo y no la sorpresa definían las facciones de Alejandra.

––Nada corazón… siéntate bien y mira hacia adelante.

Irene sintió un dolor punzante en sus sienes y en la parte posterior del cuello. Su mirada continuaba clavada en el espejo retrovisor del automóvil. No había humillación ni dolor, ni sumisión o vergüenza. El ojo mezquinamente pequeño del mendigo se mostraba de un negro absoluto; pero al mismo tiempo bañado por un cierto brillo pálido. Su boca, minutos antes una fantasmal e inconclusa media luna negra, se transformó en las fauces contraídas de una criatura abisal. Por segunda ocasión, paralizada de pies a cabeza, Irene pudo percibir en todo su cuerpo el odio del mendigo como si una densa y gélida niebla la envolviese. Pero no solo existía odio, algo más emanaba de él como un especie de aura corrompida desde su interior…

Maldad.

El sucio caparazón de carne vestido de harapos no se encontraba vacío en lo absoluto. La perversidad y la ira rezumaban por una herida aun más profunda que las miles ya infringidas en el alma ––y cuerpo–– de aquel condenado ser. Levantando su brazo izquierdo, el mendigo señaló hacia algún punto del automóvil. Irene no pudo precisar el lugar exacto al que se refería aquel monstruo vestido de suciedad. Finalmente, después de interminables segundos, la caravana de coches comenzó a avanzar progresivamente.

¡Muérete desgraciado asqueroso! le gritó mentalmente, pisando el acelerador de su coche con tanta fuerza que los cauchos dejaron tras de sí sendas marcas a lo largo del pavimento. Irene pudo vislumbrar a través del retrovisor como el mendigo permanecía inmóvil señalando su coche.

Pedazo de basura; no volveré por aquí nunca más, le prometió en susurros a la oscura figura que gradualmente se empequeñecía hasta desaparecer en la primera curva de la tercera Transversal. Los próximos minutos antes de llegar a su hogar Irene permaneció en silencio. No se atrevía tan siquiera a dirigir la mirada hacia su hija. Pensaba que el solo hecho de hablar o mirar a Alejandra manteniendo todavía en su mente la imagen de aquella aberración podría «contaminarla» de alguna forma.

––Bueno tesoro ––sonrió, tratando de que su voz sonase más calmada––, se que mamá se volvió un poco «loca» hace un rato; pero es que había un señor muy feo y malo al que no quería que vieses.

––¿El señor «sucio»? ––pregunto Alejandra frunciendo el ceño, menos preocupada al conocer la razón del inusual comportamiento de su madre.

––Si, el señor sucio… ¿Lo pudiste ver? ¿Pudiste verle la cara? ––le preguntó Irene, más curiosa que preocupada.

––No…, bueno, solo un poco. Vi que tenía un sombrero muy viejo y feo… y que caminaba «raro».

––Si, mi amor…, ese hombre al igual que el resto de los pordioseros son gente muy fea y mala. No quiero que jamás te acerques a ellos. ¿De acuerdo tesoro?

––Si mama… está bien ––aceptó Alejandra, agregando seguidamente en voz baja––: No te preocupes mamá, si veo a uno de esos señores feos me iré corriendo.

––¡Muy bien corazón! ––le contestó Irene, sintiendo como buena parte de su malestar desaparecía junto con la imagen del horrendo mendigo.

Sentada en uno de los tres sillones de estilo colonial alineados en circulo al extremo norte del salón principal de su hogar; Irene se dispuso a planear nuevas rutas para llegar al colegio de educación primaria Sagrada Trinidad. Debería convencer a Alejandra de acostarse algo más temprano lo cual no sería fácil. Después de lo sucedido aquella mañana el cambio de itinerario solo constituía una molestia menor, misma que con gusto soportaría siempre y cuando no tuviese que volver a encontrarse con aquel despreciable ser.

Aunque tengamos que levantarnos una hora antes. Al menos hasta que arreglen el acceso principal, se prometió Irene, mientras estudiaba los horarios escolares. Al día siguiente descubriría que el nuevo trayecto no evitaría que se encontrasen con el mendigo.

Ni que el mendigo las encontrase a ellas…

III

4:50 am.

Aunque raramente Irene se levantaba antes de que sonara la alarma del despertador, y menos un viernes a esas horas de la madrugada; esa mañana se había despertado sintiendo una gran ansiedad. Era consciente vagamente de haber tenido una pesadilla la noche anterior relacionada con aquel despojo humano. Por más que trataba no lograba recordar ningún detalle preciso de su sueño. Aún algo somnolienta, descendió por la angosta escalinata de forma helicoidal que separaba los tres dormitorios del salón comedor situado en la primera planta. Como era su costumbre, abrió de par en par las cortinas del ancho ventanal que formaba parte de la fachada de la casa. El primer contacto con el «nuevo día» siempre lo obtenía a través de las vistas de su espacioso y cuidado jardín.

A dos casas de la suya el perro de los Ferrer empezó a ladrar insistentemente. Irene entrecerró los ojos tratando de averiguar que o quién intranquilizaba de esa forma al fiel animal, mientras procuraba aclimatarse a la brillante luz del exterior. Sin dejar de ladrar, «Zeus» ––creyó recordar que así lo llamaban–– corrió rápidamente hacia el extremo derecho de la cerca divisoria en dirección a su jardín. En ese instante el «Adagio de Albinoni» inundó la estancia con notas sintetizadas por el compacto equipo de sonido empotrado en el estilizado mueble de aluminio sobre el cual descansaba también el televisor de plasma de 42». Eran las 5:20 am en punto, y ya era hora de hacer un poco de café y preparar el desayuno. Mientras introducía el aromático grano ya molido en la antigua cafetera heredada de su madre, alguien llamó a la puerta de un modo pausado; casi como siguiendo los acordes de la melodía.

«Knock…, knock…, knock»…

––¡Si, un momento!–– respondió Irene algo extrañada. A esas horas de la mañana no era usual tener visitas, y el cartero entregaba la correspondencia en su urbanización solo los días martes y jueves.

«Knock…, knock…, knock»…

––¡Un momento! ¡Dígame que desea! ––respondió a la discreta pero insistente llamada, esperando unos segundos enfrente de la puerta sin recibir contestación alguna.

«Knock…, knock…, knock»…

––¡Si, dígame quién es!

––…

Irene comenzó a preocuparse; pero no demasiado. Sus vecinos al igual que ella se encontrarían en sus hogares tomando el desayuno y vistiendo a sus hijos para la escuela; o bien preparándose para sus respectivos trabajos. Sabía que con solo gritar por la ventana que daba al jardín todos ellos acudirían en su ayuda. Además, ningún ladrón se presentaría a esas horas de la mañana llamando primero a la puerta. No… no sentía temor; pero si experimentaba una extraña sensación de desasosiego… de cierta soledad.

––¡Mire, si no me va a contestar lárguese o llamaré a la poli…!

––Jaagggg…, jaaaagggg…

Un sonido ronco y entrecortado se hoyó de repente al otro lado de la puerta evitando que completara su amenaza. Irene no recordaba haber oído anteriormente nada parecido, aunque al mismo tiempo se asemejaba a ciertos ecos que aún resonaban en los angulosos rincones de su memoria.

––Jaaagggg…, jeeeggg…, jeegg…

Los vellos de su cuello y antebrazos se erizaron a la par, aumentando de forma vertiginosa los latidos de su corazón. Su mente reconoció gradualmente aquel sonido como una especie de lamento proferido sin lugar a dudas por una garganta humana.

––Jeeeggg…, jeeeggg…, jeegg…

Este sonido formaba una cadencia malsana, enfermiza. Provenía de un instrumento dañado ya hacía tiempo. La maldad reverberaba dentro de él.

Al otro lado de la puerta, alguien estaba riendo.

––Jgeee…, jgeee…, jgeee… Por favor señora… ¿Me da una limosna?

El vacío en el estomago de Irene se trasladó a sus piernas haciendo que estas temblasen bajo su peso. No poseía suficiente aire en los pulmones para poder hablar o gritar. Con gran esfuerzo retrocedió unos pasos alejándose de la puerta.

––Señora… por favor…, me da una limosna… por favor… ¡Sucia puta asquerosa!…

Irene cayó de rodillas. Un miedo primitivo, básico, la envolvía por completo. Lo absurdo de la situación mezclada con la cotidianidad soez y vulgar de aquel insulto impedía que su mente encontrase la forma de actuar. Con ambas manos apoyadas en el suelo, hizo el intento de inspirar el aire que había abandonado sus pulmones sintiendo el clamor de la sangre luchando por salir a través de sus sienes.

«Bump…, bump…, bump»… sangre…

––«Jggeeee…, jggeee…, jggeee» ––detrás de la puerta.

En lo más profundo de su pensamiento racional Irene era consciente que el mendigo no se marcharía con mantener sus ojos cerrados. Si ahora la realidad de su mundo era la pesadilla de una noche sin hora, ella tendría que levantarse y enfrentarse a las risas de labios desfigurados y ojos ávidos al otro lado de aquella puerta.

«Knock…, knock…, knock»…

––por favooooooooor…, preciosa perra perfumada… ¡Por favoooooooor!…

Sujetándose al pomo de la puerta tras la cual el horror la llamaba, Irene logró levantarse y caminar hasta el teléfono ubicado sobre la pequeña mesa de mármol a la izquierda de la entrada principal. El número de «Susana Burgos» aparecía entre los primeros de una lista ordenada por orden alfabético.

«Knock…, knock…, knock»…

––Una limosna… por favoooor…, y meteré mi lengua donde más te guste… jeegg, jeegg, jeegg…

––¡Susy! ––pronunció Irene a punto de desfallecer –– ¡Susy, soy yo! ¡Irene!

Al otro lado de la línea su vecina más próxima y mejor amiga le preguntaba alarmada que le sucedía.

––Susy por favor (por favooooooor), alguien trata… alguien quiere entrar a la fuerza ––logró decirle, intentando pronunciar las palabras que se mecían indolentes en su boca adormecida––. Llama a Ernesto… ¡Venid cuanto antes!

Incapaz de seguir hablando, Irene inspiró todo el aire que su pecho adolorido le permitió dejándose caer nuevamente.

Knock…, knock…, knock…

––Por favor, puedo hacer lo que tú quieras… puedo beber tu orina…; jeeeg, jeeeg… Puedo comer tu…

––¡Callate! ¡Callate! ––gritó Irene desesperada, cubriéndose los oídos con ambas manos. Sentía la nariz congestionada y una humedad tibia se deslizaba entre sus piernas.

«Knock…, knock…, knock»…

––Ireeeneeee… La estoy lamiendo… la estoy lamiendo y es deliciosa… ¡Uhhmmmm! Dame más. Es dulce…, muy dulce…

Irene se enjugó las lágrimas sin comprender a lo que se refería la aberración. Al mirar hacia abajo sin embargo, descubrió con horror el trozo de lengua negra que se retorcía bajo la puerta empapándose en el pequeño charco de orina que discurría mayormente por su rodilla izquierda a través del pijama asedado.

«Knock, knock»… ––Ireeeneeee…, abre la puerta inmunda zorra… Quiero mostrarte lo que llevo en mi sombrero…

––¡Cállate…! ¡Cállate! ––gritó Irene incapaz de moverse e incapaz de detener la dorada afluencia de su miedo que la negra lengua del pordiosero absorbía hinchándose como una hambrienta sanguijuela.

––Ireenneeeeee… ¡Uhhmmmm!… Me gusta mucho… ¡muuuuuuchoooo…!

silencio…

Segundos…

minutos…

«¡Pam, pam, pam!» ––¡Irene! ¿estás bien? ¡Ábrenos la puerta!

En un primer instante el fuerte mareo le impidió levantarse. Al oír las voces de Susana y de su esposo, Irene sintió que las fuerzas regresaban a su vientre y a sus debilitadas extremidades. Al incorporarse, le pareció que el meticulosamente barnizado piso de madera se había convertido en una espesa ciénaga en donde cada paso que daba requería de un enorme esfuerzo por su parte.

«¡Pam, pam, pam!»… ––¡Abre Irene… aquí no hay nadie!

Por suerte para Irene, las llaves se encontraban puestas en la cerradura. En estos momentos su mente era toda expectación. Al abrir la puerta, las caras angustiadas de Susana y su marido ocuparon prácticamente todo su campo visual.

––Irene… ¿!Pero que ha sucedido!? ––le preguntó Susana, casi tan pálida como ella. ––Dios mío, ¿estás llorando?

Irene no le respondió de inmediato. Mirando por encima del hombro de su vecina, todavía esperaba encontrar al mendigo relamiéndose con libidinoso placer.

––¿No lo habéis visto? ¡Estuvo aquí hace unos minutos! ––les contestó casi sin aliento.

––Pero Irene; ¿Quién es ese hombre? ¿De quién estás hablando? ––preguntó Susana, con una expresión más de confusión que de preocupación. Entretanto su esposo Ernesto, de espaldas a ambas mujeres, intentaba localizar al supuesto merodeador.

––¡Oh Susy! Un pordiosero…, un asqueroso mendigo ––respondió Irene, tartamudeando. El pecho aún le dolía y los labios le temblaban––. Me siguió hasta la casa…, no sé como… y… y me hablaba detrás de la puerta… me decía que…

––¿Mama?…

A medio camino de la escalera, con expresión somnolienta, Alejandra sostenía en su mano derecha un enorme cepillo rosado repleto de grandes cerdas flexibles de punta roma. Se frotaba los ojos y aun traía puesto su pijama rosa con diminutos estampados floreados. Irene se volteó inmediatamente, estando a punto de caer nuevamente debido al fuerte mareo.

––¡Tesoro, ¿estás bien?! ––le preguntó sollozando, tratando de ocultar el miedo que experimentaba en aquellos momentos.

––Si mamá ¿Pasa algo malo?… ¿Susy me llevará hoy al colegió?

Irene intentó contestarle; pero sus labios no dejaban de tiritar a causa del gélido terror que se le había incrustado en todo su cuerpo. Recién acababa de despertar de una pesadilla y aún así sentía ––sabía–– que el monstruo sin nombre de su horrible sueño no desaparecería junto con la noche. Los monstruos de este mundo vivían a la luz del día como hombres deformes vestidos de penumbras y de ojos fulgurantes de iniquidad. No necesitaban portar una máscara para ocultar su deformidad pues nadie jamás se fijaba en ellos. Unas cuantas monedas eran suficientes para que las pequeñas sombras de sus cuerpos arrastrándose por las sucias calles fuesen todo lo que la gente «decente» viera de ellos. Más en raras ocasiones ––ahora Irene lo comprendía––, el desprecio y el rechazo les hacían alzar su contrahecho torso anclado en pies deformes y rodillas en constante carne viva por el corrosivo roce de la humillación. Los hermosos rostros de madres e hijas les recordaban aquello que jamás podrían poseer. Les recordaban que una vez arrodillados jamás podrían volver a pararse.

––Susy ––pronunció Irene sin fuerzas––…, ese mendigo (monstruo) me siguió hasta aquí… ¡Ese miserable se atrevió a seguirme hasta aquí!

Sintiendo una mezcla de miedo, vergüenza e indignación; Irene rompió a llorar por segunda vez esa mañana.

IV

Y el espectáculo continuaba…

Todos los días desde las seis en punto de la mañana, con perversa puntualidad el mendigo pedía limosna en la misma calle donde residía Irene. Postrado servilmente en la desnuda calzada de la acera; sujetando el mugriento sombrero, comenzaba a recitar su odiosa liturgia. ¿Mostraría su repulsiva sonrisa entonces?

A pesar de que Irene jamás le miraba directamente, intuía que en efecto se mofaba de ella. Pero era precisamente cuando conducía por su lado, que a través del retrovisor contemplaba como el pordiosero bajaba rápidamente el inmundo sombrero al tiempo que con la diestra señalaba su coche. ¿Una amenaza? ¿Aquel repugnante ser se atrevía a amenazarla? ¡¿Se atrevía a burlarse de ella?!

Susana y Ernesto; especialmente este último en su carácter de abogado civil, trató de explicarle a Irene que no existía forma legal de evitar que el mendigo pidiera limosna en una vía pública siempre y cuando no se adentrará en los lindes de su propiedad. Ernesto intentó convencerla para que instalase un sistema de vigilancia, ofreciéndole los servicios de una empresa dirigida por un ex-compañero de profesión.

––Si ese pordiosero pone un solo pie en el jardín o en el patio trasero ––le explicó con una convicción que a Irene le pareció del todo artificial––, los detectores de movimiento activarán la alarma entrando en funcionamiento de forma instantánea unas cámaras de alta resolución. Créeme Irene ––aseguró el marido de su mejor amiga, sosteniendo un folleto repleto de esquemas técnicos––; si ese pobre diablo intenta cualquier cosa, tendremos una foto en primer plano con su asquerosa cara entrando en tu propiedad, y ahí sí contaremos con algo sólido que llevar a la policía.

––Muy bien Ernesto… ––le había contestado Irene con hiriente sarcasmo producto de su impotencia y frustración–– ¿Qué sucede si quiere hacernos daño a mi y a Alejandra cuando salgamos fuera de la casa? ¿Qué sucede si le importa una mierda que le saquemos unas cuantas fotos? Al fin y al cabo si va a la cárcel estamos hablando de tres comidas al día y un techo bajo el que dormir. ––El tono de su voz hizo que su servicial vecino permaneciera en silencio––. Dime Ernesto, si no te importa… ¿Qué sucede si al cerebro dañado y lleno de alcohol de ese desgraciado lo único que le interesa es hacernos cualquier porquería que pase por su mente enferma? ¿Servirán de algo tus detectores de movimiento y tus cámaras de espionaje?

Al día siguiente, y al igual que todas las mañanas desde aquel terrible martes, Irene observaba oculta tras la cortina de la cocina al mendigo preparando su particular y grotesco espectáculo dedicado a ella.

––No dejaré que este infeliz; que este animal sarnoso, me venza. No seguiré teniendo miedo de salir de mi casa ni que mi niña juegue en el jardín con sus amigas––Irene ya no pensaba en las palabras sino que las pronunciaba en voz alta esperando de alguna forma que estas adquiriesen una connotación más real. Alejandra, completamente al margen de los sucesos del martes pasado, terminaba los deberes de historia animada por la cercanía de las vacaciones escolares. La primera mañana que había visto al mendigo le preguntó a su madre si era el mismo «Señor» que tanto la había asustado. Irene por supuesto lo negó, argumentándole que todos ellos se parecían mucho.

––La gente mala (los derrotados y miserables) ––le dijo–– visten todos con la misma ropa sucia.

Aquel lunes por la mañana al igual que todas las mañanas de la semana anterior, al atravesar la calle en dirección al colegio de Alejandra el mendigo le dedicó a Irene su obscena sonrisa; obsequiándole además con una impúdica reverencia de su negro e inmundo sombrero. La ira se apoderó del resto de las emociones de Irene, haciendo que el miedo y la vergüenza que una vez la dominaron se consumieran por completo en el fuego de su animosidad. Esa escoria humana se atrevía a reírse de ella. Ese miserable ser se atrevía a acosarla, a ella y a su hija, en su propia casa.

Ya de camino, Irene observó dentro de los coches que se encontraban a su alrededor a los otros padres cuyos vástagos, al igual que Alejandra, se encontraban en el asiento posterior durmiendo, o terminando las tareas retrasadas del día anterior. Mientras los observaba, su juicio siempre objetivo y crudamente pragmático comenzó a formular preguntas que acallaron por unos instantes las quejas de sus enardecidas emociones: ¿Por qué su desprecio había herido de esa forma al pordiosero? ¿Qué nueva lesión se podía infligir en un cuerpo y alma llenos de cicatrices? Aquel desecho humano tenía que estar acostumbrado a todo tipo de humillaciones y escarnios proferidos por los hombres y mujeres que le pagaban para que viviese de rodillas. ¿Entonces por qué la escogió a ella para desquitarse de un mundo que lo había exiliado a la decadencia y al olvido? ¿De qué forma pudo ella haberle insultado para despertar en él los recuerdos de una dignidad arrebatada tantos años atrás?

No… ella no permitiría que un hombre que ya no era tal la amenazara con total impunidad. No permitiría que pusiera en peligro la vida de su hija y la de ella misma. Si las leyes de la sociedad no podían limpiar la inmundicia que producía, ella se encargaría de hacerlo por sus propios medios.

Cuando llegaron al colegio Irene se despidió de su hija sin aguardar ––como siempre lo hacia–– a verla desaparecer bajo la enorme entrada de diseño románico del solemne edificio. Camino del hospital tomó una decisión al margen de las falsas moralidades y normas espurias de una comunidad indulgente y siempre conformista.

En el extremo izquierdo del centro médico, un letrero de color gris mate con letras escritas en relieve de un acabado más brillante, anunciaba:

«Centro especializado en problemas de Adicción – Tratamientos personalizados»

––«Que la basura se encargue de la basura» ––sentenció Irene, al aparcar en su puesto asignado por el hospital situado a unos 200 metros de la entrada principal. Similar a los desechos humanos, la sociedad expulsaba sus propios residuos de los cuales los pordioseros eran tan solo uno de muchos. También existían otros seres desgraciados desprovistos igualmente de todo orgullo o decencia; pero con una necesidad tan intensa como incesante. Una necesidad que superaba los instintos más básicos como alimentarse, beber; e incluso hasta dormir. Estos espectros, figuras consumidas por un apetito jamás saciado del todo, eran capaces de realizar cualquier acto que solo un cuerpo sin consciencia de si mismo consentiría. Para estos seres despreciables no existían restricciones ni límites, solo el único objetivo de mitigar un hambre no natural; un ansía contraída y alimentada a través de fluidos, agujas y píldoras. Los Drogadictos; esclavos de su particular apetito, harían todo lo que se les ordenase por aplacarlo unas cuantas horas más. Harían todo lo que Irene les pidiese mientras ella poseyera el objeto de su ansía. Y siendo enfermera en el segundo hospital con dos de los centros de desintoxicación mejor equipados del país; contaba con el acceso a un sin fin de drogas que colmarían dicho deseo.

Ya hace tiempo que dejaron de ser personas, se decía a sí misma, caminando sin prisa hacia la espaciosa recepción. Hace tiempo que escogieron no serlo.

El martes a primera hora de la mañana, Irene trabajaría en su nuevo horario junto con el Dr. Bosch. Ya solo quedaba esperar a cuales de los adictos recluidos este mes utilizaría para sus propósitos. De la misma forma que las hipodérmicas empleadas en su tratamiento, todos ellos eran también desechables.

«La basura se encargaría de la basura»

V

Y no tardó en encontrarlos.

A los tres días siguientes, en su primer turno de la tarde, Irene tuvo ante sí a los dos siervos que necesitaba. Dos jóvenes pacientes ––Irene calculaba que no tendrían más de 20 años–– recibían su dosis prescrita de metadona administrada oralmente. Irónicamente el primero en el cual se fijó fue el mismo escuálido infeliz que había asistido hace dos semanas. ¿Cómo se llamaba?… «David». El segundo, más corpulento y mucho más alto; no recordaba haberlo visto anteriormente.

––Cada ocho horas––le prescribía el Dr. Bosch, sosteniendo en la palma de su mano dos pequeñas pastillas de color azul––… Recuerda David que debes tomarlas según el horario estipulado o te pasaras la vida entrando y saliendo de este sitio. ¡Tienes que poner toda tu voluntad en esto!

«Toda tu voluntad»… Si tuviese voluntad no estaría escupiendo sus entrañas por el consultorio, doctor; le respondió Irene en sus pensamientos, viendo al drogadicto recoger las pastillas con sus manos temblorosas. Sus uñas sucias de cutículas enrojecidas por el uso prolongado de la heroína, parecían insertadas a la fuerza en sus dedos mediante la ejecución de alguna desquiciada tortura inversa.

––Con respecto a ti, José… te digo lo mismo. Si no seguís el programa no habrá más medicación. Ambos sabéis que si reporto oficialmente vuestra falta de progreso no se os permitirá regresar ––les amenazó el inconmovible doctor, esperando alguna reacción por parte de sus dos pacientes. El más alto alzó la cara por primera vez desde que había llegado Irene, observando a su interlocutor con mirada inerte y desenfocada.

––Sabemos que Ud. tiene razón, y le agradecemos todo lo que está haciendo por nosotros ––respondió con voz pastosa, frotándose el brazo derecho para calmar el escozor de picaduras inexistentes producidas por insectos imaginarios––. Pero es que es demasiado difícil. No tenemos a nadie que nos apoye… y los dolores…, los mareos… son demasiado para nosotros solos.

David, con un semblante aun más demacrado, le dirigió al Jefe del centro de desintoxicación la misma mirada perdida de su afligido compañero a través de unos ojos hundidos en las cuencas de una calavera de piel. ––Es verdad doctor… la semana pasada difícilmente pude comer algo; pero aun así las diarreas no cesaban, y a veces las pastillas que nos da nos produce aún más nauseas. Otras veces las vomitamos junto con el resto de lo poco que hayamos comido.

––A ver, Chicos… nunca dije que esto sería fácil ––argumentó el doctor con una hastío que Irene reconoció de inmediato. Era la forma de hablar de alguien que había pronunciado las mismas palabras en innumerables ocasiones––. Si fuese así, no existirían centros como estos. Pero tenéis que entender que si no os esforzáis al máximo la próxima sala con aire acondicionado en que os encontraréis será la morgue. ¿Me habéis entendido?

Los dos drogadictos asintieron al mismo tiempo; pero sus expresiones no denotaban temor alguno por la mención de la muerte. Seguramente ––concluía Irene––, el desprenderse de una vida conformada por una sucesión de vejaciones, enfermedades y sufrimiento; no constituía una verdadera amenaza para los dos parias. Su principal y única preocupación en ese momento ––y en cada minuto de su desdichada vida–– consistía en resistir el ansia de las próximas horas. Porque para ellos no existía otro infierno que los interminables minutos entre una dosis y otra. No había otro paraíso que aquel sublime momento de euforia en que la exquisita calidez de la heroína se diluía por sus venas y ardía suavemente bajo su piel. Dolor, tristeza, hambre, sed; no existían en un mundo de sentidos adormecidos donde la muerte prematura comprendía tan solo una última dosis de la nada.

––Muy bien, os dejo con Irene ––les anunció el Dr. Bosch con una ironía que esta percibió al instante––. Puede que no la recuerdes David; pero seguro que ella a ti si ––sonrió con complicidad, al tiempo que le guiñaba un ojo descaradamente––. Irene os atenderá en las próximas dos horas y os ayudará a pasar por este mal rato. Cualquier problema que se presente no dudéis en llamarme, ¿de acuerdo?

––No se preocupe doctor. Y muchas gracias por todo ––agregó Irene, esbozando una leve sonrisa; algo que no le fue tarea fácil sobretodo después de aquel estúpido comentario.

––Hola David… como ya le has escuchado al doctor yo fui una de las enfermeras que te atendieron cuando tuviste tu ataque de abstinencia hace dos semanas.

Con una clara expresión de confusión, el drogadicto la observó fijamente en un inútil intento por reconocerla.

––Perdón señora ––le respondió algo avergonzado––, realmente me cuesta mucho recordar las cosas… y más aun cuando me encuentro tan mal. ––Bajando la mirada, agregó––: Siento mucho si hice… o dije algo inapropiado.

––No tienes de que preocuparte, David ––le contestó Irene con un matiz maternal en su voz––. Estoy aquí para ayudaros, y es por eso que voy a tener que ser muy sincera contigo y con tu amigo.

Irene cogió un pequeño taburete de metal ubicado al lado derecho de la camilla contigua, y acto seguido procedió a sentarse junto a los dos drogadictos. El más corpulento, José; frunció notoriamente el ceño ante lo que él consideraba una conducta poco habitual.

––Ni el Dr. Bosch, ni ningún otro empleado del hospital os va a decir la verdad. Este centro al igual que el del ala izquierda, se mantienen gracias a que personas como vosotros pasan por aquí continuamente. La verdad David (escoria), personalmente me duele mucho el ver como sufrís a causa de un tratamiento que no tendría por que ser tan duro ––les confesó Irene con severidad, observando atentamente si las mentes atrofiadas de los dos adictos entendían lo que ella les decía.

––A diferencia de los doctores, nosotras las enfermeras pensamos que es una crueldad que se os retire las drogas de una forma tan repentina en vez de hacerlo gradualmente; permitiendo que vuestros cuerpos cuenten con el tiempo necesario para acostumbrarse a los medicamentos––. Su razonamiento parecía describir un hecho obvio y simple, respaldado por su larga experiencia. El tenue brillo en los ojos de los drogadictos iba acrecentándose hasta convertirse en fugaces llamaradas de esperanza y deseo. El mismo deseo insensato por aquello que los había condenado en un principio. Consciente de este hecho, Irene siguió adelante con el guión previamente ensayado:

––Por desgracia, y esto es algo que tampoco os dirá ningún doctor del hospital, las drogas existentes gracias a la financiación de los centros son destinadas a pacientes con mayores recursos económicos quienes ha diferencia de vosotros cuentan con los medios para costear un tratamiento personalizado. Pero si me prometéis no contárselo a nadie, yo os puedo facilitar cada día una parte de estas medicinas solo para ayudaros a que podáis concluir con la primera etapa.

Sentados; totalmente erguidos sobre sus endebles torsos, los drogadictos intercambiaron las miradas comprobando que el primero no vivía la alucinación del segundo.

––Perdóneme «señora enfermera»…; pero no le entiendo bien ––. David fue el primero en hablar. Sus brazos se estremecían al compás de sus piernas.

Oh… Si que me has entendido pedazo de basura, le insultó Irene mentalmente, mientras su desprecio crecía a la par que su regocijo por los resultados de la informal conversación.

––Lo que quiero decir David, es que si me prometéis no contárselo al Dr. Bosch ni a nadie más del hospital, yo me puedo asegurar de daros todos los días una cantidad de medicamento suficiente para que os sean un poco más llevaderas las próximas semanas; Incluyendo algo de marihuana que utilizamos con fines terapéuticos.

El compañero de miserias de David, aquél a quién llamaban José y que hasta ese instante se había mantenido al margen de la conversación, se levantó torpemente de la camilla y sin que Irene tuviese tiempo de reaccionar se arrodilló frente a ella posando una fría y húmeda mano sobre su rodilla derecha.

––¡Señora… si usted nos ayuda le prometemos que no se lo diremos a nadie! ––exclamó con vehemencia–– ¡Si hace eso por nosotros… yo le juro qué siempre estaremos en deuda con usted!

––Para lo que nos necesite! ––agregó David al borde de las lágrimas, imitando el patético gesto de su amigo mientras arropaba la mano izquierda de Irene entre las suyas. Luchando contra la repugnancia que la invadía, la astuta enfermera y madre se obligó a mantenerse inmóvil segura de que su plan iba por buen camino.

––Chicos ––les dijo con cierta informalidad––, me gustaría poder ayudaros hoy mismo; pero por desgracia hasta dentro de dos semanas no tendré acceso a los medicamentos. Tengo un problema personal y por algunos días no podré cambiar al turno de la mañana que es cuando trabaja mi amiga en la farmacia del hospital.

Súbitamente Irene sintió las sucias manos de los drogadictos aferrándose a su muslo izquierdo y mano derecha. Con los ojos anegados por lágrimas de súplica y de miedo; lleno de pánico al pensar que su purgatorio podría durar tan siquiera un día más, David le contestó con tal furor que por un momento Irene pensó que perdería el control.

––Por favor…, por favor… (una limosna por piedad) ¡Tiene que haber algo que nosotros podamos hacer! ––suplicó anhelante.

Con una falsa expresión de duda, Irene permaneció callada durante unos segundos. Manipularlos había sido más fácil de lo imaginado. Aunque realmente desde un principio supuso que tampoco resultaría demasiado difícil.

––Bueno, David ––comenzó diciendo, fingiendo que titubeaba––… La verdad es que probablemente me podrías ayudar; pero… no me parece correcto pedíroslo…

––¡Por favor (una limosna por amor de Dios) ––ahora era José el que rogaba con sus labios agrietados y sus ojos vidriosos––, díganos lo que necesita y haremos todo lo posible para ayudarla!

Otros segundos más de duda…

––Muy bien. Aunque antes de nada tengo que deciros que no es mi deseo que nadie resulte herido. Solamente necesito que mi hija y yo podamos vivir tranquilas y sin miedo a salir de nuestra propia casa.

A continuación, Irene les habló acerca del mendigo. De como éste la había intimidado de camino al colegio de su hija, y tan solo tres días después, de cómo se había presentado en la puerta de su casa aterrorizándola hasta tal punto de hacerla desfallecer de miedo con sus inmundas y lascivas amenazas. Al terminar su relato, los adictos se miraron nuevamente por unos instantes.

––Señora… ––empezó diciendo David, cuando Irene lo interrumpió con un gesto de la mano.

––Por favor chicos, para vosotros soy «Irene».

El efecto de sus palabras sobre el par de infelices fue inmediato. La nostalgia transformó sus facciones al tiempo que la contemplaban con ferviente admiración. Llamarla por su nombre los libraba del destierro de un mundo (reino) colmado de humillación y desprecio. Ella sabía que su petición de tratarla como a una igual significaba para sus dos patéticos adalides la devolución de un don perdido y olvidado por ellos largo tiempo atrás: el orgullo.

––Irene ––prosiguió David, tratando de que su voz no temblase demasiado a causa de la emoción––, no te preocupes por nada; nosotros nos encargaremos de ese andrajoso. Lo asustaremos tanto que no se atreverá a volver ni por tu casa ni por el colegio de tu hijita.

––Hazle caso a David ––agregó José apasionadamente, subrayando un hecho innegable––. Hoy será la última vez que ese mierda se presente en la misma calle donde vives. ¡Te lo prometo!

Y allí; de rodillas ante una doncella de blanco llamada Irene, dos desventurados cruzados de una orden condenada proferían vacuos juramentos exhibiendo sus símbolos de decadencia a lo largo de los escuálidos brazos, testimonios de la profanación de una carne consumida a través de miles de jeringas.

No estoy haciendo nada malo, se convencía Irene a si misma, luchando contra la sensación de asco que le producía el contacto de sus dos grotescos caballeros. Simplemente solucionaré el problema sin ensuciarme las manos.

Y ellos ya vivían en la suciedad.

VI

Irene ojeó el óvalo plateado del pequeño reloj de mesa. Los dígitos fosforescentes brillaban con una tenue luz amarilla sobre la superficie metálica: 5:55 am del viernes. En cinco minutos el inmundo pordiosero aparecería enfrente de su casa.

Alejandra junto con Susana y el resto de sus vecinos más próximos, se encontrarían en estos momentos llegando de uno de los dos parques temáticos de Madrid emplazado en Villanueva de la Cañada; con motivo de la celebración del inicio de las vacaciones de verano. Dicha celebración consistía en una serie de eventos organizados por el Colegio Sagrada Trinidad. Padres y alumnos compartían durante cuatro días, de jueves a domingo, un conjunto de actividades recreacionales planificadas y supervisadas por los mismos profesores de los diferentes cursos y algunos monitores externos contratados especialmente para la ocasión. Este fin de semana como en anteriores oportunidades, Irene se excusó del compromiso argumentando el cansancio de una semana en el hospital especialmente difícil. Susana; su amiga y vecina, había aceptado encantada llevar con ellos a Alejandra. Aunque sus dos hijos, Guillermo y Felipe eran tres y cuatro años respectivamente mayores que la pequeña, gracias a su carácter extraordinariamente sociable Alejandra se había convertido en una especie de hermana menor para ellos.

Precisamente esa fue la razón por la cual Irene había escogido aquel viernes, ya que sus vecinos al igual que Susana no deberían presentarse hasta dentro de dos horas como mínimo. Esa era la razón por la cual cuando el aborrecible hombre que la acosaba todas las mañanas a la misma hora apareciese como siempre a las 6:00 am., sería la última vez que se arrodillaría frente a su casa para pedir limosna. En esta ocasión, se postraría para rogar por su miserable vida.

Asomándose a una de las ventanas de la fachada, Irene comprobó que en la esquina derecha de la calle, detrás de la cerca cubierta de arbustos ornamentales cuidadosamente plantados por su otra vecina, la recientemente viuda Sra. Alcalá; los adictos esperaban agazapados entre las sombras. De acuerdo a lo planeado permanecerían ocultos hasta que el mendigo se presentara, tomándolo por sorpresa.

––¿Cómo pensáis asustarlo? ––les había preguntado Irene, una vez que David y José le prometieron su incondicional ayuda.

––¡No te preocupes Irene! ––le contestó el primero, en un arrebato de servilismo––, José se saca algún dinero trabajando unas horas en la chatarrería del centro. Traeremos con nosotros un par de llaves neumáticas de acero inoxidable, y te aseguro que cuando ese pordiosero nos vea con ellas saldrá corriendo llevándose consigo su suciedad.

––¿Y si no es así? ¿Qué sucede si decide haceros frente? ––les volvió a preguntar Irene, exagerando aún más su preocupación.

––Pues peor para él ––replicó en esta ocasión José––. Con un par de piernas rotas no le quedarán ganas de volver a molestarte. Puedes asegurarlo, Irene. ––El pronunciar su nombre, el tratarla como a uno de ellos; provocaba en los adictos un deleite imposible de disimular. El orgullo (de volver al reino que los desterró) les invadía por completo.

––Bueno chicos, tampoco quiero que esto se os vaya de las manos ––les manifestó Irene, preguntándose mentalmente si la falsedad de sus palabras se percibiría en su voz––. Solo quiero que le peguéis un buen susto, eso es todo. Quizás un par de empujones y patadas si ese desgraciado se pone necio. ¿De acuerdo?

––Ya te dijimos que no debes preocuparte, Irene––. Una vez más David conjuraba el poder casi místico de su nombre––. Ya sabes que la mayor parte del tiempo vivimos en la calle y esta no será la primera vez que tengamos que usar las llaves de mi amigo José, aquí presente––. Dicho esto, ambos se miraron con patética complicidad y sonrieron. Al parecer ––pensó Irene––, el vicio les había despojado de todo menos de un precario sentido del humor.

A las 6:30 am, el ansia y la intranquilidad la dominaban completamente. ¿Sería posible que aquel inmundo pordiosero hubiese presentido algo?

Por sexta vez en menos de media hora, Irene volvió a comprobar desde la ventana del espacioso salón comedor si sus cómplices continuaban escondidos detrás de la cerca de la Sra. Alcalá. Esa mañana ella misma había vigilado desde su coche el único acceso a la calle mientras David y José se ocultaban en el lugar acordado. Desde la acera los dos adictos eran prácticamente invisibles a la perspectiva de los transeúntes.

Furia, intranquilidad, y finalmente miedo; se apoderaron de Irene en el momento que las doradas manecillas del reloj de pared de diseño minimalista marcaron las 6:45 am. Cuando creyó que el mendigo no se presentaría para atormentarla con su denigrante actuación, una figura de un negro absoluto ––la sombra de una sombra–– apareció a unos diez metros de la entrada frontal de su jardín. Aun con las luces apagadas en toda la casa, Irene podría jurar que el pordiosero la observaba fijamente. Conteniendo la respiración se retiró rápidamente de la ventana. A continuación corrió (casi estuvo a punto de tropezar con la pequeña mesa donde reposaba el hermoso pájaro esculpido en cristal de bohemia, el cual su ex-marido le había regalado en su décimo aniversario) hacia la cocina, donde a través de una ventana más pequeña y protegida por unas rejas metálicas se preparó a seguir los acontecimientos.

En efecto, los drogadictos salieron de su escondite para enfrentarse al intruso. Cada uno de ellos portaba una senda llave «de boca ajustable» de acero macizo de casi un metro de largo por lo que Irene pudo calcular desde su nueva posición. Decenas de frías y filosas garras arañaron su espalda cuando advirtió que el mendigo continuaba mirándola fijamente. De alguna forma, sin importar que su hogar se encontrase sumido en la oscuridad, ese ser maldito era capaz de verla. Bajo la mortecina luz de la farola la grotesca mueca transformaba sus labios en una desigual media luna negra.

Estaba sonriendo…

Los dos adictos seguían aproximándose al mendigo quien al parecer todavía no había advertido su presencia. Cuando se encontraron a unos pasos de él, David, sujetando con ambas manos la llave cuya pulida superficie resplandecía con destellos plateados, fue el primero en hablar:

––¡Hey, perro roñoso… vas a tener que ir a sacudirte las pulgas a otro vecindario! ––le gritó, blandiendo la pesada herramienta con actitud amenazadora.

Lentamente, el mendigo se volteó hacia su interlocutor sin inmutarse lo más mínimo.

––¿Qué sucede andrajoso? ––volvió a desafiarle David, alzando aún más la voz–– ¡¿Es que también tienes mierda en los oídos?!

––…

––¡Maldita sea! ––exclamó David, acercándose aún más.

––¡Imbécil!… ¿¡Entiendes algo de lo que te digo!?

––¡Oh!… claro que te entiendo… Y mejor de lo que tú crees, David…

Al escuchar su nombre pronunciado con tal familiaridad por el siniestro desconocido, David retrocedió un paso de forma inconsciente. En ese momento experimentaba una extraña sensación de opresión. Excepto por el mendigo, los objetos alrededor de este aparecían distorsionados. La calle, los coches, los árboles; incluso las ultimas estrellas que se vislumbraban en la opaca bóveda detrás de él, describían suaves ondulaciones como un lejano espejismo en el cielo de un desierto nocturno.

David volteó hacia su desgarbado compañero, dándose cuenta que ambos compartían la misma sensación.

––¿Cómo demonios sabes mi nombré, pedazo de basura? ¿Acaso nos hemos visto antes? ––le preguntó, apretando la improvisada arma entre sus manos.

––Claro que te conozco David…, a ti y a tu compañero de aventuras, Jooooseeeé.

El mendigo hablaba con una inflexión artificial, alternando el tono de su voz de grave a agudo. Los adictos se miraron perplejos ante la naturalidad con la que aquel repulsivo ser pronunciaba sus nombres.

––¡Escucha, pedazo de mierda¡ ––profirió David avanzando de nuevo hacia el mendigo. ––Me importa un carajo si sabes nuestros nombres. Quiero que prestes mucha atención porque no voy a repetir una jodida palabra de lo que te voy a decir!

José se encontraba detrás de él, vigilando ambos lados de la calle por si se presentaba inesperadamente algún transeúnte.

––¡Quiero que te largues con tu apestoso culo, ya mismo! ––. Al decir esto, David alzó visiblemente la pesada herramienta sobre sus hombros––. ¡Vamos… lárgate y no te atrevas a aparecer más por aquí! ––gritó dando un paso hacia adelante–– ¡Si no lo haces, te juro que te partiremos todos tus asquerosos huesos!

Dos pasos más…

Ahora, de frente al pordiosero y bajo la lúgubre iluminación de la farola, las atroces facciones del mendigo se revelaban ante él. Por unos instantes David sintió que las piernas se le entumecían y los brazos perdían fuerza. A lo largo de su aciaga vida en las calles había sido testigo de los estragos que el vicio y la pobreza realizaban en los rostros de hombres y mujeres. Pero la máscara deforme que tenía ante si era una evasión absoluta de toda humanidad. Donde debían de residir sus ojos, una brillante gota de alquitrán y un tumor supurante lo observaban desde lo profundo de dos cavidades revestidas de innumerable pliegues de piel. Donde debía de haber una boca, una atroz grieta se extendía a lo largo de su mejilla izquierda abriendo profundas e irregulares estrías en una superficie ulcerada.

––¿Por qué quieres que me vaya? ––le preguntó el mendigo con su suave y soñolienta cadencia, haciendo que David saliera rápidamente de su estupor.

––Chicos, chicos… tengo muchas monedas…

Con teatral proceder, se llevó la mano derecha a uno de sus grasientos bolsillos, para luego sacudirlo con violencia. El sonido metálico resonó en el silencio de la noche cual campanas anunciando la llegada al purgatorio.

––Que os parece si nos vamos detrás de la cerca de la señora Alcalá, donde nadie nos pueda ver ––les dijo, guiñando la gota de alquitrán–– y me hacéis una mamada… jeee, jeee, jeee… Ya sabéis chicos…, igual que lo hacíais hace dos años en el Parque del Buen Retiro, por veinte Euros la sesión… jeee, jeee, jeee…

Un fuerte escalofrío recorrió la espalda de David. La llave de acero inoxidable que sostenía entre sus manos le resultaba cada vez más pesada, siéndole casi imposible sostenerla. José entretanto visiblemente descompuesto, le devolvía la mirada con una mezcla de sorpresa y horror.

––¡Maldito hijo de puta mentiroso! ¿Cómo demonios…?

––¿Cómo demonios lo sé, David? ––Sonreía el mendigo, exhibiendo unos despiadados colmillos amarillos que emergían brutalmente de su encía sangrante. Una hilera de dientes podridos y torcidos se extendía a lo largo de su necrótica mejilla izquierda––. ¿Me preguntas como sé que los dos os pagabais el vicio jugueteando con vuestras dulces bocas? ¿O cómo sé que tu cliente preferido te hacía llamarlo «tío Juan»? Dime David… ¿Qué le gustaba a tío Juan más que nada en este mundo? Vamos… ¿Acaso no le cuentas todo a tu gran amigo y compañero, «José el hermoso»?

Desde la angosta ventana de su cocina Irene veía horrorizada como la llave que sostenía David se deslizaba entre sus manos. Un ruido metálico y seco se produjo cuando la sólida herramienta impactó contra el duro pavimento. Irene no alcanzaba a escuchar nada de lo que decían, mas era evidente que algo iba terriblemente mal.

––¿No lo sabes José? ––le preguntó el mendigo con su voz artificialmente aguda––Al parecer, a su querido tío Juan le encantaban los viejos caramelos de miel de granja; ya sabes, los del envoltorio amarillo con esas banditas naranjas tan llamativas.

––¡Maldito hijo de pu…! ––algo pastoso y caliente obstruyó la garganta de David impidiéndole terminar la frase.

––Ohhh!, en verdad le encantaba! ––con obsceno ademán, el mendigo lamió uno de sus índices restregando parte de la inmundicia impregnada en él. Su timbre de voz volvía a ser grave. Apenas modulaba las palabras.

––A nuestro buen tío Juan le gustaba untarse su gorda y flácida paleta con un poco de miel para que a David le supiese más dulce… jeee, jeee, jeee… ¡Oh!…, y como lamía nuestro joven muchacho… ¡Como lamiiiiiaaaaaaa!

––Eso… eso no es… ––el calor dentro de la garganta de David se enfrió en sus labios. Las palabras yacían inertes en su lengua reseca. Su cómplice en aquella pesadilla no dejaba de contemplar al mendigo con creciente pavor.

––Al principio no le gustaba, ¿sabías José?… Al principio, el «tío Juan» le tuvo que dar unos buenos azotes; pero después… ¡Ahhh!… Cuéntale David…, dile a tu amigo cuanto te gustó el dulce de «tío Juan», jeee, jeee, jeee… ¡Te gustaba muuuuuuuchooooo!

––¡David! ¡coge la maldita llave! ¡Vamos, cógela ya! ––le gritó José desesperado. Sus brazos y piernas tampoco le respondían.

––Y que me dices de ti Joooseeeé ––aulló el mendigo con gestos amanerados––«José el hermoso»… El chico más popular del parque… jeee, jeee, jeee… A nuestro buen muchacho le gustaban los grupos ¿Verdad que siiiiiiiiiiiii?

José sintió un frío intenso en la nuca. Sus sienes adoloridas gemían con cada golpe incesante de su sangre expelida por un corazón que se encogía y ensanchaba cada vez más rápido, al igual que la voz de aquella aberración.

––¿Cuantos fueron ese martes por la mañana? ––le preguntó el mendigo, flexionando los dedos de una mano desproporcionada y deforme––. Fue durante el Día de San Valentín ¿Verdad José? El «día de los enamorados». Y en verdad que ese día recibiste mucho amor… Mucho, muuuuucho amoooor… jeee, jeee, jeee… ––Sus ojos emitían elusivos destellos con cada palabra que pronunciaba––. Sé que no te acuerdas, porque en esos días no te fijabas mucho en las caras de tus clientes. Aquella mañana yo era uno de tus cariñosos amigos. Yo te entregaba toda mi pasión y mi cariño por detrás… jeee, jeee, jeee… ¡Oh siiiiiii!… ¡Aquel tierno «agujerito» era soooolo para miiiiiiiiiii!

––¡Pedazo de basura mentirosa!… yo jamás dejaría que…

––Vamos… vamos, José… No hay porque enfadarse ––la voz del pordiosero sonaba ahora apacible, incluso melancólica. ––Yo te comprendo; créeme. Yo sé que el deseo por la heroína crecía día con día, incluso más que el dolor que sufriste cuando mi ardor calentó tus entrañas, jeee, jeee, jeee. ¿Te acuerdas lo que pensaste mientras por tu garganta resbalaba la esencia caliente y salada de tu primer cliente satisfecho? ¡Claro que si! Tus manos se movían, arriba y abajo, arriba y abajo… jeee, jeee, jeee… ––El mendigo comenzó a aletear batiendo sus sucios harapos cual monstruoso buitre negro.

––¡Maldito! ¡Tú no…!

––«Dios, ojalá pudiera abrirlo igual que mi boca» ¿No fue eso lo que pensaste?

Sin poder evitarlo, José sucumbió a las terribles nauseas que presionaban su abdomen y pecho desplomándose de rodillas en la fría gravilla nocturna. Postrado bajo la luz lechosa de la farola, descubría que la maldad tenía forma humana y que ésta vestía los repugnantes harapos de la inmoralidad y la decadencia del hombre.

––José ––la voz del mendigo hacia eco en su mente––… ¿Qué te parece si me dejas darte mi amor una vez más? Por los viejos tiempos. Vamos…, no te hagas de rogar. ––Con movimientos casi hipnóticos, el monstruo abrió su inmunda chaqueta con la mano derecha, al mismo tiempo que introducía la izquierda por debajo del deshilachado pantalón. Al instante, un tufo rancio inundó las fosas nasales de los dos adictos. El insoportable hedor abrasó sus gargantas clavando despiadadamente cientos de alfileres en sus globos oculares.

––¿Te acuerdas José…? ––le preguntó con un falsete agudo y discorde–– ¡Oh!… Créeme cariño, aquí abajo tengo algo que se acuerda de ti; jeee, jeee, jeee…

José y David contemplaron impotentes lo que en un principio atribuyeron a un efecto óptico producido por su estado mental y por las sombras que escapaban de la débil luz arrojada por la farola. Debajo del desgarrado y mugriento pantalón del pordiosero, cinco dedos de longitud imposible serpenteaban a lo largo de sus piernas describiendo sórdidas ondulaciones. Un bulto desproporcionado y palpitante se desplazó en dirección opuesta a la altura de su cintura. La punta de algo informe, rugoso y de un negro brillante, asomaba entre toda aquella inmundicia.

––Ohhh, José, José ––Se relamía la abominación–– ¿Crees que ahora tu agujerito se pueda abrir lo suficiente? Dime David… ¿Te gustaría lamerlo? ¿Te gustaríaaaaaaaa?

De forma simultánea; comida, pastillas, bilis y sangre brotaron de las bocas de ambos adictos. De rodillas sobre su propio vómito, José y David trataban de inspirar una nueva bocanada de aire; mas sus vientres fuertemente contraídos se lo impedían. A los pocos segundos un nuevo espasmo producido por los estómagos que se retorcían de forma involuntaria hizo que por segunda ocasión regurgitaran el exiguo contenido de su interior.

––Vamos, vamos ––susurró el mendigo pacientemente. De forma casual caminó hacia sus abatidos agresores mientras lanzaba una fugaz mirada a la pequeña ventana desde la cual Irene le observaba aterrorizada. Extendiendo todos y cada uno de sus dedos deformes, posó su mano izquierda en la polvorienta acera inclinándose hasta ponerse en cuclillas. La pestilencia que desprendía su aliento era prácticamente intolerable.

––David, José… estoy de vuestro lado ––les dijo con voz dulce y melodiosa. En esos instantes demenciales, incluso David pensó que le parecía sumamente hermosa––. Yo también vivo de rodillas, muchachos… y creedme cuando os digo que desde esta altura se ve mucho mejor la corrupción que nos rodea. Al principio duele un poco… ¿Verdad José? Jeee, jeee, jeee. Pero después, con el tiempo…; bueno, tu cuerpo es solo carne ¿Verdad? Carne para ser violada y saboreada por otros. Carne para alimentar el insaciable vicio de hombres sin rostro. Para alimentar vuestra propia degeneración.

David sentía regresar las fuerzas en sus piernas, aunque el fuerte dolor del abdomen le impedía levantarse. Las palabras del mendigo penetraban en su mente, en su piel; como el cálido veneno que acostumbraba inyectarse en sus brazos mutilados.

––¿Acaso creéis que a la zorra engreída que nos está observando desde la pequeña ventana de su cocina les importáis algo? ––les preguntó, señalando la casa de Irene con su dedo índice cruelmente moldeado por la artritis–– ¿Crees mi dulce José que ella es tú amiga por cogerte de la mano mientras contiene la respiración ante vuestro asfixiante hedor a fracaso? ¿Qué me dices tú David? ¿Te gustó llamarla por su nombre de pila? ¡Pues claro que te gustó! Por unos momentos pudiste erguirte de nuevo. Volvías a ser lo suficientemente alto para mirarla a los ojos. ¿Qué pensaste mi buen muchacho? ¿Qué sentiste al hablarle sin tener que alzar la mirada? Apuesto a que tuviste fantasías con ella ¿Cierto…? ¡Ooohhh!; Cuéntame… Vamos, dímelo. Era «nuestra» Irene quien ahora se arrodillaba ante ti ¿Verdad? Era ella quien frotaba su mano suave y perfumada allí abajo donde tanto te gusta. ¿Le enseñabas alguno de los trucos que aprendiste en el parque? Jeee, jeeee, jeee…

David volteó con suma dificultad hacia su compañero. Este sostenía su llave neumática con la diestra y se esforzaba por ponerse nuevamente en pie. El mendigo, quien al parecer no reparaba en su intento por salir de aquel trance, proseguía hablando con la misma entonación pausada y lejanamente familiar…

––No… no, mis chicos… No existe la redención. Vivir postrado no es suficiente penitencia para un Cielo rencoroso. De vez en cuando Dios nos lanza unas monedas; pero al igual que nosotros, nunca mira hacia abajo para ver donde estas caen, jeee, jeee, jeeee…

Evitando apoyar el peso del cuerpo en su pie deforme, el mendigo se levantó volviéndose hacia la casa de Irene.

––Bueno, baaaaaaasta de charlas ––sentencio con un agudo falsete––. Más tarde volveré a por vosotros; pero antes quiero hacerle una pequeña visita a «nuestra» Irene. Voy a meterle mi «cosita» en su «cosita», Jeee ,jeee, jeee…

David alcanzó a ver el bulto alargado y voluminoso retorciéndose debajo del pantalón del mendigo el cual ahora se extendía hasta la altura de su rodilla derecha.

––Ohhh, si… muero en deseos de averiguar cual de sus agujeritos se puede abrir más… jeee, jeee, jeee ¿Tú qué crees José?

Luchando contra su propio miedo y debilidad, el adicto hizo caso omiso a las viles palabras del harapiento monstruo.

––¡Ahaaaa!… Pero para el final dejo lo mejor ––anunció con deleite––¿Sabéis que tiene una hermosa hija de unos seis añitos? Si; claro que lo sabéis… ¡Oh!, ¡es tan dulce¡; Jeee, jeee, jeee… ¡Tiene una piel tan suave y blanca!

El ojo izquierdo del pordiosero se abrió desmesuradamente en contraste con el derecho perpetuamente ocluido bajo el peso del supurante tumor. Su color cambió de negro absoluto a rojo oscuro absorbiendo los primeros destellos del amanecer. Su mejilla dejaba entrever a través de la piel carcomida grandes colmillos caninos desfilando en una irregular hilera. Como si hubiese presentido su mirada posada en él, volteó rápidamente hacia David entornando los ojos con una mueca de voracidad inhumana. Una densa baba colgaba desde el extremo izquierdo de sus labios ulcerados.

––¡Voy a cogerme a la pequeña Alejandra! ––bramó con salvaje júbilo–– ¡Voy a cogerla y después a comerme sus entrañas! ¡Luego voy a volver a cogerla hasta vaciarla por adentro! ¡Si! ¡Siiiiiiii! Me voy a comer a las dos pequeñas zorras, y después David… cuando termine con ellas, volveré a por ti… A por ti y a por tu amigo de los dulces labios, jeee, jeee, jeee… ¡Voy a cogérmelos a los dos! ¡Voy a comérmelos de un solo bocado!, jeee, jeee… ¡Os devoraré a los dos juntos porque soy el maldito lobo feroz!

Desde las penumbras, fuera del alcance de la fría iluminación del desolado escenario, una sombra alargada con un brazo que se prolongaba más allá de las piernas se proyectó por detrás de David.

––¡Te vas a comer esto, hijo de puta! ––gritó José, alzando con ambas manos la maciza llave metálica por encima de sus hombros. La trayectoria elíptica del golpe impactó de pleno en la boca del mendigo. David creyó escuchar un ruido ––asociado tal vez a un recuerdo infantil–– semejante al de canicas chocando contra el pavimento. Un significativo número de dientes brillaban a la luz de la farola cual pequeños cometas amarillos con sus sangrientas colas tras de sí. El mendigo se desplomó al suelo, rodando un par de metros hasta golpear contra el neumático de una vieja camioneta Chevrolet estacionada junto a la acera. Debido a la inercia del golpe José perdió el equilibrio al girar sobre su pies, cayendo de espaldas.

David empleó toda su fuerza de voluntad para incorporarse. Las fuertes nauseas que sentía desaparecían por instantes pudiendo conservar mejor el equilibrio. Sin preocuparse en un primer momento por el mendigo, intentó acercarse hasta su amigo para comprobar si se encontraba herido.

––¡José! ¿Te encuentras bien?

––Si… si… creo que me he torcido el tobillo… Creo que le he dado… creo que le alcanzado en la…

–––Grrrgggghh…

Ambos adictos voltearon en dirección a la camioneta al oír aquella especie de gorgoteo. Un manantial de sangre brotaba a borbotones por la mejilla izquierda del mendigo. Ahora, sin la frágil y putrefacta capa de piel que la cubría, la oquedad roja sin labios ni dientes se extendía inmensa hasta el lóbulo inferior de su oreja. Lentamente el mendigo adelantó su pierna sana apoyándose en la puerta delantera del robusto vehículo.

––Pog favogg, pog favogg chicog… no me digaig que ya no somogs amigos… jgeee, jgeeee, jgeee…

Sus palabras producían gruesas burbujas de sangre oscura que estallaban con cada sílaba pronunciada. David no quiso escuchar más; no quiso ver más. Sujetando su propia llave con ambas manos asestó un contundente golpe en la rodilla del monstruo. Un crujido seco amortiguado por capas de piel y tendones desgarrados por el hueso fracturado, fue el único sonido que los dos adictos escucharon en ausencia de los gritos de dolor que esperaban. Sentado, con las piernas grotescamente abiertas, el mendigo cogió su sombrero con ambas manos alzándolo a la altura de su pecho. La sangre fluía copiosamente de sus encías donde los dientes arrancados de cuajo habían dejado impresas sus huellas en la carne viva.

––Pog favogg chicog… pog favog…, una limognita pada egte pogbre deggaciado… jgeee, jgeeee, jgeeee… Haggé togdo lo que me pidáig; jgeee, jgeee, jgeee… ¡Toogggdoooo!

Desde su ignominiosa postura, el mendigo les obsequió un guiño de absoluta lubricidad. Su lengua poblada por un sin fin de cicatrices y llagas emergió de la mejilla ulcerada danzando de arriba hacia abajo a través de una segunda boca descarnada ausente de labios. Exhibiendo su infernal mueca compuesta por las tortuosas sombras que delineaban las facciones de la degradación absoluta, el pordiosero se reía de su propia existencia; de la sin razón de sus días en un mundo indiferente y mediocre.

El mendigo se reía de ellos…

––David!, ¿estás bien? ––preguntó en esta ocasión José, todavía aturdido.

––¡Creo que le he destrozado la rodilla! ¡Pero el hijo de puta se sigue riendo!

––No seguirá haciéndolo por mucho más tiempo, ¡créeme! ––le aseguró José, apoyándose en la pesada herramienta de acero a manera de bastón metálico. Situándose a un lado del pordiosero, gritó con igual furia que terror––: ¡Ríete de esto, cabrón!

Cogiendo impulso con ambas piernas, y aplicando toda la fuerza de sus caderas; asestó un golpe limpio a un par de centímetros de la sien izquierda del mendigo. La cabeza de este giró al lado contrario del lugar de impacto de forma vertiginosa. Una fracción de segundo después, el torso se ladeó hacia la misma dirección haciendo que su cuerpo entero quedase recostado contra la rueda delantera de la camioneta. Una segunda fuente de sangre emanó de la profunda brecha en la frente de aquel desgraciado.

––¡Maldita sea David! ¡Creo… creo que me lo he cargado!.

––¡Mierda José, asegúrate! ¡No dejes que se vuelva a levantar! ––le exhortó David, mientras miraba hacia ambos lados de la desierta calle.

José se acercó con reticencia al cuerpo inerte. Un miedo irracional continuaba aferrándose a él desde aquella realidad trastocada. El torso del mendigo permanecía ligeramente ladeado lo cual le facilitó apoyar su pie contra el hombro de este, empujándolo hacia el frente.

Mirándolo fijamente a través de un único ojo abierto, negro y profundo; con su roja sonrisa el mendigo levantó el brazo izquierdo extendiendo la palma de su mano hacia arriba.

––Pog favog…, pog favog… Ugna limognita, pog favog…, ugna limognita… pog amog a Diog…

Gradualmente la sangre le cubrió la frente, la nariz y la aborrecible grieta sin forma que era su boca. Un telón escarlata descendía inexorable señalando el final del espectáculo. El protagonista, con una última reverencia, sonreía a su prosélito público; dos adictos cuya intolerable necesidad los había convertido en espectadores de su propia función.

Una reverencia final…

Con la mano extendida, el mendigo suplicó: ––Una limogna, pog favog… Hadgé lo que me pidagggg…

Una última despedida…

––Jgeee…, jgeee…, jgeee…

Una última ovación:

––¡Golpéale José, mátalo ya, por amor de Dios!

Aplausos… 

Un golpe.

La sangre cubrió su rostro por completo. El telón cayó. La función había finalizado.

 Aplausos…

Dos golpes.

Aplausos…

Tres golpes. Cuatro. Cinco…

––¡Mierda José, déjalo ya! ––exclamó David, sujetando a su febril amigo por los hombros. En ese preciso instante la incipiente luz del amanecer iluminaba la sangrienta escena trayendo consigo el omnipresente murmullo de la vida despertando en el resto de la ciudad.

––¡Joder, recoge la llave! ¡Tenemos que irnos ya! ––apremió David a su cómplice de asesinato, quien continuaba contemplando el cadáver del pordiosero. El bulto informe de carne y cabellos que era ahora su cabeza se disolvía en el creciente charco de sangre y fluidos que la rodeaba.

––David––musitó José sin ningún énfasis en su voz––… le he triturado la cabeza.

––¡Mierda, eso ya no importa! ––le respondió David angustiado. Hasta ese entonces no había sido consciente de que estaba llorando––. Tenemos que lárganos de aquí cuanto antes. ¡La gente está comenzando a salir de sus casas!

José cerró los ojos por unos instantes. Al abrirlos, buscó a su alrededor el arma asesina la cual se hallaba a unos centímetros de sus pies. Recogiéndola con una mano que le temblaba ostensiblemente buscó instintivamente el brazo de su angustiado compañero. Este también temblaba.

––Vámonos en dirección contraria ––le propuso José––. Saltaremos la verja que separa la carretera y saldremos por el camino que da acceso a la urbanización.

Sin mirar atrás, los asesinos de la decadencia humana corrieron con toda la fuerza que sus desgastados corazones les permitieron. Oculta tras la pequeña ventana de su cocina, Irene prosiguió observando el cuerpo tendido boca arriba del mendigo. Al otro lado de la cerca un BMW negro proveniente de una de las urbanizaciones vecinas circulaba con lentitud debido a los múltiples reductores de velocidad situados a cada veinte metros de distancia. Muy pronto, la conductora ––Irene pudo distinguir que se trataba de una mujer–– alertaría a los demás vecinos del cadáver arrojado en la mitad de la calle.

la espesa masa rosada que fluía de las heridas infringidas en la cabeza del pordiosero compartía la misma tonalidad anaranjada del cielo en aquel espléndido amanecer.

VII

Gritos de Susana…

Luces parpadeantes, azules y rojas…

Preguntas de la policía acerca del cuerpo encontrado a pocos metros de su jardín…

 Los vecinos agrupados al frente de su casa…

Una sábana blanca cae suavemente sobre el cuerpo del mendigo. Irene se encuentra a unos pasos del cadáver. Rasgos rojos empiezan a emerger del repugnante sudario. Cientos de líneas surgen de la mueca grabada en sangre, deslizándose sigilosamente en todas direcciones. Los paramédicos se disponen a llevar el cuerpo a la ambulancia. Ella contempla con horror como las cientos de sinuosas serpientes reptan por debajo de la pálida mortaja emergiendo cada vez en mayor número de aquella medusa carmesí…

«Lo rojo devora a lo blanco»

 Decenas de fibras sangrientas se extienden fuera de la camilla bajando por las piernas de los paramédicos. Ella grita que se detengan, que algo está mal. Ella grita: «¡Lo rojo está devorando a lo blanco!». En unos segundos la sangre la ha rodeado por completo. Sube por sus pies…

Ella grita que la ayuden…

Sube por su pecho…

Pero nadie la escucha.

La sangre del mendigo entra por su boca a borbotones. Irene siente que se ahoga…

Lo rojo la está devorando.

Sentada al borde de la cama, Irene no recuerda del todo los detalles de la pesadilla. Siente la garganta reseca y un ligero entumecimiento en el cuello. Se dirige a la cocina para tomar un vaso de agua. Al llegar, oye un ruido; algo acaba de romperse contra el suelo ––está casi segura de ello–– en la habitación de Alejandra. Su hija no tiene conocimiento alguno acerca de la noche en la cual los dos adictos asesinaron al mendigo; pero por alguna razón ha estado intranquila desde entonces. Irene no se detiene por el agua y se dirige directamente a la habitación de su hija. Unos murmullos se oyen al otro lado de la puerta.

––Alejandra… ¿Te encuentras bien?

Un gemido de dolor amortiguado por algo obstruyendo la frágil garganta es la respuesta que obtiene. Abre la puerta…

Oscuridad y sombras.

Irene descubre el objeto que produjo el sonido. La pequeña lámpara de la mesita de noche está fragmentada en decenas de minúsculos trozos de cerámica que relucen bajo la luz proveniente del pasillo. Durante las dos semanas anteriores Alejandra le había pedido, por primera vez desde que dormía sola, que dejase la luz encendida de su habitación.

Pero ahora no hay luz… solo penumbras y una sombra. Un bulto negro sin contornos moviéndose encima de Alejandra. Antes de oprimir el interruptor situado al lado izquierdo de la entrada, lo informe cobró forma en su mente.

––¿Alejandra?…

La mano sucia del pordiosero oprime cruelmente los labios de su hija. Boca abajo, sus ojos azules desmesuradamente abiertos le dicen a su madre anegados en lágrimas de dolor que la luz se fue cuando él ha entrado. Sus pequeñas piernas de suave tonalidad rosa, ambas fracturadas a la altura de su pelvis ––Irene lo sabía––, forman una antinatural «V» invertida cuyos pies amoratados sobresalen de la cama. Una inmensa mancha de sangre se extiende por la blanca sábana…

«Lo rojo devora a lo blanco»

––¡Oh… Irene!, tuve que hacerlo porque no entraba ––le confiesa el mendigo suspirando, con la cabeza ligeramente inclinada––. Créeme Irene… lo intenté pero no cabía; tuve que abrirla un poco más…; jeee, jeee, jeee…

Una gruesa vena azul cruzaba a lo largo de la frente de la pequeña niña. Sus ojos giraron sobre las órbitas desapareciendo todo azul en ellos. Espejos de opaca blancura eran cubiertos por finísimas hebras rojas.

«Lo rojo devora a lo blanco», volvió a pensar Irene. Un alargado y palpitante bulto ondulaba por debajo de la sábana empapada en sangre, allí donde el pordiosero y su hija se unían. Excepto por el único ojo negro y brillante, escondido vilmente en el fondo de unos párpados monstruosamente hinchados; sus rasgos constituían poco más que una desordenada aglomeración de tumores y carne.

––¡Ya casi termino!… ¡Ohhh! ¡Ya lo siento venir! ––prometió con voz femenina la cosa vestida de negro––. ¡Oohhhh! ¡Si!, ¡Siiiii! Prepárate Irene… prepárate puta arrogante. Cuando termine con tu muñeeeeeeca… iré a por tiiiiiiiiiiiii.

Irene contempló el cuerpo inerte de su hija subir y bajar como una desarticulada muñeca de trapo. Algo indescriptible dentro de ella la hacia rebotar con fuerza una y otra vez contra la cama…

Sus gritos agonizaron aun antes de brotar por sus labios agostados. Las nauseas le contraían el estomago, y el fino camisón de seda se adhería a su espalda. En medio de la penumbra que cubría su dormitorio, imágenes fantasmales grabadas en su retina danzaban ante ella entre aullidos y bestiales contorsiones.

La vívida experiencia de creer despertar entre dos espantosos sueños abrumaba a Irene por completo. Se sentía como un viajero perdido que cruzaba sin darse cuenta la confusa frontera de dos países inexplorados.

Habían pasado ya dos semanas desde el asesinato del mendigo. Su muerte jamás formó parte de los planes de Irene; pero por más que ella quisiera negarlo, y a pesar de las terribles pesadillas que sufría desde aquel entonces, no podía evitar sentirse profundamente aliviada. Algo maligno se ocultaba en aquel ente vestido de suciedad. Ella fue testigo de como por unos minutos ––infinitos para ella–– los dos adictos habían quedado a su merced. Nunca comprendió lo que sucedió exactamente aquella madrugada, y tampoco quiso indagar más al respecto. Lo importante es que todo había acabado y tanto ella como su hija jamás tendrían que volver a tolerar la presencia del repugnante pordiosero.

Hoy llevaría a Alejandra con sus abuelos quienes residían en la ciudad de Zaragoza, y todavía necesitaba encargarse de algunos preparativos para un viaje por carretera de más de 300 km. Sería bueno para ambas alejarse por un tiempo de la casa y del vecindario en general. Irene sabía que su intuitiva hija presentía que algo «muy malo» le había ocurrido al «hombre feo» que las «saludaba» cada mañana con su vetusto sombrero negro. Por supuesto, al igual que Susana y el resto de los vecinos hicieron con sus respectivos hijos, Irene le omitió los detalles escabrosos del terrible suceso. En su lugar le contó a su inocente pero perceptiva hija, que simplemente le habían «exigido» que ya no regresara más a pedir limosna porque asustaba a los niños más pequeños con su horrible aspecto. Alejandra había permanecido unos segundos contemplando el rostro de su madre al igual que siempre lo hacía cuando intentaba descubrir si esta le mentía, o si por el contrario le decía la verdad. Por su parte Irene advirtió como el semblante de su hija reflejaba el mismo desahogo que ella sintió cuando le prometió que jamás se volverían a cruzar con el andrajoso pordiosero.

Subiendo las escaleras de la primera planta, Irene se dirigió a la habitación de Alejandra ubicada al extremo final del ala este. Cuando estuvo a punto de girar el pomo de la puerta, un escalofriante «déjà vu» tuvo lugar en su mente.

––¿Alejandra…?––llamó vacilante mientras abría la puerta del dormitorio.

Con los ojos entreabiertos y una expresión de confusa ensoñación, Alejandra le contestó al tiempo que retiraba de su frente pequeños bucles de cabello dorado: ––Si mami… ya estoy despierta.

––Vale; pero no tardes ––le pidió Irene, despojándose de sus horribles pensamientos––, acuérdate que es mejor si salimos temprano. Voy preparando el desayuno y de paso te pongo algunos bocadillos en la mochila ¿De acuerdo cariño?

––Vale, mami; ya me estoy vistiendo…

––Bueno, coge la ropa que te dejé separada y no tardes.

Mientras preparaba el desayuno, Irene revivió mentalmente lo sucedido la noche del martes dos semanas atrás. Había sido precisamente aquella desconocida la que descubrió el cadáver. Y tal como lo había supuesto, sus gritos de horror precedieron el hecho. Aproximadamente veinte minutos más tarde la policía local y el personal médico llegaban a la escena del crimen.

Irene repitió la misma coartada previamente ensayada a la policía, paramédicos, y a sus propios vecinos; incluyendo lógicamente a Susana: ––«Desde mi habitación no tengo vista hacia el jardín ––explicó sin titubear––. Al estar escuchando música con los audífonos puestos no me enteré de lo que sucedía».

Uno de los primeros policías en llegar, un hombre de expresión maliciosa y sumamente delgado ––parecía llevar un uniforme dos tallas por encima de la apropiada– habló con ella después de que el cadáver fuese retirado.

––Usted telefoneó a su vecina unos días atrás, acusando a la víctima de haberla asustado al introducirse de forma ilegal en su jardín ¿no es cierto?

––Si, es cierto ––había confirmado Irene algo nerviosa. Aquella llamada se le había pasado totalmente por alto––. Ese pobre desgraciado me dio un buen susto cuando apareció frente a la ventana de mi cocina, justamente cuando me preparaba para llevar a mi hija al colegio.

Haciendo anotaciones en una pequeña libreta azul con el logotipo de la policía local, el agente le formuló una segunda pregunta sin retirar la vista de sus anotaciones:

––¿Por qué razón usted no fue al evento organizado por el instituto de su hija que los vecinos me han comentado? ––A pesar de la apatía en su voz, por unos instantes Irene se sintió descubierta…

«Las mentes culpables».

––Seguramente mis vecinos ya le habrán contado que soy divorciada y vivo sola con mi única hija ––le explicó lacónicamente––. Aquel viernes en particular me encontraba indispuesta y preferí quedarme en casa recuperándome de una semana sumamente complicada.

Con la tercera pregunta, el oficial cambió perceptiblemente de actitud.

––¿Cree que alguno de sus vecinos pudo haber hecho esto?

En esta ocasión Irene sintió a su corazón acelerar repentinamente. La culpa real o imaginaria era un invitado inoportuno que ahora tocaba fuertemente en su pecho insistiendo para que lo dejase entrar. Mas esta vez fue Susana quien apenas enterada de lo ocurrido, irrumpió y hablo sin previa invitación:

––Si… por supuesto agente, nosotros nos dedicamos a linchar a pordioseros los viernes a la madrugada después del partido de nuestros hijos. De hecho, esto nos sirve de relajamiento, ¿sabe?

Lo que sea que el agente de policía hubiese intuido momentos antes, desapareció por completo dando paso a una somera expresión de tedio; probablemente como respuesta a lo que él consideraría una molestia con la cual estaba obligado a lidiar.

––Disculpe señora ––le respondió alzando un poco la voz––, en un crimen de este tipo tenemos que hacer una serie de preguntas a todas las personas que pudieron haber visto o escuchado algo que pueda ayudarnos por muy insignificante que esto sea.

––Muy bien oficial, le voy a decir algo que le va a ayudar muchísimo ––le contestó Susana, visiblemente contrariada––. Todas las personas que nos encontramos aquí se lo podrán corroborar…

El oficial dirigió una mirada a su compañero junto con un leve suspiro. Sin darse por aludida, la mejor amiga de Irene prosiguió con su intervención:

––Desde que el alcalde y sus colaboradores tuvieron la genial idea de abrir la calle para que parte del tráfico pasara por nuestra urbanización, toda clase de pordioseros, drogadictos, vendedores ambulantes y el resto de «ciudadanos de la carretera» también comenzaron a circular por nuestras propiedades ––no bien terminó de decir esto, el resto de los vecinos presentes expresaron su acuerdo unánime con manifestaciones de apoyo y alguna que otra risa entre dientes. Como suele suceder, sintiéndose respaldada, la mejor amiga de Irene reanudó su intervención:

––¿Por qué no empiezan por interrogar a cualquiera de los «distinguidos» compañeros que se relacionaban con ese pobre desgraciado? Estoy segura que algún otro infeliz le propinó esa paliza por unas cuantas monedas para comprar un poco más de alcohol, o quizás para meterse otra dosis de esa porquería. ¿Se ha preguntado usted y sus compañeros policías que sucedería si nuestros hijos se toparán con alguno de esos «caballeros»?

Su marido Ernesto depositó una sudorosa mano sobre su hombro con la intención de que refrenara en parte los atrevidos comentarios. Un clamor general le volvía a dar muestras de su apoyo y consentimiento. Irene entretanto volvió a tranquilizarse al ver que al menos por ahora su plan de haber empleado a los dos drogadictos encajaba con el curso natural de los acontecimientos.

––Señora––interrumpió el oficial temiendo que aquel rutinario interrogatorio escapase a su control––, esto se lo digo a usted y a todos los presentes: La alcaldía está haciendo todo lo posible para que las modificaciones viales implementadas a causa de la ampliación en el tendido eléctrico terminen lo antes posible. De la misma manera estamos patrullando los diferentes accesos a las urbanizaciones más cercanas. Les aseguro que este tipo de incidentes no volverán a ocurrir siempre y cuando traten de colaborar con nosotros.

Sin reparar en la presión ejercida en su hombro, Susana contestó en un tono de voz aun más alto con la clara intención de que todos los allí presentes la escuchasen:

––Pues para su información, oficial; mi amiga además de encargarse de su hija pequeña tiene tiempo suficiente para prestar sus servicios en el centro de desintoxicación del Hospital Universitario. Créame cuando le digo que gran parte de ese tiempo lo dedica recogiendo los vómitos y meados de toda esa escoria.

Uno de los paramédicos que se encontraban en la ambulancia, el cual se había mantenido hasta ese momento al margen de la conversación, se aproximó al grupo de personas.

––Señora Freijido ––intervino, dirigiéndose a Irene por su apellido de soltera––, se que no me reconoce porque trabajamos en la nueva ala noreste del hospital; pero yo fui quien solicitó la admisión de aquel drogata que se cortó con la sonda, hará de eso más o menos un mes.

Sorprendida, Irene temió que el joven paramédico la hubiese relacionado de alguna manera con David y José. Sin embargo, antes de responder a lo que ella pensó resultaba un comentario del todo inoportuno, el trato indiferente del adusto oficial cambió drásticamente.

––Disculpe Señora…, o mejor debiera decir enfermera Freijido. Mi compañero y yo no teníamos idea de que trabajara en el hospital, y menos aún en el centro de desintoxicación. Le pido nos disculpe por estas preguntas; pero espero que comprenda que siendo usted la única persona presente al momento de ocurrir los hechos, nuestro trabajo nos exige interrogarla lo antes posible.

––No se preocupe oficial, lo entiendo perfectamente ––contestó Irene más calmada ante el evidente cambio en la actitud de su interlocutor.

Mirando nuevamente a su compañero, el circunspecto oficial guardó la libreta en uno de los bolsillos del uniforme junto con el bolígrafo azul (también con el logotipo de la policía).

––Por favor, si recuerda algo más le agradecería que nos llamase ––le pidió amablemente, entregándole una tarjeta con varios números telefónicos grabados en relieve.

––Así lo haré, no se preocupe ––le respondió ella con toda normalidad, cogiendo la tarjeta que le entregaba. Esa fue la última vez que tuvo noticias de ambos oficiales.

Los hechos acaecidos durante las dos semanas posteriores se sucedieron para Irene tan distantes y esquivos como las pesadillas que soñaba.

VIII

––¡Alejandra, ya están listas las crepes, no tardes!

El viaje en coche les llevaría alrededor de cuatro horas, e Irene no deseaba retrasarse más de lo necesario. Como era lo usual a principios de cada verano, había solicitado dos semanas de vacaciones en el hospital con el propósito de que sus padres pudieran disfrutar de su única nieta al menos dos veces al año.

––¡Ya voy, mamá! ¡Me estoy terminando de cepillar!

Alejandra bajó las escaleras con su morral color púrpura el cual contenía mayormente golosinas de todas clases, un diminuto y minimalista ipod, y su pertenencia más valiosa: un teléfono móvil de última generación que su madre le había comprado apenas dos meses atrás como premio a sus buenas notas durante el primer trimestre de curso (aunque el verdadero motivo de Irene se aproximaba más a la posibilidad de poder vigilar a su hija en todo momento). Su cabello recién cepillado no solo resplandecía sino que parecía reflejar la luz cual prisma dorado compuesto por infinitas aristas extremadamente finas. Una vez más, a pesar de las veces que la contemplase descender por las escaleras como una pequeña modelo a través de la angosta pasarela; Irene no podía dejar de admirar la tez inmaculadamente blanca de su hija cuya piel era tan tersa y ausente de imperfecciones como los dos zafiros que imbuían de azul sus enormes y expresivos ojos.

Mientras se encontraban desayunando, Irene observó como Alejandra se detuvo pensativa sosteniendo la botella de miel con forma de panal sobre una de las esponjosas crepes recién cocinadas.

––Cariño… ¿Sucede algo? ––le preguntó, guiñándole su ojo izquierdo al mismo tiempo que mantenía el derecho completamente abierto. Un truco que siempre provocaba en su hija una risa espontánea que rara vez lograba contener. Mas en esta ocasión, Alejandra apenas reparó en el gesto de su madre mirándola en cambio por unos segundos con aire pensativo.

––Mamá… ¿Por qué hay señores que piden dinero en la calle? ¿Por qué están tan tristes y tan sucios? ––le pregunto al fin, sosteniendo todavía en su diestra el singular recipiente de plástico. Irene se quedó sorprendida por unos instantes; mas rápidamente comprendió a lo que se refería su pequeña hija de seis años. Con sentimientos encontrados de orgullo y preocupación, recordó el motivo por el cual Alejandra despertaba admiración y amor en todas las personas que llegaban a conocerla. Más allá de su carácter extrovertido, su hija era uno de esos pocos y excepcionales niños que a pesar de su corta edad poseía una extraordinaria sensibilidad traducida en una capacidad de compasión por el malestar ajeno que conmovía tanto a propios ––Susana y sus hijos eran la prueba de ello––, como a extraños. Esta absoluta empatía sin embargo angustiaba en ocasiones a una madre que conocía el mundo en que vivían, y como en este la preocupación por el prójimo y el sufrimiento personal estaban tan íntimamente ligados.

Irene acarició la exquisita barbilla de su hija, sopesando cuidadosamente como iniciaría una conversación que buscaba conciliar la actual candidez de una niña con las primeras advertencias sobre la cruel condición humana.

––Bueno, mi amor… hay muchos hombres y mujeres que a diferencia de mi… y de tu papá, no quieren trabajar ––comenzó diciéndole, procurando ser lo más explicita posible––. Estas personas, al igual que muchos compañeritos tuyos que no hacen las tareas que os manda la profesora Alicia, prefieren que otros les den el dinero que necesitan para comer y vestirse.

––¿Y no podemos darles el dinero para que se compren ropa limpia y bonita? ––en esta ocasión más que preguntar, Alejandra propuso una solución que le era tan obvia como sencilla. Irene sonrió divertida, considerando además que esta constituía una oportunidad ideal para iniciarla en las verdades de la vida.

––Eso sería lo mismo que si yo hiciera la tarea por ti ––le explicó, intentando no sonar demasiado severa––. Entonces, Alex… no aprenderías lo que te enseñan en el colegio, y cuando seas una mujer mayor como Susy o yo, no podrás trabajar en un hospital o en una gran empresa porque ellos solo quieren a las niñas que hacen sus tareas.

Alejandra bajó la mirada formando distraídamente círculos de densa miel sobre la grumosa superficie de la crepe. Su ceño graciosamente fruncido evidenciaba su inconformidad ante los argumentos presentados por su madre.

––¿Pero si no saben trabajar, no podemos enseñarles? ¿No podemos ayudarles para que no se vean tan feos? ––insistió expectante, buscando una respuesta que complaciera más sus deseos que sus obligaciones mundanas. Sabiendo que por ahora (y probablemente nunca) «aquello que debería ser» jamás se antepondría a lo que «se podría hacer» bajo el criterio moldeado por la inherente bondad de su hija; Irene vertió en sus palabras tan solo un poco del odio que le suscitaban los indigentes, drogadictos, y demás criminales que componían las tierras yermas de la sociedad.

––Préstame atención, cariño ––le pidió con un matiz de autoridad que enfatizaba lo que expondría a continuación––: Esos hombres feos (deformes) y sucios (repugnantes), son todos ellos gente mala. No quieren que les enseñemos a trabajar porque han escogido obligarnos a nosotros; la gente buena, a pagarles para no tener que verlos en nuestras casas, en los colegios, y en cualquier sitio a donde vayamos ––Sin darse cuenta su entusiasmo y su voz iban acrecentándose a la par––. Los indigentes y muchas de las personas que mamá ayuda en el hospital, no están enfermos de verdad. Solo carecen de la voluntad necesaria para… para hacer «sus tareas».

––Mamá… ¿Estás enfadada conmigo? ––le preguntó Alejandra, temerosa de haber dicho algo que no debía.

––No mi cielo, claro que no ––se apresuró en contestarle Irene, al darse cuenta que se había dejado llevar por sus emociones––. Es solo que me preocupo mucho por ti, y no quiero que te pase nada malo. Por eso debes prometerme como lo hiciste después de que viésemos a ese pordiosero tan feo (repugnante) en la autopista, que jamás te acercarás a uno de ellos. ¿Me lo prometes?

––Si mamá, te lo prometo ––le aseguró Alejandra con su espléndida sonrisa, feliz de que su madre no se hubiese enojado con ella––. Cuando sea grande y trabaje de enfermera en el hospi…

––De doctora ––le interrumpió Irene, posando un sonoro beso en su albugínea frente. Alejandra sonrío porque sabía que como era usual su madre la corregiría.

––Cuando sea Doctora ––repitió riéndose aún más–– y trabaje en el hospital, curaré también a la gente que no quiera trabajar; pero no les daré una chupeta cuando se vayan de mi con… contulsorio.

––«Consultorio» ––le corrigió Irene con un suave pellizco en su tersa mejilla, comprendiendo con cierta melancolía que al menos por hoy y a pesar de su insistencia, no convencería a su hija de cerrar las puertas del futuro hospital a los pordioseros que pululaban por las calles con su pestilencia y sus cuerpos corrompidos.

Alejandra dejó la botella de miel sobre la mesa, observando con desgano la crepe que yacía en el fondo de su plato. Una pregunta más rondaba solitaria en su mente:

––Mamá, ¿Qué significa «carecer»?

Irene volvió a sonreír al comprobar que nada de lo sucedido había afectado a su curiosidad natural.

––«Carecer», significa no tener las cosas que…

Alejandra no pudo finalizar de escuchar la explicación de su madre. En ese preciso momento sonaba el timbre de la entrada con una melodía monótona y repetitiva. Durante los últimos días Susana había hecho de su rutina personal visitarlas cada mañana con el fin de cerciorarse acerca de su bienestar. Hoy al parecer ––concluyó Irene dirigiéndose a la puerta–– vendría a despedirse nuevamente después de haberlo hecho la noche anterior.

––Susana, ¿no tienes que hacer el desayuno para tus…?

Frente a ella, tres escuálidas figuras permanecían inmóviles observándola fijamente. José apretaba fuertemente la mano de una andrógina adolescente de estatura media con la cabeza afeitada al rape. Una vieja camiseta de hombre le dejaba al descubierto un hombro crudamente definido. Las sombras que producían ambas clavículas en su raquítico busto indicaban las huellas de un ayuno prolongado. La silueta de algún ave que Irene no pudo reconocer en ese instante, reposaba tatuada en su esquelético hombro izquierdo. Pero lo que verdaderamente llamó la atención de Irene con relación a la extraña joven, no fueron la complexión o los rasgos angulosos enmarcados por unos pómulos cadavéricos propios de todo drogadicto; sino la mirada despiadada y al mismo tiempo indiferente de sus enormes ojos negros.

David; algo más adelantado que José y su compañera, fue el primero en hablar:

––Hola Irene… por favor discúlpanos por venir de esta manera ––sus manos se movían sin control como si estuviesen recibiendo pequeñas descargas eléctricas de forma continua––, sé que quedamos en vernos dentro de un par de semanas; pero necesitamos hablar urgentemente contigo. Por favor…, serán solo unos minutos.

Acostumbrada a reconocer las señales de la abstinencia, Irene supo de inmediato por el sudor en la frente y el temblor espasmódico que sufrían sus tres inesperados visitantes, que la posibilidad de razonar con ellos bajo las actuales circunstancias era mínima.

––David, José, escuchad… Me espera un viaje en coche hasta casa de mis padres de más de cuatro horas. Habíamos acordado que no vendríais a mi casa, y que solo nos veríamos en el centro de desintoxicación.

––No Irene…, no entiendes ––le insistió David, con sus pupilas tan dilatas como las de un predador nocturno al acecho––. No queremos… no podemos seguir ni un minuto más en la ciudad. Unos indigentes que duermen en el mismo refugio que nosotros nos vieron correr por la autopista con… con las llaves ajustables ––los tres adictos la observaban fijamente tratando de descifrar el significado de algún gesto; de alguna señal que delatara sus pensamientos.

––Por favor Irene (una limosna, por amor a Dios), no queremos causarte problemas ––le aseguró David con sus ojos acuosos y sus labios resecos––; pero la policía ha estado haciendo preguntas por la calle y…

Súbitamente la adolescente soltó la mano de José interponiéndose entre Irene y David. Su negra mirada atravesó la verde de ella. Sus labios retraídos en una mueca de impaciencia y desprecio le decían a Irene el inmenso odio que la adolescente sentía hacia ella.

––Escuche señora ––dos gruesas venas a los lados de su cuello palpitaban al compás de una voz reprimida, ansiosa por gritar––…, usted se aprovechó de ellos para que se encargaran del trabajo sucio. ¡Si no quiere que todo el mundo sepa la clase de hipócrita que es, tendrá que darnos lo que les ha prometido ahora mismo!

––¡Escuchad los tres! ––les ordenó Irene, procurando alzar la voz por encima del miedo que estaba sintiendo––. Si os atrevéis a amenazarme gritaré pidiendo auxilio. A quién esperas que crea la policía, sucia mocosa… a mi, que soy una enfermera reputada; o a vosotros, que solo sois unos…

––Mamá… ¿Estás hablando son Susy?

La voz de Alejandra irrumpió detrás de ella amortiguada en gran parte por el ruido del exterior. Irene hizo un ademan de volverse sujetando inconscientemente la puerta con ambas manos. Una oleada ardiente abrasó la parte superior de su pómulo izquierdo y nariz, al tiempo que tres sombras se abalanzaron sobre ella.

––¡Auxi…!

La feroz garra humana se aferró con crueldad femenina al pecho izquierdo de Irene, impidiéndole proseguir con su llamada de auxilio. En contraste con el lacerante ardor del rostro, el intenso frío se extendió por toda su espalda y extremidades. Finalmente con una rapidez que no le permitió racionalizar la sucesión de eventos, un puño de nudillos huesudos le golpeó en pleno abdomen obligándola a exhalar el aire retenido, desplomándose acto seguido de espaldas en el interior de la casa. Sangre y lagrimas obstruían la visión de su ojo derecho. La sensación de irrealidad era terrible y por unos instantes su mente intentó convencerla de que sufría otra pesadilla; una tan cruel que incluso el dolor y la impotencia tenían cabida.

Aferrada al pasamanos de la escalera entre el tercer y cuarto escalón, Alejandra le gritaba a los intrusos que no golpeasen a su madre. Desde el suelo Irene escuchó un ruido grave y vibrante anunciando que la puerta de entrada ––y salida–– se había cerrado de golpe.

En su mano derecha, la adicta sostenía un largo trozo de vidrio opaco de color verde recubierto en el extremo que servía de empuñadura por varias capas de cinta adhesiva de color blanco. Desde la punta de la improvisada daga un inmensa y espesa gota de sangre oscilaba como un péndulo escarlata. Irene comprendió de inmediato con que objeto la habían herido pensando de forma espontánea que probablemente le quedaría una cicatriz de por vida.

¡Mamá! ¡Mamá! (¿Estás bien?, ¿te duele?, ¿me van a hacer daño?), eran las preguntas que Alejandra rogaba le respondiese; no con palabras, sino entre sollozos de terror.

––!Mi amor no llores! ¡Mamá está bien, cielo… no… no te va a pasar nada!

––Joder, levantadla de una vez! ––ordenó bruscamente la joven del hombro tatuado. David y José sujetaron a Irene por ambas axilas, tirando de ella hacia arriba.

––Irene… por favor… danos las drogas que necesitamos. No nos obligues a hacerte más daño ––le exhortó David, evitando en todo momento que sus miradas se cruzasen.

––A la mierda ––espetó José, apretando aún con más fuerza el brazo de Irene––¿No escuchaste lo que iba a decir cuando nos amenazó con llamar a la policía? Para ella somos basura. Lisa nos dijo la verdad. Ella nos desprecia pero aún así nos necesitó para encargarnos de aquel desgraciado.

Irene inclinó su cabeza hacia el espigado adicto percibiendo en sus febriles ojos inyectados en sangre el rencor que albergaba hacia ella. Su veleidoso amor engendrado por la promesa de aplacar su malsano apetito se había tornado en un odio tan puro como esa misma avidez que lo estaba consumiendo.

––¡Dejen ir a mi mamá! ¡no le hagan daño! ¡Mamá diles que no te peguen! ¡Diles que se vayan! ––gritaba Alejandra, acurrucada a los pies de la ancha escalera. Sus palabras se transformaban en chillidos discordantes a causa del llanto.

Irene inspiró profundamente a pesar del dolor que sentía en el vientre. La sangre se deslizaba por su cuello hasta el pecho como la suave caricia de un amante. Necesitaba controlar el miedo que ofuscaba sus pensamientos, o ni ella ni su hija tendrían la menor posibilidad de sobrevivir.

––Escucha Lisa ––intentó pronunciar su nombre pausadamente––…, siento lo que he dicho antes. Es que me habéis asustado mucho. José…, David; os agradezco lo que hicisteis por mi. Sé que habéis corrido un gran riesgo y si queréis podemos partir de inmediato al hospital. Yo os conseguiré todo lo que me pidáis; pero por favor no asustéis más a mi hija… Os lo ruego.

Ninguno de los tres adictos le contestó enseguida. En sus expresiones Irene pudo detectar un fuerte conflicto de sentimientos. Por un momento creyó distinguir en David y José que el remordimiento y la vergüenza comprendían los dos más intensos, albergando la esperanza de que la ominosa necesidad de sus cuerpos no hubiese consumido por entero cualquier ápice de piedad que todavía se alojase dentro de ellos. Mas a diferencia de su obediente amante, la atención de Lisa en esos instantes se encontraba centrada en Alejandra quien permanecía al borde de la escalera. Irene creyó distinguir en la mirada de la adicta una cierta melancolía; la tristeza de contemplar en otros aquello que alguna vez poseyó, y que tanto se había esforzado por olvidar cuando fue perdido.

––Lisa, ¿te encuentras bien? ––le preguntó José, aminorando la presión ejercida en el brazo derecho de Irene. Sin responder a su pregunta, la escuálida adicta caminó directamente hacia la pequeña niña quien al ver a esta avanzar hacia ella se aferró con más fuerza al rústico pasamanos de madera. Desde la punta de la daga esmeralda el péndulo de sangre se precipitó desde su base de cristal.

––¡¿Mamá?! ––exclamó Alejandra con duda, casi entre susurros, sin apartar la mirada de la adolescente. Los rasgos de la pequeña eran una mueca de horror absoluto.

Irene hizo un ademán de liberarse. Un reflejo de su instinto maternal que por desgracia para ella a pesar de los estragos hechos por el vicio en el cuerpo de sus agresores, no impidió que estos la sujetaran con la fuerza que solo su deseo por el efímero consuelo de la heroína era capaz de otorgarles.

––Lisa… escúchame ––le imploró Irene––. Ella es solo una niña…, por favor… Ya os dije que haría todo lo que me pidieseis ––Dos pequeños manantiales, uno transparente y salado proveniente de sus ojos; el otro rojo y amargo fluyendo de la herida que surcaba su pómulo atravesándole la nariz, se mezclaban entre sí creando en su labio superior un pequeño estuario de desesperación. No habría más dulzura para ella.

Lisa se inclinó frente a Alejandra. Como si de un arcón repleto de esplendorosas joyas se tratase, introdujo su mano izquierda en el cabello brillante y sedoso de la pequeña admirando fascinada resbalar a este entre sus dedos.

––Mamá… dile… dile que no me haga daño ––le suplicó Alejandra, cubriéndose el rostro con sus temblorosas manitas. Irene lloró amargamente. Su hija le imploraba que la ayudase y ella no podía hacer nada al respecto. Con el mismo aire distante, la joven adicta acarició los sedosos cabellos una última vez. Su mirada perdida se enfocaba ahora en el distante horizonte de sus recuerdos, iniciando su relato con palabras exentas de toda emoción.

––Yo tenía un cabello así de hermoso, ¿sabéis? Casi tan largo y dorado como el de ella. Mi madre me lo cepillaba todas las noches antes de irme a la cama ––las yemas de sus dedos comenzaron a acariciar con suavidad su cabeza rala––. Ella decía que era el más hermoso que jamás había visto. Pasaba horas jugando con él, y yo siempre me quedaba dormida entre sus brazos. Algunas veces, cuando me peinaba frente al espejo de mi cuarto, mamá Introducía ambas manos por detrás y parecía… parecía como si quisiera beber de él; y después… después lo dejaba caer como agua sobre mi rostro ––mientras sonreía con genuina alegría, sus manos trazaban familiares contornos imitando a otras que ya nunca más acariciarían cabello alguno.

Irene observó con creciente temor el velo de brutal odio descendiendo sobre la frágil añoranza de Lisa.

––Pero todo eso terminó cuando papá nos abandonó. Entonces ella también dejó de acariciarme para siempre. ¿Pero sabes algo José?… Aun así mi cabello siguió creciendo y creciendo… largo y fuerte. Tan fuerte y tan largo, que mi madre lo ataba al pomo de la puerta para poder pegarme con ambas manos sin que yo me moviese. Un día, hizo el nudo tan apretado que tardé casi toda la noche en liberarme…

David y José la observaban con sorpresa y morbosa fascinación. Para Irene fue evidente que nunca antes habían escuchado esa historia. Quizás lo más probable, es que ninguno de ellos supiese del otro más de lo que su propia vergüenza había sido capaz de reconocer.

––Una noche… ––prosiguió Lisa, estática al pie de la escalera–– mi mamá llegó muy enfadada. No me acuerdo del motivo a decir verdad. Me cogió con una mano el cabello y con la otra me apretó los pechos con toda su fuerza hasta que sentí sus uñas perforando mi carne. ¡Eso dolió tanto!… ¿Verdad Irene? Aquella noche después de darme una de sus palizas, amarró mi larga trenza al toallero del baño y me dejó allí, de cara al techo blanco y húmedo durante dos días. De rodillas; entre mi mierda y orines, juré que me cortaría todo el cabello y que jamás permitiría que creciese de nuevo.

Su mirada se volvió a posar en los objetos y personas de este mundo. Primero en José, su consorte en el amor y la adicción que los unía; luego en David, y finalmente en Irene. Sus enormes ojos negros no brillaban, solo reflejaban la luz de un exterior brutal y despiadado.

––Bueno…, ahora es mi madre la que se caga y mea encima todos los días, ¿Sabes Irene? La internaron en el auspicio para indigentes de la calle Santa Catalina. La última vez que la visité era ella la que pasaba los días y las noches frente a una pared blanca ––las comisuras de sus labios se torcieron en un rictus cruel (una media luna negra). Irene no pudo evitar preguntarse qué clase de daño debió de haber padecido en su corta vida. Cuan amargo debió ser su llanto y cuan árido el suelo sobre el cual se derramó para marchitar de esa forma su sonrisa.

Ya era suficiente; no consentiría que su hija corriese peligro por más tiempo.

––Las llaves de mi coche se encuentran allí, sobre la mesa pequeña detrás del televisor ––les indicó Irene. En su mente pronunciaba las palabras con claridad más por alguna razón las escuchaba distorsionadas y ampliadas por ecos inexistentes––. Si nos vamos ahora podemos recoger los medicamentos y de paso os compraré unos billetes de tren para que salgáis de Madrid hoy mismo.

––Muy bien ––contestó Lisa conservando su insidiosa sonrisa––, tu hija vendrá con nosotros y yo me quedaré con ella en el coche cuando vayáis a por las drogas.

Esta vez los dedos que retorcieron el pecho de Irene provenían de su interior. La obvia posibilidad de que llevaran a su hija con ellos no había cruzado por su mente.

––Escuchad por favor (una limosna, por amor a Dios) ––les imploró, ya sin importarle admitir que se encontraba a la merced de los asquerosos adictos que ella tanto detestaba––, os daré todo lo que me pidáis; pero os lo suplico, dejad a mi hija aquí. ¡Ya ha sufrido suficiente!

David hizo el ademán de querer decir algo; pero fue Lisa la que alzó la traslúcida arma verde apuntando su manchado filo en dirección al rostro de Alejandra.

––¡Oh no!… ¡No pedazo de puta! Puede que los hayas engañado a ellos pero no a mi. La pequeña se viene conmigo por si intentas hacer cualquier estupidez cuando lleguemos al hospital.

Sola; al pie de la escalera, Alejandra seguía llorando con los ojos cerrados. Ya no llamaba a su madre ni suplicaba a desconocidos que dejasen de hacerle daño. Solo lloraba ocultando el rostro bajo el manto protector de sus dorados cabellos.

––No Lisa…, esto no es lo que acordamos ––irrumpió José, soltando el brazo derecho de Irene al tiempo que avanzaba hacia la estupefacta adicta––. Sé que nos ha utilizado; pero David y yo también hicimos esto por las drogas. Ella no es peor que nosotros. Simplemente… nosotros somos más débiles que ella. Entiende cariño, no puedo permitir que sigas asustando a esta niña.

––José tiene razón Lisa ––añadió David, apartándose unos pasos de Irene ––ella no tiene por que engañarnos; al fin de cuentas tampoco quiere que nosotros sigamos husmeando por su casa al igual que aquel infeliz. Vamos Lis… ¡cojamos todo lo que nos podamos llevar del hospital y vayámonos ya de esta mierda de ciudad!

La hija desengañada y amante fervorosa permaneció en silencio con sus profundos ojos negros reflejando la imagen de José, su primer y único amor; quien en ese momento posaba con dulzura ambas manos sobre sus hombros magros. En voz baja, este le susurró:

––Lis… quizás si seamos basura; pero no andamos por ahí asustando a madres con sus hijos pequeños. Hazme caso…, vamos a recoger todas las pastillas de metadona y las jeringas que podamos cargar, y larguémonos de aquí.

Irene no alcanzó a escuchar aquellas palabras. Ella y David, quien permanecía prácticamente a su lado, se limitaron a observar el efecto que estas tuvieron en la turbada adolescente.

––¿Lis? ––exclamó José sorprendido, al ver como su enjuta compañera le daba la espalda caminando hacia la amplia ventana del comedor que daba a la fachada de la casa. Con ambas manos, y en un gesto casi teatral, la desdichada bautizada con el nombre de «Lisa» abrió la cortina de par en par.

Se abre el telón, la función ha comenzado…

La estancia se iluminó con la intensa luz proveniente del exterior. Inmóvil; la pequeña figura de hombros desnudos siguió contemplando por unos segundos el paisaje, en donde ya algunas sombras se atrevían a abrazarse a otras pocas luces sin el temor de devorarse las unas a las otras.

––Lis… ¿Qué te sucede? ––le preguntó José, visiblemente preocupado. Ella no le respondió. Simplemente se volteó hacia él en silencio.

Nunca antes Irene creyó posible que la desilusión pudiese transmutarse en algo físico. Una tortuosa diadema de pequeñas venas añiles coronaban la pálida frente y sienes de Lisa. Sus macilentas mejillas comenzaron a ser ungidas por lágrimas originadas por el desengaño; no de escuchar la verdad de la que siempre fue consciente, sino por escucharla de los labios de quien amaba.

José se aproximó a ella con ansiedad. Algo en la vulnerable adicta había cambiado para siempre.

––¿Te he dicho que antes de conocerte me aterraba mirarme en los espejos? ¿sabes por qué? ––le preguntó Lisa de repente.

––Lis… cariño ––comenzó a decir José, mientras acariciaba con suavidad los hombros desnudos de su novia. La figura del ave tatuada aparecía y desaparecía ante la vista de Irene.

––Porque siempre que me paraba ante un espejo ––continuó ella sin apartar la mirada de la de su angustiada pareja–– creía que si esperaba lo suficiente me volvería poco a poco transparente, hasta desaparecer por completo.

––¿Por qué me dices esto, lis? ––insistió José, acariciando con su otra mano el cuello extremadamente tenso y delgado de su novia. Su piel irradiaba un calor malsano.

––Pero desde que te conocí… el día que me fui de casa y abandoné a mi madre, no importa el tiempo que pase contemplándome frente a cualquier espejo, ni el tiempo que transcurra sin que nadie me hable o se fije en mi; sabía que jamás desaparecería siempre que estuvieses a mi lado.

––Lis, escúchame… Los tres hemos tenido unos días difíciles; pero cuando tomemos lo que necesitamos del hospital verás que te sentirás mejor. Créeme.

Irene los contemplaba con el creciente temor de decir o hacer algo que terminase de socavar el inestable estado mental de Lisa. A un par de metros de su aterrorizada hija, la adicta reanudó su monólogo haciendo caso omiso a las palabras de su leal amante. Su personaje interpretaba el papel principal en aquel escenario de vivas luces matinales y estériles sombras.

––Desde que llegamos a esta casa solo han sido necesarios unos minutos viéndola a ella; escuchándola hablar, para que ––su labio inferior se estremecía bajo el peso de cada palabra––…, para que pienses que soy… que soy una basura.

José bajó sus manos hasta rodear prácticamente con sus dedos los endebles brazos de ella. ––¡No Lis! ¡Sabes que eso no es verdad! Yo solamente quise decir…

Lisa lo interrumpió liberándose de su contacto con brusquedad. Sujetando el largo cristal por la satinada empuñadura se contempló en la pulida superficie. Unos ojos esmeralda le devolvieron la mirada.

––Estoy aquí José. Tú me puedes ver, ¿cierto?

––Claro que te veo, cariño…; pero por favor guarda eso y larguémonos de aquí ––le contesto José con lágrimas en los ojos.

––No soy basura, ¿verdad?

––Claro que no.

––¿Me sigues viendo?

––Si mi amor, lo sigo haciendo.

––Yo también me veo. Y a ti…

Irene apenas tuvo tiempo de divisar el rápido destello amarillento reflejado en la superficie del improvisado puñal de vidrio antes de que este se clavase en la garganta del drogadicto. Con ambas manos Lisa hundió su translúcida arma hasta que solo la blanca empuñadura sobresalía de la mortal herida.

––¡Lis, Nooooo! ––grito David, corriendo hacia su inseparable amigo. Los ojos desmesuradamente abiertos de José destilaron todo el horror y la sorpresa que su garganta cercenada era incapaz de manifestar. David sujetó a la adicta por la holgada camiseta la cual se encontraba teñida de rojo por la cálida vitalidad que brotaba del profundo corte de su agonizante enamorado. Irene también corrió en dirección a su hija. Gritos de angustia ––probablemente los suyos–– resonaban en sus oídos enmudeciendo cualquier pensamiento. Alejandra continuaba acurrucada al borde de la escalera protegida tan solo por el anhelo de su madre.

––¡Alejandra!, ¡cógete de mi cuello, ahora! ––Sin esperar a que su aterrorizada hija hiciera lo que le pedía, Irene la cogió entre sus brazos dirigiéndose hacia la puerta de la entrada. No había recorrido tan siquiera la mitad de la distancia, cuando un nuevo ataque desgarró la piel de su hombro derecho por encima del omóplato. El lacerante dolor combinado con el peso de su pequeña hija la hicieron perder el equilibrio. Antes de caer logró arrojar a Alejandra hacia la mullida alfombra de vinilo que se extendía alrededor del comedor; aunque por desgracia para ella la maniobra había dejado su cabeza totalmente expuesta. Una segunda explosión de dolor saturó sus sentidos cuando su frente impactó de forma brutal contra el marco de la puerta.

––¡Mamá! ¡mamá! ––los gritos de Alejandra se oían distantes, como si la hubiese arrojado a cientos de metros de allí.

––Alejandra…, cariño…

Los objetos se alejaban de Irene cada vez que intentaba enfocarlos. Siendo incapaz de apoyarse en su hombro herido, intentó ladearse en un esfuerzo por ver a su hija. Alguien; una sombra, pasó velozmente junto a ella. Instantes después escuchó abrirse la puerta de la entrada entre las llamadas desesperadas de Alejandra.

Por favor Dios mío, que sea ella, suplicó mentalmente. La sangre que emanaba de la herida en su frente se extendía lentamente por sus ojos y nariz.

––¡Mamá! ¡Mamá!…

––Alejandra…, no llores… No llores amor.

––Irene… ¿Me escuchas?

Una sombra borrosa se alzaba ante Irene. El estilete de cristal reflejaba una delicada luz verde en el extremo de su brazo derecho.

––Creo que David no quiso esperar por tus pastillas ––le comentó Lisa con apático sarcasmo.

––Por favor…, no. No nos hagas daño… Te lo ruego ––le suplicó Irene, obligándose a cerrar los ojos para no sucumbir a las nauseas. No estaba segura si la tibia humedad que se derramaba por sus mejillas era sangre o lágrimas. Quizás en ese momento ambas fuesen lo mismo.

––¿Me puedes ver? ––le preguntó Lisa.

La sangre cubrió el ojo derecho de Irene…

El telón se cerraba…

––¿Me puedes ver Irene? ––preguntó Lisa una vez más.

––Te lo ruego, Lisa ––imploró de nuevo Irene.

Una última reverencia…

Lisa se inclinó sobre Alejandra, quien apenas una hora antes le había dicho a su madre que cuando fuese doctora atendería también a los adictos y a los mendigos. Eso sí; sin darles una chupeta hasta que quisieran bañarse y ponerse ropa limpia.

El evasivo gorrión tatuado ––antes de desmayarse, Irene lo reconoció–– alzó vuelo en el brazo que sostenía la daga de cristal.

––¡Mamaaaá!

En una fugaz pirueta el gorrión descendió velozmente.

La sangre cubrió por completo los ojos de Irene. Lo rojo llegaba antes que la oscuridad. Cae el telón…

 Una última ovación…

Gritos de dolor.

El gorrión negro alzó el vuelo y descendió

Aplausos…

Gritos de terror.

Una vez más, el gorrión subió…

Aplausos…

Gritos de Rabia.

Y una vez más, descendió…

Silencio.

La función había terminado.

IX

Sus manos se encontraban pegajosas, y un olor metálico inundaba sus fosas nasales. Al tratar de voltearse, diminutas tenazas al rojo vivo parecían arrancar la piel de la parte posterior de su hombro derecho. El charco de sangre bajo ella tenía la consistencia viscosa del almíbar formando un circulo casi perfecto que se extendía por debajo de su pecho. Apoyándose en sus antebrazos logró sentarse en el preciso momento en que el violento mareo la obligó a inclinarse hacia delante vomitando parte del desayuno a medio digerir. El terrible dolor de su frente se incrustaba en el centro de su cabeza amenazándole con hacerle perder nuevamente el conocimiento. A cierta distancia de la ventana, el cuerpo sin vida del drogadicto a quien ella conocía simplemente como «José» gritaba un grito mudo desde la oscuridad de su boca desencajada mientras la observaba a través de la albura de sus ojos ciegos.

Los recuerdos de las últimas dos horas irrumpieron con crueldad en el transitorio ensueño de Irene cuando esta distinguió la sangre encostrada alrededor del cuello cercenado de José, cuya atroz herida le sonreía con sus labios descarnados. Ignorando los tormentos de su propio cuerpo, llamó a su hija con todas las fuerzas que le quedaban…

––¡Alejandra! ¡Alejandra! ¡Alejandra!

––…

––¡Alejandra! ¡Alejandra!

––…

––¡Alejandra!…

Un sonido leve, aunque contundente, respondió a sus gritos desde la planta superior en donde se encontraba su dormitorio… y el de Alejandra.

«Top»…, «top»…, «top»…

El tacón desgastado de un zapato (viejo y mugriento) anunciaba cada uno de los pasos (del pie izquierdo) que ahora descendían por las escaleras.

––¿!Alejandra!?…

«Top»…, «top»…, «top»…

––Jeee…, jeee…, jeee…

Fue en ese instante, al escuchar su lasciva risa, cuando Irene supo que el mendigo acababa de estar con su hija; con su pequeña niña de seis años, vejándola de cientos de maneras inconcebibles mientras lamía con su hedionda lengua la sangre que rezumaban las heridas hechas en su rostro con el trozo de cristal empuñado por la furia de una adicta. Quizás… mientras lamía la sangre de las nuevas heridas que él había abierto en su carne ultrajada.

«Top»…, «top»…

––Jeee…, jeee…

La sombra del mendigo comenzó a deslizarse desde el pie de la escalera. Su brazo izquierdo se apoyaba en el pasamanos tratando de equilibrar el peso que su deforme pie era incapaz de mantener. En ese instante, cuando la oscura silueta estuvo a punto de revelar a la carne bajo la cual moraba, Irene vislumbró una forma fálica imposiblemente gruesa y alargada entre las piernas de aquella aparición.

«Top»…, «top»…

Por segunda ocasión el miedo de Irene se escurrió por sus muslos, diluyéndose en un pequeño charco ámbar que se entremezclaba con el rojo ya reseco formado por su sangre. Pero esta vez no se escondería tras la puerta… Esta vez, dejaría que el pordiosero introdujese su inmunda monstruosidad en su interior. Dejaría que acercara su abominable rostro lo suficiente como para percibir su fétido aliento; y entonces… solo entonces, hincaría sus dientes en el grasiento pellejo que recubría su garganta hasta abrirle una úlcera sangrante como aquella por la cual se había vertido la vida del adicto que yacía muerto delante de ella. Solo entonces, cuando tuviese su aborrecible rostro encima del suyo, le clavaría las uñas en su odioso ojo hasta arrancárselo de cuajo.

En aquel febril ojo sanguinolento que la observaba en esos momentos…

––¡Amgmá! ¡Mamá!… ¡¿Estás bien?!

Alejandra caminó hacia su madre cojeando de la pierna izquierda. Su vaporosa falda azul cielo se encontraba desgarrada a causa de múltiples cortes a la altura de su rodilla, encima de la cual florecía una inquietante rosa púrpura difuminada en el celeste asedado. El paraguas negro en el cual se apoyaba descansaba entre su piernas con la punta metálica orientada hacia el piso.

Irene contempló a su hija/mendigo…

––Mamá… no te asustes. No me duele mucho.

(Pero lo peor era el rostro en si mismo) Un profundo corte surcaba la inmaculada frente tiñendo su rostro en un velo de sangre coagulada. El segundo corte de la implacable cuchilla de cristal, algo más superficial y mucho más inclemente, cruzaba por encima de su ojo derecho cuyos párpados inflamados ocultaban al otrora zafiro azul exento ahora de fulgor y de vista.

El tercer corte…

––Mamá… he subido para llamar al «112» como me has enseñado. Este teléfono se rompió cuando te caíste…

El tercer corte abría en canal su (inconclusa media luna negra) mejilla izquierda, desde donde seguía fluyendo constantemente la sangre que empapaba la toalla que sostenía en sus pequeñas manitas mientras le hablaba.

––Mamá… no llores…, estoy bien… Estoy bien…

Irene no le respondió. En su mente seguía contemplando los tortuosos rasgos del pordiosero quien a partir de aquel día le sonreiría con los labios desfigurados de su hija, y la vería a través de su único ojo en un guiño eterno de desolación.

Minutos antes de que el tenue ulular de las sirenas irrumpiese en el monótono silencio estival, Alejandra se dejó caer en los brazos de su madre. Su carne esculpida con odio y cristal se escondía de un mundo hasta ahora desconocido para ellas. Un mundo donde madre e hija deberían aprender a bajar la mirada, pues con el paso del tiempo descubrirían que no existe nada tan insoportable como el inmisericorde rostro de la humanidad.

Copyright © 2017 Relatos de Gehenna

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