el_ultimo_invitado

El primer cuerpo que le vio coger fue el de Mónica. Desde su posición, recostada sobre un rústico sillón de mimbre con la cabeza ladeada hacia abajo, apenas era capaz de distinguir las botas montañeras de cuero negro calzadas por el hombre que acababa de dispararles. A unos metros de ella su hermana Sonia yacía boca arriba con los ojos abiertos, fijos en la nada hacía la cual se dirigía. La sangre manaba del ennegrecido agujero en su frente extendiéndose a través de las delicadas hendiduras de sus sienes.

Pese a sus sentimientos Beatriz no podía llorar por su hermana ni por sus amigos. De hecho, no podía tan siquiera moverse sin arriesgarse a que él se diera cuenta de que no estaba muerta. La herida en su brazo izquierdo le dolía terriblemente aún cuando la bala apenas la había rozado. No estaba segura si seguía sangrando, aunque notaba como su blusa de satén azul se adhería a la piel de su hombro y pecho totalmente empapada. Súbitamente, el estrepitoso ruido producido por los platos de cerámica al precipitarse contra el solido piso de madera hizo que se estremeciera de forma involuntaria. Su necesidad de saber lo que estaba ocurriendo fue tan imperiosa, que aún en contra de sus instintos y del terror que experimentaba, levantó levemente la cabeza.

El asesino había arrojado al suelo los platos y la cubertería despejando por entero la mesa del comedor donde tan solo unos minutos antes ella y Sonia, junto al resto de sus invitados, se encontraban cenando. El desconocido tomó en brazos el cadáver de Mónica dejándolo caer con indolencia sobre la mesa.

Cuando irrumpió por la puerta principal destrozando la cerradura de un disparo, Beatriz creyó durante el fugaz instante que divisó el rostro de su atacante, que se trataba de un hombre mayor con alguna clase de deformidad. Ahora se daba cuenta de que su cabeza estaba cubierta enteramente con una horrible máscara de látex, la cual emulaba los rasgos de un anciano cuya decrepitud se hallaba exagerada por repugnantes arrugas y profundas cicatrices que surcaban su piel de goma.

El hombre de espaldas a ella llevaba consigo una larga gabardina negra o marrón oscuro, confeccionada con algún tipo de tela impermeable que le cubría hasta las rodillas. Con él había traído un refinado bolso de cuero negro a juego con sus costosas botas. Del interior de este extrajo lo que a Beatriz le pareció un trozo de tela aterciopelada enrollada sobre sí misma de un color azul índigo brillante, atada en el centro con una cinta color magenta confeccionada en un tejido diferente. Con marcada parsimonia en su proceder, extendió la pieza de tela sobre una de las sillas de mimbre situadas alrededor de la acogedora chimenea. Un objeto metálico resplandeció brevemente en su diestra, mientras que con su mano izquierda sostenía una hoja de papel doblada por la mitad.

De pie, en un extremo de la mesa donde reposaba el cuerpo inerte, desplegó con suma delicadeza la hoja que resultó ser más grande de lo que Beatriz apreció en un primer momento. Haciendo uso de un pequeño soporte triangular similar a los caballetes acrílicos utilizados en los restaurantes para sujetar los menús, situó el pliego de papel enfrente de él. Beatriz pudo distinguir el dibujo de un muchacho desnudo sentado sobre un pequeño taburete de madera. Su imagen había sido retratada en carboncillo con una técnica exquisitamente depurada, la cual mostraba hasta los más mínimos detalles de su anatomía. Sus rasgos eran sumamente correctos. De hecho, quizás idealizados hasta un punto que bien podrían haber pertenecido a los de una hermosa mujer. Los hombros anchos formaban junto con la estrecha cintura un torso esbelto que contrastaba notablemente con las musculosas pantorrillas. Ambas manos, de dedos excesivamente largos y finos, descansaban sobre sus rodillas ligeramente separadas. En medio de estas, el erecto pene de dimensiones desproporcionadas se alzaba por encima de sus muslos en una pose tan ambigua en su sexualidad como vulgar en su erotismo. Aunque tal exageración de la masculinidad constituía un elemento discordante con la andrógina representación del resto de su cuerpo, dos componentes de toda la composición eran los que sobresalían de un modo inquietante: Los ojos y el taburete sobre el cual estaba sentado el apuesto muchacho compartían la misma tonalidad azul celeste. Ambos eran de hecho los únicos realizados en color.

De vez en cuando aquel hombre a quien el subconsciente de Beatriz bautizó como el «anciano», se detenía a cotejar el dibujo por unos segundos para luego proseguir con su siniestra labor. Beatriz no alcanzaba a ver lo que estaba haciendo con Mónica ya que esta se encontraba detrás de él. Aprovechando esta situación, buscó a su alrededor con la esperanza de que alguien más hubiese sobrevivido. A su derecha; Antonio, el esposo de Mónica, yacía en el suelo con la silla de mimbre en la que estuvo sentado tumbada sobre sus piernas. Similar a su hermana había sido asesinado de un disparo en la frente; mas a diferencia de ella en su rostro persistía una expresión de pánico congelada en el tiempo gracias a la llegada de una muerte tan violenta como inesperada. A unos cuantos metros la segunda pareja compuesta por Carlos y Raquel parecían dormir uno enfrente del otro. Las manos del primero se encontraban poco más abajo de su mentón en un vano intento por detener la sangre que manaba de su garganta destrozada por uno de los disparos. En aquella posición aparentaba rezar por una muestra de piedad, recitando una oración que jamás tuvo oportunidad de pronunciar. Cuando Beatriz se fijó en Raquel, descubrió sorprendida que tal vez Dios había escuchado esa última súplica de su esposo. Al igual que ella, Raquel se encontraba con vida.

Ambas se miraron mutuamente. Beatriz hizo un gesto de negación con la cabeza indicándole que permaneciese en silencio. Raquel no le respondió. En ese momento sus ojos llenos de terror observaban con fijeza algún punto en el suelo hacia el cual instintivamente Beatriz desvió su atención. Del borde de la mesa en donde el cadáver de su amiga era profanado con inusitada crueldad, gruesas hebras de sangre se precipitaban al vacío formando un charco perfectamente circular. Sobre este, dos bultos blancos sobresalían como pequeñas islas de níveas arenas rodeadas por un denso mar rojo. El horror que se apoderó de Raquel envolvió también con su helado manto a Beatriz, cuando esta distinguió la tersa aureola marrón de los dos pezones.

El anciano limpió la afilada hoja del bisturí quirúrgico con el cual había extirpado la femineidad de su primera víctima. A continuación extrajo de su bolso una llamativa lata de pintura en aerosol. Manteniéndose a la distancia precisa, roció de manera uniforme una de las sillas del pequeño salón-comedor cubriéndola con varias capas de color azul celeste. Al finalizar tomó entre sus brazos a Mónica, y con sumo cuidado amarró su torso al respaldo de la silla con un finísimo alambre de cobre semejante al utilizado en los carretes de las cañas de pescar. Beatriz y Raquel contemplaron entonces la obra del anciano. Los dos discos sangrantes en la mitad superior del torso de Mónica daban fe de la despiadada ablación de ambos senos. Similar al retrato en carboncillo, sus piernas estaban separadas con el fin de que se viese el enorme falo erecto de látex emergiendo de su vello púbico. Solamente la sangre que discurría por los muslos revelaba la crueldad con la cual su carne fue desgarrada por las pequeñas grapas de metal con las que el artificial pene permanecía adherido. El mismo alambre que la sostenía en la silla ataba sus manos alrededor de ambas rodillas. El rostro de Mónica había sido limpiado con esmero, despojándolo de cualquier rastro de maquillaje. Su cabello cortado al igual que el del joven del dibujo, estaba peinado hacia atrás ligeramente humedecido con algún tipo de gel fijador. Mas fueron sus ojos los que por alguna razón que Beatriz no era capaz de comprender pero si de sentir en sus entrañas, imbuían a la grotesca imagen de una delirante vitalidad. Encajadas a presión en sus cuencas vacías, dos canicas de color azul metálico imitaban la evasiva mirada celeste del modelo. El cálido brillo de la vida había sido sustituido por los fríos destellos reflejados sobre la bruñida superficie acrílica.

El anciano admiró por unos minutos su creación. De vez en cuando se acercaba para acariciar la tersa barbilla, o deslizar sus dedos por las dos enormes úlceras que sustituían a los pechos mutilados de Mónica. Finalmente, cortó los alambres de cobre que la sujetaban sentándose en la silla con el cuerpo sobre sus rodillas. En el absoluto silencio del bucólico atardecer en el Bosque de Moire, emplazado en las proximidades del municipio asturiano de Castrillón del mismo nombre; Beatriz pudo oír el ruido del cierre al deslizarse por la cremallera de los pantalones del anciano. Incapaz de mirar, cerró los ojos evitando presenciar el postrero acto de degradación perpetuado contra la que fuese su amiga por más de diez años.

Una vez saciado, el anciano volvió a poner a Mónica sobre la silla en la pose que ostentaba la musa objeto de sus fantasías. Nuevamente se dirigió hacía el elegante bolso de cuero cogiendo lo que a Beatriz le pareció un pequeño soplete similar a aquellos utilizados en la cocina. El intenso olor a piel y músculo quemados invadió la estancia a medida que el rostro de Mónica ardía bajo la azulada llama.

La grotesca obra no sería apreciada ni «usada» por nadie más.

Impotente, presenció como el anciano iba en esta ocasión a por su hermana. Beatriz inclinó levemente la cabeza para ver a Raquel. Esta continuaba inmóvil al lado de su marido procurando contener el llanto. Ahora ambas sabían que sin importar cuanto tiempo simularan estar muertas, tarde o temprano una de ellas sería la siguiente en convertirse en el oscuro fetiche sexual de su verdugo. Al ver a Sonia sobre la mesa del acogedor comedor, el miedo de Beatriz fue sustituido por una rabia que ardía bajo su piel con la febril intensidad de una enfermedad. Por unos insoportables instantes estuvo a punto de atacar al asesino que se preparaba para ultrajar otro cuerpo cuya vida había arrebatado. Fue en ese entonces cuando se percató que entre los fragmentos de porcelana y de la cubertería manchada con los restos de comida, dos cuchillos de acero inoxidable se hallaban a su alcance.

El odio que experimentaba Beatriz le permitió razonar con la suficiente objetividad para reconocer que tendría que enfrentarse al anciano. Pero a diferencia de lo que su arrebato de furia casi le impulsó a hacer, era consciente que no tendría ninguna oportunidad a menos que contase con ayuda.

Raquel no pudo evitar llevarse las manos a la boca cuando Beatriz se levantó del sillón, recogiendo rápidamente los dos cuchillos del piso. Sin apartar la vista del hombre que iniciaba la humillante vejación, esta vez con el cuerpo de su hermana; tendió su mano hacia Raquel sosteniendo en ella una de las improvisadas armas. La aterrada mujer permaneció inmóvil acurrucada sobre la sangre de su esposo. Beatriz se volteó hacia ella flexionando y extendiendo con rapidez su brazo en un brusco y significativo ademán. En su rostro, Raquel vislumbró aquello que Beatriz no podía expresar en voz alta. Percibió el mismo temor y angustia que sentía ella; pero también reconoció en su acto la única opción posible, la única que debía de ser tomada. En esta ocasión Raquel se levantó lentamente cuidando de no producir el menor ruido. Sus manos temblaban tanto que Beatriz no estaba segura de que pudiese sostener el cuchillo. Desde el borde de la mesa, la sangre se precipitó nuevamente cubriendo de rojo los pechos cercenados de Mónica. Beatriz apretó con fuerza la empuñadura de su arma dirigiéndole una postrera mirada a Raquel antes de avanzar.

––Me preguntaba hasta cuando esperaríais…

Las palabras del anciano sonaron distorsionadas a través de la máscara. Raquel profirió un gritó extremadamente agudo, retrocediendo unos pasos hasta tropezar con el cadáver de su esposo. Paralizada por la sorpresa, Beatriz rápidamente fue consciente de que él siempre había sabido que estaban fingiendo. Su aparente desconocimiento obviamente conformaba parte de aquella retorcida charada. Con los movimientos comedidos de un actor teatral, el anciano se volteó gradualmente manteniendo en su diestra ensangrentada el bisturí con el que Beatriz estaba tan familiarizada gracias a su profesión. Su espantosa careta de decadente decrepitud estaba manchada con múltiples salpicaduras de sangre.

––¿Quien de vosotras quiere ser la siguiente…?

––¿Quién de vosotras va a ser mi Darío?

Ya no había esperanza para ellas. Tan solo quedaba por decidir como morirían. Beatriz se odió a sí misma por no poder refrenar las lágrimas mostrando de una forma tan vergonzosa su debilidad. Al mismo tiempo, una clase de temor diferente le hacia cuestionarse en aquellos cruciales momentos si al final sería capaz de conservar su dignidad. Dentro de los dos pequeños orificios perforados en el centro de los blancos ojos ausentes de iris, el hombre tras la máscara parecía percibir sus dudas.

––Tan solo quiero vuestros cuerpos ––enfatizó el anciano, señalándolas con la filosa cuchilla de acero como si fuese una extensión de su dedo índice––. Os doy la opción de iros con vuestros amigos. Tenéis la llave de salida en vuestras manos.

Por unos instantes ambas mujeres intercambiaron miradas sin comprender el ofrecimiento del anciano.

«Tenéis la llave de salida en vuestras manos», se repitió Beatriz mentalmente; hasta que la evidente respuesta resplandeció ante ella al igual que lo hacía la fría hoja aserrada que se hallaba en su mano. Los sollozos de Raquel le confirmaron que ella también había llegado a la misma conclusión.

––¡Ven a por nosotras, asqueroso bastardo! ¡Ábrenos tú mismo la maldita puerta! ––le gritó Beatriz dominada por la ira. El asesino de su hermana no solo les pedía que se rindiesen sin luchar, sino que además abandonasen voluntariamente este mundo entregándole sus cuerpos para que él pudiese culminar su «obra».

––Si voy a por vosotras os «transformaré» mientras aún estéis conscientes. Haré que vuestra agonía se prolongue por toda la noche.

La amenaza del anciano era tan terrible como real. Beatriz era consciente que aún entre las dos tendrían muy poca probabilidad de vencerle. Además de su altura y de su complexión robusta; gracias a la gruesa chaqueta de piel que cubría su torso y a la máscara de látex que hacia lo mismo con su rostro y cuello, todos sus puntos vulnerables se encontraban protegidos; o al menos aquellos que pudiesen ser heridos por los pequeños cuchillos de mesa. Y no solo tendrían que herirlo, sino inutilizarlo de tal modo que no estuviese en condiciones de seguirlas hasta los coches que permanecían aparcados a un lado de la cabaña. El anciano en cambio nada más necesitaba alcanzar a una de ellas con su filoso escalpelo para que la otra no tuviese la menor oportunidad.

La puerta ubicada detrás del anciano constituía para ellas el escape de aquella humillante muerte, o la entrada a horas de interminable sufrimiento a manos de su cruel captor. Aquella puerta era su única…

No… no lo es, se dijo mentalmente Beatriz, al acordarse repentinamente de la existencia del sótano. Despacio, sin apartar la vista del anciano quien seguía esperando su respuesta, se aproximó a Raquel.

––Escúchame ––le susurró al oído, cogiendo su temblorosa mano entre la suya––… Allí está la entrada al sótano donde Antonio ––por un momento se detuvo al pronunciar el nombre de quien había estado casado con su amiga durante más de quince años. Raquel tampoco pudo evitar ver brevemente el cadáver de su esposo el cual parecía continuar rezando por ella–– … donde Antonio guarda el vino. Me acuerdo cuando bajé con él antes de cenar que la puerta es de metal, y las paredes son de piedra sólida. Si logramos llegar hasta allí estaremos a salvo.

––¿Pero… pero que haremos si logramos llegar? ¿Qué haremos encerradas en un sótano? ––le preguntó Raquel con desesperación. Su piel transpiraba pequeñas perlas de sudor frío que expulsaban al exterior el miedo a través de cada poro de su piel.

––¡Eso ahora no importa! ––le respondió Beatriz cuidando de no alzar la voz, apretando con mayor fuerza aquella mano húmeda y helada–– Lo que sé es que si no lo intentamos tendremos que escoger entre luchar contra él o suicidarnos delante de él.

Raquel observó al anciano quien seguía impasible esperando a que tomasen una decisión. El rímel se había corrido de sus largas pestañas formando un extraño y a la vez hermoso antifaz que resaltaba el color miel de sus ojos.

––No puedo arriesgarme, Beatriz. Tengo que asegurarme que no me hará eso mientras esté con vida. Lo siento.

A pesar de que sus manos seguían temblando, el semblante de Raquel reflejaba la tranquilidad que su elección le había otorgado. Beatriz no insistió. No podía obligarla a que se enfrentase al anciano siempre que hubiera la posibilidad de que fuese torturada brutalmente hasta que su martirizador así lo decidiese. Colocándose frente a ella, de espaldas al anciano, Raquel le dio un beso en la mejilla.

––Te ayudaré todo lo que pueda. No dejes que te atrape con vida.

Levantándose la falda de lana entretejida que siempre vestía cuando visitaba la cabaña, Raquel presionó con ambas manos enterrando la punta del cuchillo en la parte anterior de su muslo izquierdo; empujando inmediatamente después hacia el lado contrario, seccionando la arteria femoral superficial. El fino e intermitente chorro de sangre salpicó las botas de piel color beige de Beatriz antes de que Raquel volviera a bajarse la falda. Desde la facultad de medicina, ambas habían conservado su amistad a lo largo de sus prometedoras carreras como pediatras en la clínica privada de San Ezequiel, ubicada en la ciudad de Oviedo. En un día perdido entre sus recuerdos mas ahora hallado en aquella terrible encrucijada de sus vidas, habían conversado acerca del suicidio. Beatriz le había confesado a Raquel que su temor a cualquier clase de dolor físico solo le dejaba dos opciones: Una sobredosis con las muchas drogas que ambas conocían, o el desangramiento perforando cualquiera de las dos arterias con mayor irrigación sanguínea. En el hermoso ocaso de aquel atardecer estival, rodeadas del monótono ulular del viento que acariciaba la rústica cabaña donde se encontraban, Beatriz sonrió al darse cuenta que su mejor amiga todavía recordaba la primera de las dos arterias que ella había escogido.

Dedicándose una última mirada, avanzaron nuevamente hacia el anciano quien aguardaba inmóvil ignorando que una de ellas se encontraba ya agonizando.

II

Raquel fue la primera en lanzar su ataque. El anciano utilizó su brazo a manera de escudo, sobre el cual la pequeña hoja dentada apenas rasguñó la voluminosa chaqueta compuesta por resistentes capas de tejidos sintéticos. Acercándose aún más, Beatriz trató de clavarle su cuchillo en la arrugada garganta de látex; pero la reacción del anciano fue lo suficientemente rápida como para eludir el golpe inclinándose levemente hacia el lado contrario. El brazo de Beatriz prosiguió su trayectoria describiendo una parábola al no encontrar ninguna resistencia, dejándola brevemente en una posición vulnerable. Con apenas tiempo suficiente para echarse hacia atrás unos cuantos milímetros, Beatriz sintió como la filosa hoja de acero del bisturí atravesaba limpiamente su mejilla derecha a la altura de la boca, oyendo claramente el sonido seco producido al chocar el fino metal contra una de sus muelas. El lacerante dolor hizo que sus ojos se le humedecieran casi de inmediato distorsionando su visión por unos segundos.

La persistente perdida de sangre comenzó a hacer efecto en Raquel. Se sentía mareada y extremadamente cansada. Muy pronto entraría en shock y ya no podría hacer nada por ayudar a Beatriz. Cogiendo la empuñadura de madera con ambas manos, hizo el ademán de querer herir al anciano a la altura del pecho. Cuando estuvo a su alcance sin embargo, se lanzó hacia adelante hundiendo el cuchillo hasta la mitad de la hoja en su pie derecho. El ronco grito que profirió el perverso extraño disipó el aura de inhumana maldad que irradiaba su horrible disfraz de decadencia. Beatriz aprovechó la situación para asestar un golpe dirigido en esta ocasión al estomago. Su frágil muñeca impactó sin embargo contra el ancho antebrazo del anciano, cayéndosele el cuchillo al vacío.

La sangre se acumulaba en su boca obligándola a escupir continuamente para evitar atragantarse con ella. Desarmada, Beatriz presenció impotente como el anciano propinó un brutal puñetazo en el rostro de Raquel. De alguna forma esta resistió abrazada a su pierna el tiempo necesario para dirigirse a ella una última vez:

––Corre… No podemos con él. ¡Vete ya!

Sin dudarlo ni un instante, Beatriz corrió hacia la puerta que conducía al sótano. El anciano hizo el ademán de seguirla pero Raquel sujetó la empuñadora de madera que sobresalía de su férrea bota, retorciéndola hacia dentro con todas sus fuerzas. El anciano cayó de rodillas.

Después de cruzar el oscuro umbral, Beatriz escuchó un gemido entrecortado y luego silencio. Raquel estaba muerta, y el anciano iba en pos de ella.

La puerta del sótano se encontraba entreabierta mas no había llave de ese lado de la cerradura. Sin detenerse en encender las luces, Beatriz la cerró de inmediato aferrando el pomo con su mano derecha mientras que con la izquierda trató de hacer girar la llave.

Solo que tampoco había llave a ese lado de la puerta.

«No puedo arriesgarme a que me haga eso mientras esté con vida»

Las palabras de Raquel se repitieron en su mente anticipando el horror que le aguardaba; un suplicio ante el cual su entrañable amiga había preferido escapar a su propio sótano donde otra clase de oscuridad la aguardaba. Al presionar el interruptor de la luz, Beatriz se dio cuenta de que ella misma había caído en una trampa. El estrecho corredor que se extendía frente a ella se ampliaba en un espacio cuadrangular de paredes de piedra, en las cuales se hallaban adosados decenas de estantes modulares de estructura hexagonal sobre las que reposaba la colección de vinos de Antonio. En la parte superior de la pared frontal a ella, un equipo de climatización se encargaba de mantener las condiciones de temperatura y humedad entre los rangos óptimos.

No existía ninguna forma de escapar de aquella madriguera de piedra y cemento.

Desesperada; Beatriz buscó la llave en el suelo con la esperanza de que esta se hubiese caído de la cerradura. Entonces frente a ella, en el segundo estante al fondo del sótano cual cruel broma, las vio colgando de un cordel de pabilo junto a un antiguo sacacorchos de bronce. Arriba, las pisadas del anciano hicieron rechinar los viejos escalones de madera que conducían al sótano. Beatriz se asió con todas sus fuerzas al pomo esférico siendo consciente que no serviría de nada. La sangre seguía fluyendo del profundo corte en su boca, y la cabeza le dolía terriblemente. En unos segundos su perseguidor abriría la puerta y mutilaría sus partes íntimas a lo largo de toda la noche; quizás incluso, sabría como alargar su agonía durante días si así se lo proponía.

«No puedo arriesgarme a que me haga eso estando con vida»

Tal y como lo supuso, el pomo de color cobre plomizo empezó a moverse hacia el lado contrario a pesar de sus esfuerzos. Beatriz gritó desesperada abriendo aún más la herida de su mejilla. La sangre se deslizaba por su cuello hasta llegar al incipiente surco que dividía sus pechos.

El pomo giró completamente.

Beatriz se volteó apoyando su pie contra la pared del estrecho corredor. La puerta cedió unos centímetros ante el fortísimo golpe proveniente del otro lado. Un nuevo alarido de terror escapó de su garganta al sentir la salvaje vehemencia con que la locura arremetía. Sin pensar en lo que hacía, se dejó caer apoyando ambos pies en la húmeda pared de piedra con el fin de empujar con mayor fuerza. Tras ella, la voz deformada del anciano se coló por la angosta abertura.

––¿Quieres jugar, Beatriz…? Cuando entre voy a jugar contigo. Jugaré hasta que te rompas y ya no pueda arreglarte.

De repente la puerta se cerró. La espalda de Beatriz se inclinó hacia atrás quedando enteramente apoyada contra la fría superficie de metal. Antes que comprendiese lo que la maldad acechante al otro lado pretendía hacer, la puerta se abrió y cerró con brutal violencia impactando contra sus hombros y espalda como si se tratase de un gigantesco mazo. Sus gritos se fundían con el intenso sonido hueco de cada golpe, incrementándose la tensión en sus rodillas al igual que el constante dolor de su cadera. Sin importar cuanto luchase, nada más era cuestión de segundos antes de que el anciano lograse atravesar el umbral.

«Voy a jugar contigo. Jugaré hasta que te rompas y ya no pueda arreglarte»

A sus pies, apenas visible ahora que se encontraba de frente a la pared, una escoba permanecía oculta entre las sombras. Su mango era metálico y corto, de apenas unos 100 a 110 cm de longitud; y el cepillo estaba compuesto por resistentes cerdas de crin. Encima de ella, Beatriz distinguió una muesca en forma de «c» invertida que rodeaba la cerradura. La esperanza llegó tan de improvisto como su desesperada idea.

Solo tendría una oportunidad…

«¡Bamm!»

Una vez más la puerta se abrió varios centímetros. Una vez más, su espalda recibió el atroz impacto.

La puerta se cerró…

«¡Bamm!»

La puerta se abrió sacudiendo su cuerpo. Sus piernas comenzaron a ceder.

La puerta se cerró…

«¡Bamm!»

La puerta logró abrirse lo suficiente para que la luz del exterior anunciase la oscuridad que traía consigo.

La puerta se cerró…

Beatriz se arrodilló cogiendo la escoba tan rápido como pudo. No tendría tiempo de retornar a la misma posición. Si la longitud del mango no era suficiente, o por el contrario era mayor que la distancia entre la puerta y la pared, todo habría acabado.

El anciano se abalanzó una vez más.

Beatriz colocó el extremo del mango en la muesca.

El delgado cilindro de metal tembló en sus manos cuando la puerta se abrió. Pero esta solo lo hizo un par de pulgadas, en parte debido al espacio cedido por las cerdas del cepillo. Beatriz aferró fuertemente el mango cuidando que el extremo no se saliese de la pequeña depresión formada por el singular ornamento, ante las continuas acometidas del anciano. La puerta se cerró y abrió repetidas veces amenazando con desplazar hacia un lado la improvisada tranca.

Mas no fue así.

Del angosto espacio que quedaba entre el marco y el borde de la puerta, los dedos manchados de sangre del anciano recorrieron su borde de arriba hacia abajo. Al llegar al suelo, se hundieron en la húmeda tierra que lo cubría para luego desaparecer.

El dolor en su cuello y hombros era atroz. Beatriz respiró hondamente obligándose a tranquilizarse, estirando las piernas con el propósito de relajar los músculos de sus pantorrillas y muslos. Las bisagras de la pesada puerta estaban ubicadas hacia dentro y eso hacía virtualmente imposible que él pudiese atravesarla, siempre y cuando ella conservara la calma. Por desgracia, debido a que los escalones que bajaban al sótano no se situaban frente a la puerta sino a la derecha de esta, no tenía como cerciorarse de si el anciano se había marchado o si estaba aguardando en silencio al otro lado. No podía arriesgarse a buscar las llaves las cuales se encontraban a menos de diez metros de ella. Tampoco podía soltar el mango de la escoba o el monstruo disfrazado de hombre la transformaría en el andrógino objeto de su enfermiza adoración. Y lo haría estando ella consciente.

Habían pasado unas cinco horas según marcaba su sobrio reloj de pulsera Rado; regalo de su marido para su veinteavo aniversario. Hacía aproximadamente una hora que Beatriz había defecado sobre sus bragas, las cuales arrojó lo más lejos que pudo cuidando de sujetar el mango metálico de la escoba en todo momento con al menos una de sus manos. También había orinado dos veces, humedeciendo la tierra que rápidamente absorbió el ambarino charco formado en la superficie. La puerta no se había movido desde que los dedos del anciano recorrieran su borde. Los guantes de látex que los cubrían eran similares a los usados por los cirujanos, al igual que el bisturí de acero inoxidable. No había reparado en ello, pero cabía la espeluznante posibilidad de que aquel asesino disfrazado de senil depravación trabajase como ella en un hospital o una clínica.

Aunque el dolor en su cadera y muslos había mermado notablemente, Beatriz se sentía terriblemente agotada a causa de la inmensa tensión soportada y a las horas que llevaba de pie sin cambiar de postura. No tenía hambre pero se encontraba sedienta. El haber logrado evitar que el anciano entrase significaba que tan solo había postergado lo inevitable. Nadie esperaba noticias suyas hasta por lo menos dentro de dos semanas. Conociendo el carácter frívolo de su esposo Roberto, sabía que este esperaría a llamarla cuando le faltase un día para llegar junto con su hijo Jorge al cual recogería dos días después de finalizar sus exámenes trimestrales. A sus 22 años, su hijo cursaba el sexto semestre de ingeniería informática y como era normal en un joven de su edad, no acostumbraba a comunicarse con sus padres excepto que necesitase dinero. Las únicas otras personas preocupadas por ella, incluyendo a su hermana y a Raquel, se encontraban muertas en la planta de arriba. Hasta dentro de dos semanas como mínimo nadie arribaría a la apartada cabaña.

Sin poder evitarlo Beatriz empezó a llorar. Obviamente no resistiría catorce días más sin dormir ni beber, sosteniendo el mango de una vieja escoba. Todo estaba a favor del cruel asesino quien tenía el tiempo de su lado. Este solo debía esperar a que ella desfalleciera de cansancio o por la falta de sueño. Y entonces empujaría la puerta.

Y entraría a por ella.

Entraría y la amarraría a la mesa ensangrentada del comedor. Luego la torturaría por horas, quizás por días; porque así se lo había prometido. Finalmente la mataría y mutilaría, realizando con sus restos un último acto de ultraje. Dentro de dos semanas Jorge y Roberto descubrirían su cuerpo convertido en la aberrante musa de su asesino, junto con el resto de cadáveres desfigurados con la misma enfermiza saña. Al pasar los años ella sería recordada por su hijo no por lo que fue, sino por la horrenda imagen que la obra del anciano grabaría en su memoria. Una de las muchas «creaciones» que seguramente ya habría realizado y proseguiría repitiendo hasta que alguien lo detuviese.

Todo su sufrimiento; la inimaginable agonía que le esperaba, solamente significaría unos cuantos minutos de placer para el hombre que había asesinado a Sonia, y que jamás sería castigado por ello. La absurda aleatoriedad de este mundo los había elegido a todos ellos para que su existencia se redujese a saciar los depravados deseos de su asesino. Todos sus actos y los hechos que se desprendieron de estos, la habían conducido a ese sótano; a un húmedo rincón del mundo donde los instantes finales de su vida serían definidos por el más abominable de los tormentos.

Sin embargo esto no tenía porque ser así. Ella no tenía que morir a manos de aquel sádico disfrazado de su propia corrupción. Aún existía un modo de eludir tan terrible final. Podía coger el cuchillo que se encontraba en el suelo a menos de medio metro de ella. No importaba si el anciano entraba en ese preciso momento, dispondría del tiempo suficiente para cercenarse la yugular con los bordes aserrados de acero inoxidable. Se desangraría en segundos y moriría rápidamente sin transitar por el horror del purgatorio. El anciano se tendría que conformar con un monigote de carne y sangre que desecharía antes de irse en busca de nuevas víctimas.

¿Pero qué sucedía si no se marchaba?

No existía ninguna razón para que el anciano se fuese una vez que la hubiese transfigurado en la idealizada imagen de «su Darío». De hecho, podía esperar por Jorge y Roberto disparándoles apenas entrasen en la cabaña. Incluso mantendría con vida a Jorge quien era un joven alto y hermoso, cuyos ojos azules se asemejaban a los del lascivo retrato. Su hijo, que al igual que su padre no profesaba la fe Cristiana en la cual fue criado, conocería un infierno que tampoco creía en la inocencia ni la piedad. Su encuentro con el anciano se convertiría en el acontecimiento más transcendental de sus vidas, ya sea que murieran bajo su mano o con suerte solo tuvieran que confrontar el legado de su obra: la dantesca escena de cuerpos putrefactos envilecidos con vulgares juguetes sexuales cosidos a ellos, obligados a ver el mundo que abandonaron tan atrozmente a través de la azulada opacidad de sus ojos de cristal.

Ella y su familia en cambio, así como las dos parejas que tuvieron la desgracia de ser sus amigos, comprenderían para el anciano una parada más en su inerrable travesía de perversidad. Probablemente con el paso de los años puede que hasta él los olvidase; recordando a manera de anécdota a aquella mujer que logró encerrarse en un sótano después de hacerse pasar por muerta mientras escuchaba como descuartizaba y violaba el cadáver de su hermana.

Por segunda ocasión Beatriz fue presa de un cruel sentimiento que trascendía el mero odio, cuyas raíces penetraban en emociones mucho más complejas. Aquel inmisericorde asesino que desfiguró a Sonia le haría algo aún peor a su hijo, y ella solo pensaba en ocultarse; en coger una botella de vino y degollarse con el aromático cristal ante el temor de enfrentarse a él.

Sus puños apretaron con fuerza el mango metálico de la escoba hasta que sus nudillos palidecieron. Hasta que escuchó la voz de Raquel…

––¡Beatriz!…, ¡Beatriz!…

Al principio creyó que lo estaba imaginando. Que su mente trastocada por el miedo y el cansancio le hacía escuchar una voz que sonaba con la misma angustia de Raquel cuando a los pies de su asesino esta le gritó que huyese.

––¡Beatriz… por favor!…, ¡abre la puerta! ¡Él vendrá en cualquier momento!

Las palpitaciones de su corazón se aceleraron con tal brusquedad que Beatriz sintió ahogarse en el vacío de su propio pecho antes de poder responder. No entendía lo que estaba sucediendo. ¿Cómo era posible que siguiese con vida después de lo sucedido? ¿Dónde se encontraba el anciano?

––¡Raquel! ¡Dime qué sucede! ¡¿Dónde está él?!

––¡No lo sé! ––respondió Raquel con la voz quebrada. La ansiedad desbordaba en cada una de sus palabras pronunciadas entre susurros––. He despertado hace unos minutos con un torniquete en mi pierna… No ha querido que muriese. Tú lo has escuchado… ¡Quiere hacernos esas atrocidades estando vivas! He oído unos ruidos afuera. Creo que está buscando algo con lo que abrir la puerta. Por favor Beatriz, déjame entrar… ¡Déjame entrar!

Beatriz no sabía que hacer. Del otro lado podía hallarse su mejor amiga sola, o por el contrario, tratarse de una trampa del anciano. Raquel se había sacrificado para que ella pudiese llegar hasta el sótano; pero también porque su terror a la posibilidad de ser torturada fue mayor que su deseo de vivir. Y ese terror podría ser el que ahora la obligaba a decir todo aquello; a engañarla para que dejase entrar al anciano quien estaría junto a ella con su bisturí ensangrentado en la mano. No tenía forma de cerciorarse; no sin arriesgarse a mover la escoba de su lugar lo cual le permitiría atisbar a través de la abertura existente entre el borde de la puerta y el marco empotrado en la solida piedra.

Por otra parte qué pasaría si estaba equivocada. Si era su propio temor el que la convencía de que Raquel mentía para no arriesgarse a dejarla entrar. Quizás su cobardía buscaba otra excusa para abandonarla por segunda vez con tal de no abrir la puerta aunque apenas fuese por un par de segundos.

––¿Por qué no has cogido alguno de los móviles y has llamado a la policía? ––le preguntó Beatriz, aferrando aún con mayor fuerza al mango de la escoba.

––¡Los ha destrozado todos! ¡He encontrado los restos esparcidos por doquier! Créeme Beatriz, ¡Por favor! ¡No te estoy mintiendo! ¡Él se encuentra afuera! ¡Se ha llevado el bolso negro con los escalpelos que trajo consigo, junto con los cuchillos y el resto de los cubiertos!

Beatriz permaneció callada. Su vergüenza rivalizaba con su absoluto terror.

––Por favor, Beatriz… Dame una oportunidad de regresar con mis hijos. ¡No quiero morir sin volver a verlos!

Un impulso nacido de su furia ciega la había llevado a enfrentarse horas antes al anciano, solo para comprobar cuan débiles e inútiles eran sus esfuerzos por luchar contra la inhumana fortaleza con que la locura dotaba a los hombres. Finalmente Beatriz comprendía lo que significaba tener miedo. Era perfectamente capaz de razonar; de reflexionar acerca de lo factible que era en efecto aquello que Raquel le decía. El anciano no conseguiría entrar sin la ayuda de algún tipo de herramienta o palanca, siendo lógico que la buscase dentro y fuera de la cabaña. Era totalmente verosímil que al descubrir lo que Raquel se había hecho a sí misma, hubiese retrasado su muerte con el único propósito de prolongar su agonía. Al verse sola, todavía con energía suficiente para levantarse, Raquel corrió hacía el lugar que habían acordado antes de enfrentarse al anciano.

Todo lo que decía era razonable… Pero Beatriz tenía miedo. Y ese miedo no atendía a razones ni a probabilidades. No sabía de amistad ni de súplicas. El miedo era por naturaleza egoísta. Solamente entendía de sobrevivencia por encima de cualquier concepto moral como el valor o la dignidad.

El miedo no reconocía a nadie, excepto a uno mismo.

Y Beatriz tenía mucho miedo.

––No voy a abrirte… lo siento ––sentenció Beatriz sin vacilación––. Si él está contigo nos matará a las dos. No habrá servido de nada el que yo haya logrado escapar.

Al otro lado, los sollozos de Raquel conformaron la afligida réplica a la decisión que Beatriz había tomado. Ella misma no pudo evitar llorar por abandonarla nuevamente. En esta ocasión, la voz de Raquel prescindió de toda emoción:

––¿Escapar?… ¿Eso es lo que has hecho realmente? Dime cuanto esperas soportar encerrada sin comer ni beber. Dime por qué estás de pie sin poder moverte ni siquiera para comprobar si estoy diciendo la verdad. No conseguiste las llaves pero si encontraste algo para obstruir la puerta, ¿cierto? ¿Cuánto esperas soportar parada sosteniendo lo que sea que tengas entre tus manos? ¿Cuánto resistirás sin dormir?

La ineludible verdad, aquella a la cual Beatriz llevaba horas evadiendo, sonó implacable en los labios de Raquel.

––No sé cuanto soportaré. Lo que si sé es que si abro y estoy en lo cierto, las dos moriremos ahora ––replicó Beatriz consciente de su cinismo.

No hubo respuesta por parte de Raquel. Su aversión por el anciano y por sí misma se iba incubando en Beatriz como un parásito que devoraba lentamente los fluidos de su cuerpo, creciendo un poco más cada vez que su cobardía se expresaba en su nombre. Al cabo de unos instantes sin embargo, Raquel volvió a hablarle.

––¿Tienes el cuchillo que cogiste aún contigo?

Beatriz vio instintivamente hacia abajo. En efecto, pudo distinguir el utensilio de comida parcialmente cubierto por la tierra.

––Si…, lo tengo conmigo ––respondió con parquedad.

––¿Podrías acercarlo con el pie hasta el borde? Intentaré cogerlo con los dedos.

Una vez más se apoderó de Beatriz la frustración que sintió al presenciar la muerte de su hermana, y el posterior acto de necrofilia cometido contra sus restos mortales. Ese parásito alimentado con la rabia que generaba su cobardía reptaba por sus entrañas con cientos de ardientes miembros clavándose en su interior. Utilizando la punta del pie derecho, empujó el cuchillo tal y como se lo pidió su mejor amiga.

––¿Qué vas a hacer? ––le preguntó Beatriz, degustando en sus labios la hipócrita retórica de sus palabras.

––Voy a terminar lo que comencé allí arriba… Como ya te dije antes, no permitiré que me coja con vida.

La fiebre de su vergüenza abrasaba el rostro de Beatriz. Ahora era Raquel la que le pedía enfrentarse al anciano y ella escogía aferrarse a unas pocas horas de vida, prolongando absurdamente lo inevitable. En la esquina inferior de la puerta, los frágiles dedos de Raquel palpaban el suelo en busca del utensilio de comida. Utilizando sus dedos índice y anular a manera de tenazas, cogió la fina hoja introduciéndola entre el reducido espacio.

––Raquel, espera…

No podía soportarlo más. Sin importar el riesgo, Beatriz estaba dispuesta a sacrificar a cualquiera que fuese necesario con tal de salvar su vida. La amenaza sobre su esposo e hijo era tan solo una escusa; una forma de paliar su conciencia mintiéndose así misma. No solo era absurdo pensar que resistiría dos semanas en aquellas condiciones, sino que carecía de todo sentido el suponer que el anciano se quedaría después de haberlos asesinado a todos. No era por su familia que no la dejaba entrar. De hecho; si ella moría, el anciano no tendría ninguna razón para permanecer en la cabaña al haber saciado sus enfermizos deseos. Si ella no ayudaba a Raquel era simplemente porque estaba aterrada.

––Quiero que vuelvas a pasarme el cuchillo por la rendija ––le pidió Beatriz––. Trata de tirarlo hacia la izquierda.

––No… no entiendo ––respondió Raquel evidentemente confundida.

––Si él está contigo haré lo mismo que tú, Raquel… No permitiré que me coja con vida.

Después de un breve silencio, Raquel le respondió con una sola palabra:

––Gracias…

Los largos y esbeltos dedos de Raquel volvieron a asomarse por la rendija al lanzar el cuchillo hacia el interior. El dorso de su mano quedaba oculto a los ojos de Beatriz, aunque algo en ellos llamó su atención. Algo que en el caso del resto de los cadáveres de las mujeres que yacían en la planta de arriba hubiera pasado desapercibido; pero que en Raquel constituía una característica personal que exaltaba su femineidad. Y era la ausencia de esta peculiaridad lo que despertó en Beatriz un vago sentimiento de inquietud.

––Raquel… ¿Qué le ha pasado a tus uñas?

––…

––¿Raquel?…

«¡Bammm!»

––¡Aaaaaaaah!

El fortísimo golpe hizo que el mango de metal vibrara entre sus manos. El extremo encajado en la pequeña «c» invertida estuvo a punto de salirse de las pequeñas aristas.

––¡Beatriz… Beatriz, por favor… abre la puerta! ¡Me ha arrancado las uñas! ¡Me las ha arrancado todas!

«El miedo no conocía de amistad o de súplicas… el miedo era egoísta»

Ira y desesperación convergieron en Beatriz junto con el enloquecedor dolor de cabeza que sofocaba sus pensamientos, sobrepasando lo que su mente y cuerpo eran capaces de soportar.

––¡Maldito asesino! ¡Déjala en paz! ¡Déjala en paz! ––gritó, consciente que sus insultos eran tan inútiles como las suplicas de Raquel. Al otro lado de la puerta, los gemidos de esta dieron paso a una voz tan ambigua como amoral:

––Todavía le queda suficiente sangre en su interior para resistir varias horas. Déjame entrar y os prometo que os mataré rápidamente. Abre la puerta o haré que esas horas se conviertan en toda una vida…, en decenas de vidas…

––¡Beatriz, te lo ruego! ¡Haz lo que te pide! ¡No dejes que me siga haciendo daño! ¡ Ábrela, por favor! ¡Hazlo!

Beatriz no respondió a ninguno de los dos. Apoyando el cilindro metálico contra su cadera para obtener una mayor estabilidad, inclinó el rostro hacia abajo con la esperanza de que el anciano no pudiese oírla llorar.

III

Arriba; desde algún sitio de la primera planta, los gritos infantilmente agudos de Raquel se fueron convirtiendo en roncos gemidos proferidos por una garganta inflamada a causa del incesante esfuerzo. Al no poder cubrirse los oídos con sus manos, Beatriz también gritaba procurando inútilmente opacar la agonía de Raquel. Fue poco después del mediodía cuando esta comenzó a proferir obscenos insultos, los cuales eran aún incluso peor que sus espeluznantes manifestaciones de dolor:

––¡Abre la puerta maldita, puta! ¡Ayúdame, asquerosa cobarde!

––¡Ayúdame maldita!

––¡Ayúdame…!

Las atrocidades que le estaba haciendo el anciano no solo desgarraban su carne, sino que también estaban despedazando su alma. El sufrimiento la había poseído como el más corrupto de los demonios, vociferando y maldiciendo a través de ella. Beatriz no podía hacer otra cosa que pedirle perdón en voz baja, esforzándose por que ella misma no perdiese la cordura.

En cada breve lapso de tiempo siguiente a los frecuentes desmayos, Beatriz rezaba para que el encarnizado castigo de Raquel hubiese terminado. Cuando la esfera de su reloj digital marcó las diez en punto de la noche, sus ruegos fueron al fin escuchados. Un último estertor brotó de los labios de Raquel después de que como había prometido el anciano, sus horas finales se prolongaran por una eternidad.

A pesar del ominoso silencio, los gritos de Raquel seguían sonando en su cabeza con la misma intensidad que los remordimientos lo hacían en su conciencia. Sin importar las veces que se repetía haber tomado la única decisión lógica, la culpa no dejaba de atormentarla. Preguntas que se formuló al entrar al sótano pero que no se había atrevido a contestar, emergían con invariable frecuencia en su mente:

¿A qué estaba esperando?

¿Porqué continuaba de pie en aquel húmedo recinto bajo tierra, aferrada a unos pocos días de desesperación?

¿Por qué se arriesgaba a transitar por el ignominioso martirio del cual acababa de ser testigo?

¿A quién maldeciría sino a ella cuando el anciano mutilase su cuerpo?

En la madrugada del tercer día de su encierro, el dolor en la planta de sus pies y en sus hombros no impidió que entrase en un estado de somnolencia, en el cual las voces de Sonia y las del resto de sus amigos llegaron a ella con vividez. Imágenes de un pasado reciente se mostraban con la realidad, y al mismo tiempo con la intangibilidad propia de las alucinaciones:

Se vio así misma abriendo la puerta de la cabaña junto con Sonia. Ya había oscurecido y al igual que todos los veranos en el Bosque de Moire, el bochorno del calor se extendía mucho después de que el sol se hubiera ocultado en el horizonte. Sonia le recordaba las botellas de vino que tenían que comprar a la mañana siguiente cuando fuesen al pueblo a por los víveres. Era lo primero que siempre le recordaba desde que comenzaron a venir hace ya quince años…

El timbre sonaba con monótona y repetitiva melodía. Raquel la saludaba con un beso en la mejilla mientras su esposo, Carlos, flirteaba con Sonia. Siempre hacía lo mismo cada vez que la veía, y Raquel siempre simulaba que no le importaba. Beatriz se alegraba de que hubiese venido. Era su mejor amiga desde la época de la universidad y ambas habían hecho todo lo posible para atesorar esa amistad a lo largo de los años. Antonio se sentó en unos de los confortables sillones de mimbre enfrente del televisor, dejando el equipaje en la entrada. La imagen borrosa de un partido de futbol emergió de la pantalla cuya superficie ondulaba con la evasividad hipnótica de un espejismo…

El grave sonido del claxon del todo terreno de Mónica la despertaba de un ensueño que no pertenecía a su alucinación, sino al estado de letargo que la embargaba en aquel trance. El reloj de la mesa de noche marcaba las ocho de la mañana. Beatriz se vio nuevamente girando la llave en el primero de los tres cerrojos que protegían la entrada. Felicia y su esposo Andrés entraron trayendo consigo la brisa tibia del exterior. Beatriz se sentía incomoda porque Roberto los había invitado ese año simplemente por tratarse de unos clientes muy importantes. Ambos eran mucho mayores que ellos y no cesaban de hablar acerca de los recientes escritores que su editorial había publicado, y de lo alegres que estaban de tener a Roberto como su abogado.

Se sentía cansada y le dolía la cabeza. No recuerda cuanto tiempo llevaba esperando a Roberto y a Jorge. Sonia se aproxima a ella diciéndole que no se preocupe, que no deben de tardar en llegar. Sonríe acariciándole el brazo derecho de arriba hacia abajo, y como tantas otras veces desde que eran niñas, Beatriz siente que es la única persona en el mundo que la comprende. Las figuras de los presentes se difuminaban en la oscilante luminosidad de la pantalla plana del televisor, excepto la de Sonia quien proseguía a su lado contándole alguna de las muchas anécdotas acerca de sus numerosas relaciones. Beatriz se sentía triste porque Roberto pasaba demasiado tiempo trabajando en la editorial, mientras que Jorge apenas la llamaba desde que había ingresado en la universidad.

Sonia caminó hacia la mesa del comedor dándole la espalda a Beatriz. La sangre se desbordaba por los bordes deslizándose a través de las rústicas patas de madera como una macabra enredadera carmesí. Beatriz la llamó; pero esta permaneció de espaldas ahora totalmente desnuda. La tristeza la embargaba porque sabía que su hermana estaba muerta. Estaba llorando porque antes, cuando la asesinaron, no pudo hacerlo. La amaba. Nunca había sido realmente consciente de hasta cuanto. No existía otra persona en el mundo con quien pudiese intimar verdaderamente; ni siquiera su esposo o su hijo eran capaces de entenderla, de aceptarla tal y como Sonia siempre lo había hecho. No obstante, todo aquello ya no importaba porque su hermana estaba muerta.

Cuando se volteó hacia ella, Beatriz distinguió las imágenes diminutas del televisor reflejadas en las dos canicas azules incrustadas en sus cuencas. Dos circunferencias sangrantes sustituían a la femineidad de su pecho en sardónica oposición al enorme falo de plástico adherido a su ingle por grapas oxidadas que le rajaban cruelmente la carne. Lentamente, Sonia caminó hacia ella. Cuando se encontró a su lado, le musitó con suavidad:

––Tienes que sujetarlo más fuerte, Beatriz… Él va a entrar…

La violenta sacudida la despertó de su ensoñación. El extremo del mango se había corrido hacia la derecha saliéndose por completo de la muesca de metal. La mano del anciano se aferraba al borde de la puerta la cual estaba abierta una pulgada más que antes. Beatriz intentó volver a enderezar la escoba jalándola hacia sí; pero la presión que ejercía el anciano era demasiado para ella. Súbitamente su antebrazo cubierto por el grueso impermeable se introdujo a través de la abertura, flexionándose rápidamente entretanto sus dedos palpaban la superficie. Si lograba alcanzar el mango de la escoba la puerta se abriría irremediablemente dando paso al inconcebible tormento. Un leve destello entre la tierra del suelo revelaba el cuchillo que seguía en el mismo lugar donde horas antes la desdichada Raquel lo había arrojado. En unos segundos el anciano lograría meter su brazo por completo.

Con la punta del pie, Beatriz empujó el cuchillo hacia ella. La puerta tembló con mayor fuerza haciendo que el mango se corriese a la izquierda unos milímetros más. El brazo del anciano penetró hasta la altura de su hombro elevando su mano hasta rozar el extremo superior del marco. Entonces, su brazo se deslizó con fuerza hacia abajo con la palma de la mano abierta tangencial a la puerta exponiendo de esta forma la menor área posible. Beatriz no contaría ni con el tiempo ni con la pericia suficientes para acertar a herirlo. Un leve golpe bastaría para eliminar el endeble equilibro del mango, y él lo sabía. Pero de hecho Beatriz también; y por esa razón en vez de atacarlo aguardó con sus nudillos apoyados contra la puerta manteniendo la filosa hoja hacia arriba.

La mano del anciano fue atravesada de lado a lado por el acero recubierto todavía con algunos restos de tierra. Su grito de sorpresa y dolor llenó de ecos el denso silencio del sótano. El reflejo instintivo de apartar el brazo fue tan apremiante que no tuvo el cuidado de voltear la palma de su mano. Al pasar esta por la estrecha ranura, el cuchillo quedó atrapado entre el marco y el borde de la puerta abriendo aún más la profunda herida. Beatriz reaccionó rápidamente embistiendo con todo su peso contra la dura superficie metálica, al tiempo que jalaba hacía sí el extremo del mango de la escoba con el fin de retornarlo a su posición horizontal dentro de la pequeña muesca. Esta vez el chillido agudo que profirió el anciano no pudo atenuar en su totalidad el chasquido producido al fracturarse el extremo distal de su muñeca. Presa del dolor que tanto placer le provocaba causar a sus víctimas, el anciano arremetió aún con mayor fuerza contra la puerta desplazándola hasta donde la escoba lo permitía, justo lo suficiente para retirar su mano con la afilada hoja aserrada todavía clavada en ella.

El furor de su pequeña victoria hizo que Beatriz olvidase por unos momentos el cansancio, dejándose llevar por la incontrolable furia que la dominaba:

––¡¿Te ha gustado eso, Bastardo?!

––¡¿Eres diestro, verdad?! ¡Hijo de puta! ¡Ya no podrás hacer bocetos de tu enamorado por una buena temporada, maldito cabrón!

Beatriz tensó brazos y piernas en espera de la inminente reacción del anciano. Los minutos pasaron arrastrándose pausadamente sin que nada sucediera. Cuando comprobó su reloj, se asombró al constatar que ya habían transcurrido cerca de tres horas. Por primera vez desde que aquel monstruo había irrumpido en sus vidas, la esquiva luz de la esperanza refulgió ante ella. Ahora el tiempo no solo estaba en su contra sino también en la del asesino que la asechaba. La herida producida por el cuchillo era algo que el anciano conseguiría sobrellevar vendándose la mano; mas la fractura de su muñeca era un tema totalmente diferente. El dolor lejos de ceder aumentaría con el paso de las horas, y si no inmovilizaba adecuadamente su mano y antebrazo podría incluso perder permanentemente la movilidad en los dedos. No era absurdo suponer que en esta ocasión para el anciano su presa no valía el esfuerzo de soportar semejante padecimiento, y menos aún poner en peligro un miembro que necesitaría para continuar con su grotesca obra.

Ella no significaba nada para él; sino otro objeto humano al que denigrar hasta satisfacer su deformado lívido. Una mujer más entre las muchas que llevaría asesinando desde hace años, y que seguramente continuaría haciéndolo hasta que algo o alguien se lo impidiese.

Alguien que Beatriz no estaba dispuesta a ser.

A su cuarto amanecer sin dormir, de pie sosteniendo el frio cilindro de metal que conformaba el mango de la escoba; Beatriz decidió que no esperaría por más tiempo. No había escuchado ningún sonido desde la tarde anterior; nada que sugiriese que el anciano siguiera en la casa. Pero tampoco algo que le dijese lo contrario. No había escuchado ningún vehículo alejarse de la casa aunque esto no significaba nada, ya que tampoco lo habían escuchado la noche que se presentó ante ellos portando su oscuro impermeable; cubriendo su rostro con aquella horrible parodia de exagerada senilidad. Pero de hecho ––y esta posibilidad la enloquecía––, el anciano podría haber contado con su miedo, abandonando la casa en sigilo para luego conducir hasta el hospital del pueblo. Una vez curadas sus heridas, regresaría a la cabaña confiando en que ella continuaría aferrada a una vieja escoba, paralizada por el terror.

Estuviese o no asechándola tras la puerta, ella ya no resistiría más tiempo sin desfallecer. Ahora contaba al menos con la ventaja de que el anciano se hallaba seriamente herido, imposibilitado de utilizar su brazo derecho. Si esto significaba una ventaja real o no para ella, tendría que arriesgarse y averiguarlo.

Con cierta dificultad ­­––sus propias manos parecían no querer obedecerle––, apoyó la escoba contra el muro de piedra apartándose de la puerta. Conteniendo la respiración, esperó unos segundos a que el anciano entrase de improviso portando la máscara pintada con la sangre de sus víctimas, blandiendo con su miembro sano el mortal bisturí de acero inoxidable.

Nada de aquello sucedió. El Silencio y la incertidumbre continuaban imperturbables ante sus acciones. Apretando el áspero mango de madera del cuchillo, se preparó a abrir la puerta justo cuando al otro lado escuchó un sonido mecánico; una especie de «clic» que de algún modo le resultó familiar.

Rápidamente colocó la escoba de nuevo en la pequeña muesca, sintiendo como literalmente el corazón perforaba su pecho. Sus brazos y piernas temblaban sin control, siendo en ese entonces cuando realmente fue consciente de cuan menguado se encontraba su valor. Tras la puerta, un corto y agudo pitido dio paso a las voces de Roberto y de Jorge:

––Haber… ¿Ya os habéis emborrachado todos? En fin… Queríamos sorprenderos al aparecer unos días antes; pero Jorge me recordó que probablemente todavía no habríais pasado por el pueblo. Llámanos cuando se os pase la mona y dime que traigo… Dentro un par de horas habremos llegado.

––¡Mamá!…, ¡quiero que me hagas las costillas al horno que me prometiste! ––se hoyó la voz de Jorge a cierta distancia del micrófono perteneciente al móvil de su padre–– ¡Es la única razón por la que soporto la música con que me tortura papa desde que salimos de casa! ––Ambos rieron al unísono sin reparar en la limitada duración que permitía memorizar la grabadora de voz del único teléfono fijo de la cabaña–– ¡Y acuérdate de decirle a tu hermana que se traiga a un novio que no le tenga fobia a ducharse! ––Más carcajadas se oyeron al otro lado de la línea hasta que un segundo pitido marcó el final del mensaje.

Una frialdad densa y viscosa fue deslizándose por la espalda de Beatriz cuando la voz del anciano corroboró sus peores temores:

––¿Cuál de ellas era? Espera… déjame adivinar… Claro; la pelirroja. En verdad os parecéis mucho. Yo también tengo una hermana menor. Ella me adora. Haría cualquier cosa por mi si se lo pidiese…

Las fuertes náuseas le provocaron una serie de arcadas que la obligaron a inclinarse hacia delante. Un fino hilo de bilis fue todo lo que brotó del estomago vacío de Beatriz.

––Apenas entren por la puerta mataré a tu esposo ––más que amenazarla, el anciano parecía afirmar un hecho inevitable––. Quiero dedicarme por entero a tu hijo. Es un joven muy hermoso. Entiendo porque presumes de él teniendo sus fotos repartidas por todo el salón para que tus invitados puedan verlas. Tiene unos ojos azules muy parecidos a los de alguien que una vez amé. Alguien que… bueno…, ya no está con nosotros.

––¡Maldito! ¡Voy a matarte! ¡Te juro que voy a matarte! ––gritó Beatriz con todas sus fuerzas, sin lograr controlar el temblor que sufría todo su cuerpo. La voz grave y pausada del anciano reverberaba allí abajo con los insidiosos matices de la maldad absoluta…

––No, Beatriz… No vas a abrir. No hay amor ni promesa que venza el horror que la amenaza del dolor provoca en nosotros. No abrirás porque el sufrimiento que sabes te causare si lo haces es mucho mayor a la devoción que profesas por tu familia. Voy a esperar a que llegue tu hijo. Lo ataré a la misma mesa donde «transformé» a tu hermana, y lo poseeré una y otra vez hasta que la última gota de mi deseo bañe todo su ser.

––¡Cállate! ¡Cállate maldi…to… maldito enfer…mo! ¡Voy a matarte! ¡Voy a…! ––Beatriz pretendió en vano reunir el suficiente aliento para pronunciar sus fútiles amenazas. Era la desesperación y no la valentía la que amenazaba por ella. El anciano prosiguió hablándole con su inalterable cadencia:

––Cuando me haya satisfecho, primero haré que tu hijo haga cosas que las mujeres solo hacéis por dinero. Luego… le haré hacer cosas que únicamente hacéis por miedo.

Beatriz fue incapaz de responder. Las sombras que anidaban con ella en el húmedo sótano durante los pasados cinco días habían consumido todo el aire que quedaba. Jamás en toda su vida había experimentado semejante pánico. Nunca creyó que algo o alguien pudiese atemorizarla de esa manera.

En su llanto había tristeza además de vergüenza; al igual que en las palabras del anciano había verdad entre toda su perversidad. Beatriz siempre supo que preferiría morir antes de caer en sus manos. Lo que no era capaz de concebir o simplemente de admitir, es que antes de sufrir las atrocidades que experimentó Raquel dejaría que cualquier otro tomase su lugar, aunque este fuese su propio hijo.

Tras la puerta, el tormento y la humillación encarnadas en un hombre disfrazado con la depravación que moraba en su interior, le hicieron una última propuesta:

––Voy a subir, Beatriz. Me sentaré a esperar a tu esposo e hijo mientras te escondes aquí abajo, aferrada a lo que sea que uses para obstaculizar la puerta. Puedes coger este bisturí en vez del cuchillo con el cual me has herido. No tienes porque escuchar las súplicas de Jorge. Cógelo y muere sabiendo lo que voy a hacerle. Cuando me harte de él le obligaré a que asesine a su padre. Al final le daré a tu hijo la misma elección que te ofrezco a ti. Y ya conocemos el camino que tomará… ¿No es cierto, Beatriz?

Un fulgor dorado se precipitó a unos pocos pasos de Beatriz. El metal pulido del instrumento quirúrgico relucía entre la tierra como un extraño meteorito en medio de un desierto de tierra húmeda.

––¿Crees en el infierno? Mi madre creía en que los suicidas tienen un lugar especial en él. Voy a cerciorarme que vosotros dos os volváis a reunir para que Jorge pueda preguntarte por qué no hiciste nada para salvarlo. Por qué ni siquiera lo intentaste. Sabes, Beatriz… estoy seguro que en el Infierno, de todos los pecados que avivan las llamas entre las cuales nos consumiremos, aquel fuego más ardiente está destinado al arrepentimiento.

Quizás, pensó Beatriz al escuchar lo dicho por el anciano, ella ya se encontraba en el purgatorio. En su frágil estado mental se cuestionó si había muerto como Sonia de un disparo en la cabeza. Tal vez todo aquello era una prueba. Un acto de contrición en el cual debía reconocer sus verdaderas emociones. En donde encarar una verdad aún desconocida para ella misma, sería la penitencia que debería de cumplir.

Los pasos del anciano retumbaron al subir los mohosos escalones de madera que conducían al sótano. Arropada por la tenue iluminación de la lámpara fluorescente del techo, Beatriz tomó su decisión. Ya sea que estuviese en el Purgatorio o en el mismo Infierno, su terror al anciano la había hecho ignorar los ruegos de Raquel durante su inimaginable suplicio. Su miedo la había hecho defecar y orinar sobre sí misma degradándose al nivel de un animal enjaulado. Pero por sobre todo los demás, su miedo la había hecho dudar acerca de la única elección posible para una madre.

En esta ocasión Beatriz no apoyó la escoba contra la fría pared de piedra detrás de ella. Cogiéndola por el extremo superior la arrojó al fondo de aquel sótano convertido en bodega, donde impactó contra uno de los estantes en los cuales doce botellas de vino se disponían cuidadosamente ordenadas según su año de cosecha. Poniendo la filosa hoja hacia abajo, introdujo el bisturí manchado con la sangre de Raquel y su hermana en el bolsillo derecho del pantalón. El cuchillo por el contrario, lo mantenía entre sus dedos cubiertos de llagas al tiempo que abría la sólida puerta de metal.

Arriba, al final de la escalera, la luz proveniente del salón se colaba por la entrada al sótano iluminando los tres primeros escalones. Los pies y la parte inferior de la espalda le dolían intensamente a causa de la gran cantidad de horas que había estado de pie en una vigilia que se había prolongado por más de cuatro días seguidos. Sin apartar la mirada de esos primeros escalones, se sentó en el piso extendiendo las piernas dentro de la reducida área rectangular de cemento. Respirando profunda y a la vez pausadamente, se concentró en lo que había planeado. Ante ella se presentaba un calvario que debería transitar hasta que vislumbrase su oportunidad. Si perdía la entereza, el anciano la obligaría a explorar regiones de la conciencia humana a los que antes de ella Raquel había viajado. Un territorio innombrable en donde ya no sería más Beatriz, sino una bestia carente de voluntad cuyo absoluto sometimiento le haría hacer y decir todo aquello que le ordenase su depravado amo.

Beatriz subió los desgastados escalones apretando inconscientemente la empuñadura del cuchillo con cada paso que daba. Sin molestarse en actuar sigilosamente ya que no habría ninguna diferencia si así lo hiciese, procedió a entrar en el pequeño salón comedor de la cabaña. A menos de un metro de separación de la estrecha puerta de madera contra enchapada, la mesa del comedor había sido movida con el fin de que ella escuchase los gritos de Raquel con mayor claridad mientras era torturada. Frente a Beatriz, el anciano la aguardaba sentado en una de las sillas de mimbre pertenecientes al acogedor comedor. El fétido olor proveniente de los cuerpos en descomposición parecía no afectarle en lo absoluto ya que no se había tomado la molestia de sacarlos fuera de la cabaña. Por unas fracciones de segundo Beatriz distinguió los cadáveres de Sonia y de Mónica atados a sus respectivas sillas. Los finos cables de cobre que las sujetaban desaparecían bajo las tensos pliegues de piel hinchada los cuales presentaban numerosas ampollas translúcidas de color rojizo. Las canicas azules que sustituían los ojos de Sonia se hallaban prácticamente ocultas en su rostro tumefacto, emitiendo un singular brillo que proporcionaba a sus facciones deformadas por la corrupción de la muerte de un cierto aire de melancolía; de íntima tristeza por haberse convertido en un grotesco esperpento incapaz de ayudar a su hermana mayor.

El anciano se levantó caminando hacia ella sin prisa, pues era consciente de que Beatriz no había subido para volver a encerrarse en el sótano. Elevando sus brazos lentamente, extendió los dedos de su mano izquierda. La derecha se encontraba envuelta en lo que a Beatriz le pareció tiras de una de las sábanas provenientes de su dormitorio.

––Sin armas ––puntualizó el anciano, en cuya voz se percibía al mismo tiempo satisfacción y rabia––… Te daré la oportunidad de matarme antes de que tu hijo sea mío.

Beatriz no le respondió. Se concentró en lo que vendría a continuación y de cómo su vida y la de su familia dependerían de la forma en que ella actuase durante los pocos minutos de lucha que fuese capaz de resistir. Cuando el anciano estuvo lo suficientemente cerca, le atacó con todas las fuerzas que le restaban…

IV

La filosa hoja describió una trayectoria circular que pasó a escasos centímetros del cuello exageradamente arrugado del anciano, quien retrocedió un paso evitando la mortal puñalada. Dos veces más Beatriz procuró alcanzar el rostro cubierto por el aberrante disfraz, y dos veces más el anciano esquivó sus ataques retrocediendo en el momento preciso. Sosteniendo el escaso aliento que le quedaba, Beatriz acortó la distancia entre ellos antes de lanzar su siguiente acometida. Esta vez sin embargo el anciano no retrocedió sino que por el contrarió, avanzó hacia ella cogiéndole la muñeca con extrema destreza. Antes de que Beatriz pudiese reaccionar la jaló hacia sí, y con otro hábil movimiento le golpeó el rostro usando el codo del mismo brazo con el cual la sujetaba.

El dolor fue terrible. Beatriz era enteramente consciente de él aún antes de caer de espaldas contra el suelo. Su labio superior había literalmente estallado, llenándosele la barbilla con la sangre que manaba del profundo corte. A pesar de la despiadada ofensiva del anciano, todavía conservaba el cuchillo con ella. Apoyándose con la mano libre, se paró con cierta dificultad escupiendo la sangre que se colaba por sus encías. El anciano la observaba en silencio. Beatriz no precisó ver a través de su inmunda máscara para saber que estaba sonriendo.

Ignorando su temor y las dudas que este alimentaba, se abalanzó de nuevo hacia él. El anciano utilizó el brazo revestido por la gruesa gabardina como escudo, haciendo que la punta aserrada dirigida a su pecho se desviase a la parte media de su hombro derecho llegando escasamente a rozarle la piel. Por unos instantes la hoja del cuchillo quedó enganchada en la resistente tela, lo cual el anciano aprovechó propinándole a Beatriz un fortísimo revés de mano. El áspero guante de látex azotó su mejilla como un látigo haciendo que se tambalease completamente aturdida. Como consecuencia de la feroz bofetada, la frágil costra formada con la sangre coagulada sobre el corte en su mejilla se volvió a abrir, colmando nuevamente su boca con el metálico sabor de la roja tibieza que descendía por su mentón y cuello.

El anciano continuaba esperándola, obviamente disfrutando de sus desesperados esfuerzos.

Una vez más Beatriz atacó, y una vez más el anciano la asió por la muñeca retorciéndosela hasta obligarla a caer de rodillas, con una clara demostración de su contundente superioridad física. Consciente de que no conseguiría sostener el cuchillo por más tiempo, Beatriz lo soltó cogiéndolo en el aire con su otra mano. Por desgracia para ella, a pesar de su ágil movimiento, la rodilla del anciano impactó como un mazo en su frente y nariz.

El intenso dolor anuló sus demás sentidos. Jamás había experimentado algo parecido, y en ese momento Beatriz no pudo evitar el pensar que aquello tan solo sería un breve prólogo al tormento que le aguardaba. No necesitaba examinarse para saber que tenia el tabique nasal fracturado. La sangre fluía profusamente por dentro y fuera de su boca amenazando con ahogarla en la amargura de su derrota. Empleando el dorso de su mano se apresuró en retirar las lágrimas que rezumaban de sus ojos, justo para ver como la pesada bota montañera del anciano se estrellaba contra su abdomen lanzándola hacia atrás varios metros hasta caer sobre el mismo sillón en el cual le habían disparado.

No conseguía respirar y seguramente habría vomitado si hubiese tenido algún alimento en el estómago. Sentada, con la espalda apoyada en la mullida superficie, Beatriz buscó con la mirada el cuchillo que en esta ocasión no logró conservar. Cuando las motas negras que titilaban frente a ella empezaron a disiparse, se percató de que su ineficaz arma se encontraba aproximadamente a media distancia entre ella y el anciano.

––Puedes quedarte allí ––le propuso este con evidente sarcasmo––. Cuando esté disfrutando de Jorge podrás hacerte la muerta mientras oyes como grita mi nombre… No el tuyo.

A la derecha de Beatriz, los cubiertos que habían caído de la mesa seguían esparcidos por el piso de madera, incluyendo los otros tres cuchillos para la carne.

Hasta en esto me mentiste. Cuanto siento que hayas tenido que sufrir de ese modo. De verdad que lo siento, Raquel –– Se  dijo a sí misma, mientras intentaba recuperar el aliento y su coraje.

Cogiendo uno de los afilados cubiertos aún con restos de comida, Beatriz se encaró al anciano escupiendo la sangre que le colmaba la boca.

––Quiero hacerte una pregunta ––comenzó diciendo con cierta dificultad debido a la considerable hinchazón de su labio superior––… ¿Por qué no te quitas esa máscara? Apuesto a que es porque has de ser tan repulsivo que ningún otro maricón como tú quiere acostarse contigo.

El anciano no le contestó. Simplemente se limitó a avanzar hacia ella. Haciendo acopio de la ínfima vitalidad que conservaba su cuerpo, Beatriz se abalanzó hacia él una última vez.

Como en ocasiones anteriores el anciano elevó su brazo a manera de escudo cuando de repente, Beatriz se arrojó a sus pies del mismo modo que Raquel lo había hecho en su primera confrontación hace cuatro días. Los minúsculos dientes de acero de la hoja aserrada traspasaron las capas del compacto tejido que recubría su muslo derecho, penetrando bajo la piel hasta casi la mitad de su longitud. El anciano pretendió retroceder, pero Beatriz se abrazó a su pierna empujando el cuchillo hacia adentro. La recia mano del anciano sin embargo ya había envuelto la suya tirando de ella hacía atrás, extrayendo la hoja de acero cuya punta estaba teñida de rojo un par de centímetros. Sin que Beatriz pudiera hacer nada por evitarlo, los dedos de su mano se abrieron como impulsados por un pequeño resorte cuando el anciano le dobló la muñeca hacia arriba. Postrada ante él, despojada de su arma, Beatriz quedó a su merced.

––Muy bien Beatriz… ahora es mi turno ––le susurró el anciano, cuyos labios destilaban la misma inexorable crueldad que sus actos.

Los gruesos dedos se aferraron a su largo y fino cuello, obligándola a levantarse. Beatriz contempló de cerca los blancos ojos que la examinaban con perverso detenimiento. Por primera vez se percató de que a diferencia del resto de aquella máscara repugnante, estos estaban confeccionados con una especia de mallado tras el cual, estando lo suficientemente cerca, podía distinguirse el pálido azul de unos ojos tan muertos como aquellos que les ocultaban.

Incapaz de respirar, Beatriz expulsó el escaso aire remanente en sus pulmones escupiendo la sangre que se había acumulado en su boca sobre las cientos de asquerosas arrugas de goma. Los dedos del anciano se cerraron aún más entorno a su cuello, y justo cuando Beatriz pensó que todo había terminado, se vio lanzada nuevamente hacia atrás con una fuerza que aún en medio de su trance no dejó de asombrarla. Su cuerpo cayó de espaldas sobre el suelo impactando la parte posterior de la cabeza contra la dura superficie de roble.

Ya no le quedaba nada. Su mermada resistencia sustentada únicamente por su voluntad después de cuatro días sin dormir ni ingerir ningún tipo de alimento ni agua, se había extinguido ante la brutal paliza que estaba recibiendo. Aún el punzante dolor de sus múltiples heridas cedía bajo la inmensa fatiga de sus músculos consumidos por el cansancio. Ni siquiera trató de reincorporarse cuando el anciano se paró a su lado en espera de una próxima reacción que prolongase un poco más el sádico juego.

––¿Esto es todo? ––le preguntó con maligna retórica–– ¿Es todo lo que vas a luchar por la vida de tu hijo?

Beatriz volteó la cabeza hacia un lado para escupir la sangre que no paraba de brotar de sus fosas nasales y del corte en su labio superior. Completamente vencida, simplemente miró a su torturador en silencio.

Enroscando su mano en el frondoso cabello castaño de Beatriz, el anciano jaló con inclemente violencia sin encontrar la menor oposición. Como lo hizo antes con Raquel, la obligó a subirse sobre la mesa cuya superficie de madera impregnada con los distintos fluidos de sus víctimas se había convertido en el particular potro de tortura. La cuerda de nylon con la que amarraba sus manos a las patas de la mesa presentaba las manchas de sangre dejadas por Raquel durante sus interminables horas de agonía. Dos cuerdas adicionales sujetaron sus pies manteniendo ambas piernas abiertas y su feminidad expuestas a la depravación.

Con fingida parsimonia el anciano depositó sobre la mesa, en el área comprendida entre el brazo y pierna derechas de Beatriz, una grapadora neumática portátil de aproximadamente un kilo y medio de peso; junto con un enorme falo de silicona. Sin el menor decoro o respeto ––mismo que no había mostrado por sus vidas––, levantó bruscamente la falda ligeramente manchada de tierra comprobando con satisfacción que Beatriz no vestía ninguna prenda íntima.

––Quiero estar contigo, Beatriz ––le musitó al oído, acariciando su entrepierna––. Pero primero tengo que transformarte en él. Nunca antes he tenido a una madre y a su hijo… ¡Nunca!

Debido a la inmovilidad de su mano herida, el anciano apoyó con dificultad la base del juguete sexual sobre la vagina de Beatriz al tiempo que sostenía la grapadora con la diestra. Sin siquiera mirarle, le habló con la misma displicencia que mostraría un médico a su paciente:

––Procura no moverte o tendré que utilizar más grapas de las necesarias. No quedaría bien. No quedaría bien en lo absoluto.

Una especie de corriente eléctrica erizó el vello de todo el cuerpo de Beatriz haciendo que sus músculos se contrajeran como respuesta al desconocido suplicio que vendría a continuación. Un escalofrío recorrió su bajo vientre cuando notó la presión de la pequeña y fría «guillotina» de la grapadora sobre su piel. Cerrando los puños en un primigenio reflejo, contuvo la respiración en espera del sonido metálico que precedería a los extremos punzantes de la grapa al hundirse en aquella zona tan sensible de su ser.

Lo que escuchó en cambio, fue un sonido totalmente diferente. Un golpe sordo y una ligera vibración bajo ella cuando la grapadora cayó entre sus piernas. Al abrir los ojos, vio al anciano de rodillas apoyándose en el borde de la mesa con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante. Fue entonces cuando Beatriz sacudió su brazo derecho, hasta que el bisturí que había mantenido oculto se deslizó por debajo de la manga de su camisa hasta la palma de su mano. Rápidamente cortó la resistente cuerda mientras presenciaba como el anciano se palpaba la casi imperceptible rasgadura que se extendía horizontalmente sobre su pantalón, a la altura de la entrepierna. Un ancho rastro de sangre le seguía por toda la estancia hasta terminar en su pie izquierdo del cual proseguía fluyendo abundantemente.

––¿Cómo… qué es lo que me has hecho? ––le preguntó el anciano sin apartar la vista de sus dedos ensangrentados. A pesar de su asombro, no tardó en sacar su ancho cinturón de cuero trenzado cuyo color ocre combinaba a la perfección con las desgastadas trabillas. Sin perder la serenidad, Beatriz se apresuró a cortar la cuerda que inmovilizaba su otra muñeca.

Pasando el extremo final a través de la hebilla, el anciano jaló con fuerza hasta que el improvisado torniquete quedó ceñido sobre su muslo. Al hacer el ademán de pararse sin embargo, trastabilló dando unos pasos hacia atrás apoyándose nuevamente en la columna que separaba el salón de la ergonómica cocina empotrada. Beatriz se arrodilló sobre la mesa, sin preocuparse en cortar las cuerdas que ataban sus pies a dos de las patas unidas entre sí por finos arcos de madera. De un manotazo, echó al piso la grapadora y el exagerado falo artificial. En su mano, el filoso bisturí resplandecía con destellos amenazadores bajo la cálida luz de la austera lámpara de techo.

––¡¿Te sientes mareado, Maldito bastardo?! ––gritó, antes de escupir la sangre que poco a poco empezaba a coagularse sobre sus labios–– ¡Ya que te excita tanto proporcionar dolor a otros, te diré una o dos cosas sobre él…: Si por ejemplo clavas la punta de un cuchillo en tu muslo, y al mismo tiempo cortas con un objeto muy filoso otra región del cuerpo, digamos la misma arteria femoral que escogió Raquel con la esperanza de evitar el sufrimiento que le infligiste; el cerebro no es capaz de separar las sensaciones provenientes de ambas heridas. Solo percibirás aquella que te produjo más dolor, y esa asqueroso depravado, es la que menos daño te ha hecho!

El anciano permaneció apoyado en la columna tambaleándose de un lado a otro. Aún en su estado de aturdimiento comprendió la razón por la cuál Beatriz aparentemente desesperada, se expuso de aquella manera para infligirle apenas una herida superficial. La puñalada en su muslo derecho había sido la cortina de humo para el verdadero e imperceptible ataque mortal.

––¡Y ahí te va otro hecho médico, cabrón hijo de puta! ––Otro escupitajo de sangre, tan denso y pegajoso como el anterior, quedó suspendido de la barbilla de Beatriz en un oscilante péndulo de rabia––… El veinte por ciento del volumen de sangre que puede contener un bastardo tan enorme y pesado como tú, será alrededor de un litro; lo cual es lo que parece que has perdido en estos últimos minutos. Ese es el verdadero peligro de este tipo de lesiones… La sangre fluye tibia por debajo de tu pantalón de algodón sin que apenas lo notes.

El anciano avanzó hacia ella, aunque al tercer pasó vaciló por unos segundos.

––¡Adelante! ¡Vamos! ­­––bramó Beatriz al borde del delirio–– ¡En unos segundos sufrirás un shock hipovolémico y comenzarás a temblar con tu jodida mano fracturada colgando de un lado a otro!

El anciano dio otro paso…

––¡Vamos! ¡A qué estás esperando, cabrón! ¡Voy a cortarte la garganta como el asqueroso cerdo que eres!

El sonido del bisturí al chocar contra el suelo se escuchó algo amortiguado, como si la sangre que lo cubría formase una especie de envoltura alrededor de la pulida superficie. El anciano tuvo que soltarlo para extraer de uno de los amplios bolsillos de su impermeable las llaves de la cabaña, las cuales aparentemente cargaba desde que asesinó a casi todos sus ocupantes. Con dificultad, encontró las correspondientes a las dos cerraduras de la puerta de entrada logrando abrirla después de varios intentos. Al cabo de un breve y a la vez interminable lapso de tiempo, Beatriz escuchó el ruido del motor de un vehículo ––probablemente un todo terreno–– alejándose junto con la menguada claridad del atardecer que precedía a la noche.

Arrodillada sobre la mesa, aguardó con la mirada fija en la entrada. Los cuerpos hinchados de Sonia y de Mónica reposaban flácidos sobre las sillas con las cabezas inclinadas en una pose de pútrida melancolía. Beatriz no se atrevía a verlas, aunque no podía evitarlo así con el resto de los cadáveres esparcidos delante de ella. No le quedaban fuerzas para llorar por ellos. Las nauseas que le provocaba el penetrante olor a descomposición y el agotamiento que la embargaba, hicieron que se desmayara sobre la mesa con las piernas y brazos entrecruzados.

V

La luz de la luna se reflejaba en los ojos de cristal de Sonia haciendo que estos refulgieran con la onírica belleza de un depredador nocturno. En sus manos sostenía la escoba del sótano cuyas cerdas semejantes al tocado de un incognito pueblo de los mares del pacífico, ocultaban las heridas sangrantes de sus pechos cercenados. De pie, al borde de la mesa, se agachó susurrándole al oído:

––Se va a escapar…

Beatriz se despertó sobresaltada rodeada de oscuridad. La nariz y la mejilla le dolían terriblemente. Sentía la garganta irritada, y la sangre coagulada alrededor de sus labios tiraba de su piel cuando abría la boca. Asombrada, comprobó en su reloj de pulsera que apenas había estado inconsciente algo menos de veinte minutos. Deslizando las yemas de sus dedos por la rugosa superficie de madera, buscó a tientas el fino bisturí el cual se encontraba a unos centímetros de su pierna derecha. Rápidamente se dispuso a cortar las ataduras de sus pies ignorando el palpitante ardor que recorría su hombro. Con sumo cuidado de no tropezar con los cuerpos tendidos delante de ella, se dirigió a la nevera cuya superficie de color gris laqueado le otorgaba la apariencia de un misterioso monolito oculto en un rincón de la cocina. Lo primero que hizo fue abrir uno de los cartones de zumo de naranja, tratando de beber lo más lentamente posible que su ansia se lo permitía. Saciada su sed se dio cuenta de que no podría comer ningún alimento sólido, en parte a cusa del sofocante hedor de los cadáveres cuyo proceso de descomposición se habría iniciado por lo menos hace un día; pero principalmente porque no quería perder más tiempo.

Después de comprobar que efectivamente todos los teléfonos móviles habían sido hecho pedazos al igual que el aparato fijo, se dirigió al baño de la segunda planta en donde Roberto guardaba el botiquín de primeros auxilios. Sin detenerse en leer la dosis recomendada, se tomó tres comprimidos de Diclofenac con otro medio vaso de zumo. Acto seguido se dirigió a una de las habitaciones trayendo consigo dos sábanas de lino que ella y su hermana habían comprado en el pueblo el primer día de su llegada. Sin atreverse a encender las luces, cubrió los cadáveres de Sonia y Mónica. La salvaje mutilación de sus pechos hacía que la suave sábana de seda que las cubría se extendiera inexorable sobre la antinatural planicie de un torso erosionado por la maldad humana. Beatriz no deseaba que las hallasen de esa forma; pero simplemente no era capaz de desatarlas y bajarlas de las sillas.

No podía perder más tiempo. Tenía que avisar a la policía de que el anciano buscaría asistencia médica, siendo el del pueblo el único hospital a menos de cien kilómetros a la redonda. A estas horas; si había logrado llegar, estarían administrándole transfusiones de sangre en el ala de emergencias. Beatriz debería conducir hasta el pueblo y una vez llamado a la policía, advertir al personal médico acerca del peligro que corrían. Pero primeramente llamaría a Roberto para evitar que fuesen a la cabaña en donde les aguardaba el dantesco espectáculo.

Beatriz entró en su coche; un Honda Civic modelo 2009, cogiendo las llaves que se encontraban dentro de la guantera. Antes de partir se dio cuenta de que faltaba el todo terreno que pertenecía a Mónica, una Explorer Sport plateada, cuyas llaves el anciano habría extraído de su bolso de mano. Luchando contra la ansiedad, procuró conducir por debajo del límite de velocidad consciente de que sus reflejos, así como su condición física en general, se encontraban obviamente disminuidos. No tenía muy claro que le contaría a Roberto cuando le llamase. Quizás no debería decirle nada por teléfono hasta que se reunieran en el pueblo. Tal vez sería mejor si…

Ese maldito ha asesinado a Sonia.

Ese bastardo enfermo ha torturado a Raquel, y casi me ha obligado a suicidarme sabiendo lo que le haría a mi Jorge.

El haberse visto obligada a reconocer que su miedo a ser torturada fue por unos momentos mayor que el deber maternal de proteger a su hijo de las vejaciones a las cuales le someterían, la abrumaba con emociones enfrentadas de vergüenza y odio. El anciano había asesinado a Sonia, su hermana a quien tanto amaba, denigrando su memoria después de muerta; y aún así ella optó por encerrase en un húmedo sótano orinando y defecando en el mismo sitio donde permaneció parada por más de cuatro días. Porque tal era el terror que él le inspiraba.

Lo peor de todo sin embargo, es que no se había acabado. Si el anciano lograba sobrevivir hasta llegar al hospital del pueblo, lo cual no era del todo improbable dada su fortaleza física; nada en este mundo le garantizaba que no fuese a por ellos puesto que conocía sus identidades. Con toda certeza buscaría vengarse de la única mujer que le había sobrevivido. Ella y su familia serían los que tendrían que huir y dejar sus vidas atrás gracias a las aberrantes necesidades de un ser transfigurado en monstruo que asesinaba disfrazado de hombre. Ella tendría que convencer a Roberto de mudarse a otro estado, o inclusive a otro país, mientras que el anciano entretanto proseguiría con su «obra».

De improviso, al pasar la siguiente curva Beatriz pudo vislumbrar una serie de luces parpadeantes a menos de un kilómetro de donde se hallaba.

El triángulo de seguridad en medio de la carretera hizo que disminuyese la velocidad. Su esposo Roberto la aguardaba de pie al lado de la señalización. Tras él, la luz artificial proveniente de los potentes faros de su nuevo Toyota Camry iluminaba un todo terreno que circulaba en dirección contraria estacionado en el arcén a escasos centímetros de la defensa vial. El vehículo era una Explorer Sport plateada.

––Dios mío, Beatriz… ¿Te encuentras bien? ––la luz de los faros envolvía a Roberto en un aura difusa que le infundía un cierto aire místico. Aunque era lógico esperar que la sangre semi coagulada que embarraba sus labios y mejillas le hubiesen alarmado, Beatriz sabía que la lividez del rostro de su esposo no se debía a ella.

––Le tiene… ¿Verdad? ––le contestó Beatriz con otra pregunta. Solo con verlo lo supo de inmediato.

––Dice que quiere hablar contigo ––fue lo único que le dijo Roberto.

Beatriz caminó hacia la camioneta experimentando una sensación de opresión que la engullía dentro de un estómago lleno de espeso aceite, volviendo incluso el malestar producido por sus múltiples lesiones en algo lejano y superficial. Sentado en el asiento del conductor, el anciano tenia el brazo con la muñeca fracturada alrededor del cuerpo de Jorge, mientras que con la otra mano sostenía uno de sus mortales bisturíes presionado contra el cuello de su joven cautivo.

––¿Mamá?… –– El miedo que reflejaba la voz de Jorge le recordó al que ella había sentido los últimos cuatro días. Ya fuese por su estado mental o por su extenuación, Beatriz se sintió abstraída ante aquella escena de matiz surrealista donde el trozo de carretera iluminada en la cual se encontraban parecía flotar en la profunda oscuridad que se extendía por encima de la escarpada ladera de la montaña.

––No te preocupes cariño… Todo va a salir bien ––le prometió Beatriz, siendo esta la única promesa de todas las hechas a lo largo de su vida que temía no poder cumplir.

––¿Cómo estás, Beatriz? ––le saludó cordialmente el anciano––. Tenías razón en cuanto a la cantidad de sangre que he perdido. Tuve que detenerme antes de desmayarme aún sabiendo que irías tras de mi. Por suerte tu esposo y tu hermoso hijo me encontraron cuando se dirigían hacia la cabaña. Creo que el destino quiso que nos reuniésemos los tres después de todo… ––No importaba que continuase portando aquella repugnante máscara, Beatriz podía distinguir de nuevo con toda claridad su perversa sonrisa.

Roberto se aproximó a ella tomándola de la mano con sumo cuidado, como si creyese que podría lastimarla con solo tocarla. Su semblante revelaba otra clase de miedo. Un miedo a perder aquello que más le importaba. A que le arrebataran a la única persona sin la cual no tendría razón de seguir viviendo.

––Cuando reconocimos la camioneta de Raquel estacionada a un lado de la carretera, pensamos que habríais tenido un accidente bajando hacia el pueblo ––le explicó Roberto, como disculpándose por lo que estaba sucediendo––. Jorge ni siquiera esperó a que detuviese por completo el coche para ir en vuestra ayuda.

––Eso es cierto, Beatriz. Además de bello es un chico muy valiente ––puntualizó el anciano, apoyando su arrugada mejilla de látex contra la del aterrado joven.

––¡Díganos qué es lo que quiere ––le pidió Roberto, desesperado al ver como aquel extraño enmascarado tocaba a su amado hijo––. Haremos lo que nos diga, pero por favor no le haga daño!

––Yo tampoco quiero hacerle daño, Roberto… Tú hijo realmente me gusta ––reconoció el anciano, apretando con más fuerza el pecho de Jorge––. Necesito que me llevéis al hospital del pueblo. Verás Roberto… tu esposa ha sido muy astuta y ha logrado herirme gravemente. Es verdad que ha tardado un poco en decidirse; pero al final venció su cobardía y se enfrentó a mi.

––No te llevaremos a ningún sitio ––atajó con severidad Beatriz. A su lado, Roberto sorprendido se volteó hacia ella apretando su mano de forma involuntaria.

––¿Qué… qué es lo que estás diciendo? ¡¿Acaso quieres que le mate?!

––Le va a matar de todas maneras ––volvió a reafirmar Beatriz con contundencia, haciendo caso omiso a la preocupación de Roberto y al terror de su hijo––. Cuando lleguemos al hospital y se vea rodeado por el personal médico, degollará a Jorge por el simple placer de hacerme sufrir aún más. Él sabe que lo encerrarán para siempre, y por lo tanto no tiene nada que perder.

Roberto le soltó la mano alejándose de ella unos pasos. Por alguna razón que Beatriz no comprendía, la incredulidad que reflejaba la expresión de su esposo la enfureció hasta tal punto que bien pudo haberle odiado en ese instante. Él no conocía a la aberración que se escondía detrás de aquella máscara de malsana decrepitud. No había presenciado como había mutilado el cuerpo de su hermana para después profanarlo con la más abyecta vileza. Roberto no había escuchado al igual que ella, los horribles gritos de Raquel hasta que al final su garganta no fue capaz de emitir nada más que una serie de estertores agónicos.

––Ha asesinado a Sonia y a Raquel. Los ha matado a todos ––le dijo Beatriz, sin ánimo ni fuerzas para ahondar más en el horror al cual había sobrevivido.

Roberto volteó hacia el anciano. Jorge por su parte lo observaba en silencio a la espera de una sentencia que aún no había sido pronunciada.

––Puede que tengas razón, Beatriz ––le concedió Roberto con lágrimas en los ojos––; pero lo que si sé («es que si abro y estoy en lo cierto, las dos moriremos ahora») es que si no le obedecemos nuestro hijo morirá ahora.

Nuevamente Beatriz no necesitó ver a través de la repulsiva máscara para percibir el maligno regocijo del anciano. Las palabras de Raquel sonaron en los labios de Roberto como una terrible premonición.

––Nos encontramos en una situación familiar… ¿no es cierto, Beatriz?–– Sin importar que su vida peligrase, el anciano disfrutaba al recordarle que su destino sería tan ineludible como invariable lo era la condición humana. Al final, ella terminaría perdiéndolo todo; y para enfatizar tal hecho, el anciano presionó levemente el bisturí haciendo que un tímido hilo de sangre bajase por el cuello de Jorge.

Roberto elevó instintivamente las manos al ver como su único hijo temblaba ante el frío contacto del acero.

––¡No, Por favor!… ¡Haremos lo que nos diga! ¡No le haga daño! ––gritó Roberto, apartándose aún más del todo terreno.

––Esta vez soy yo el que me escondo tras la puerta ––puntualizó el anciano, dirigiéndose obviamente a Beatriz––. Mientras sostenga mi «tranca» contra tu hijo, no podrás «entrar» a matarme.

Beatriz no le respondió. Por unos breves momentos continuó manteniendo su mirada fija en Jorge, para luego voltearse hacia su atemorizado esposo.

––Si lo llevamos al hospital, antes de que los guardias logren inmovilizarlo le asesinará. Esto es un hecho, y créeme cuando te digo que nada cambiará por postergar lo inevitable.

––Beatriz quiere decir que no importa cuanto tiempo me esconda detrás de él, si le corto su precioso cuello o no, igualmente ella me matará. ¿No es así? ––La filosa hoja del bisturí se movió a la izquierda un par de centímetros, justo por encima de la Nuez de Adán de Jorge. La incisión fue lo suficientemente profunda para que la sangre fluyera esta vez con mayor abundancia.

––¡No! ¡No la dejaré! ¡No permitiré que se acerque a ti! ––aulló Roberto desesperado. No estaba preparado para ver morir a su hijo. Jamás lo estaría y el anciano contaba con eso.

Ante el desconcierto de todos, incluyendo al del propio anciano, Beatriz se arrodilló en el rugoso pavimento juntando las manos en la universal postura adoptada para rezar a Dios, o suplicar el perdón del hombre. Por primera vez desde que se conocieron, Roberto apreció en su mirada la indiferencia del extraño.

––Nunca tuve tiempo de rezar por Sonia, ni tampoco por Raquel. Solo te pido que me concedas unos minutos y después haz lo que tengas que hacer. Yo haré lo mismo.

Beatriz comenzó a rezar en voz baja sosteniendo entre las manos el bisturí con el que había logrado herir al anciano, mismo que resplandecía cual reluciente símbolo religioso bautizado con la sangre de decenas de mártires.

––No hagas esto, Beatriz… No te permitiré que te acerques a él mientras tenga a Jorge. ¡No lo permitiré!

––¡Déjala rezar Papá! ––le interrumpió abruptamente Jorge, quien hasta ahora había permanecido en silencio––. Déjala que rece por mi.

Roberto contempló a su hijo en busca de una respuesta al terrible dilema en que se encontraba. El anciano supo por sus lágrimas que no consentiría que su hijo muriese mientras aún conservara la esperanza de salvarlo.

Tal y como lo supuso, Roberto se interpuso entre ellos y Beatriz, mientras esta le rezaba a un Dios que había dejado morir a su hermana junto con el resto de los desgraciados que fueron invitados a cumplir con su destino. Al finalizar, Beatriz se incorporó no sin cierta dificultad, dirigiéndose únicamente al anciano:

––Te voy a dar la misma oportunidad que nos ofreciste a mi y a Raquel. «Tienes la llave de salida en tus manos» ––parafraseó, segura de que el anciano recordaría sus propias palabras––. Si utilizas el bisturí contra ti, abandonarás este mundo sin conocer el dolor que has ocasionado. Si decides matar a mi hijo, en el momento que insertes la cuchilla en su garganta Roberto y yo sujetaremos tu brazo para que no tengas oportunidad de hacer lo mismo contigo. Entonces te juro que al igual que hiciste con Raquel, me encargaré de que sufras todo lo que un hombre o mujer sea capaz sufrir.

––No, no lo harás ––sentenció Roberto––. Quiero que seas tú la que suelte el bisturí y te alejes de la camioneta. No puedo ni siquiera imaginar por lo que has pasado; pero tengo que hacer todo lo posible por conservar a nuestro hijo con vida.

––Entonces tendrás que matarme a mi también ––le respondió Beatriz con similar intransigencia, alzando la mano que empuñaba el mortal instrumento.

––No… no tendré que hacerlo.

Sus músculos simplemente no respondieron a la velocidad de su mente. Antes incluso de adoptar una posición defensiva, Roberto le propinó un fortísimo golpe en el vientre. Beatriz se desplomó al suelo como un títere al cual le hubiesen cortado los hilos que le sostenían. El bisturí impactó contra la superficie de granito quedando fuera de su alcance.

––Lo siento, Beatriz ––se disculpó Roberto con lágrimas en sus ojos––. Si existe el Cielo, estoy seguro de que Dios se encargará de juzgarle.

––No me preocupa que exista un Cielo ––le respondió Beatriz desde el suelo, sin ser capaz tampoco de contener el llanto––. Lo que me atormenta es que no haya un Infierno.

Beatriz hizo el ademán de ir a por el bisturí; pero un segundo puñetazo, esta vez en el mentón, la dejó inconsciente sobre la fría carretera. El anciano presenció complacido como la única mujer que había logrado herirlo caía abatida a manos de uno de sus seres queridos por los que tanto había luchado. Quizás después de degollar a Jorge una vez llegasen al hospital; tal y como ella lo predijo, tendría tiempo para contemplar como la vida se filtraba a través de aquellos inocentes ojos azules. Tal vez con el tiempo cuando lograse escapar del sanatorio mental al que lo enviarían después del juicio, dedicaría un tiempo para buscarles a ambos. Seguramente ya no vivirían juntos después de la muerte de su único hijo. Beatriz culparía a Roberto por no haberle dejado al menos el consuelo de torturarlo hasta que el dolor del hombre que había asesinado a casi toda su familia fuese mayor que el suyo propio.

Con suerte él la encontraría. Irrumpiría en su casa una noche como siempre lo hacía, y la convertiría en el amor de su vida. La poseería hasta que su cuerpo tuviese una última transformación. Hasta que se transfigurara en un pedazo de carne inflamado por la putrefacción que germinase en su interior. Hasta que los gusanos hicieran de ella su nueva y provisional morada.

Frente al anciano, un padre que haría todo por salvar la vida de su único hijo aguardaba sus órdenes con la sumisión a la que estaba acostumbrado.

––Dime cómo deseas hacer esto. Te prometo que no intentaré nada contra ti. Pero júrame que no le harás nada a Jorge.

––Tienes mi palabra ––le contestó el anciano, sorprendiéndose a sí mismo de lo graciosamente vacua que le resultaba tal promesa. Ciertamente ––confirmaba una vez más––, la esperanza era el puente que el hombre cruzaba una y otra vez a pesar de saber que no existía nada al otro extremo––. Voy a moverme al asiento trasero con tu hijo. Si intentas cualquier cosa, te aseguro que no dudaré en cortarle el cuello.

––No lo haré ––aseveró Roberto con vehemencia––. Escucha Jorge, quiero que te muevas al asiento de atrás con él. Obedece todo lo que te digamos y no te pasara nada. Te lo prometo.

––No hace falta que se lo repitas. Estoy seguro de que Jorge es muy consciente de lo que sucederá si no me obedece ––amenazó el anciano con un tono de voz despreocupado. Lentamente Jorge, quien ya se encontraba con los pies en el suelo, caminó hacia delante mientras el anciano se bajaba del asiento del conductor rodeándolo con su brazo en todo momento. Acto seguido los dos entraron de espaldas en el amplio asiento posterior de la camioneta; primero el anciano, luego Jorge. Este último extendió sus piernas sobre la confortable superficie de cuero color beige, quedando a su vez entre las del anciano cuya espalda descansaba apoyada contra una de las dos puertas traseras de la nueva Ford Explorer.

Cerrando la otra puerta después de que su hijo entrase, Roberto se subió al asiento del conductor poniendo seguidamente el vehículo en marcha.

––¿Te encuentras bien, Jorge? ––le preguntó mirándolo a través del retrovisor, procurando disimular su miedo.

––Estoy bien, papá; no te preocupes por mi ––añadió Jorge, el cual para orgullo de su padre mostraba una serenidad que se sobreponía a las circunstancias. Aquello agradó sumamente al anciano quien menospreciaba la cobardía, mucho más si se trataba de un hombre. A pesar de su condición crítica, hacia lo posible por prolongar el contacto de aquel vigoroso cuerpo contra el suyo, no dudando en realizar una petición más:

––Quiero que pongas tus brazos sobre mis piernas, Jorge. Me encanta tenerte tan cerca de mi, pero me estás presionando demasiado la herida que la puta de tu madre me hizo.

––Haz lo que te dice… Coloca los brazos sobre sus piernas, por favor ––le exhortó Roberto, sin apartar la vista del estilizado espejo de forma rectangular. En esta ocasión el anciano se enfureció ante lo que ahora consideraba un indicio de irrespeto más que de valentía. Aquel mocoso actuaba como si solo obedeciera las ordenes de su padre. Como si únicamente le escuchase a él y a su condenada madre.

Como si no oyese lo que él le decía.

Antes de que un dolor agudo similar al provocado por la picada de un animal ponzoñoso recorriese su espalda; antes de que su brazo derecho se paralizara por completo y un desagradable hormigueo sustituyera la sensación de sus dedos, el anciano revivió la imagen de Beatriz de rodillas sobre el sucio pavimento cuidando de que su rostro quedase frente a ellos.

Frente a su hijo.

––No estaba rezando… ––musitó el anciano, admirado de haber sido burlado por segunda vez.

VI

Basándose en el retrato ubicado sobre la pequeña mesita de noche situada a su derecha, el anciano dedujo que aquel dormitorio debía de pertenecer a Beatriz o a su hermana, Sonia. Aunque había perdido la movilidad de su brazo derecho; este al igual que el resto de sus miembros, se encontraban atados a la cama con la misma cuerda que el había utilizado mientras torturaba a Raquel. En esos momentos se arrepentía de no haber matado a Jorge cuando tuvo la oportunidad, y por supuesto, de no haber acabado con su madre en primer lugar. Pero de lo que más se arrepentía es que a lo largo de todos estos años no se le hubiese ocurrido inutilizar a sus víctimas tal y como lo había hecho Beatriz con él. Cuanto más hubiese disfrutado de ellas sabiendo que estaban conscientes en todo momento. No hubiese necesitado matarlas tan de prisa ni tampoco atarlas, lo cual le impedía mover los cuerpos en las posiciones que más le satisfacían. Pero al final de cuentas, él no había cursado estudios superiores. Ni siquiera había terminado el bachillerato; de lo que también se lamentaba.

La puerta de la habitación se abrió bruscamente interrumpiendo sus pensamientos. Beatriz entró primero y luego le siguió su esposo Roberto. El anciano sonrió ––lo cual nadie podía apreciar pues continuaba con la máscara puesta–– al ver a Beatriz trayendo consigo el elegante bolso de piel que le pertenecía.

––Beatriz…, Roberto… ¿Cómo estáis? Os echaba de menos ––les saludó con sincera cordialidad––. Espero que ya hayáis sacado los cuerpos. Realmente empezaban a heder. Me disculpo por eso.

Haciendo caso omiso de sus palabras, Beatriz extrajo del bolso la funda enrollada que contenía el instrumental quirúrgico, extendiéndola sobre la cama a un lado de su prisionero.

Esperaremos hasta mañana para avisar a la policía ––le confirmó Roberto, posando su mano sobre el hombro de ella––. Jorge y yo dormiremos esta noche en la camioneta según lo acordado ¿Estás segura de ––su voz vaciló de forma perceptible––… de querer realmente hacer esto? ––concluyó finalmente.

––Si, estoy segura ––sentenció Beatriz con firmeza, sin voltear para verle––. No te preocupes por mi. Llévate a Jorge y dile que estaré bien. Mañana volveremos a estar juntos los tres.

Roberto no le respondió. Por un breve lapso de tiempo contempló al anciano con una mezcla de repulsión y tristeza en su mirada. Sin decir nada más, se dirigió a la puerta de la habitación.

––Adiós Roberto… Fue un placer conocerte ––se despidió el anciano, aunque el esposo de Beatriz ya se había marchado.

––Has sido muy astuta…, tengo que reconocerlo. Me has vuelto a engañar ––admitió el anciano, mientras Beatriz escogía un bisturí de cuchilla particularmente larga y curvada––. No me di cuenta de que tu hijo es sordo. Fue realmente muy inteligente de tu parte fingir que estabas rezando para decirles a ambos lo que planeabas hacer sin que yo pudiera escucharte. Pero dime algo si no te importa… Comprendo que Jorge aprendiese a leer los labios. Lo que no entiendo es por qué Roberto también adquirió dicha habilidad.

Beatriz se sentó a un lado de la cama. Su rostro no reflejaba emoción alguna.

––A Roberto no le gustaba emplear el lenguaje de las manos en público. No lo admitía abiertamente; pero le disgustaba la atención que recibían por parte de los desconocidos. Con el tiempo, para ellos el comunicarse sin que nadie más se enterase se convirtió en una especie de juego.

––¿Y cómo supiste que al entrar a la camioneta quedaría de espaldas a la ventanilla? ––le preguntó el anciano con franca curiosidad.

––No lo sabía… ––contestó rápidamente Beatriz––. Lo único que le pedí a Roberto es que bajase la ventanilla. De esa forma podría seccionarte el Plexo Braquial localizado en la base del cuello, paralizando tu brazo antes de que pudieras hacer algo al respecto.

Con suma habilidad, Beatriz cortó los pantalones y los calzoncillos del anciano utilizando la característica forma de la cuchilla.

––¿No vas a quitarme la camisa?

––No hará falta.

Prescindiendo del maternal proceder que empleaba con los niños en su consulta, Beatriz jaló los testículos del anciano aferrándolos con fuerza entre sus dedos. Un reflejo involuntario hizo que este tensara las piernas en un vano intento de cerrar los muslos. Con la otra mano, Beatriz apoyó la fría hoja curva en la tensa piel del escroto que se hallaba entre los testículos y el pene.

––¿Vas a transformarme, Beatriz?

––Antes de morir dejarás de ser lo que eres ahora…, si a eso te refieres ––le contestó ella, mirándolo fijamente a esos ojos blancos sin vida que tanto seguían aterrándola. Sin embargo, de alguna forma sabía que el anciano continuaba sonriendo.

––Puedes quitarme la máscara si así lo deseas.

––No… no quiero ver tu cara. Tan solo eres una cosa. Una aberración que un vientre enfermo engendró con la apariencia de un ser humano.

––¿Me harás sufrir toda la noche?

––La misma noche que hiciste sufrir tú a Raquel.

––¿Crees que podrás soportarlo?

Beatriz volteó hacia la pequeña mesa ubicada a un lado de la cabecera de la cama. Encima; un viejo portarretratos cuyo desgastado marco atestiguaba el paso de los años, contenía una foto de ella y Sonia abrazadas sonriendo hacia la cámara con sus cabellos húmedos y la piel bronceada. Al fondo, un mar lejano fuera de foco se extendía borroso hacia el horizonte.

––No lo sé ––respondió Beatriz con honestidad––. Tendremos toda la noche para averiguarlo.

La hoja del bisturí se hundió sin encontrar resistencia alguna.

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