la_cola_background_dark

La Cola

Desde la ventanilla del coche, el Instituto Psiquiátrico Pedagógico para Discapacitados Mentales se veía imponente y al mismo tiempo vagamente siniestro. Su fachada pintada de un gris pálido e indeterminado, contrastaba notablemente con las diversas tonalidades de verde que ostentaba las más de cuatro hectáreas de jardines que lo circunvalaban. Habían pasado cerca de diez años desde la última vez que Sara visitara el centro médico junto con sus padres. Diez años desde que viera a sus hermanos.

Sus hermanos…

El Instituto Psiquiátrico de Alarcón, como fue llamado en sus inicios, se encontraba emplazado a las afueras de Madrid a una hora en coche del área metropolitana. Fue fundado a mediados de 1962 por dos prominentes Psicólogos infantiles, el Dr. José Manuel Freijido y el Dr. Roberto Alcántara; después de que ambos renunciasen a sus respectivas consultas privadas en el Hospital Pedagógico para Niños Especiales, el cual funcionaba bajo la administración del Hospital Central de Madrid.

En su primera década la institución prestó sus servicios únicamente a la población infantil en edades comprendidas entre los 2 y 14 años. A partir de 1972 y como resultado del desarrollo de nuevas terapias cognitivas creadas por los Doctores Freijido y Alcántara, cambió su nombre al de Instituto Psiquiátrico Pedagógico atendiendo también al sector adulto de la población con discapacidad mental diagnosticada. Actualmente una plantilla de más de doscientos Psicólogos, Pediatras, Pedagogos infantiles, médicos de diversas especialidades, y personal de Enfermería y Seguridad; conformaban el recurso humano minuciosamente seleccionado en su gran mayoría por los propios fundadores.

A la altura del km. 187 de la Autovía del Este, mejor conocida como «A-3», un letrero con llamativas letras doradas indicaba el desvío desde la carretera CU-V-8033 al estrecho camino recientemente asfaltado que conducía hasta el complejo de edificios, el cual transcurría serpenteante por la zona boscosa de Alarcón. La majestuosa verja de hierro forjado que daba entrada a los terrenos adyacentes, mostraba un conjunto de piezas ornamentales cuyos motivos representaban paisajes naturales poblados por árboles, ríos, nubes y animales todos ellos congelados en el tiempo, vertidos en un orbe de metal por la destreza e imaginación de su escultor. En el medio, incrustado como un pensamiento solitario en las gruesas barras de hierro, el lema de los miembros fundadores rezaba así:

«La inteligencia es solo una de entre las muchas armas que portamos; mas es la voluntad la mano vencedora que las empuña a todas al final de nuestras batallas»

Dentro de la caseta de vigilancia climatizada situada en el extremo derecho de la verja, el guardia de turno se encargaba de emitir los pases de acceso a las diferentes instalaciones.

––Buenas tardes…, somos Felipe e Isabel Castillo, los padres de Alejandro y Miguel ––anunció el padre de Sara, a través del interfono situado al frente de la ventanilla de cristal ahumado de la garita. El vigilante vestido con un anodino uniforme azul celeste se presentó con los respectivos pases.

––Buenas tardes señores Castillo ––saludó con formal indolencia––. Por favor si son tan amables, deberán transitar por la vía Norte hasta llegar al jardín central, ya que la vía principal está cerrada debido a los trabajos de remodelación que se están efectuando en el puente.

––No hay problema…, muchas gracias ––respondió Felipe con tono cordial. Acto seguido se escuchó el zumbido originado por la activación del circuito eléctrico de los dos sendos motores empotrados a cada lado de la pesada verja, mientras las dos mitades de la estructura se abrían dividiendo el lema forjado en hierro entre las palabras: «las – muchas» y «vencedora – que».

El puente de la vía principal se elevaba por encima del riachuelo artificial que discurría a través de los jardines. Los accesos Norte y Sur constituían dos rutas auxiliares creadas con el propósito de aliviar el tráfico de vehículos durante el fin de semana cuando la afluencia de visitas era mayor. El camino principal trazaba una línea recta desde el portón de entrada hasta el edificio central de estructura hexagonal, el cual incluía también el área residencial.

Una de las diferencias entre las vías Norte y Sur radicaba en el hecho de que la primera describía una trayectoria semicircular, trazando un óvalo dividido a la mitad por los jardines. La otra diferencia más notoria consistía en que ninguno de los dos caminos secundarios poseía un puente debido a que el arroyo de agua dulce discurría paralelamente a ellos. La vía Norte implicaba por otro lado un mayor recorrido a través de los jardines, y por el hermoso «túnel verde» formado por los árboles alineados a lo largo de los tres senderos cuyas ramas se entrelazaban en un techo policromo de hojas naranjas, amarillas, y una gama casi infinita de verdes. Aquella bóveda natural poseía una característica que atrajo poderosamente a Sara desde su primera visita al centro. Con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento trasero, miraba con los ojos entornados hacia el intrincado laberinto de ramas y hojas a través de las cuales los destellos intermitentes del sol parpadeaban con hipnótica frecuencia a medida que avanzaban. Este palpitar de luz producía en ella una cierta somnolencia; un estado de ensoñación que le hacía evocar recuerdos, vivencias de una niñez que poco a poco se diluían en un mosaico de imágenes y emociones confusas. Gradualmente, risas y gritos se entremezclaban en disonantes acordes. Lentamente, dos corpulentos niños la observaban con ofuscación entretanto sus zapatillas ortopédicas empapadas en sangre dejaban tras de si un rastro devastador.

Sus hermanos…

II

––Bueno Isabel…, ahora respira profundo y relájate. Esto no nos tomará más de 15 minutos –le aseguró el Dr. Macías, poniéndose los guantes desechables de látex a los cuales envolvía una tenue bruma de talco. La enfermera (cuyo nombre Isabel no era capaz de recordar) distribuía el material quirúrgico cuidadosamente alineado sobre la pieza rectangular de tela verde que cubría la mesa plegable, ubicada al lado derecho del sillón de reconocimiento ginecológico en donde ella permanecía recostada.

––Ahora Isabel ––prosiguió el doctor con su grave voz paternal––, introduciré el espéculo vaginal para dilatar el cuello del útero y mantenerlo abierto. De esta manera podremos trabajar con más comodidad…

La enfermera le entregó al doctor un utensilio de plástico que a Isabel se le asemejó al alargado y ancho pico transparente de un pelicano. A pesar de la anestesia local que le fue suministrada, notó una ligera presión en la zona más íntima de su cuerpo. En aquella posición, recostada sobre la acolchada superficie de poliuretano con sus dos piernas separadas apoyadas ambas en las perneras regulables del sillón; Isabel se sentía tremendamente vulnerable. Su espalda recubierta en sudor y el incesante martillear de su corazón contra la cavidad de su adolorido pecho, comprendían los síntomas más superficiales del atroz miedo que la invadía; no solo por la posibilidad del sufrimiento físico, sino debido al execrable acto que estaba a punto de cometer.

––Por favor Elena, pásame las pinzas ––Ahora que lo había escuchado, por alguna razón que no podía explicar Isabel pensó que aquel nombre no pertenecía a la enfermera.

Sin esperar a que el Dr. Macías finalizara la frase, y sin necesidad tan siquiera de mirar los instrumentos dispuestos ordenadamente sobre la mesa quirúrgica, la delgada mujer vestida de blanco le entregó unas amenazadoras tijeras cuyos extremos curvos terminaban en dos filosos dientes plateados. Quizás fuese el miedo que emanaba Isabel, o que sencillamente era su forma de proceder, el doctor se detuvo a un lado del sillón sosteniendo el utensilio metálico en su diestra.

––Sé que más que unas enormes tijeras, parece un artilugio de tortura de la época medieval ––le comentó con absoluta seriedad––; pero este instrumento que llamamos la «pinza de Pozzi» o «tenáculo» lo utilizamos para sujetar el labio cervical evitando que sufras laceraciones durante la inserción de la cánula.

––No se preocupe doctor ––respondió ella algo más calmada–– por favor, no se detenga más por mi.

––Muy bien, continuemos entonces ––respondió este a secas–– . Puede que sientas un pellizco seguido por una especie de calambre. Justamente la segunda inyección que te suministramos contenía un anestésico local para evitar la contracción refleja del cuello uterino cuando te apliquemos las pinzas. ¿De acuerdo, Isabel?

––De acuerdo ––respondió ella, sumida en la incertidumbre. En esta ocasión sin embargo no percibió nada, ni siquiera ese pellizco que le había mencionado.

––Excelente… un poco más y ya habremos concluido ––señaló el doctor en voz alta, aunque por el matiz abúlico de esta, Isabel no estuvo segura si hablaba con ella o consigo mismo––. Elena por favor, activa el succionador.

La enfermera se dirigió a una segunda mesa localizada en el extremo derecho de la consulta, mucho más grande y alargada que aquella sobre la cual se extendía el instrumental quirúrgico. En su extremo izquierdo, la bomba de succión endoscópica incluía una base donde reposaba una botella de vidrio esterilizada con capacidad de hasta 2,5 litros de contenido. Cuando Elena activó el interruptor de encendido en el panel frontal del compacto equipo, un leve zumbido llegó hasta los oídos de Isabel quien en ese momento supo con certeza que no podría contener más el llanto. Muy pronto aquel contenedor de vidrio se llenaría con la vitalidad que crecía en su interior. Muy pronto, las diáfanas paredes de aquel recipiente se teñirían con la roja esencia de su hijo no nato.

Isabel retiró las primeras lágrimas con el dorso de su mano, mientras el doctor insertaba la cánula en la manguera conectada a la bomba de succión.

––Este tubo de plástico Isabel, es la cánula que introduciremos en el útero para extraer el feto ––le describió con absoluta indiferencia, haciendo caso omiso de la angustia de su paciente––. Te agradezco que trates de moverte lo menos posible hasta que hayamos terminado… ¿De acuerdo?

––Si… si doctor… de… de acuerdo ––respondió ella tartamudeando, confundida por la actitud apática del hombre que procedía a transgredir su cuerpo. Instintivamente dirigió su mirada a la enfermera quien sostenía la suya fija en el ocre piso de la sala. Un indescriptible terror volvió a apoderarse de ella impulsándola en su búsqueda de consuelo.

––Doctor… disculpe…, ¿Tendría la amabilidad de decirme cuanto tarda el…? ––súbitamente fue interrumpida por un sonido acuoso; el gorgoteo de una sustancia viscosa succionada por los labios inanimados de la muerte. Isabel cerró los ojos y se cubrió los oídos, lo cual no evitó que viese en su mente los miembros desmembrados del feto golpear contra la rígida superficie del estilizado cilindro de plástico.

––¡Por favor Doctor… por favor! ––Gritó, dominada por una mezcla de terror y aversión. A su derecha la bomba de succión vibraba con un zumbido de satisfacción, como un enorme insecto cuya repulsiva y desproporcionada probóscide se clavaba entre sus muslos sorbiendo la vida licuada de sus entrañas.

––¡Por favor… no… no puedo…, no puedo! ––sus gritos no obtenían respuesta ni del doctor ni de la enfermera, quien seguía inmóvil mirando el piso. Al fondo del recinto, el traslúcido (vientre) cristal del recipiente de recolección integrado a la bomba de succión comenzaba a mancharse con salpicaduras de un rojo oscuro y grumoso. El fondo del voluminoso frasco se fue llenando paulatinamente con el caldo compuesto por el líquido amniótico, la placenta, y los fragmentos desmembrados del diminuto cuerpo.

––Bueno, aquí ya hemos acabado ––comentó el Dr. Macías de forma casual. Su serenidad e indiferencia frente a las súplicas de Isabel, lejos de tranquilizarla, la llenaron de una abrumadora soledad. Al levantarse de la silla rodante de examinación, el impasible doctor extrajo la larga cánula del útero vacío. La enfermera por su parte caminó hasta la bomba de succión sin mediar palabra alguna. Su cabeza continuaba inclinada y su andar desprendía un aire somnoliento.

––Isabel ––le dijo el doctor con actitud despreocupada––…, sé que esto ha sido muy difícil para ti; pero necesito que me hagas un último favor…

––Lo… lo intentaré…, pe… pero apresúrese… se lo ruego ––le respondió ella, esforzándose por conservar la calma. Podía percibir como la toalla de papel rectangular puesta bajo su cabeza se había humedecido a causa de sus lágrimas.

––No te preocupes, Isabel. Ya casi hemos finalizado. ¿No es así, Elena?

La enfermera, quien se encontraba de espaldas a ellos, no parecía haber escuchado al doctor o simplemente no se molestó en contestarle; pues proseguía con su tarea de desmontar el enorme recipiente de cristal con los restos del aborto. Isabel no podía distinguir lo que hacía y tampoco quiso saberlo.

––A este instrumento ––comenzó a explicarle el doctor, enseñándole un utensilio parecido a una cuchara con un enorme mango de unos 25 a 35 centímetros de longitud––, le llamamos «Cureta». Este modelo en concreto es la «Cureta Pinard», la cual utilizaré en el Legrado que como ya sabrás consiste en realizar un raspado en la cavidad uterina con el fin de retirar alguna porción del feto u otro residuo que todavía se encuentre en el interior.

Isabel no conseguía evitar pensar que todo aquello era terriblemente inmoral, y que ella era la cómplice del acto más abyecto.

––Pero antes de eso, necesito que nos ayudes con algo ––admitió el doctor con cierta complicidad––. ¿Ya lo tienes listo, Elena?

––Si doctor, pero aún se mueve ––contestó la enfermera sin molestarse en volverse.

––Vaya… no es muy frecuente que eso suceda ––declaró el hombre de blanco, visiblemente contrariado––. Verás Isabel… normalmente el feto es destrozado al pasar a través de la cánula. Sin embargo en algunas ocasiones el diámetro de esta, como parece ser nuestro caso, es lo suficientemente ancho para que la mayor parte del cuerpo, incluyendo la cabeza, llegue al recipiente recolector…

Un frío intenso bañó el cuello y los hombros de Isabel. La enfermera se aproximó a ella cargando con una caja de cartón vieja manchada en los bordes con grasa y restos de comida. Su semblante al igual que el del doctor permanecía impasible.

––Elena es muy hábil para este tipo de cosas ––exclamó el doctor con orgullo––; pero me gustaría que verifiques si el feto está completo, o si aun nos queda algún trozo dentro de tus podridas entrañas.

En el fondo de la caja ––Isabel era incapaz de apartar la vista–– el feto de escasamente 12 centímetros de tamaño todavía se encontraba cubierto por los residuos de la placenta de un color granate oscuro. Las minúsculas extremidades se hallaban desprendidas del tronco, mas no por ello cesaban de moverse al compás de un pecho que se contraía y dilataba a una velocidad inconcebible. El cráneo de la malograda criatura había sido aplastado en su tránsito por la cánula, a diferencia del enjuto rostro que lucía ileso y sin ningún daño aparente.

––Y bien, Isabel… ¿Está completó? ––le preguntó el doctor una vez más––. Recuerda que dentro de una hora vienen a recoger la basura y no queremos que se nos quede nada.

Isabel nunca contestó a la pregunta, pues en ese demencial instante los párpados del ínfimo engendro se abrieron de par en par mostrando unos ojos negros y brillantes que la observaron fijamente.

El primer y último llanto de su hijo comenzó y finalizó abriendo su boca en un desmesurado agujero de absoluta negrura, arrullado por el silencio de un mundo convertido en tumba. Los remanentes de las entrañas y la sangre de su madre cubrían a manera de mortaja el fruto inmaduro durante las exequias por un alma que moría antes de nacer.

No habría pecados… No habría Cielo ni Infierno para su hijo; solo un leve parpadeo de existencia, más breve aún que el propio despertar de Isabel.

III

Las pesadillas comenzaron poco después del aborto. Al segundo año de su matrimonio con Felipe Castillo, Isabel había interrumpido su embarazo de 14 semanas. El Dr. Macías, su ginecólogo en ese entonces y a quien jamás volvería a consultar, le aconsejó a causa del tiempo de gestación efectuar el procedimiento abortivo conocido como «Legrado por aspiración».

El hermano menor de Felipe, Esteban, había nacido padeciendo retraso mental, motivo por el cual al cumplirse el primer trimestre de embarazo la joven madre aceptó someterse a la prueba de carácter invasivo llamada Amniocentesis; misma que consistía en el análisis directo de una muestra del líquido amniótico de la paciente. El temor de ambos padres fue confirmado cuando dichas pruebas dieron positivo en Síndrome de Down.

Felipe sabía por experiencia propia lo que significaba convivir y cuidar de un adulto cuyo nivel intelectual nunca sería mayor al de un niño de cinco años. A lo largo de su corta vida Esteban padeció además algunas de las patologías más comúnmente asociadas con su condición, sufriendo desde muy temprana edad enfermedades del tracto digestivo y cardiopatía congénita; siendo esta última y después de numerosas intervenciones quirúrgicas la causa de su temprano fallecimiento.

Isabel no estuvo de acuerdo en un principio, mas los fuertes argumentos esgrimidos por su esposo recordándole el insensato vagar de su hermano por los senderos del repudio y la soledad, la condujeron a vivir su experiencia más traumática hasta ese día. El aborto realizado a través de la técnica de «Legrado por aspiración» no requería anestesia general, permitiendo que la embarazada estuviese despierta durante toda la intervención que consistía básicamente en la separación del feto y de la placenta de la superficie uterina materna mediante la succión ejercida por una bomba eléctrica. Isabel nunca se recuperó de lo que presenció y sintió durante aquella vejación contra su cuerpo y el de su hijo nonato; jurándole a su esposo que sin importar el veneno que pudiese contener la simiente de este, ni la maldición que sobre su seno hubiese caído, jamás volvería a atentar contra la vida que en ella germinase.

Dos años más tarde, nació Sara.

En su segundo cumpleaños, el fulgor del verde mineral de sus ojos adornando la nacarada tez envuelta en el ardor pelirrojo de sus cabellos, anunciaba a Isabel y Felipe Castillo la promesa de futuros hijos hermosos y libres de cualquier corrupto residuo latente en ellos.

A los seis meses siguientes, Isabel volvió a quedar embarazada de gemelos.

En esta oportunidad, al concluir el primer trimestre de gestación, se sometió exclusivamente a los exámenes exploratorios más habituales de análisis ecográfico y bioquímico. Su anhelo por concebir a los hermanos menores de Sara fue respondido con los resultados parciales que indicaban un alto riesgo de malformación congénita. A raíz de estos primeros exámenes no invasivos, la Dra. Samanta Anaya le recomendó como su actual Ginecóloga de cabecera consultarse con el Dr. Eduardo Andrade; médico obstetra con más de tres décadas de experiencia y Jefe del Dpto. de Obstetricia y Ginecología del Hospital Universitario de Madrid.

A diferencia de su primer embarazo, Isabel y Felipe no tuvieron que esperar más de 48 horas para saber con certeza que cualquiera que fuese el malsano residuo que aún circulaba a través de sus venas, este no había desaparecido con el embarazo de Sara; sino que por el contrario se había mantenido latente a la espera de un mayor número de víctimas.

El método denominado por las siglas QF-PCR («Quantitative Fluorescence Polymerase Chain Reaction»), el más moderno de los tres utilizados en la Amniocentesis, reveló una «trisomía del cromosoma 21» en los dos fetos; lo que significaba sin lugar a dudas la presencia de retraso mental.

Tal y como prometió, Isabel manifestó su decisión de llevar a término el producto dañado de su embarazo. No importaron las razones personales de Felipe, ni las médicas expuestas por el Dr. Andrade. Esta vez ella no consentiría que su miedo a ser la madre de dos hijos discapacitados la convirtiesen nuevamente en una asesina. En esta ocasión, no dejaría que sus hijos terminasen como desechos clínicos amontonados en una enorme bolsa negra a la espera de ser incinerados.

Una lluviosa noche de verano, Isabel esperó a que Sara recitara las oraciones que recién le había enseñado, sentándose con ella en el borde de la cama cubierta con un mullido edredón rosa estampado con las siluetas alternadas de pájaros blancos y azules. Tomando la suave y delicada mano de su hija entre las suyas, Isabel trató de explicarle las razones por las cuales sus hermanos eran ––y serían siempre–– especiales…

––Ellos no jugarán, ni irán al colegio contigo y tus amiguitas ––comenzó diciéndole, consciente de su ambigüedad––; pero puedes creerme cuando te digo que si los quieres, tus hermanos te devolverán ese amor multiplicado por diez.

––¿Pero porqué son diferentes mamá? ––preguntó Sara con mayor curiosidad––. ¿Por qué no pueden ir al colegio conmigo?

––Porque a veces preciosa, algunos bebes al nacer no despiertan del todo y crecen viviendo entre sueños.

––¿Pero no los podemos despertar? ––insistió Sara asustada.

––No cariño…, no podemos ––le contestó Isabel, melancólica––. Pero si debemos de procurar formar parte de sus sueños para que sepan que los queremos mucho, y que no se encuentran solos.

Sara abrió sus grandes ojos verdes como respuesta a lo dicho por su madre. La idea de que sus futuros hermanos no pudiesen despertar jamás la aterrorizó profundamente.

––Pero mamá… ¿Y si tienen una pesadilla y… y no pueden despertar?

Isabel no pudo evitar sonreír y al mismo tiempo sentir una tristeza vaga e indefinida.

––Ellos no pueden tener pesadillas porque a diferencia de nosotros, en sus sueños no hay monstruos ni hombres malos. Únicamente estarán aquellas personas que los amen, y por eso tendrás que quererlos mucho para que puedan soñar contigo.

Esa noche Sara durmió más tranquila sabiendo que en la tierra de ensueño en donde morarían sus dos hermanos no existían las malignas criaturas que a ella tanto le atemorizaban. Mas lo que no se imaginaba a su corta edad, es que alrededor suyo ya deambulaban horribles monstruos que destrozaban los huesos con sus garras y teñían de rojo sus colmillos con la sangre de indefensas víctimas.

Lo que Sara todavía no sabía, es que dos de esos monstruos estaban a punto de entrar en este mundo… y en su hogar.

IV

Al quinto mes de embarazo Felipe le planteó sutilmente a su esposa, en la intimidad del dormitorio, la posibilidad de provocar un aborto.

––Piénsalo, por favor ––le pidió sentado en la cama, apoyando un libro dedicado al «Síndrome de Down» sobre la gruesa colcha que cubría su regazo––. Nuestros padres viven demasiado lejos para ayudarnos.

Isabel adoptó una actitud defensiva, lo cual se convirtió en algo frecuente desde que el Dr. Andrade les comunicase los resultados de las pruebas practicadas a sus hijos.

––Nunca me ha hecho falta la ayuda de tus padres y esta vez no será una excepción ––le respondió sin ninguna consideración––. El centro nos prestará la ayuda que necesitemos los primeros meses hasta que nosotros seamos capaces de afrontar cualquier dificultad que se presente.

Felipe guardó silencio, recordando las incontables dificultades a las que su propia madre se había enfrentado a causa de su hermano Esteban.

––Nadie te culpará, cariño ––le aseguró con honesta condescendencia. Ninguno de los dos advirtieron que su pequeña hija de cuatro años se encontraba parada detrás de la puerta, esperando oír como tantas otras noches alguna conversación acerca de sus futuros hermanos.

Sin alterar lo más mínimo el tono de la voz, Isabel miró solemnemente a su esposo respondiéndole con preguntas que Sara jamás olvidaría:

––Supongo que si Sara enfermase gravemente y necesitase de nuestros cuidados diarios ¿Deberíamos de valorar la posibilidad de tener otro hijo mientras la abandonamos en alguna institución por el resto de su vida? ¡¿O quizás deberíamos de ir a aquella clínica y preguntarles si tienen un equipo lo suficientemente grande para… para destrozarla en pedazos y… y quemarla con el resto de la basura?!

Isabel se cubrió el rostro con ambas manos ocultando las lágrimas de vergüenza y culpa que humedecían sus mejillas, al igual que lo hacían con la estéril toalla colocada bajo su cabeza en el siniestro quirófano de su recurrente pesadilla. En noches como aquella, los alquitranados ojos de su primer hijo la observaban con obsesiva insistencia desde el fondo de un inmundo recipiente manchado con los residuos secos de innumerables abortos.

Después de aquella noche Felipe no intentaría volver a convencerla de atentar contra las vidas que se nutrían de la suya propia.

Y después de aquella noche, Sara no volvería tampoco a escuchar tras la puerta del dormitorio de sus padres.

El 21 de Mayo de 1991, Sara se reunió por primera vez con sus hermanos en la habitación 234 del Hospital Universitario de Madrid. Los recién nacidos soñaban también su primer sueño fuera del vientre materno, mientras sus cabecitas descansaban sobre el pecho de su madre quien los contemplaba con verdadera adoración. Felipe sostenía a Sara en brazos y ella hacía lo propio rodeando el cuello de este con los suyos. No comprendía que le sucedía, pero una inexplicable sensación de rechazo se apoderó de ella cuando contempló a los dos pequeños recién nacidos.

El instinto de Sara le decía que gran parte de ese sentimiento de repulsión provenía de su padre; y que él no era feliz.

Muy pronto ella también descubriría la causa de esa infelicidad.

V

Cuando Alejandro y Miguel cumplieron su primer año, Sara supo que jamás llegaría a quererlos.

Los atributos físicos distintivos de su condición se hicieron notorios a los pocos meses de haber nacido. Alejandro poseía una cabeza redonda y desproporcionalmente pequeña. Los dedos de sus extremidades eran cortos y gruesos asemejando sus miembros a dos grotescas pezuñas. Sus piernas cortas y flexionadas eran las pálidas ancas del deforme batracio a punto de saltar de su putrefacta charca. Miguel en cambio contaba con una cabeza más proporcionada, aunque la zona posterior de esta se hundía en una notoria depresión que su fino cabello escasamente disimulaba.

Mas no fueron estas anomalías físicas las que hirieron desde tan temprana edad la sensibilidad de Sara. Lo que realmente la perturbaba eran esos rostros de irreal semejanza cuyos repulsivos rasgos permanecían estáticos; como si hubiesen sido pintados por un artista cuyo insano talento se burlaba de la armonía inherente a la belleza. Ambas máscaras estaban fundidas a los hombros por cuellos anchos y cortos. Sus ojos oblicuos convergían en alienante ángulo contra una nariz hundida y ancha precedida por una boca de finos y macilentos labios perennemente abiertos, y permanentemente humedecidos por la saliva que se acumulaba en sus marcadas comisuras.

Al cumplir los tres años Alejandro y Miguel fueron diagnosticados con «Discapacidad Cognitiva Grave»; lo cual denotaba uno de los grados de retraso mental más profundo con un coeficiente intelectual entre 35 a 40 CI. El Dr. Roberto Arenas, Psicólogo Jefe del Instituto Pedagógico y una de las máximas autoridades en el área de demencia infantil, les propuso con vehemencia a Isabel y Felipe que ambos hermanos fueran ingresados de inmediato debido al tratamiento que necesitarían a lo largo de sus vidas. Trastornos como la esquizofrenia, episodios catatónicos, insomnio, depresión, y ataques de agresividad; se contaban entre los posibles síntomas que podrían padecer en el transcurso de su crecimiento. Su imposibilidad de aprender un lenguaje complejo como medio de comunicación y el progresivo deterioro de sus funciones motrices, constituían además dos razones de peso que exigían atención profesional las 24 horas.

Nuevamente el férreo carácter de Isabel se impuso, convenciendo a los médicos de la institución en criar a sus hijos dentro de las paredes de su hogar con la asistencia diaria de una enfermera que tuviese experiencia en casos similares. Felipe gestionaba un negocio familiar de transporte y refrigeración heredado de su familia, contando por lo tanto con los medios económicos suficientes para contratar los recursos humanos y materiales que fuesen necesarios.

Contra la firme recomendación del Dr. Arenas y la renuencia de su esposo; la enfermera titulada Julia Casals, de extensa trayectoria y experiencia con deficientes mentales de diferentes edades, acordó prestar sus servicios a la familia Castillo hasta que la condición de Alejandro y Miguel les obligasen a ser recluidos indefinidamente en la institución psiquiátrica.

Desde su primer día en el hogar de los Castillo, la dedicación de Julia por los retrasados trascendió el ámbito profesional transformándose en la devoción propia de una madre. Los cuidados exigidos por los gemelos y el inicio de la terapia conductual, junto con las largas sesiones de ejercicios orientados a desarrollar sus habilidades motrices, significó para Isabel un punto de inflexión en donde las necesidades de los oligofrénicos se antepondrían a las suyas propias y a las del resto de su familia.

A sus 42 años Julia había pasado más de la mitad de su vida asistiendo a niños con deficiencias mentales, ayudando y consolando a sus padres quienes tenían que lidiar con el fruto malogrado de su unión. En el sombrío futuro que se cernía ante ella, Isabel encontraría en la enfermera no solo a alguien que la ayudaría a evitar que la exigua humanidad de sus hijos se desvaneciese por completo; sino también a una confidente a quien contarle sus dudas y miedos. Una amiga con quien compartir la terrible carga que con el avanzar de los días se volvería cada vez más pesada.

En contraste con la íntima relación que la unía a Isabel; Julia parecía evitar en la medida de lo posible a los demás miembros de la familia. Gradualmente, la ascética enfermera llegaría a ser para Sara apenas una sombra que seguía a su madre allí a donde esta fuese.

VI

Las inocuas existencias de Alejandro y Miguel transcurrían en su mayor parte dentro de un cuarto acondicionado exclusivamente para ellos. Este «santuario» interconectaba con el espacioso patio trasero, creando un ambiente aislado en donde su relación con el resto de la humanidad se limitaba casi exclusivamente a las dos mujeres que los alimentaban y aseaban. Isabel y Julia trabajaban incontables horas con los gemelos en las terapias cognitivas facilitadas y supervisadas por el Dr. Arenas; consiguiendo gracias a su obsesiva tenacidad que lentamente fuesen comprendiendo algunos de los conceptos y definiciones más básicos del entorno familiar. Miguel fue el primero en articular una serie de palabras, aunque tanto a él como a Alejandro se les dificultaba la correcta vocalización de algunas consonantes las cuales tendían a intercambiar en un patrón constante: madre («madde»), padre («padde»), hermana («hedmanna»). En adición a dichas palabras, una serie de animales y objetos eran algunas de las definiciones que alcanzaban a reconocer de forma abstracta por su imagen dibujada o fotografiada.

A causa de la dedicación prácticamente exclusiva de Isabel hacia sus hijos, la predilección de Sara por su padre creció en proporción a su distanciamiento del resto de la familia. Con el pasar del tiempo, su madre fue convirtiéndose en una extraña; alguien cuya principal finalidad se basaba en evitar que las dos bestias fuesen apartadas de su lado. Porque eso era lo que aquellos dos monstruos representaban para Sara con sus interminables gritos y gemidos; con su expresión anodina y sus ojos carentes de luz. Eran criaturas gobernadas por los más primitivos impulsos. Seres que no eran conscientes de si mismos ni de la amargura que producían en aquellos que tenían la desdicha de convivir con ellos.

En el transcurso de su infancia, Sara se enfrentó a la crueldad esencial e instintiva del ser humano a través de las burlas de los otros niños. Ya fuese en el colegio o fuera de este, ella y sus hermanos eran los protagonistas de estribillos absolutamente estúpidos (y otros absurdamente obscenos) recitados con la incansable perseverancia infantil. Sara debió de aprender a tolerar el sádico escarnio de sus compañeros de clases; repitiéndose para sus adentros que algún día se iría muy lejos de allí, donde nadie más la conociese. Otras veces se refugiaba en el consuelo de su padre, y en la intima amistad entablada con otra niña de su curso llamada Susana a quien el destino había marcado con un estigma similar. Su madre padecía de «Alzheimer Precoz», lo cual desde su infantil perspectiva constituía un vínculo en común.

Ambas niñas se encontraron por casualidad cuando Sara, al igual que en muchas otras ocasiones, desahogaba su frustración y vergüenza llorando a escondidas en la enorme biblioteca anexa al edificio de aulas usualmente desierta hasta el mediodía. Susana se disponía a entregar un viejo libro de álgebra cuando descubrió a Sara sentada en el último asiento de una de las robustas y largas mesas de nogal barnizado. Pese que a diferencia de ella, el «secreto» de Susana no era conocido fuera de su entorno familiar, ambas niñas empatizaron rápidamente gracias a que las dos estaban condenadas a convivir con seres a quienes la enfermedad en el caso de Susana, había transformado a una madre en el fantasma que deambulaba extraviado por las estancias de su hogar en pos de los recuerdos perdidos. En el caso de Sara, a dos hermanos en grotescos animales con aspecto humanoide apenas domesticados por el enfermizo amor de su progenitora.

Sin embargo no eran las vulgares rimas infantiles ni los pedestres insultos los que causaban en Sara la más profunda humillación. Lo que verdaderamente generaba en ella un sentimiento de furia, un odio tan vasto como indefinido, era la empalagosa y ficticia condescendencia de los adultos.

––«Hola Isabel, pero que guapos están Alejandro y Miguel ¡Habrá que buscarles novia! ¡¿Verdad?!»

––«¡Vaya!, ¿y tú quién eres? ¿Alejandro o Miguel? Es que sois tan parecidos… Dime Isabel, ¿cuál de los dos es el más tremendo?»

––«Disculpe Señora… ¿Son sus hijos? Una pareja muy amiga nuestra tuvo también a un chico “especial”… ¿Verdad que se dejan querer…?»

«Se dejan querer…»

Sara no podía entenderlo. ¿Cómo era posible que su madre riese complacida ante aquellas muestras de asquerosa indulgencia? ¿Cómo lograba su orgullo alimentarse de tales migajas de hipocresía y soberbia ajena?

«Se dejan querer…»

Porque así era como en verdad los veía el resto de las personas. Como animales; como perros enormes que comen y defecan, gruñen y ladran moviendo los brazos (la cola) cuando alguien les habla o los acaricia. En una ocasión, la anciana que vivía en el edificio contiguo les preguntó si ya tenían novia y Sara no pudo evitar imaginarse, al tiempo que un súbito estremecimiento recorría su ingle, a los dos gemelos desnudos de rodillas en el suelo «enganchados» por detrás con una pareja de grandes mastines hembra (como las del Sr. Gutiérrez, dueño de la carnicería más antigua del vecindario), y su madre parada a unos metros de ellos sosteniendo un balde rebosante de agua.

No… quizás su madre no quería verlo; pero ella si lo hacía. Ella si veía como los niños más pequeños se arrimaban a sus padres al pasar al lado de los retrasados. Ella si veía como estos observaban a los oligofrénicos con una mezcla de lástima y repulsión; para acto seguido contemplar a sus hijos mostrando una elocuente expresión de alivio. Ella si podía escuchar los murmullos y las risas solapadas cuya aborrecible melodía los recibían como un himno de bienvenida allí a donde llegaban.

Un sábado a mediados de Julio, la familia Castillo se preparaba para su acostumbrado paseo matinal que usualmente terminaba en un acogedor restaurante situado a pocos minutos a pie de su hogar, y a dos calles del Parque de Atracciones de Madrid. Esa mañana, Sara decidió que ya no soportaría más el fingido placer de los camareros al verlos entrar, ni la meliflua deferencia del dueño para con los dos animales que se sentaban a la mesa junto con el resto de los comensales. No escucharía más los alaridos o las salvajes carcajadas tan repentinas y espontáneas como la satisfacción que las precedía. No disimularía más su vergüenza ante desconocidos cuya displicencia hacia ellos solo era superada por su inherente morbosidad.

Con sus doce años recién cumplidos, Sara confrontó a su madre diciéndole que «no quería salir más con sus hermanos». La reacción de Isabel fue visceral. Su expresión reflejaba incredulidad por lo que parecía considerar como la mayor traición posible. Cobijada entre los brazos de su padre, Sara fue el blanco pasivo de las recriminaciones de su madre que la describían como una hija consentida a quien se le había dado todo, y a quien únicamente se le exigía devolver una fracción de esa atención y cariño. En un momento dado, Sara elevó la mirada encontrándose con la de su padre la cual le aseveraba con su acostumbrada dulzura que su madre no sentía nada de lo que decía; que simplemente actuaba impulsada por lo mucho que quería a Miguel y Alejandro. Sara aguardó callada sin importarle las amenazas proferidas, mismas que resonaban para ella tan huecas como el eco que estas producían entre las paredes de la sala principal.

Ese fin de semana y los dos siguientes, Sara acompañó a su familia a las acostumbradas salidas matutinas. No obstante, a diferencia de las veces anteriores, su silencio e indiferencia comenzaron lentamente a socavar la voluntad de Isabel quien luego de un tiempo le permitió quedarse en casa.

––No deseo que vengas con nosotros por obligación ––le dijo una noche antes de acostarse––. Pero quiero que sepas que me has decepcionado mucho, y espero que cuando crezcas te des cuenta del daño que me estás haciendo.

Aquellas palabras significaron para Sara una especie de despedida. No solo la eximían de acompañarlos, sino también de quererlos. Esa noche se sintió abrumada por la tristeza de admitir que muy dentro de ella se alegraba de decir adiós…

Adiós a los dos monstruos con los cuales compartía una misma madre.

Adiós a una madre que la obligaba a compartir su vida con aquellos monstruos.

Tres años después en un caluroso día de verano, Sara decidió invitar a su amiga Susana al hogar que era pura ausencia hasta que su padre regresaba a él. Hacía mucho que deseaba mantener una relación de amistad con una adolescente de su misma edad; y además, quería presumir del elegante vestido que junto con los accesorios su padre ––no su madre––, le había comprado para su tan esperado 15avo cumpleaños. Como era lo usual a esas horas de la tarde, Isabel y Julia (la otra extraña) se encontraban con Alejandro y Miguel cambiándoles por tercera vez desde que despertaran, los enormes pañales desechables que se amontonaban por decenas en el contenedor externo de basura a causa de las numerosas afecciones gastrointestinales que padecían.

Mientras se probaban los zapatos de color mora que hacían juego con el tenue lila del vestido, un ronquido gutural seguido de una serie de agudos chillidos provocó que Sara soltase el recién estrenado calzado en medio de un breve gemido de terror. Sin importar lo acostumbrada que estaba a las bestiales manifestaciones de sus impredecibles hermanos, no cesaba de estremecerse cada vez que oía aquellos pavorosos gritos. Para su asombro, Susana le confesó que sentía curiosidad por verlos aunque solamente fuese desde lejos. En un primer momento Sara se negó argumentando que aquello sería asqueroso. Pero un cierto morbo infantil se apoderó de ella también, provocando que ambas sucumbiesen a la tentación de espiar a los dos errores de la naturaleza.

Sigilosamente esperaron a que Isabel y Julia regresasen a los aposentos de los retrasados para adentrarse en el angosto pasillo que separaba el comedor de los dormitorios ubicados en la primera planta. Un grito (aullido) más grave y prolongado que el anterior, resonó con fuerza en las angostas paredes del corredor causándoles un escalofrío que las obligó a detenerse por unos segundos. Sonriendo con evidente nerviosismo Susana cogió de la mano a Sara, y juntas prosiguieron hasta llegar a la puerta ligeramente entreabierta de la habitación situada al final del pasillo.

Lo primero que conmocionó a ambas niñas fue la poderosa vitalidad que desprendían los hermanos. Con apenas once años, poseían la corpulencia de un adulto rozando ya la altura de su madre. Sus cabezas de rostros reducidos contrastaban con el grosor de las extremidades, mayores que las de cualquier hombre que ellas conociesen. Al bajar la vista, Sara comprobó que ambos se hallaban totalmente desnudos salvo por Alejandro quien llevaba puesto un enorme pañal desechable de llamativo color verde. Nuevamente, los músculos de su bajo abdomen se contrajeron como respuesta al rechazo de su femineidad ante la excesiva virilidad de Miguel balanceándose libremente como un grotesco péndulo de carne. Entretanto su madre indiferente, de rodillas en el piso, le cubría con la denigrante pieza de tela. Pero fue solo hasta que Sara volvió a mirar hacia los contrahechos rostros de los retrasados cuando un intenso escalofrío recorrió su espalda.

Miguel observaba con inquietante fijeza a la enfermera, al tiempo que sus rollizos brazos aleteaban sin control amenazando con pegarle. Desde su nauseabunda mueca de satisfacción, la densa baba caía sobre su voluminoso vientre deslizándose hasta el ombligo, donde elásticas hebras de saliva se estiraban hasta su miembro erecto surcado por un sin fin de abultadas venas. A diferencia de su hermano, Alejandro no evidenciaba signos de excitación sino que por el contrario permanecía inmóvil con un inquietante gesto de primitiva lascivia. Pero había algo más…, algo que le causó a Sara un profundo malestar. Los retorcidos labios lechosos de Alejandro en conjunto con el acuoso brillo generado por las dos odiosas almendras inclinadas que eran sus ojos; revelaban la degenerada fascinación del anhelo no satisfecho.

La fuerte presión en su mano hizo que Sara voltease a su derecha donde Susana la veía con terror y repugnancia a la vez.

––Vámonos ya, por favor.

Sin contestarle, Sara retrocedió dos pasos cerciorándose que ninguna de las dos mujeres hubiese notado su presencia. Ambas adolescentes regresaron por el estrecho pasillo a través del cual habían venido.

Susana nunca más volvió a la casa de Sara.

Después de graduarse en Bachillerato, no volvieron a verse nunca más.

VII

En el transcurso de los primeros trece años, los cuidados profesados por Isabel y Julia a los gemelos más sus continuas visitas al psiquiátrico, solo sirvieron para confirmar cuan «dormidos» estaban y cuan lejos su mundo de eterna ensoñación se encontraba de este. Sin importar las diferentes terapias a las que fueron sometidos, la involución de sus habilidades cognitivas marcaron el punto sin retorno de su bestialidad por encima de la humanidad. En contraposición a esto, un atributo compartido por todos los animales del planeta se desarrollaba en Alejandro y Miguel de manera alarmante: Su descomunal fuerza física.

Isabel y Julia jamás lo admitieron; pero en diversas ocasiones, mayormente en verano cuando vestían blusas sin mangas, Sara había descubierto moretones y arañazos a lo largo de la pálida piel de sus brazos. Cuando se lo comentó a su padre, este le respondió que sus hermanos no lo hacían por maldad sino porque simplemente eran incapaces de evitarlo.

––¿Pero que sucederá papá sino mejoran? ¿Qué sucederá cuando crezcan y sean aun más fuertes? ––le preguntó aquel domingo por la noche, mientras los dos solos ––como era habitual–– bebían limonada sentados en el acogedor porche de su hogar. Tomando un sorbo de su vaso, Felipe respondió con resignación:

––Si eso ocurre, me temo que tu madre tendrá que comprender al fin que el mejor sitio para ellos es el instituto.

Sara nunca se lo confesó a su padre, pero llevaba mucho tiempo fantaseando con la idea de que sus hermanos pasaran el resto de sus vidas confinados. Y el hecho de que su madre se fuese con ellos, era aun mejor.

VIII

Sara cursaba el primer trimestre de Derecho en la Universidad de Madrid cuando aconteció «el accidente».

El 21 de Mayo del 2001, Felipe e Isabel Castillo celebraron el catorceavo cumpleaños de sus dos hijos gemelos. Adicionalmente a esto, había un segundo motivo de festejo que simbolizaba para Isabel la recompensa a su sacrificio y ardua dedicación. Al cumplir los doce, Alejandro y Miguel empezaron a responder positivamente a las diferentes terapias conductuales y físicas. Si bien no pudieron evitar el descenso de sus mentes dentro de la oscuridad, si lograron en cambio importantes mejoras en su comportamiento social. Los abruptos ataques de agresividad y los frecuentes episodios de depresión habían disminuido notablemente, hasta el punto de en los últimos meses desaparecer por completo.

Desafortunadamente para Sara tres meses antes de aquella absurda celebración, su padre; su confidente y amigo, sufrió un infarto agudo de miocardio que lo postró en la cama de una habitación de hospital dos pisos por encima de aquella en donde 14 años atrás se reuniera por primera vez con las dos recién nacidas abominaciones.

Aquellas semanas fueron las más difíciles para Sara, principalmente debido al temor de perder a la única persona que realmente amaba, y por el hecho de regresar a una casa cuyo ubicuo silencio solo era interrumpido por los estridentes gritos de los retrasados. En aquel bizarro hogar, su madre y la introvertida enfermera evitaban sutilmente cualquier contacto con ella, mientras que en cambio las estentóreas llamadas de los estúpidos las llenaban de alegría aún cuando estas solo pudiesen significar cambiarles los nauseabundos pañales verdes, o limpiar la densa baba que rezumaban desde sus blanquecinos labios símbolo inequívoco de su perpetua imbecilidad.

A Sara no le importó la extrema delgadez ni la macilenta tonalidad ocre que teñía su tez. Cuando su padre retornó del hospital al cabo de tres semanas, todo lo que ella deseaba era abrazarlo con la esperanza de que no volviese a ausentarse bajo ninguna circunstancia. Efectivamente, aunque Felipe Castillo nunca se recuperó completamente, siempre estuvo para su hija cuando esta más le necesitó. Excepto hasta dentro de diez años, cuando Sara supo que iba a morir.

La noche anterior a la celebración del cumpleaños de sus hijos gemelos, un inclemente dolor de cabeza unido a unas fuertes nauseas mantuvieron a Felipe despierto, alternando las interminables horas entre su dormitorio y el baño de la planta baja al que acudía con la esperanza de no desvelar a los demás miembros de la familia.

El domingo al mediodía Sara apenas pudo tolerar ver como su madre, insensible a la evidente indisposición de su esposo, festejaba con estruendosas muestras de cariño y felicidad los avances logrados por los dos estúpidos. El hombre que constituía su verdadera familia; al que Sara le debía lo que es y llegaría a ser, sostenía en esos momentos la enorme tarta entonando a coro con el resto de los invitados el monótono y repetitivo estribillo.

––¡Alejandro!…, ¡Miguel!…, ¡mirad! ¡Mirad que tarta tan grande! ¡Un aplauso para papá! ––Exclamó Isabel, esperando a que los presentes aplaudiesen con ella. Como de costumbre, Felipe se mostraba cariñoso tanto con sus hijos como con su esposa cuyas lágrimas de alegría desdibujaban la fina línea de rímel que bordeaba sus pestañas.

––«¡Cumpleaños feliz… Te deseamos a ti… Cumpleaños…!» ––Cantaban todos al unísono.

––¡Ahhhh!… ¡Añod Fedisss!… ¡Añod Fedisss! ––respondían los homenajeados entusiasmados.

Cuanto aborrecía Sara aquella escena. Su padre solícito entre gestos y ademanes festivos, partiendo el enorme pastel cubierto con nata y azúcar caramelizado en gruesas rebanadas que su madre repartía con suma diligencia. Cuanto odiaba la ausente sonrisa de los retrasados aderezada por el permanente coágulo de saliva en las comisuras de sus labios.

––¡Aatel!…, ¡aatel!…, ¡aatel! ––vociferaban los idiotas al engullir el pastel en grandes bocados.

––¿Queréis más? ––les preguntó Isabel con enfermiza solicitud–– ¡Pues entonces os traeré otro trozo muy, muy grande; mis corazones!

Nuevamente Alejandro y Miguel le respondieron emitiendo sus turbadores bufidos, aleteando sus brazos como si se tratasen de dos gigantescas y horrendas aves a punto de alzar el vuelo. Los hijos de las familias asistentes a la fiesta jugaban en el patio posterior de la casa persiguiéndose entre ellos; saltando y correteando a una distancia prudencial de los retrasados. Los más jóvenes habían sido aleccionados para comportarse con naturalidad y evitar las preguntas inconvenientes acerca de «los hijos especiales» de Felipe e Isabel Castillo. Al reunirse para partir la aparatosa tarta, muchos de los niños no podían evitar sentir curiosidad por aquellos dos de aspecto y comportamiento singular, cuya corpulencia pese a su corta edad sobrepasaba a la de muchos de sus padres.

Al oscurecer, la celebración llegaba a su fin. Alejandro y Miguel evidenciaban el cansancio de una jornada llena de emociones, y ya comenzaban a tornarse algo irascibles. Con la ayuda de Julia, Isabel les llevó a sus cuartos mientras Felipe se quedaba a conversar con algunos de los amigos más allegados. Media hora más tarde, dos de ellos; Roberto y Sofía Álvarez, una pareja de padres primerizos, se disponían también a partir. Al volver de despedir a algunos de los otros padres invitados, Isabel se encontró con Sofía quien buscaba a su hijo en las inmediaciones del patio trasero llamándolo en voz alta por su nombre de pila.

––¡Héctor!…, ¡ Héctor! ¡Ya nos vamos!

––Hola Sofía, ¿No ves a Héctor por ningún lado?

––Hola Isabel…, no… no logro encontrarlo ––respondió esta distraída.

––¿Les has preguntado a los demás niños? ––inquirió Isabel, tratando de no mostrarse preocupada.

––Si…; pero nadie lo ha visto desde hace un buen rato… ¡Héctor! ¡ Héctor! ¿¡Dónde estás!? ¡Tenemos que irnos!

––No te preocupes, Sofía ––le dijo Isabel con tono tranquilizador–– Siempre mantenemos la verja con el candado puesto, así que no pudo salir a la calle. Seguramente habrá entrado para ir al baño o a curiosear por los rincones.

Como el trágico colofón a sus palabras, un grito femenino amortiguado por la distancia hizo que todos los presentes volteasen hacia la casa. Allí, Sara se aferraba al marco de la llamativa puerta de vidrio cromado que daba acceso al patio, luchando entre sollozos por que las palabras brotasen de su boca.

––¡Ayudadme! ¡Ayudadme… por… por favor! ¡Están… están matándolo!

Por unos instantes Sofía, junto con su esposo Felipe y el resto de los invitados, contemplaron inmóviles a Sara tratando de descifrar aquella terrible afirmación. Isabel en cambio no esperó. Corrió hacia la casa sin prestar atención a su hija adentrándose en el oscuro pasillo que conducía al dormitorio de los retrasados. Cuando la consciencia de Sofia vinculó su más profundo temor a los gritos de Sara, ella también corrió con desesperación.

––¡Aaahhhh! ¡Aaahhhh! ¡Aaahhggg!

Felipe fue el primero en llegar al dormitorio de sus hijos segundos después de su esposa.

––¡Isabel!… ¡¿Qué está pasan…?!

––¡Aaahhhh!…, ¡aaahhhh…, aaahhggg!

Los gruesos dedos de Alejandro desaparecían en el abundante y pegajoso cabello del pequeño Héctor. Miguel por su parte, sujetaba firmemente el tobillo de la pierna izquierda del exánime cuerpo. Ambos elevaron el cadáver destrozado para seguidamente arrojarlo contra el piso; una y otra vez. Cuando Isabel pronunció sus nombres en alto, los retrasados soltaron lo que quedaba del infeliz niño señalando los despojos y vociferando al unísono:

––¡Unna adtilla! ¡Unna adtilla! ¡Unna adtilla!

Felipe no se había percatado de que Sofía ya se encontraba en el umbral de la dantesca escena. La madre del infortunado infante permanecía inmóvil, mas su mente racional había dado un paso atrás negándose a admitir que el cadáver que yacía en el suelo era su hijo. Protegida de todo aquel horror por su propia negación, Sofía habló consigo misma en un monologó distante y sereno:

¿Qué hace aquí este muñeco roto con todas esas manchas rojas? Esos dos horribles niños que no paran de gruñir lo han destrozado al igual que el resto de juguetes que les hemos regalado. Creo que su cabello es rubio, como el de mi Héctor…; pero está manchado de sangre… Porque ese líquido rojo tiene que ser sangre, ¿cierto? Pobre muñeco… Le han roto los brazos y las piernas. Que espantosas se ven dobladas de esa manera. Y parece… Si, parece que le han mordido…, tiene moretones con las marcas blancas de sus dientes. Y están por las piernas, por los brazos, por su cuello… Pobre muñeco. Tiene la cabeza totalmente girada y su cara… El plástico (la piel) de su cara está hinchado y sus facciones parecen como derretidas. ¡Pero no puede ser! Isabel jamás les dejaría jugar con fuego. ¿Le han arrancado los ojos? No… deben de encontrarse debajo de esos dos bultos morados con la rajadura atravesándolos. Si, eso es…, los dos bultos debajo del cabello son sus ojos, y aquella cosa pegada debe ser su nariz. Claro, eso es…; por eso su cara azul tiene ese hueco… Por eso el líquido rojo fluye desde allí. Si… si…, creo que puedo ver un pedazo de diente incrustado dentro.

»Pobre muñeco… No les volveré a regalar nada a estos retrasados. Lo destrozan todo. ¡Todo!

Sofía no entendía por qué su esposo, quien la abrazaba con fuerza, por alguna razón lloraba e insultaba a esos horrendos niños.

»Están disgustados, continuó conversando con los ecos de sus pensamientos al ver como Isabel y Felipe retenían a sus hijos visiblemente alterados contra la pared. Se han enfadado con ellos por romper el muñeco... ¿Pero por qué se disgustan con ellos?¿Acaso no saben que son incapaces de razonar? ¿Acaso no se dan cuenta que solo actúan por instinto como cualquier otro animal?

»Tienen sangre en la boca. ¿Por qué tienen la boca embarrada con sangre? Claro, es verdad… se me olvidaba; han mordido al muñeco…

»Pobre muñeco.

Sara regresó al dormitorio de sus hermanos, situándose al lado de Sofía cuya expresión distante y aletargada contrastaba con el semblante descompuesto de su marido. Uno de los invitados que había acudido al sangriento rincón de la casa, se retiró de la puerta para vomitar los restos del pastel de cumpleaños sobre la alfombra de tejido sintético que se extendía a lo largo del pasillo. Sujetos por sus padres, los retrasados expelían lastimosos gruñidos y balbuceaban frases ininteligibles sin apartar la vista del niño que acababan de asesinar con sus propias manos. Al igual que hace cinco años cuando se había ocultado tras esa misma puerta, Sara volvió a apreciar los miembros erectos de sus hermanos presionando contra el fino pantalón asedado de vivos colores. Alejandro no cesaba de gemir alternando su mirada entre el cadáver de Héctor y su madre, mientras la burbujeante saliva resbalaba por su mentón y cuello oscureciendo el sol amarillo bordado en el pecho de su pijama. Al igual que en aquella oportunidad, Miguel no prestaba atención al cadáver. A quien este observaba con sus inexpugnables ojos oblicuos, era a ella… Su hermana mayor.

IX

Tres semanas después del incidente, La Jueza titular del Juzgado del Menor N-2 ordenó la realización de una evaluación psicológica de Alejandro y Miguel a cargo de los Psiquiatras forenses del Instituto de Medicina Legal de la Comunidad de Madrid. A los dos meses del atroz asesinato, dicho examen no hizo más que ratificar el diagnóstico otorgado por el Instituto Psiquiátrico Pedagógico de Alarcón, el cual señalaba categóricamente la necesidad de recluir a los hermanos Castillo en un centro de alta seguridad.

El 21 de Junio del 2001, los adolescentes asesinos de Héctor Álvarez fueron remitidos del Instituto Psiquiátrico de Alarcón al Sanatorio Psiquiátrico de Servicios de Salud Mental ubicado en Leganés, dentro del Área Metropolitana de Madrid. La Jueza Carmen Anaya, del Juzgado del Menor, dictó sentencia basada en la información provista por los expertos forenses y por el propio Dr. Arenas; estableciendo la reclusión de los retrasados en el ala para pacientes de alto riesgo del Sanatorio de Leganés por un período mínimo de diez años. Los mismos serían susceptibles de extenderse dependiendo de las pruebas efectuadas periódicamente por un comité interno.

Sofía Álvarez fue internada en el hospital Universitario de Madrid a causa de un intento de suicidio a los dos días del entierro de su hijo. Ni ella ni su esposo volvieron a entablar relaciones con Isabel o Felipe.

Varios de los aspectos relacionados con la muerte del joven Héctor no pudieron ser aclarados; entre ellos preguntas que jamás obtuvieron una respuesta satisfactoria: ¿Qué hacía el niño en el dormitorio de los oligofrénicos? ¿Había ido por su libre albedrío, o los hermanos le obligaron a entrar contra su voluntad? Esto último parecía improbable, pues ninguno de los retrasados se atrevía a salir sin la compañía de su madre o de Julia. Esta ansiedad, producto de su desarrollo en un ambiente tan controlado, estaba plenamente documentada y validada por doctores y familiares.

Pero existía un hecho perturbador que ni Isabel ni Julia supieron contestar, ni tan siquiera comprender. Según las declaraciones obtenidas por los detectives asignados al caso, los invitados corroboraron que no se trató de una fiesta «temática» ni había alguna otra razón para que sus hijos vistiesen disfraces de ningún tipo. Al día siguiente del asesinato, El Patólogo Forense de turno asignado por la Policía Municipal de Madrid, había descubierto durante el examen preliminar de Héctor Álvarez una especie de accesorio de tela pegado a la entrepierna de los pantalones cortos que vestía al momento de su muerte; el cual no pudo ser identificado por los forenses de campo. Al desprender dicho objeto, el Patólogo se percató de que este se encontraba sujeto al cinturón a través de un fino gancho hecho con un material semejante al alambre. Usando una de las numerosas tijeras de acero inoxidable a su disposición, cortó el grueso filamento procurando no dañar el resto de la pieza cuya longitud era mayor de la que supuso en un principio. Al lavarla cuidadosamente con agua destilada, comprobó que se trataba de un objeto cilíndrico de aproximadamente medio metro de longitud recubierto por una capa de tela negra semejante al terciopelo. Su color profundo y su textura de gran densidad le hizo pensar inmediatamente en la parte de un disfraz que emulaba el apéndice de algún animal, como un perro o un gato.

Le hizo pensar en una cola de terciopelo negro.

X

Al contrario de los pronósticos realizados por los médicos del Sanatorio de Leganés; Alejandro y Miguel no sufrieron ningún episodio de violencia durante el primer día de su confinamiento. Sencillamente se sentaron juntos en una de las camas de su minimalista habitación, y cogidos de la mano fijaron su vacua mirada en la pared gris frente a ellos en cuyo lienzo de cemento revivían imágenes entremezcladas de su «madmá» y de la «señoda de blandco».

En uno de sus disgregados ensueños, Miguel revivió como ese niño-monstruo entró en su cuarto asustándolos tanto. Como tuvieron que golpearlo y sujetarlo muy fuerte; para luego estrellarlo contra el suelo como lo habían hecho con aquel pequeño animal peludo y marrón que no paraba de menear su enorme cola negra de un lado a otro.

Miguel recordaba sus ojos grandes y negros mirándolo con fijeza, antes de morderlo en el brazo con sus dos enormes dientes. ¿Qué había gritado «Sada» cuando se introdujo por la ventana entreabierta?:

«¡Addilla! (sonidos que hacían “madmá” y tía) ¡Cuiddado cond la addilla!»

«¡Cuiddado cond la addilla!»

XI

A la segunda semana de aislamiento, Alejandro y Miguel mostraron síntomas de una fuerte depresión. El cambio drástico de su entorno y la ausencia de su madre y Julia como los únicos vínculos de una realidad distante y confusa, significó la total involución de sus mentes trasladándolos de un mundo en sempiterno crepúsculo a otro sumido en la noche eterna.

Las diferentes terapias y programas de interacción cognitiva dirigidas por el panel de psiquiatras del Sanatorio de Leganés no obtenían ningún tipo de resultados. Los llamativos objetos, imágenes y sonidos diseñados para estimular áreas específicas del cerebro de los dos hermanos, se convirtieron en frágiles barcazas cuyos mensajes zozobraban en medio del negro y vasto océano que los separaba de la orilla del raciocinio. Muy pronto los enfermeros y el personal de seguridad cesaron de prestarles atención, limitándose a alimentarlos y lavarlos como a los pequeños querubines de mármol que adornaban la enorme fuente de la entrada principal, cuyos cuerpos pétreos esperaban eventualmente a ser limpiados de los excrementos depositados por las aves pasajeras.

Sin embargo, al finalizar el primer trimestre de su internamiento, los ruegos de Isabel hallaron respuesta en el impertérrito carácter de Julia. Gracias a la decisiva recomendación del Dr. Arenas, la enfermera logró incorporarse al personal médico asignado al pabellón de pacientes peligrosos en el Sanatorio Psiquiátrico de Leganés. No pasó mucho tiempo antes de que en el estático paisaje de su atemporal ensoñación, ambos oligofrénicos comenzaran a escuchar la distante voz de Julia llamándolos desde algún lugar lejano, más allá de las tinieblas que los rodeaban. Ella pronunciaba sus nombres con una cierta cadencia que la distinguía de entre el resto de sonidos que tanto les atemorizaban. Durante el cuarto mes las visitas autorizadas de familiares cercanos introdujeron en el anodino limbo donde habitaban, la otra voz cuyo maternal matiz susurraba sus nombres aun antes de su nacimiento trayendo consigo la evocación de sensaciones pasadas, ráfagas de vivencias olvidadas que conformaban su antigua existencia.

El vínculo que unía a los gemelos con las dos mujeres que vivían para y por ellos, se fortaleció hasta tal punto que el resto de las amistades de Isabel se fueron consumiendo junto con su propia vitalidad. Para Sara, aquella sentencia de diez años fue el preludio de una época de tranquilidad y felicidad en la cual su adolescencia transcurrió al margen de la odiosa presencia de sus hermanos. El afecto que alguna vez profesó por su madre se había extinguido hacía ya mucho, probablemente desde el advenimiento a este mundo de la vergüenza y la bestialidad concebidas por su vientre.

Las evaluaciones realizadas en los gemelos durante su encierro en el pabellón de seguridad, arrojaron las mismas conclusiones que las provistas por el personal médico que se relacionaba con ellos diariamente: El ataque al joven Héctor Álvarez había constituido un incidente aislado debido a la confluencia de circunstancias que nunca pudieron ser aclaradas ni reproducidas en un entorno controlado.

Ahora, quince años después, Sara volvía a asistir junto con sus padres al Instituto Pedagógico de Alarcón, donde el Dr. Arenas les esperaba con el propósito de explicarles porque las vidas de Alejandro y Miguel pronto llegarían a su fin.

XII

Al salir del evocador «túnel verde» formado por la frondosa vegetación de la vía Norte, el edificio residencial del Instituto Psiquiátrico Pedagógico para deficientes mentales emergía ante ellos como una gigantesca lápida enclavada en el cielo matutino. El edificio gris de seis plantas con sus ventanas enrejadas todavía provocaba en Sara una fuerte animosidad. Un olor viciado a miseria y desesperanza impregnaba las anodinas paredes de la fría mole.

Habían transcurrido más de diez años desde que sus hermanos atacaran a uno de los niños presentes en lo que fue el último de sus cumpleaños celebrado en el hogar donde nacieron. Al concluir una década de su ingreso en el Sanatorio de Leganés, Alejandro y Miguel fueron trasladados de vuelta al Psiquiátrico Pedagógico de Alarcón bajo la responsabilidad del Dr. Arenas.

Sara trabajaba actualmente para unos de los mayores y más importantes Bufetes de Madrid. No se había casado pero mantenía una relación estable con otro abogado mayor que ella a cargo del Dpto. Mercantil; destinado principalmente a las relaciones comerciales con consorcios extranjeros.

Mientras Isabel y Sara aguardaban cerca de la entrada principal, Felipe condujo hasta el aparcamiento situado a 400 metros. Bajo la inclemente luz del mediodía el rostro de Isabel lucía demacrado y terriblemente avejentado. La perenne sombra de sus ojeras delimitaba con unos pómulos descarnados, los cuales daban fe de una mujer consumida por el cansancio de una vigilia emocional que se había prolongado desde el nacimiento de sus dos hijos gemelos.

En el jardín central, alrededor de 60 a 70 pacientes compartían diferentes actividades junto con el personal médico asignado a cada uno de ellos. Las caras casi idénticas de niños y adultos sin importar su sexo o raza, originaban en Sara una aversión física; un total rechazo a cualquier sentimiento de lástima o empatía. Frente a ella, seres humanos desprovistos de conciencia vociferaban y reían con brutal vehemencia carentes de toda restricción moral o social.

––Sara… voy a entrar para pedir que localicen a Julia. Me gustaría que nos acompañase cuando el Dr. Arenas nos reciba. ¿Esperaras aquí a tu padre?

––Ve tranquila mamá. Aquí lo esperaré ––le contestó Sara distraída, a causa de una retrasada obesa que perseguía un enorme balón hinchable de color amarillo fosforescente, circunvalado por decenas de líneas verdes a modo de brillantes meridianos. Justo cuando estuvo a punto de cogerlo, la corpulenta mujer cuya edad era prácticamente imposible de calcular como ocurría con cualquiera de los otros pacientes que padecían el síndrome de Down; se tropezó con una raíz que sobresalía entre el césped recién podado. La caída, si bien aparatosa, pareció no tener mayores secuelas pues apenas pudo levantarse, la retrasada fue nuevamente en pos del balón el cual se hallaba bajo unos de los numerosos bancos distribuidos en la periferia del jardín.

––¡Lucia!… ¿Estás bien? ¿Te has lastimado? ––Exclamó una de las enfermeras quien ya caminaba en su dirección sin demasiada prisa.

––¡Si, si…, estoid biend! ––contestó la retrasada de forma despreocupada. Sus rodillas se encontraban embadurnadas con el barro formado por la breve llovizna de la mañana. Su falda desgarrada por la costura trasera, exponía unas pantaletas blancas oscurecidas en la línea divisoria de sus rollizas nalgas, a las cuales se adherían debido al copioso sudor acumulado en aquella zona de su anatomía.

––¡Mira como te has puesto, Lucia! ––exclamó la joven enfermera, restregando con un vulgar pañuelo de tela las orondas rodillas de la tonta.

Sara contempló como la enfermera le desabrochaba la amplia falda de lino color beige, obligándola a girar hasta que la rasgadura quedara a la altura de su cadera. A pesar de su juventud ––Sara calcularía que no tendría más de 22 años––, la enfermera trataba a la retrasada con maternal indulgencia. Solo que a diferencia de una madre, su expresión de hastío revelaba la verdadera naturaleza de su relación: El trabajo de cuidar a un ser humano no apto para vivir por sus propios medios. Una mujer-niña cuya antinatural condición había obligado a su familia a internarla en el único hogar posible; un lugar en donde el resto de las criaturas privadas de raciocinio eran alimentadas y limpiadas por enfermeras vestidas de blanco y de indiferencia. Era imposible que estas fuesen capaces de profesar ningún sentimiento afectivo por aquellos seres marginados; porque la condición humana no consentía sembrar el amor o el respeto en campos estériles de orgullo y pudor. No era posible intimar con individuos cuya mente era poco más que un éter de sonidos e imágenes fraccionadas sin orden ni razón. Hombres y mujeres a quienes tenían que recordársele constantemente no hacer sus deposiciones cuando sus vísceras así se lo exigían.

––¡La pelodta, la pelodta! ––gritaba la retrasada llamada Lucia, saltando a un lado del banco bajo el cual se encontraba el esférico amarillo.

––Déjalo… anda, déjalo. Ahora tenemos que limpiarte y cambiarte la falda. Ya vendremos luego a por el balón ––le prometió la enfermera mientras la conducía al interior del edificio.

¿Cuál era el sentido de todo esto? ––se preguntaba Sara al ser testigo del denigrante espectáculo. ¿Qué falaces argumentos podía ofrecer la hipocresía para prolongar tales errores de la naturaleza? Los hombres que pudieron haber sido sus hermanos murieron en la fracción de segundo en la que su esencia fue corrompida dentro del vientre materno. Las personas que debieron haber sido y a quienes ella podría haber amado, nacieron muertas y en su lugar dos cadáveres que respiraban, lloraban, y defecaban en enormes pañales de algodón; continuaban creciendo y alimentándose gracias al abominable truco de la naturaleza.

A diferencia de otros desgraciados que padecían el síndrome de Down en un nivel mucho menor, sus hermanos, como la mayoría de las criaturas que corrían y deambulaban por aquel patético Edén de grandilocuentes fuentes y estrafalarios jardines; no eran conscientes de sí mismos y por lo tanto no cumplían con la definición más básica del ser humano. Ni siquiera eran animales con los cuales establecer un vínculo emocional.

¿Era más aceptable entonces para la apática y siempre voluble moral de la sociedad, otorgar la piadosa y digna muerte a alguien condenado a vivir en su lecho paralizado del cuello para abajo? ¿Era más loable desconectar el artificial nexo con este mundo de un joven sumido en un coma profundo del cual jamás despertará? ¿Qué sucedería si Alejandro y Miguel pudiesen haber elegido? ¿Habrían querido que dos monstruos disfrazados con su apariencia vivieran su vida en el perpetuo caos de los instintos, sacudiendo sus brazos con furor; cerrando y abriendo sus dedos en el constante empeño por atrapar lo intangible?

Aquella bizarra especie de rasgos homogéneos ––los oligofrénicos––, constituían el constante recordatorio de la fragilidad del hombre y la demostración de una verdad que era incuestionable para Sara: El espíritu comprendía una parte indivisible de la materia; o probablemente, solo era una manifestación de esta. ¿No eran Lucia y sus hermanos el testimonio vivo de cómo la más sutil perturbación en la sustancia afectaba de idéntica manera la psique encerrada en ella? La personalidad, la capacidad de amar u odiar; todo aquello que definía al ser humano era susceptible de distorsionarse, o inclusive de desaparecer con la más mínima fractura en su vulnerable caparazón.

En estos momentos de introspección su sensibilidad la llevaba a cuestionarse el propio concepto de fe y religión. ¿Cómo podría existir vida después de la muerte? ¿Cómo podría el hombre ver sin sus ojos, palpar sin sus manos, amar y sentir sin su cuerpo; si la más leve alteración en su síntesis lo transformaba irremediablemente en una estatua viva o en una bestia balbuceante? ¿Qué habría por consiguiente más allá de la decadencia de su carne? ¿Qué hogar le cobijaría cuando las paredes quedasen reducidas a escombros?

Otra enfermera mayor que la primera comenzó a aplaudir como consecuencia de alguna clase de juego, suscitando que un grupo de retrasados de diferentes edades y sexo sentados alrededor de ella batieran sus brazos con ímpetu pareciendo celebrar la epifanía de Sara. Diciéndole quizás que Dios se encargaría de que en el Cielo, al igual que en la Tierra, ella pudiese seguir odiándolos y ellos a su vez pudieran continuar riéndose de ella con sus estúpidas bocas babeantes y sus brillantes pañales de color verde.

––¿Entramos ya?

Sara dejó a un lado sus pensamientos al escuchar la voz de su padre quien aguardaba por ella en la entrada principal.

––Si, creo que mamá ya debió de reunirse con Julia ––respondió, dedicando una última mirada de reprobación a los residentes del centro.

El espacioso vestíbulo del edificio se encontraba iluminado por amplios ventanales de forma semicircular, que emergían ante ellos como enormes bocas bostezando desde de las austeras paredes de granito. El jardín exterior daba la impresión de extenderse dentro del edificio gracias a las enormes jardineras de gravilla lavada, distribuidas desde la entrada principal hasta la suntuosa mesa de recepción la cual se encontraba adornada con los motivos ornamentales de la antigua verja que protegía los terrenos adyacentes.

Julia y su madre los estaban esperando.

––El Dr. Arenas ya puede recibiros ––anunció la enfermera sin molestarse en siquiera saludarlos, si bien Sara y Felipe no la veían desde hacía más de ocho años. Sus facciones normalmente afiladas parecían ahora querer desgarrar la piel de su cara, cuyos pómulos ligeramente sonrojados conformaban la única evidencia de que no hablaban con una calavera.

––Por favor, después de Usted…––le contestó Felipe parcamente, sin reparar tampoco en mayores formalidades.

Antes de entrar al consultorio Isabel y Julia se miraron con intensidad por unos breves segundos, marchándose acto seguido esta última. El Dr. Arenas les aguardaba a un lado de su antiguo escritorio de madera barnizada, y a Sara le sorprendió comprobar que no conservaba ningún recuerdo de él desde su última visita siendo ella todavía una niña.

––¿Cómo estáis? Pasad por favor… ¡Vaya!…, veo que Sara ya está hecha toda una señorita! ¡Y una muy hermosa, debo añadir!

A Sara le desconcertó la actitud afable del doctor en contraste con su severo aspecto. El hombre delante de ella debía de rondar los sesenta y medir cerca de 1,85 ms. Su complexión robusta lo hacía parecer aun más alto y su cabello gris pulcramente cortado en combinación con una barba extremadamente cuidada y canosa, le otorgaban un aire de solemnidad que se conciliaba con su puesto de Jefe del Dpto. de Psiquiatría de uno de los principales centros médicos de Europa.

––Estoy muy bien Doctor, gracias ––le contestó Sara con una sonrisa––. Quiero agradecerle en el nombre de mi madre que nos haya recibido con tanta premura. Ya se imaginará lo difícil que han sido estas semanas; principalmente para ella.

El doctor miró a Isabel quien en efecto apenas había dormido desde que los resultados de la evaluación más reciente de Alejandro y Miguel les fueron enviados a su domicilio; tal y como sucedía cada seis meses desde que los gemelos habían regresado de su reclusión en el Psiquiátrico de Leganés.

––Por supuesto que me lo imagino ––afirmó el Dr. Arenas, cambiando diametralmente su actitud––. Por favor Isabel siéntate aquí conmigo. Vosotros también sentaros, si sois tan amables.

Junto al escritorio de sugerente silueta ondulada, destacaban tres cómodas sillas con respaldo de cuero negro. Sara se fijó que de hecho el costoso mueble formaba una «S», dividiéndose claramente en dos secciones a través de dos arcos opuestos unidos entre sí. En el extremo derecho de la sinusoide el doctor y su madre se sentaron uno delante del otro. En el extremo izquierdo, las otras dos sillas acomodadas una al lado de la otra claramente estaban destinadas para ella y su padre. A Sara le llamó la atención como aquella particular disposición otorgaba al doctor una mayor intimidad con la persona que se sentaba frente a él.

––Muy bien Isabel, quiero que me escuches atentamente pues los dos sabíamos que tarde o temprano tendríamos esta conversación; aun antes de que Miguel y Alejandro nacieran.

Isabel no contestó, aunque tampoco fue necesario. Su desconsuelo rebosaba en cada una de las lágrimas que ya no se esforzaba por contener. Hacía mucho que Sara no profesaba ningún sentimiento por su madre; pero sin embargo no podía evitar sentir conmiseración por ella. La derrota, aún en una batalla que estuvo perdida desde el comienzo, no por eso dejaba de ser menos dolorosa.

El Dr. Arenas extendió el brazo derecho, posando suavemente su mano sobre la de Isabel.

––Como ya sabes, la semana anterior practicamos la décima prueba cognitiva para comparar el deterioro de las habilidades motoras y de interpretación abstracta de Miguel y Alejandro ––antes de proseguir, realizó una pausa como si quisiera prepararla para lo que venía a continuación––. En estos últimos seis meses sus habilidades para reconocer a las personas y a los objetos de uso cotidiano han decrecido sustancialmente. Excepto por Julia y por ti; Miguel y Alejandro se muestran esquivos con cualquiera de las enfermeras o del personal médico que se ha relacionado con ellos desde su regreso.

Isabel comenzó a llorar.

––En los casos de oligofrenia profunda ––explicó el doctor con una entonación que a Sara le recordó a uno de sus profesores de derecho dictando una clase magistral en el amplio salón de conferencias de la universidad––, este «retraimiento» tan intenso y repentino está asociado al envejecimiento prematuro que padecen las personas con su condición. Como consecuencia de este deterioro, el comportamiento de ambos a empezado a degradarse retornando sus primeros episodios de conducta conflictiva. ––En esta ocasión, su pausa no se debió al deseo de enfatizar sus palabras, sino a su intento por hallar las más adecuadas––. Por este motivo, nos hemos visto obligados a suministrarles fuertes sedantes y ansiolíticos en su tratamiento diario, lo cual no cambiara hasta que… llegue su hora de dejarnos.

––¿Hay… hay algo que podamos hacer?

La pregunta de Isabel no buscaba una respuesta ni la esperanza de un milagro. Por el contrario, aquella pregunta conformaba la primera señal de su resignación.

––Desgraciadamente no, Isabel ––sentenció el doctor con gravedad––. Este tipo de degeneración se comporta similar al Alzheimer, atacando simultáneamente diversas áreas del cerebro. En el caso de Alejandro y Miguel quienes viven ya en el umbral de la conciencia, cualquier tropiezo, por más pequeño que este sea, afectará severamente su habilidad para comunicarse además de acelerar su deterioro motriz.

Isabel apartó su delgada mano de la del doctor en una actitud de absoluto cansancio y frustración. Sin cohibirse ante la presencia de este, Felipe se levantó de la silla e introduciéndose en el borde alabeado que circundaba a su esposa, la abrazó mientras permanecía arrodillado a su lado. La profunda tristeza de Isabel hizo aflorar en Sara un estéril rencor por ella. Una rabia que permanecía latente en su interior. Su madre, consumida y derrotada por una obsesión tan retorcida como los hijos que engendró, había elegido excluirles de su vida a ella y a su padre dedicándose por entero al cuidado de sus dos monstruos. Por esa razón, una cálida euforia subía por el pecho de Sara al saber que muy pronto esa naturaleza corrupta y bestial que arrebató a los retrasados de su hogar, sería la misma que ahora los arrancaría de este mundo como los frutos podridos de un vientre que jamás debió de volver a concebir.

Al cabo de unos minutos Isabel recobró la compostura. Mientras Felipe regresaba a su sitio, se apresuró a enjugarse las lágrimas en un gesto que con el paso de los años fue convirtiéndose en un reflejo como consecuencia de su constante repetición.

––Discúlpeme Dr. Arenas… ¿Cuanto… cuanto tiempo nos queda?

Por la abúlica melancolía que reflejaba su semblante, para Sara fue evidente que el doctor había contestado aquella pregunta infinidad de veces.

––En unos meses ––comenzó a explicar, acariciando distraídamente su sien derecha––, las funciones de percepción visual, auditiva y kinestésica las cuales afectan al movimiento, a la coordinación dinámica y óculo-manual; así como su percepción espacio temporal, decrecerán hasta sumirlos en un estado catatónico. En resumen… Alejandro y Miguel no solo cesarán de percibir la realidad que los rodea, sino que el daño a nivel del sistema nervioso central provocará que sus cuerpos se vayan… bueno, diríamos «apagando» gradualmente.

«Apagando…»

El eufemismo empleado por el doctor permaneció en los labios de Isabel con un indefinido sabor de añoranza y fatalismo. Su vida, o al menos la razón de esta, también se estaba «apagando».

––Después… ¿Qué sucederá? ––preguntó con parquedad, lo cual no impidió que los allí presentes advirtieran la angustia en su voz.

––Después Isabel, Alejandro y Miguel serán considerados por la ley como pacientes que sufren un coma de cuarto grado de carácter incurable e irreversible. Llegados a este punto y como ya lo hemos hablado, la aplicación de la eutanasia se encontrará dentro del marco legal.

No hubieron más preguntas por parte de Isabel. Todas las respuestas que le importaban habían sido ya ofrecidas. Sara y Felipe aguardaron en silencio mientras el monótono sonido del reloj de pared construido en una regia base de acero ionizado, marcaba cada segundo con inexorable reiteración.

El Dr. Arenas le concedió unos momentos a Isabel, después de lo cual volvió a sostener su lánguida diestra.

––Sé cuanto los quieres y cuanto has hecho por ellos. Tú y Julia les habéis cuidado y entregado vuestro incondicional amor. Por esa razón créeme cuando te digo Isabel, que pese a sus limitaciones y a las infortunadas circunstancias que los han mantenido fuera de vuestro hogar hasta el día de hoy, Alejandro y Miguel han percibido ese amor y ambos, dentro de sus posibilidades, han tenido una vida digna.

«Una vida digna», repitió mentalmente Sara, preguntándose si en verdad aquel hombre creería en sus propias palabras.

––¿Sufrirán cuando comiencen a… «irse»? ––Preguntó Isabel con evidente preocupación.

––De ningún modo ––Le respondió tajantemente el doctor––. Para ellos será como dormirse poco a poco. Una vez entren en la etapa final del proceso degenerativo, sus recuerdos y sus sueños se fundirán en uno solo hasta que sus sentidos se vayan desconectando uno a uno.

Isabel pareció consolarse ante la idea de una muerte, que a diferencia de la gran mayoría de la humanidad, no sería recibida por sus hijos con miedo o incertidumbre; sino como otro enfermero más que los acompañaría a un último paseo nocturno. Secándose las lágrimas que se resistían a abandonar sus mejillas, miró alternadamente a su esposo y a su hija quienes le devolvían la mirada con expectación.

––Soy consciente de que no merezco pediros esto, especialmente a ti Sara; pero sería muy importante para mi que vinieseis la próxima semana a celebrar el cumpleaños de Alejandro y Miguel.

Aquella petición cogió totalmente desprevenida a Sara. El distanciamiento entre las dos no solo había sido causado por la exclusiva (u obsesiva) dedicación de su madre por sus desdichados hijos; sino que además y fundamentalmente a su negativa manifiesta de relacionarse con sus hermanos oligofrénicos.

––¡Claro que vendremos! ––Contestaron casi al unísono, ella y su padre.

––Si quieres que te ayude con algo… o necesitas cualquier cosa… no dudes en pedírmelo, mamá.

La comprensión que hasta ese momento Sara no había mostrado a su progenitora, provenía en parte de su compasión; pero principalmente de una incipiente satisfacción que se alimentaba de un sentimiento de superioridad moral, el cual le susurraba al oído que ella tenía la razón… Que siempre la tuvo. Su madre había elegido la asquerosa dependencia de aquellas dos aberraciones sobre el amor natural por su hija y su esposo. Ahora, su sacrificio la recompensaba con la inevitable muerte de sus dos miserables vástagos quienes en las postrimerías de sus días ni siquiera serían capaces de reconocerla.

––¿Sería posible invitar a los otros pacientes y al personal médico?

En esta oportunidad fue Isabel quien esperó la respuesta del doctor con la clase de humildad que solo la necesidad otorgaba.

––«Puedes y debes» ––parafraseó él, sentado detrás del peculiar escritorio––. A todos nosotros, incluyendo a las enfermeras del área infantil, nos encantará celebrar con vosotros. ––Al confirmar su presencia, la miró con verdadera ternura y le dijo––: Puede que Miguel y Alejandro no hayan tenido la oportunidad de vivir con plenitud; mas siempre he creído Isabel que de manera similar el odio, la tristeza, el miedo o la desilusión que experimentamos el resto de nosotros en el transcurso de nuestra existencia, jamás arribarán a las costas de esas lejanas y aisladas tierras en donde sus mentes han naufragado.

Isabel no respondió, pero era evidente que las palabras del doctor le habían provisto de consuelo y de cierta paz interior. Con un elocuente ademán, el Dr. Arenas dio por concluida la visita despidiéndose sin más preámbulos del matrimonio Castillo y de su hija.

Sentada en el asiento trasero del confortable monovolumen de su padre, Sara reflexionaba sobre lo dicho por el psiquiatra al tiempo que divisaba en el espejo retrovisor como los dos soberbios edificios desaparecían más allá de la carretera.

Es posible que no sientan temor u odio como el resto de nosotros; pero por alguna razón los hospitales ofrecen los exámenes necesarios para detectar si los futuros bebes padecerán trastornos genéticos. Por alguna razón cuando se comprueba la posibilidad de parir a una bestia con forma humana, la sociedad permite que la madre aborte semejante atrocidad.

Reclinándose en el respaldo, entrecerró los párpados como acostumbraba a hacer cuando era una niña, disfrutando de la brisa templada del mediodía entrando por la ventanilla en suaves y tibias ráfagas. Esa misma noche soñó con la retrasada obesa del psiquiátrico. En su pesadilla, se encontraba sentada en uno de los bancos del jardín. Estaba anocheciendo y no había nadie en los alrededores, hasta que de pronto escuchó a una adolescente gritar:

––¡Lucia! ¡Lucia! ¡Tenemos que irnos! ¡Vamos… ven aquí!

De entre los frondosos arbustos surgió una pelota de llamativos colores rodando dócilmente hacia uno de los dos bancos contiguos a Sara. Instantes después apareció la voluminosa retrasada corriendo a cuatro patas en busca de la pelota. Inesperadamente se detuvo, inclinando la cabeza para olfatear el césped recién podado. Dándose la vuelta, se dirigió al árbol más cercano balanceando alegremente su frondosa cola. Sara se dio cuenta de inmediato que el enorme y peludo apéndice de tonalidad azabachina no se correspondía al de un perro, sino a la de una enorme ardilla de oscuro pelaje. Sin previo aviso (aunque era de esperar), la retrasada levanto la rolliza pierna y comenzó a orinar sobre las nudosas raíces del árbol.

––Aquí estás… Vale, ya es hora de irnos…

La adolescente vestida de uniforme amarró al grueso y corto cuello de la retrasada una correa de piel marrón desgastada, con las iniciales «L.R.» grabadas en metal. La oligofrénica mordió varias veces la cadena con evidente renuencia antes de ser arrastrada por su impaciente ama (enfermera) de regreso al edificio. Al pasar junto a Sara, la corpulenta retrasada la miró con su alelada sonrisa y con voz cantarina le preguntó:

––¿Quiered jugad condmigo?, ¿quieres acariciadme? ¿quiered Sada? ¿quiered?…

A la mañana siguiente Sara apenas conservaba un vago recuerdo de su pesadilla. El próximo martes durante la celebración del último cumpleaños de Alejandro y Miguel, despertaría con una cola de terciopelo negro atada a su cintura.

XIII

12 años antes…

Sara nunca le confesó a su madre que sus hermanos la atemorizaban.

Era mediados de Mayo en Madrid y el verano recién comenzaba alcanzando los 30 grados centígrados de media en la capital. Cumpliendo con un ritual que se iniciaba dos semanas atrás, Isabel abría de par en par las ventanas del salón comedor dejando entrar el aire todavía cálido de las últimas horas de la tarde.

Sara y los gemelos se encontraban en el comedor esperando a que su padre regresara del trabajo, y como ya era habitual los viernes los llevase de visita al Parque de Atracciones; no sin antes pasar primero por la enorme heladería cuya fachada emulaba al clásico castillo medieval, situada en la entrada principal del complejo.

Miguel y Alejandro permanecían sentados en el suelo de cara a la ventana, gritando y agitando sus brazos cada vez que un pájaro volaba cerca, o más aun, cuando este reposaba su cuerpecillo emplumado en el ancho marco de madera. Alejandro comenzó a emitir una serie de ronquidos guturales con tal intensidad que toda la sangre contenida en sus venas parecía concentrarse bajo la piel inflamada sobre sus sienes. Sus manos rechonchas se habrían y cerraban con frenética velocidad como si pretendiese coger a los esquivos pájaros que aparecían y desaparecían en fracciones de segundo. El perenne y denso cordón de baba que colgaba perezoso desde la comisura de sus finos labios, oscilaba junto con su cuerpo cual péndulo de un reloj que marcaba con inmisericorde precisión cada segundo de su estupidez.

Aquella tarde, al contrario que su hermano, Miguel había perdido rápidamente el interés por los eventos que transcurrían al otro lado de la ventana. Toda su atención se enfocaba en Sara, mientras restregaba insistentemente la sucia palma de su mano derecha contra los genitales.

––¡Aaaaaarrghhh! ¡Aaaaaarrghhh! Aaaaaarrghhh!

Alejandro no cesaba de aullar, dando manotazos al aire con espasmódica insistencia. Sara advirtió que un mirlo de oscuro plumaje se había posado en el marco de la ventana al parecer indeciso, pues todavía conservaba sus pardas alas desplegadas listo para reemprender nuevamente el vuelo. La cautivadora escena la distrajo momentáneamente, hasta que la diminuta ave alzó el vuelo desapareciendo por completo de su vista. Alejandro protestó como era usual, cerrando los brazos sobre su pecho en un repetitivo gesto de frustración. Sara no podía dejar de admirar la inagotable paciencia de su hermano menor, producto quizás de una mente en donde la continuidad del tiempo no era más que otra línea difuminada en su fragmentada realidad.

Tal vez ––pensó Sara con la lógica de una niña acondicionada por la religión de sus padres––, cuando mueran sus almas ya no seguirán enfermas. O quizás, no posean alma en absoluto. Quizás él y Miguel…

¿Dónde está Miguel?

¡Está detrás! ¡Está detrás! ––clamó su instinto.

––¡Sadaaaa! ¡Sadaaaa!

Al escuchar su nombre distorsionado por el familiar defecto de pronunciación, Sara se volteó comprobando que en efecto Miguel la observaba con su húmeda sonrisa.

––¡Sadaaaa!…, ¡Sadaaaa!…

“Criaaac…, craaac…, craaac”

Sus ojos negros no eran más que dos puntos flotando indolentes en un fondo blanco sumergido en acuosa lubricidad. Su mano de uñas mugrientas frotaba con vehemencia la entrepierna de sus gruesos pantalones de lana, produciendo un sonido semejante al de un gigantesco grillo en pleno cortejo sexual. Nunca antes Sara había experimentado tal terror. Delante de ella, su hermano a quien consideraba un monstruo disfrazado de niño, la acechaba enardecido por un deseo tan primario como sus instintos.

––¡Saaaadaaaaa!…

Sara retrocedió hasta el extremo opuesto del sofá. Miguel pareció no reaccionar, aunque eso no evitó que prosiguiera contemplándola con su horrible mueca de satisfacción. Los persistentes alaridos de Alejandro solapaban los gritos de terror proferidos por su hermana mayor, evitando que su madre los oyese desde la cocina. Al no obtener respuesta a sus angustiosas llamadas de auxilio, Sara se acurrucó en el sillón a la espera de que su hermano retrasado la lastimase de formas que su mente carente de experiencia aún no era capaz de imaginar.

––¡Aaaaaaaaaahhhhh! ––gritó Alejandro eufórico, golpeándose los muslos de sus piernas con los puños.

Encima de la mesa del comedor, a un par de metros de la ventana, una ardilla de pelaje rojizo olisqueaba las rebanadas de pan blanco sobrantes de la comida, esparcidas dentro de una rústica cesta de mimbre. Sus brillantes y grandes ojos de ébano analizaban con curiosidad todo cuanto la rodeaba, incluyendo a los tres niños que la contemplaban absortos mientras su enorme y peluda cola se mantenía erguida; contrastando su negra silueta contra el rectángulo de luz perfilado por la ventana.

Alejandro movía sus sendos puños de blancos nudillos hacia arriba y abajo con frenética persistencia. Miguel entretanto, dejó de prestar atención a Sara para concentrarse en el reciente visitante que se había escabullido en su hogar. De repente, los gemelos recordaron las fotos y los dibujos que veían durante sus terapias, gritando casi al unísono una palabra grabada en la superficie de sus incoherentes conciencias:

––¡Adilla! ¡Adilla! ¡Una adilla!

Al percibir a los oligofrénicos acercarse, la ardilla saltó en dirección a la ventana provocando que ambos se abalanzaran hacia ella, fascinados por la presencia viva de un ser que hasta ahora solo conocían a través de su representación gráfica plasmada en cartulinas de vivos colores. Para infortunio del indefenso animal, en ese preciso instante una ráfaga de aire proveniente de la cocina (cuyas ventanas también se encontraban abiertas de par en par) cerró la hoja derecha del ventanal del comedor, causando que el pequeño y ágil roedor chocara frontalmente contra el grueso cristal para posteriormente caer aturdido sobre la mullida alfombra del suelo.

Ver como el animal sacudía su peluda cola negra y sus delicadas patas descontroladamente, excitó aún más a Miguel quien se abalanzó sobre su presa con una rapidez que a Sara le costó creer. Un chillido potente y agudo se incrustó en sus tímpanos como si le hubiesen aplicado una descarga eléctrica bajo el mentón. A unos metros de ella, Miguel sujetaba a la ardilla la cual luchaba por zafarse de aquellos dedos que la presionaban con desmesurada fuerza. Alejandro llegó hasta donde se encontraba su hermano y con la misma ansia salvaje, sujetó la suave y peluda cola de la ardilla arrojando gruesos hilos de baba pegajosa como respuesta a sus emociones de júbilo, miedo, y sorpresa.

Aterrorizada de lo que la cruel naturaleza de los oligofrénicos le haría al indefenso animal, Sara corrió rumbo a la cocina con la esperanza de que su madre pudiera evitar la atrocidad que estaba a punto de suceder. Un segundo alarido aun más ensordecedor que el anterior, en esta ocasión proferido por Miguel, la hizo detenerse a unos pasos de la puerta que separaba el comedor de la cocina. Al oír como el dolor había arrancado aquel grito de la garganta de su hijo, Isabel supo que no se trataba de sus acostumbradas muestras de exaltación. Algo o alguien había herido a uno de sus «bebes» por primera vez desde que ella velaba por ellos. Empuñando uno de los afilados cuchillos de cocina cuyo confortable mango sobresalía del cuchillero situado convenientemente a su diestra, se precipitó hacia el comedor sintiendo los latidos de su corazón retumbar vigorosamente contra su pecho.

––¡Miguel…! ¡Alejandro…¡ ¡Donde estáis!

Al cruzar la puerta Isabel estuvo a punto de tropezar con Sara quien permanecía de espaldas a ella, de cara al espacioso comedor. Parados uno enfrente del otro, los retrasados admiraban con morbosa fascinación la herida en el antebrazo derecho de Miguel producida por los robustos incisivos de la ardilla.

––¡Mamá!, ¡mamá!… ¡La adilla! ¡La adilla!

Isabel dirigió su mirada allí donde señalaba Alejandro, pudiendo discernir al maltrecho animal arrastrándose por la alfombra después de que Miguel le fracturase varias de sus costillas. Su enorme cola que parecía estar hecha de terciopelo negro, se mantenía sin embargo totalmente erecta.

––¡Alejandro! ¡Miguel!… ¡Alejaros de allí! ––les gritó Isabel, soltando el cuchillo sobre la elegante mesa de mármol sobre la cual reposaba la base de uno de los dos teléfonos inalámbricos. Los retrasados hicieron caso omiso, tanto de la desesperada orden de su madre como de la propia herida de Miguel. Su atención se concentraba en el reluciente y sedoso apéndice que oscilaba con erráticos movimientos circulares, similar al engranaje de una maquinaría que se resistía a detenerse sin importar los daños sufridos.

Izquierda, derecha…

Derecha… centro…

Centro, izquierda…

Miguel fue de nuevo el primero en arrojarse sobre la infeliz criatura. Impulsado por la amoral saña inherente a su naturaleza, descargó su puño derecho sobre el lomo de la ardilla que no cesaba de clavar sus finas garras entre el compacto entramado de la alfombra. Un segundo chillido, más breve y apagado, brotó de su interior al partirse en dos su espina dorsal con un seco e inconfundible chasquido.

––¡No Miguel! ¡Déjala ya! ¡Déjala ya! ––le ordenó Isabel, sujetando con ambas manos uno de los brazos de su hijo. Con la fuerza producto de su exacerbado arrebato, Miguel empujó a su madre ocasionando que esta se tropezase con el respaldo del sillón, cayendo acto seguido sobre los mullidos cojines. Sara se asustó todavía más al comprobar la fortaleza que a su temprana edad ya poseían sus hermanos. Alejandro, quien hasta ese momento había estado sumido en su particular trance, se situó al lado de Miguel y juntos lanzaron golpe tras golpe contra la agonizante ardilla, transformándola en una masa informe de huesos y pelo.

––¡No! ¡No! ¡Parad!…, ¡parad ya!

Sara percibió el miedo en su madre. Nunca antes sus hermanos habían actuado con tal violencia, sobretodo con la única persona que realmente los amaba.

Debido a los continuos gritos y gemidos de placer de los retrasados, ninguna de las dos escuchó el sonido de la cerradura de la entrada principal. Al igual que Isabel; Julia advirtió casi de inmediato que aquel pandemónium no se correspondía con los usuales ataques que frecuentemente padecían los gemelos. Al ver a su entrañable amiga tendida en el sillón, fue de inmediato en su ayuda arrojando a un lado el viejo bolso de tejido artesanal que empleaba para traer los diferentes utensilios y libros usados en las terapias.

Alejandro y Miguel mordían frenéticamente la densa cola, la cual constituía a esas alturas la única porción reconocible de la ardilla. Sus caras congestionadas por el esfuerzo físico parecían bañadas en la sangre que teñía sus bocas.

––¡Miguel! ¡Alejandro!.. ¡Basta ya! ––gritó Julia con tal fortaleza en sus palabras, que ambos voltearon a verla con sus ojos llenos de furia y vacuidad. Con la destreza adquirida a través de muchos años de experiencia, Julia cogió a Miguel por la espalda y rodeándolo con sus brazos, pasó ambas manos por detrás de su nuca entrelazando los dedos entre sí. Apoyándose en su cadera hizo girar a Miguel quien aún conservaba restos de pellejo y pelos entre sus dientes, poniéndole contra la pared.

––¡Isabel, levántate! ¡Cógelo como te he enseñado, y haz que no lo siga viendo!

La fuerte personalidad de la enfermera junto a la natural autoridad que desprendía, hicieron reaccionar a Isabel. Levantándose del sillón, ejecutó la maniobra que ya habían practicado con anterioridad, apartando también a Alejandro de aquella peluda mezcolanza de huesos y fluidos; obligándolo a mirar hacia la pared.

––Tranquilo cariño… tranquilo…, mamá ya está aquí…

Las voces de Isabel y Julia fueron infiltrándose poco a poco en los oscuros y recónditos cuartos donde las mentes de los retrasados vislumbraban el mundo exterior a través de las opacas mirillas de sus puertas siempre cerradas. Al ser eliminado el estímulo causante de su perturbación, Miguel escupió los restos ensangrentados cesando de resistirse. Entretanto, Alejandro permanecía en silencio con su angosta frente apoyada contra el frío cemento.

––Isabel… vamos a llevarlos a la habitación para que descansen ––le propuso Julia, mientras lentamente relajaba la presión sobre los brazos de Miguel––. Tenemos que limpiarle la herida y revisar si necesita puntos. Probablemente deberemos vacunarlo contra la rabia.

Ambas mujeres condujeron a los hermanos fuera del comedor, evitando que vieran lo que había quedado de la infortunada criatura. Julia se percató de que Sara continuaba parada a unos metros de la puerta de la cocina.

––Sara… ¿Te encuentras bien? ––le preguntó con mesurada preocupación. Isabel, que hasta ese entonces no había reparado en su hija, se sintió repentinamente avergonzada.

––Si… Sara, ¿estás bien? ¿Te han lastimado?

––No mamá, estoy bien… no ha sido nada.

Fue justo en ese instante cuando Sara, aún siendo una niña, comprendió que para su madre aquellas dos bestias cuyos primitivos instintos acababan de ser saciados, significaban su todo; lo único que realmente le importaba. También fue la primera vez que Sara se fijó en los prominentes bultos que florecían en las entrepiernas de los oligofrénicos, coronados por la pringosa humedad de su precoz eyaculación. Transcurriría algún tiempo antes de que volviese a ser testigo de aquella inmunda manifestación de virilidad, cuando ella y una amiga del colegio se escondiesen tras la puerta del aislado dormitorio localizado en la primera planta de su hogar.

En su último cumpleaños, Miguel y Alejandro tampoco controlarían sus involuntarias erecciones cuando en uno de los sótanos del instituto su hermana mayor acariciara sus febriles genitales.

XIV

El presente…

A las 12:30 h de ese caluroso martes por la mañana, Isabel y Julia ya habían culminado con la mayoría de los preparativos. Sara y Felipe se encargaban de distribuir las sillas de plástico a lo largo de las seis mesas plegables dispuestas en un enorme círculo. En un par de horas, Alejandro y Miguel celebrarían su último cumpleaños junto al resto de los idiotas que convivían con ellos en aquel apacible destierro de la cordura.

A medida que avanzaba la mañana un buen número de vehículos fue aproximándose por el sendero que cruzaba a través del jardín principal. Los pasajeros saludaban efusivamente a Isabel y a Julia al pasar de camino al aparcamiento ubicado a un costado del edificio administrativo.

Sara nunca podría haberse imaginado la cantidad de personas que su madre conocía; padres que como ella, compartían la desdicha de criar animales en lugar de seres humanos. Entre los vehículos que llegaban, dos camionetas de un llamativo color purpura exhibían en sus puertas el rostro de un payaso pintado en vivos colores, cuya artificial sonrisa alargaba las comisuras de sus labios hasta tocar las enormes orejas ensartadas por un sinnúmero de zarcillos de diferentes tonalidades. Aquellas camionetas pertenecían a una empresa de festejos infantiles contratada por su madre con semanas de anticipación. En cuestión de minutos, el jardín central se colmó de payasos con llamativos y extravagantes trajes, grandes muñecos inflables que emulaban feroces dinosaurios, altísimos alienígenas macrocéfalos, y todo tipo de motivos infantiles que cualquier niño menor de siete años desearía en su cumpleaños. Por desgracia para vergüenza de Sara, sus hermanos estaban cumpliendo los 19.

Un par de trabajadores pertenecientes al personal de mantenimiento habían traído consigo una radio portátil AM-FM, con el fin de escuchar las noticias matutinas mientras se encargaban de conectar las bases multienchufe destinadas a los equipos de iluminación, sonido, y al resto de accesorios que la empresa de festejos instalaría en las próximas horas. Al concluir los resultados deportivos, Sara escuchó por segunda vez en lo que iba de día ––la primera fue más temprano en la mañana, cuando se dirigían al instituto–– la noticia acerca de un hombre joven cuyos restos fueron descubiertos por dos transeúntes a un lado del arcén de la carretera A-3; abandonado presumiblemente por su, o sus atacantes. La víctima presentaba claros indicios de haber sido golpeada con brutal saña, mostrando en algunas zonas de sus brazos «marcas sin identificar» cuya naturaleza todavía no había sido desvelada por los cuerpos policiales. Uno de los locutores de la estación comentaba acerca de nuevas evidencias descubiertas por el departamento forense de la policía de Madrid, entre las cuales destacaba un hecho que podría tener o no relación con el homicidio: Al parecer, a varios metros del cadáver, se encontró un bolso en cuyo interior se hallaron rastros de medicamentos; específicamente varias clases de antidepresivos y otras drogas utilizadas principalmente en el ámbito de la psiquiatría.

Algo en la descripción de aquellos hechos llamó la atención de Sara sin que esta supiera exactamente el porqué. Antes de que pudiera reflexionar sobre ello, la voz de su madre disipó de raíz cualquier asociación que comenzase a germinar en su mente…

––¡Aquí están ya! ¡Mis dos hermosos chicos que hoy cumplen 19 añitos!

Julia trajo consigo a los dos retrasados cogidos de su larga falda. Lo primero que sorprendió a Sara fue constatar lo mucho que llevaba sin verlos. Alejandro y Miguel no eran altos; de hecho Julia con sus 1,75 ms los sobrepasaba considerablemente a pesar que desde algún tiempo un fuerte dolor de espalda, herencia de una profesión que exigía un gran compromiso mental y físico, la obligaba a caminar ligeramente encorvada. Sin embargo; la corta estatura de los gemelos solo hacía resaltar aún más su desproporcionado desarrollo muscular el cual triplicaba al de un adulto promedio de similar estatura. Sus cortos cuellos emergían desde las orejas de sus pequeñas y contrahechas cabezas las cuales parecían reposar directamente sobre sus recios hombros. Sus extremidades lucían amorfas. Muñecas y tobillos eran indistinguibles en unos brazos y piernas que se perfilaban como columnas rosáceas desde las que manos y pies emergían abruptamente. Aquellas caras mongoloides en combinación con sus enormes cuerpos adultos vestidos con un conjunto infantil de franela y pantalones cortos, les otorgaban un aspecto grotesco que destruía cualquier sentimiento de ternura.

––¡Mamá! ¡Mamá! ––aullaron los retrasados visiblemente emocionados al ver a su madre.

––¡Venid aquí, preciosos! ––les contestó Isabel, abriéndoles sus brazos. Los dos hombres-niños-animales corrieron torpemente hacia ella, abrazándola con tal ímpetu que a punto estuvieron de tumbarla.

––Miguel… Alejandro…, despacio…, despacio… Tened cuidado con mamá ––les reprochó la enfermera con tono maternal pero a la vez enérgico. Si la fuerza desmedida de sus hijos le causaban algún daño, Isabel no lo demostraba como tampoco parecía importarle la espesa baba que estos vertían sobre su cuello.

Sara pudo distinguir una porción de venda color carne en la frente de Miguel bajo los pardos mechones de su desordenada cabellera. Aquello no le extrañó demasiado ya que seguramente sus hermanos acostumbraban a sufrir todo tipo de accidentes. De forma inconsciente, miró de soslayo a su padre quien contemplaba la emotiva reunión. Su expresión de sincera admiración la conmovió, pues ella misma no podía evitar asombrarse de como el amor de la madre anulaba por completo la sensibilidad de la mujer. No importaban los gritos, los pañales desechables ni el total ostracismo de sus mentes. No importaba la tibia saliva escurriéndose por sus hombros desnudos; Isabel amaba a sus hijos.

XV

En el transcurso del mediodía todos los pacientes cuya condición médica se los permitía, fueron acercándose a las mesas que ya para aquel entonces rebosaban de dulces y una gran variedad de golosinas. Isabel no había reparado en gastos para proporcionarles a sus hijos la mejor fiesta posible, y para ello deseaba que los demás residentes del instituto, así como sus propios familiares, celebrasen con ellos una ocasión tan especial.

Con más repugnancia que curiosidad, Sara vio desfilar a las víctimas de los errores de la naturaleza. Individuos que parecían pertenecer a una gran y bizarra familia donde niños, niñas, mujeres y hombres reían, hablaban y andaban como un único ser. Donde el concepto de la edad se diluía en rasgos mongoloides perpetuamente infantiles. No existía vergüenza ni malicia en el proceder de los adultos, como del mismo modo no había encanto o dulzura en los ademanes de los niños. Alejandro, Miguel, y el resto de deficientes mentales, conformaban un único ser en las diferentes etapas de su absurda vida. Un niño-niña-hombre-mujer que en esa tórrida tarde del martes le aseguraba a Sara que sin importar su deseo de que él/ella jamás hubiese nacido, tendría que soportar sus desmesuradas ostentaciones de euforia, sus vacuas risas y sus nauseabundos ojos delineados con el estigma de la idiotez. Los deficientes mentales del Psiquiátrico de Alarcón le decían a Sara que entretanto la culpa de sus padres les consintiese continuar en este mundo, y su enfermizo sentido del deber les obligara a cumplir la odiosa sentencia de cuidarlos; ellos se encargarían de degradar a la humanidad con sus patéticas e hirientes existencias.

––¡Sara, ven a saludar a tus hermanos! ––le pidió su madre con discordante normalidad.

Sentada en una de las mesas más alejadas, Sara se levantó aproximándose con paso indeciso a donde se encontraba su familia. Un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza al caminar por el medio de un grupo de retrasados que vestían desproporcionados baberos con el logotipo de la institución, embadurnados sin excepción con los restos de la tarta que ya habían comenzado a consumir. Más adelante, a unos pasos de ella, su madre la esperaba ansiosa mientras sus hermanos engullían con voracidad irregulares trozos del pastel.

––Alejandro…, Miguel ¡Mirad quién está aquí! ¡Es vuestra hermana que ha venido a celebrar con nosotros! Decidle: «!Hola Sara… ¿Cómo estás?!».

Los dos oligofrénicos levantaron sus rostros exhibiendo los primeros restos de comida encostrados alrededor de sus labios. Sin manifestar emoción alguna repitieron con monótona entonación:

––«Hola Sada… ¿Cómo estád» ––parafrasearon, escupiendo minúsculos trozos negros con la última sílaba.

––Hola Miguel, hola Alejandro… ¿Os estáis divirtiendo? ––les preguntó Sara, sintiendo como las primeras nauseas retorcían su estomago. Sus hermanos la observaban con la ambigüedad característica de los retrasados mentales; una mirada que parecía detenerse en ella por momentos, y que al mismo tiempo proseguía en dirección a algún punto distante en el horizonte.

––¡Pues claro que nos estamos divirtiendo! ¿Verdad chicos? ––exclamó nuevamente Isabel, en su fútil intento de otorgar una pizca de humanidad a aquellas dos bestias que ya se habían comido la primera ración del pastel.

––¡Nos edtamod dividtiendo! ¡Nos edtamod dividtiendo! ––repitieron al unísono, agitando sus brazos por cada respuesta que daban. Otra fugaz visión acudió a la mente de Sara en la cual su madre insertaba ambas manos en las espaldas de sus hijos, desde cuyas heridas abiertas goteaba un aceite viscoso sobre los platos de cartón arrojados al césped. Con extraordinaria coordinación, los larguísimos y sinuosos dedos de Isabel presionaban con exactitud las dos columnas cervicales, controlando a voluntad el movimiento de los labios y extremidades de los retrasados cual títeres de carne y hueso engendrados sin mente ni alma.

––¿Sabéis que Sara vino a celebrar vuestro cumpleaños? ––Les preguntó Isabel, prosiguiendo con aquella patética parodia en que simulaba que los dos animales eran capaces de comprenderla. Sara se obligó a no sucumbir ante el incipiente mareo que desplazaba los objetos a su alrededor.

––¡Sada!…, ¡Sada!

Alejandro y Miguel comenzaron a repetir su nombre deformado por la dicción atrofiada que dificultaba el entenderlos; chocando las palmas de sus manos con arrítmica brusquedad. Sentados muy cerca de ellos, otros tres estúpidos se sumaron a los aplausos olvidándose momentáneamente de la apetitosa tarta. Muy pronto Sara se vio cercada por un coro de voces que gritaban al unísono «Sada» una y otra vez. Cuando creyó que ya no resistiría más, su madre comenzó a imitarlos aplaudiendo y parafraseando su nombre con la misma aborrecible cadencia. Aquello la tomó totalmente desprevenida. Sus nauseas aumentaron rápidamente degenerando en una sensación de aturdimiento. Un sudor helado adhería a su espalda la fina camisa de seda blanca que cubría su torso.

––Mamá… voy a buscar a papá y… y a coger un refresco ––le dijo Sara, esforzándose por no desmayarse. Isabel le hizo un gesto de asentimiento sin reparar en ella, pues ahora estaba aplaudiendo junto a sus dos hijos idiotas y al resto de los retrasados que chillaban como hienas con sus fauces atestadas de tarta y golosinas.

El jardín central del instituto médico contenía numerosos bancos de madera los cuales se fusionaban perfectamente con el verde del paisaje. Sentada en uno de ellos, oculto entre dos frondosos arbustos de hojas caducas, Sara se reponía de la bizarra experiencia por la que acababa de atravesar. Había hecho lo posible por complacer a su madre ya que obviamente para Alejandro y Miguel ella solo era un rostro más en el mosaico de imágenes y hechos disgregados que componían sus recuerdos. Entretanto su malestar físico fue disminuyendo, su enfado por el contrario crecía abrumándola por completo. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué le habían pedido que viniese? ¿Acaso no era obvio que ella no significaba nada para su madre y mucho menos para aquellas dos bestias?

La culpa, Sara ––le murmuró una voz en su interior. La culpa era quien la había convocado a este patético festejo. Era quien la había obligado a luchar contra la repulsión que le producían los retrasados mentales. Su culpa y no su conciencia le recordaba aún contra su propia voluntad que sus pecados eran una enfermedad latente que padecería hasta el fin de sus días.

Ojalá termine este maldito día ––deseó con amargura––. Ojalá este sea en verdad su último cumple…

Un ruido procedente desde detrás de uno de los arbustos interrumpió sus pensamientos. Aunque el césped se conservaba húmedo debido a la constante irrigación de los aspersores distribuidos por el jardín, las hojas marchitas del otoño delataron las pisadas de alguien acercándose. Para su sorpresa, Sara comprobó que aquella persona no era otra sino Julia; con su impecable uniforme de enfermera y sus graves y profundos ojos grises. Consigo traía dos voluminosos vasos de refresco sobre los cuales sobresalían pajillas de vivos colores.

––Hola Sara. Te he visto venir hacía aquí y me ha parecido buena idea traer algo de beber con este día tan caluroso. ¿Puedo sentarme contigo un rato?–– le preguntó cordialmente, con la espontaneidad que existiría entre dos viejas amigas que compartían un hermoso día de verano.

––Si… claro, por favor… siéntate ––le respondió Sara extrañada. Aquella era la primera vez que la retraída enfermera entablaba una conversación con ella. Julia depositó los refrescos en el banco, no sin antes tomar un pequeño sorbo del suyo.

––Sé muy bien Sara que prácticamente no nos conocemos a pesar de que hemos convivido juntas por tanto tiempo ––comenzó diciendo, con una aseveración que era harto obvia para ambas––. Y soy consciente también de que no debes tener una muy buena impresión de mi.

––Realmente no tengo ninguna impresión… ni buena ni mala ––respondió Sara, tratando de parecer lo más indiferente posible––. Creo que eres una persona muy profesional, y pienso que mi madre ha tenido mucha suerte al contar contigo.

––En realidad las dos hemos tenido suerte ––se apresuró en corregir la imperturbable enfermera. Sara se preguntaba que querría realmente aquella inescrutable mujer. Como si leyera su mente, tomando otro sorbo del refresco, esta le dijo:

––Me imagino que te preguntarás porque estoy aquí, así que te lo diré sin más rodeos…

Sara guardó silencio. Como un gesto de cortesía también ella bebió un par de sorbos de su refresco.

En verdad que hace calor, pensó distraídamente.

––Quería disculparme por la forma tan displicente en que me he comportado contigo ––confesó Julia, entornando levemente los párpados.

––Realmente no es necesario que te disculpes. Sencillamente hacías tu trabajo y este no era cuidarme a mi, sino a mis hermanos.

––Lo cual no justifica que al menos hubiese procurado cultivar una relación de amistad entre nosotras. Ser alguien con quien hubieses podido hablar.

Al decir esto, Julia bebió de su refresco realizando intencionadamente una pausa con el fin de que Sara interviniese.

––Julia… aprecio tus intenciones ––contestó esta con cierta ironía––; pero como te dije, no es necesario que te disculpes conmigo. Al fin y al cabo nunca estuve sola gracias a mi padre.

––Es verdad. Siempre has contado con tu padre y eso es algo que Isabel jamás debió de consentir, al margen de las singulares necesidades de Alejandro y Miguel.

Si bien en el fondo Sara estaba de acuerdo con Julia, no pudo evitar molestarse por la condescendencia que impregnaba sus palabras; atribuyéndole a la estoica enfermera un repelente aire de superioridad moral.

––Julia, realmente no tienes porque hacer esto ––insistió Sara, sin preocuparse en ocultar su creciente disgusto––. La relación o la falta de esta entre mi madre y yo es un tema que nos concierne exclusivamente a nosotras.

––Eso es cierto, Sara ––convino rápidamente Julia––; por eso espero que algún día Isabel se de cuenta de que todavía tiene una hija a quien querer. una hija a quien debería pedir disculpas por no haberla atendido cuando esta más lo necesitaba.

Sara fue poseída por una mezcla de furia e incredulidad. Allí, delante de ella, una persona que sin importar los años que había trabajado en su propia casa continuaba siendo una desconocida como bien lo había indicado, se creía con el derecho de juzgar a su madre sin el menor atisbo de comprensión o de obvia empatía.

––Escúchame con atención, Julia ––más que pedírselo, Sara se lo exigió––. Puede que el excesivo amor de mi madre por mis hermanos, o la falta de este por mi, haya sido la causa de que jamás mantuviésemos una verdadera relación. Pero al final ella ha sido la única víctima de sus elecciones las cuales solo le han traído tristeza y sufrimiento. De lo que si estoy segura, es de que jamás le pediré que se disculpe por sentir lo que siente ni por ser quien es; y mucho menos porque tú creas que es lo correcto. Tú… que apenas te has dirigido a mi desde que fueron contratados tus servicios. Como ya he dicho, te agradezco lo que has hecho por Alejandro y Miguel; pero lo que suceda entre mi madre y yo no es de tu incumbencia.

El corazón le palpitaba con fuerza. Sara no quería admitirlo pero Julia le seguía imponiendo el mismo temor y respeto que cuando era una niña. A esa hora el ángulo del sol en el horizonte convertía al jardín en un inmenso lienzo verde sobre el cual las alargadas sombras de los árboles se entrelazaban en un íntimo y efímero abrazo. La temperatura había descendido unos grados, aunque Sara sudaba copiosamente y sentía la garganta reseca. Cogiendo el excesivo y vulgar vaso de cartón, bebió de su contenido con repentina avidez desviando la vista en dirección a las oscuras raíces que se cernían a sus pies. El viento traía consigo los sonidos procedentes de la fiesta, compuestos principalmente por los gritos y aplausos eufóricos de los retrasados. Cuando volvió a fijarse en Julia, pudo percibir un turbador brillo que se reflejaba en el cristal plomizo de sus ojos. La comisura derecha de sus labios se retorcía con un cinismo que en ella resultaba profundamente inquietante.

––Es verdad Sara. Lo que suceda entre tu madre y tú no me concierne en absoluto ––le concedió Julia, con un desagradable matiz en su voz––. Pero lo que si me concierne es lo que sucedió entre tus hermanos y tú.

Un escalofrío recorrió la espalda de Sara. De nuevo, la sensación de que alguien sacudía el banco donde estaba sentada se hizo terriblemente real.

––No… no sé a que te refieres; pero no quiero continu…

––¿Sabes que es lo peor de la culpabilidad? ––le preguntó Julia, truncando con brusquedad la poco convincente negativa de Sara––. No importa lo confiada que estés o cuan improbable creas que tu secreto pueda ser conocido, basta con que alguien te señale para que te sientas irremediablemente descubierta.

El fuerte mareo impidió a Sara levantarse. Ya no lograba oír el bullicio procedente de la celebración. La sangre en sus venas arremetía implacable contra sus sienes y oídos en rojas oleadas de perturbación. Los exiguos e incoloros labios de Julia se arquearon en una sardónica risa de satisfacción, mientras introducía su descarnada mano debajo de la blanca chaqueta de lino que componía su uniforme. Sara supo de inmediato lo que representaba aquel fino y maleable alambre recubierto por miles de suaves y sedosas hebras de terciopelo negro.

––Creo que la que utilizaste con el niño Héctor no era tan grande; pero te puedo garantizar que esta servirá. De hecho, mucho mejor aún.

Las estilizadas sombras de los árboles ondulaban alrededor de Sara con insidiosos contoneos, y el paisaje en general se mecía de arriba hacia abajo como si el jardín flotará a la deriva en un mar ligeramente picado.

»Sabes Sara ––el desprecio con el que Julia pronunciaba su nombre era casi tangible––…, en mis treinta años trabajando con deficientes mentales he visto como algunas personas muestran una total indiferencia por ellos, y como a otras en cambio los invade tal aversión que les imposibilita siquiera mirarlos.

––¿Qué… qué me has pu… puesto en la bebida? ––le preguntó Sara tartamudeando, al ser evidente para ella que Julia había planeado su encuentro con semanas de antelación; seguramente desde que los doctores confirmasen la inminente muerte de Alejandro y Miguel. El hecho fortuito de que se hubiera apartado de la fiesta a un lugar más solitario había significado la oportunidad que la macilenta enfermera había estado esperando.

––Pero jamás he conocido ––prosiguió Julia haciendo caso omiso de las acusaciones de Sara–– a una persona que los odiase tan profundamente. Una adolescente mimada por un padre sin carácter. Alguien cuya ruindad y maldad fuese tan grande como para asesinar a otro niño con el fin de cumplir sus deseos.

––¡Auxilio!… ¡Auxilio!… ¡Auxi…!

Sara trató de pedir ayuda; pero su voz se extinguió al salir de su pecho al igual que las fuerzas en sus piernas.

––Nunca me has gustado ––continuó Julia, deslizando sus dedos por la mullida cola de terciopelo––. Siempre supe que eras un ser perverso. Lo supe desde la primera vez que vi como tratabas a tus hermanos. Lamentablemente, lo que no pude prever es hasta donde llegarías por librarte de ellos.

Toda sensación de la cintura para abajo había desaparecido, siendo sustituida por una calidez que iba ascendiendo por su vientre. A pesar del terror que experimentaba, los latidos del corazón de Sara descendieron hasta normalizarse por completo.

––Durante los siguientes meses por más que lo analizaba no lograba entenderlo ––reconoció Julia, sin dejar de exhibir su agria sonrisa––. Alejandro y Miguel nunca se comportaron de forma violenta si bien es verdad que algunas veces se excitaban demasiado, causándonos incluso alguna que otra magulladura a tu madre y a mi debido a su tremenda vitalidad. Pero no es necesario que te lo explique ya que muy pronto te cerciorarás de esto por ti misma… asquerosa niña.

Lo impropio de aquel insulto en los introvertidos labios de la enfermera junto con el adormecimiento de sus sentidos, hicieron preguntarse a Sara si aquello era real. Si no se encontraría todavía en su cama soñando una pesadilla motivada por la última visita al instituto psiquiátrico.

Tiene que ser una pesadilla, se dijo. No podía moverse ni pedir auxilio, y justo frente a ella Julia se transformaba en un ser maligno y obsceno. ¿No era esto lo que ocurría en todas las pesadillas?

Las facciones de Julia se fundieron en una amalgama de contornos y sombras. Sara estaba llorando y no recordaba si en los sueños eso era posible.

––No… no conseguí averiguar que había hecho aquel infeliz niño para alterar de esa manera a mis pequeños ––concluyó Julia con una frustración que Sara ya no era capaz de vislumbrar pero si de percibir en su voz––. Aquella mañana, cuando vinieron a llevárselos como si fuesen un par de perros rabiosos que hubieran atacado a su amo, te sorprendí sonriendo mientras tu madre me abrazaba llorando; rogándome que hiciera lo posible para no abandonarlos al cuidado de desconocidos. Al advertir tu regocijo lleno de descaro y maldad supe que tuviste algo que ver con el «accidente». Supe que de alguna forma habías convencido a aquel niño de que te acompañase a su muerte.

Las tinieblas comenzaban a cernirse sobre Sara. Aún podía escuchar a Julia con claridad, mas no lograba mantener sus párpados abiertos. El miedo, la culpa; incluso la sensación de hundirse en insondables pantanos, fueron sustituidas por un estado de plácida somnolencia.

––Fue después de mi primer trimestre en el área para pacientes de alto riesgo en Leganés, gracias a la intervención del Dr. Arenas, cuando descubrí como lo habías hecho.

Julia cogió los refrescos vaciando su contenido en uno de los arbustos que rodeaban al banco. Luego aplanó los envases de cartón ocultándolos dentro del holgado bolsillo derecho de su uniforme. Sara supo que se encontraba justo a su lado pues percibía su respiración y el sutil olor a menta de su aliento. Julia le abrió los párpados para examinarle sus pupilas a fin de asegurarse que seguía despierta. Al verificar que efectivamente lo estaba, prosiguió con su monólogo sin cesar de acariciar el cabello de Sara al igual que segundos antes lo había hecho con la cola de terciopelo.

––La casualidad ––declaró con distante melancolía––. Mi abuela decía que la casualidad no era más que el movimiento de un peón en el tablero de Dios. Y aquel jueves hace nueve años, el peón que Dios movió fue el Dr. Guzmán del departamento forense de la policía de Madrid. Tal movimiento consistió en enviar el informe forense del niño Héctor al Jefe del Departamento de Psiquiatría en Leganés, el Dr. Andrade; a primera hora del jueves en lugar del viernes como era lo usual. Esa mañana debía entrevistarme con él y otros médicos del panel de evaluación para pedirles… no, mejor dicho; para rogarles que trasladasen a Miguel y Alejandro fuera del área de Aislamiento junto con los demás pacientes. Porque aunque obviamente no te importa, Sara; los niños con el grado de retraso mental de tus hermanos deben recibir constantemente estímulos, o de lo contrario el frágil vínculo que los une con el exterior desaparecería por completo. ––Julia se interrumpió con el fin de examinar nuevamente las pupilas de Sara.

––La secretaria del Dr. Andrade me invitó a que lo esperase en su despacho, pues se había retrasado como consecuencia de su reunión semanal la cual casualmente (otro movimiento en el tablero) se efectuaba los jueves por la mañana. Allí; sobre un montón desordenado de documentos encima de su escritorio, el informe forense del joven Héctor esperaba a ser leído.

Con sumo cuidado Julia retiró las incipientes lágrimas que se desbordaban por entre los párpados cerrados de Sara.

––“Se halló la presencia de un objeto extraño atado a una de las trabillas posteriores de los pantalones, por encima del cinturón ––citó Julia, repitiendo de memoria lo descrito en el informe forense––. Dicho objeto está constituido por un alambre de aluminio muy maleable, de un grosor aproximado de 0,25 centímetros. El alambre en cuestión estaba recubierto en su totalidad por un conjunto de fibras sintéticas similares al terciopelo de color negro. Este objeto puede corresponder a un accesorio o prenda de vestir, o posiblemente formar parte de un disfraz de carácter temático…”

Su sonrisa se hizo más amplia en contraste con el odio que reflejaban sus opacos ojos grises.

––“Un disfraz de carácter temático” ––reiteró Julia con especial énfasis en aquella frase––. Después de leer esto fue cuando realmente descubrí cómo lograste manipularlos, y tengo que admitir que fuiste una niña muy ingeniosa, Sara. Pero siempre lo has sido ¿no es verdad?

A menos de 200 m. de distancia, ovaciones de alegría se produjeron cuando Miguel y Alejandro soplaron juntos las velas de su tarta de cumpleaños. Isabel buscó con la mirada a Sara esperando que esta se uniera a la celebración; mas al no verla por los alrededores simplemente se centró de nuevo en sus hijos tal y como lo había hecho desde su nacimiento. Entretanto Felipe, sentado al lado de su esposa, pensaba que su hija ya había hecho un gran sacrificio por el simple hecho de haber venido.

––¿Hoyes eso Sara? ––le preguntó Julia con mordaz retórica––. Alex y Miguel acaban de cumplir 19 años. ¿Y sabes qué?… Todavía les asustan las ardillas y sus enormes colas balanceándose de un lado a otro.

Antes de sumirse en la inconsciencia, Sara escuchó de los labios de Julia el horror que le aguardaba.

––En menos de una hora se desvanecerán los efectos de la droga que te he suministrado en la bebida ––le explicó con serena profesionalidad––. Pese a las evidencias, seguía teniendo mis dudas de que un trozo de tela pudiese alterarlos de ese modo hasta que lo vi por mi misma. Hasta que traje al hospital a mi propia «ardilla» ––Su voz se oía lejana, débil; amortiguada por la oscura cortina (de terciopelo negro) que comenzaba a caer sobre Sara quien ya dormía soñando con las palabras de Julia.

––Y muy pronto maldita niña… tú serás nuestra pequeña ardilla.

XVI

Lo primero que notó al despertar fue el fuerte olor a desinfectante combinado con algún otro producto químico. Tenía ambas manos atadas a una estructura que no podía identificar a causa de la escasa iluminación. A unos metros de ella, la tenue luz emitida por una escuálida lámpara de mesa colocada sobre lo que parecía ser una especie de taburete, era la responsable de impedir que las sombras se fundiesen en un negro absoluto. Desde algún rincón oculto por las penumbras, una voz grabada hablaba en términos médicos que al principio no logró entender.

Gradualmente su vista se fue aclimatando a la oscuridad y no tardó demasiado en percatarse de que el objeto al que estaba atada era una mesa de metal rectangular; que al igual que la silla sobre la cual descansaba la lámpara, se hallaba atornillada al piso de granito. Al recuperar totalmente la lucidez, Sara intuyó de inmediato sin saber exactamente como dos verdades incuestionables: Se encontraba en un sótano o algún recinto bajo tierra, y por mucho que pidiese auxilio nadie más podría oírla.

Con la yema de sus dedos palpó aquello que ceñía sus muñecas, constatando que Julia la había atado con unas esposas de plástico utilizadas normalmente por la policía en manifestaciones públicas, y seguramente también por el personal del Sanatorio de Leganés con el propósito de inmovilizar rápidamente a los residentes más peligrosos. Las patas de la mesa eran lo suficientemente largas como para permitirle erguirse con cierta holgura. Aunque la vaporosa luz de la lámpara recaía principalmente sobre ella, consiguió distinguir un buen número de cajas de cartón dispuestas desordenadamente sobre el suelo, y la silueta de lo que parecía ser una carretilla elevadora. A su derecha, diversas piezas de maquinaría empleadas mayormente como repuestos cubrían la superficie de otras dos mesas similares a la cual se encontraba esposada. Indudablemente aquel sitio era un depósito de algún tipo.

¡Dios mío! ¡¿Qué pretende hacerme?! ¿¡Por qué ha dejado esa grabadora encendida?! ¿¡Qué es lo que debo de escuchar!?, se preguntó, intentando imaginarse lo que la retorcida mente de Julia había planificado para ella como venganza; no por la muerte de Héctor, sino por haber exiliado a los dos monstruos de su hogar por más de una década. Haciendo lo posible por serenarse, trató de recordar lo que Julia le dijo antes de desmayarse…

«Muy pronto…»

Si, esas fueron sus palabras.

«Tú serás nuestra…»

Sara se volteó de inmediato comprobando con horror lo que en el fondo ya presentía. Un enorme borrón negro parecía flotar detrás de ella moviéndose al compás de su cadera. Aún cuando era consciente de lo inútil de su acción, gritó con todas sus fuerzas forcejeando con la lacerante tira de plástico que con cada impulso horadaba su piel. En apenas unos segundos, la sangre comenzó a fluir de las primeras llagas que se fueron formando entorno a sus muñecas. Exhausta, de rodillas sobre el piso, comenzó a llorar.

Al fondo de la sala una segunda persona, en esta ocasión una mujer de mediana edad, exponía con esmerada dicción:

––[…] se procede a abrir el tomo número décimo del presente procedimiento, iniciándose con el número 46237, doy fe […]

»[…] en Madrid, a dos de Marzo de dos mil doce… Asistido de mi el Secretario, comparecen:

»El Dr. Francisco Ros Plaza, Licenciado en Medicina Médico Forense Interino de los Juzgados de Instrucción números 2.4 y 6 […]

»El Dr. Manuel Fenollosa González, Licenciado en Medicina, Médico Forense Interino de los Juzgados de Instrucción números 1.3 y 5 […]

»El Dr. Alejandro Font de Mora Turón, Doctor en Medicina, Profesor titular de Patología General y Propedeútica Clínica en excedencia. Médico Forense de los Juzgados de Instrucción números 7 y 19 de Madrid, Director del Instituto Anatómico Forense de Madrid […]

»[…] manifiestan que a las 9 horas del 28 de enero de 2011, en cumplimiento de orden judicial, practicaron la autopsia al cadáver número 12 según se enumeraron…

Los hechos que la impersonal voz narraría a continuación harían que el terror de Sara se transmutase en un ente corpóreo, un ser cuyo agrio sudor y frío aliento acechaba sobre su hombro:

––[…] las ropas que viste el cadáver y los objetos personales coinciden exactamente con los que, según la Guardia Civil, llevaba Alfonso De La Huerta al momento de su desaparición.

»[…] Examen externo…:

XVII

Hasta ahora todo había ocurrido conforme a lo dicho por la enfermera. A esas horas de la noche la vigilancia era mínima y las cámaras pertenecientes al sistema de seguridad se encontraban distribuidas solamente en las entradas principales y en los dormitorios de los enfermos mentales. La farmacia interna del Psiquiátrico de Alarcón se hallaba en la tercera planta. Entre sus funciones, algunas de ellas comunes al resto de hospitales, se encontraba el suministro y control interno de los medicamentos y demás fármacos afines.

Eran las dos de la madrugada del sábado, y a esas horas el personal de vigilancia lo componían esencialmente el relevo nocturno del guardia asignado a la garita; un hombre taciturno quien difícilmente abandonaba su puesto para cumplir con las rondas nocturnas, y dos guardias quienes se distribuían las cinco plantas del edificio residencial. Además de ellos, una de las enfermeras de más antigüedad, la Sra. Bianca, atendía la recepción en el horario nocturno durante los fines de semana.

Alfonso contaba con un plano básico del edificio junto con la copia de dos llaves que le facilitaban el acceso a la farmacia interna y al almacén en donde se almacenaban las drogas, incluyendo los fuertes analgésicos utilizados en los pacientes más inestables.

Saltando la verja externa con facilidad, para lo cual contaba con una escalera telescópica cuyo escaso volumen le permitían desplazarse con ella a través de los extensos jardines; Alfonso subió por la escalera de incendios hasta la tercera planta del edificio administrativo. Allí, accedió al interior por una de las ventanas ligeramente abierta, tal y como lo habían planeado previamente. Al final de un ancho pasillo, la única cámara fija enfocaba a la recepción de la farmacia. Su larga experiencia irrumpiendo en diversas instalaciones, generalmente entidades públicas, le facilitó ubicar al menos dos puntos ciegos por los cuales deslizarse sin ser visto. La entrada del almacén se encontraba protegida por una puerta blindada, cuya cerradura eléctrica se activaba mediante una combinación a ser introducida en el panel de control de acceso situado en el lado derecho del marco. Alfonso tecleó el código de entrada impreso en el reverso de la hoja que contenía los gruesos e improvisados trazos del burdo plano.

Mientras llenaba su mochila con las drogas catalogadas detalladamente en los estantes de aluminio, pensó en lo que aquella enigmática mujer le había dicho:

«La casualidad no es más que el movimiento de un peón en el tablero de Dios»

Alfonso no era particularmente susceptible al concepto de «destino»; pero si tenía que admitir que había sido una verdadera coincidencia el hecho de que Julia trabajase en el mismo centro psiquiátrico en donde su hermano Jorge cumplía condena por haber agredido a otro deficiente mental. Aquella enfermera le había relatado como semanas después de conocer a Jorge, este le habló sobre su hermano mayor y de cuanto le quería y se preocupaba por él. Le había confesado además, que a su hermano también le habían «castigado» en un sitio llamado «cádcel» por quedarse con «cosas» que no le pertenecían.

En su última visita al sanatorio de Leganés, Julia por su parte también le contó a Alfonso acerca de sus dos «hijos» deficientes, los cuales padecían un retraso mucho más severo que el de Jorge, necesitando por lo tanto cuidados especiales durante el resto de sus vidas. Lógicamente la estadía en esta clase de instituciones demandaba unos gastos muy por encima de su sueldo como enfermera. Sin mayores preámbulos, Julia había admitido que estaba al tanto de sus antecedentes penales y que si le interesaba, ella podría facilitarle el acceso a drogas farmacéuticas de gran demanda en el mercado negro; siendo alguna de ellas además prácticamente imposibles de conseguir por otros medios.

Al principio, la manera tan directa en que la enfermera le había abordado despertó su desconfianza. Mas cuando esta le entregó una bolsa llena de fármacos entre los cuales se destacaban un amplio rango de benzodiacepinas y otras drogas psicotrópicas, Alfonso dejó sus sospechas a un lado aceptando de inmediato convertirse en su cómplice.

En verdad todo había resultado muy conveniente; incluso que el objetivo del robo fuese otro centro psiquiátrico de menor seguridad, situado en una población diferente donde la eficiente enfermera alternaba sus servicios profesionales los días martes y jueves de cada semana. En aquel centro médico además, y de acuerdo a lo dicho por Julia, sus dos hijos deficientes habían sido trasladados hacía tan solo dos semanas del Sanatorio de Leganés, justamente por el mismo cargo de agresión por el que fue internado su hermano Jorge.

Realmente todo concordaba a la perfección, y Alfonso estaba seguro de que aquella delgada mujer de grandes y fríos ojos grises había planeado hasta el menor de los detalles con mucha antelación, como si…

Alguien está conmigo.

Quienquiera que fuese la persona que lo acechaba, había llegado hasta él sin realizar el menor ruido pese al absoluto silencio que reinaba a esas horas de la madrugada. Alfonso no acostumbraba a portar armas de fuego; pero si poseía una navaja automática que cargaba oculta en su botín izquierdo. Lentamente giró la cabeza tanteando la pequeña funda de cuero marrón.

––Tenemos que irnos de inmediato ––dijo Julia con parquedad.

Alfonso analizó por unos segundos el impasible rostro de la enfermera. Podía sentir el palpitar de su corazón en los dedos de su mano izquierda, los cuales se mantenían sobre la rugosa superficie del mango de la navaja a la espera de alguna explicación por parte de su cómplice.

––Un detector en el pasillo de carga ha activado la alarma cuando has entrado ––le indicó Julia con sumo detalle––. Desconocía totalmente su existencia; pero por suerte para nosotros al momento de ser registrada en recepción Elena, la enfermera de guardia, me había pedido que la supliese mientras ella verificaba el estado de uno de sus pacientes del ala Norte. Desafortunadamente no poseo el código para desactivar la alarma.

––Está bien… ya he terminado ––contestó Alfonso, recuperándose rápidamente de su sobresalto––. Tardaré menos si regreso por las escaleras de incen…

––¡No… no puedes! ––Le advirtió Julia con un elocuente ademan––. Uno de los guardias ya debe estar vigilando las escaleras de incendio. Tendremos que bajar al Sótano 1 para que puedas salir por uno de los accesos del personal de mantenimiento.

––De acuerdo ––respondió Alfonso, pasándose la gruesa correa del bolso repleto con las drogas sobre su hombro derecho––. Vaya usted por delante.

Ambos bajaron hasta el primer sótano en uno de los dos ascensores del edificio, los cuales también se activaban con las credenciales del personal médico además de la correspondiente clave de cuatro dígitos. Las puertas del elevador se abrieron a un espacioso almacén en donde se encontraba gran cantidad de maquinaría y vehículos de carga; así como un buen número de carretillas eléctricas de diferentes modelos.

––Desde aquí tendrás que proseguir sin mi ––le dijo Julia, señalando el ancho corredor que se extendía frente a ellos en el extremo opuesto al ascensor––. Volveré a recepción y les convenceré de que he sido yo quién ha activado accidentalmente la alarma.

Julia se desprendió el carnet de identificación que llevaba sujeto al bolsillo derecho de su chaqueta mediante el pequeño clip de plástico; enseñándole a Alfonso un diminuto chip incrustado en el borde derecho inferior muy parecido a los utilizados en las tarjetas de crédito.

––Empotrado en la pared externa del edificio ––comenzó a explicar utilizando el argot técnico propio de los profesionales que configuraron el sistema––, se encuentra un control de acceso por radio frecuencia que lee nuestro código personal codificado en este chip. Accidentalmente en anteriores oportunidades he activado la alarma cuando me ha acompañado algún empleado de nuestros proveedores externos. Los técnicos me han advertido que para evitar el riesgo de estas «falsas alarmas» es necesario, dependiendo si te acercas o te alejas del edificio, poner el dispositivo de lectura de cara al transmisor.

El eco de sus voces resonaba con intensidad entre las paredes del espacioso recinto, mas Alfonso supuso que debido a la solida construcción del edificio nadie de afuera alcanzaría a escucharlos.

––Por esa razón ––continuó diciendo Julia––, tendrás que colocártelo en la espalda cuando te alejes del edificio.

Alfonso poseía cierto conocimiento acerca de sistemas inalámbricos, y realmente le pareció extraño que un equipo tuviese tal sensibilidad que la ubicación específica de un carnet en el cuerpo del portador fuera determinante para su correcto funcionamiento. Aun así ––supuso––, ese no era el momento más adecuado para cuestionar lo que le decía su cómplice, quien evidentemente había preparado el robo teniendo en cuenta hasta el más mínimo detalle.

Puede que se debiera a sus nervios pero a Alfonso le pareció que Julia tardaba demasiado en sujetar la tarjeta de plástico, ya fuese en el cinturón o directamente en cualquiera de las trabillas de su pantalón.

––Si desea, puedo ayudarla con eso ––sugirió, a sabiendas de lo obvio de su insinuación.

––No ––respondió Julia tajante––. Solo me cercioraba de que le quedase bien asegurado.

––¿Entonces, nos reuniremos mañana a la hora acordada? ––Le preguntó Alfonso, colocándose nuevamente la correa del bolso por encima del hombro.

––Allí estaré ––prometió, Julia.

Alfonso avanzó hacia el corredor mirando de soslayo como la delgadísima enfermera caminaba en dirección contraria, hacia el ascensor. Algo no encajaba del todo. Tenía la incómoda sensación de que parte de lo dicho o hecho por Julia carecía de lógica. Antes de llegar al final del ancho pasillo, sus temores se hicieron realidad al toparse con una puerta metálica de doble hoja cuyas secciones se mantenían cerradas por un candado blindado de combinación. Súbitamente su mente arrastró de vuelta aquel hecho contradictorio como un pedazo podrido de madera arrojado nuevamente a la orilla de su consciencia.

El ascensor… ¿Cómo activará el ascensor sin el carnet?

Instintivamente tanteó su espalda descubriendo con asombro que en lugar de las credenciales de la enfermera, una especie de pluma gigantesca de alguna clase de material sintético estaba sujeta a su pantalón. Sin detenerse en buscar respuestas para lo que estaba sucediendo, dio media vuelta dirigiéndose de nuevo al ascensor tratando inútilmente de desprender la absurda pieza de tela que parecía encontrarse atada mediante múltiples nudos por un fino alambre de cobre u otra aleación parecida.

El indicador externo del ascensor marcaba la primera planta. Las razones por las cuales aquella mujer lo había traicionado, o por qué se había burlado de él sujetándole ese absurdo adorno, pasaron a un segundo plano. Tenía que suponer que los guardias se apersonarían en los próximos minutos, probablemente de hecho, advertidos por la propia enfermera. Cuando lograra retornar a su coche aparcado a medio kilómetro de la carretera principal, arrancaría aquella cosa de su pantalón y la guardaría hasta que tuviese la oportunidad de hacérsela tragar a su dueña.

Alfonso evaluó las posibles opciones: Tanto el candado como la puerta blindada eran imposibles de forzar; pero quizás, las puertas del ascensor cederían si aplicaba una palanca entre ellas con alguna barra o herramienta que pudiera encontrar. Por suerte para él, una pesada llave ajustable de 15 pulgadas reposaba encima de la cabina de una de las carretillas eléctricas aparcadas en la pared norte del amplio recinto. Introduciendo el resistente mango entre la abertura de las dos puertas, tiró con todas sus fuerzas por el extremo de la boca ajustable apoyando su pie izquierdo en el marco del ascensor. Las puertas empezaron a abrirse unos centímetros más con cada impulso que tomaba; hasta que al cabo de unos intensos segundos estas cedieron por completo. En el oscuro interior se distinguían el par de gruesos cables integrantes del mecanismo de polea.

Soltando la pesada llave, Alfonso apoyó ambas manos en sus rodillas mientras recuperaba el aliento. Sus sienes parecían albergar cada una a su propio corazón latiendo con feroz intensidad. Gradualmente su respiración fue recuperando el ritmo normal hasta percatarse que a diferencia de él, quienes quiera que se encontrasen detrás suyo respiraban cada vez con mayor ansiedad. Sin voltearse, tomó la herramienta del suelo y con ella la navaja retráctil de la funda en su tobillo.

––Eso no te servirá ––sentenció Julia, con apática inflexión––. Aunque pudieses ascender por los cables, el piso de la cabina contiene una plancha de acero que jamás podrás atravesar.

Alfonso casi no reparó en Julia, ni en el hecho evidente de que durante todo aquel tiempo había permanecido en el depósito. Ahora su atención estaba centrada en los dos retrasados mentales que se encontraban a cada lado de ella. Sus rasgos mongoloides eran semejantes a los de su hermano Jorge; pero a diferencia de este, sus miradas carecían completamente de toda luz. Si bien ambos hermanos ––debían de serlo, pues eran idénticos–– no sobrepasarían los 1,70 ms. de altura, el grosor de sus cuellos y antebrazos eran desproporcionados para su tamaño otorgándoles una apariencia simiesca resaltada por las violentas contracciones de sus pechos. Alfonso tampoco pudo ignorar la verdadera naturaleza de aquella excitación anunciada por los enormes bultos que exhibían las entrepiernas de los dos oligofrénicos.

––No sé que es lo que pretendes, vieja puta ––exclamó, alzando la navaja en un ademán amenazador––; pero te juro que si no me das tus credenciales en este preciso instante, te las sacaré personalmente del bolsillo junto con tus entrañas y las de esos dos imbéciles que has traído contigo.

Alfonso vio como Julia sonreía, deseando en medio de su creciente angustia no haberlo hecho jamás. La crueldad y el odio dejaron de ser meras abstracciones para materializarse en las ominosas arrugas originadas en los helados ojos grises de la enfermera, que cuales soles moribundos irradiaban sus haces de luz negra a través de la lívida tez que los rodeaba. Mas era realmente la perversa mueca de sus pálidos labios la que convertía los profundos surcos de su rostro en un conjunto de cicatrices; signos permanentes de su lucha contra la frustración y la rabia por los deseos jamás cumplidos.

––Eres un sucio ladrón ––le acusó Julia, alentada por su propia iniquidad––. Utilizas a tu hermano como la pobre excusa para robar los medicamentos destinados a otros niños «especiales»; vendiéndolos después a depravados y a sucios adictos.

––¡Aaaaahh!… ¡Aaaaahhgg!… ¡Aaaaahhhgg! ––gemían ansiosos Alejandro y Miguel, henchidos de miedo y anhelo por igual.

––Escuche ––comenzó a decir Alfonso, procurando suavizar el tono de su voz y de paso ocultar el miedo que en ella se revelaba––,… si lo que quiere son los medicamentos para Usted, aquí los tiene; tómelos. No me interesan.

Sin quitar la vista de los oligofrénicos, arrojó el bolso a los pies de Julia consciente de que aquello no cambiaría nada en absoluto.

––No…, no quiero los medicamentos ––contestó ella, rechazando su ofrecimiento al mismo tiempo que confirmaba sus sospechas––. Lo que quiero es que sigas moviendo tu cola. Lo que quiero, es que seas nuestra ardilla.

Alfonso no estuvo seguro si había comprendido realmente lo que acababa de oír, hasta que Julia estrechó las manos de los retrasados contra su escuálido pecho, y gritó:

––¡Coged a la ardilla! ¡Coged a la ardilla! ¡Tened cuidado con sus afiladas garras! ¡Cogedle por los brazos como habéis aprendido!

––¡Addilla!…, ¡addilla!…, ¡addilla! ––repitieron al unísono Alejandro y Miguel, avanzando y agitando sus brazos entre grandes chorros de baba que lubricaban sus labios y mentones cual hocicos de perros salvajes.

Alfonso sabía por su hermano la fuerza que podían desarrollar algunos deficientes mentales, y aquellos dos que embestían contra él como enormes mastines rabiosos poseían una corpulencia mucho mayor que la de Jorge. Sin importar que tuviese la navaja y la llave inglesa, dedujo que no tendría la menor oportunidad si esperaba a pelear contra los dos al mismo tiempo; y menos si aquella malsana enfermera les había enseñado a protegerse de sus presas.

––¡Los brazos! ¡Cogedle por los brazos y pegadle! ¡Pegadle duro! ––les instigó Julia, pletórica de odio y de ardiente expectación.

Alfonso huyó hacia su derecha con la esperanza de eludir a sus perseguidores. Su mente cesó de formular preguntas, relegando el control de sus acciones a su instinto de supervivencia. Detrás; los gritos de Julia y los aullidos de los dos retrasados que le seguían de cerca formaban una horripilante cacofonía que inundaba sus oídos e invadía por completo sus pensamientos.

––¡Addilla!…, ¡addilla!… addilla!…

A diferencia de su hermano Jorge y de otros deficientes mentales que conocía, sus dos perseguidores poseían una coordinación mucho mayor de la que esperaba; pues ambos corrían casi a la misma velocidad que él. No debía prolongar más la persecución o se arriesgaría a que terminasen cogiéndole por la espalda, o aún peor, a quedar atrapado entre los dos. Delante de él, se percató de que una de las carretillas eléctricas le cerraba el paso. Justo cuando parecía que pretendía saltar sobre ella, se giró en el aire y contando con una fracción de segundo para apuntar lanzó la llave ajustable que sostenía en su diestra. Uno de los extremos de la pesada herramienta golpeó el hombro izquierdo de Alejandro, causando que el improvisado proyectil cambiase ligeramente de trayectoria por efecto de la inercia. A unos pasos de distancia, Miguel apenas vislumbró un resplandor antes de recibir el fuerte impacto de la herramienta en medio de su frente, cayendo de espaldas aparatosamente.

––¡No! ¡Miguel… no! ––vociferó Julia desesperada, al verlo rodar varios metros por la sólida superficie de cemento––. ¡No dejes que se escape Alejandro! ¡Coge a esa alimaña por las «patas»!

Alfonso subió al techo de una de las carretillas más grandes, la cual a diferencia de la anterior consistía en un modelo diesel de mayor capacidad de carga. Desde allí pudo divisar a Miguel desmayado o muerto, con la mitad de su rostro cubierto de sangre. Alejandro no se molestó en trepar al techo de la carretilla, y realmente no le era necesario. Parado sobre una de las salientes de la cabina del conductor, alcanzaba fácilmente cualquiera de los pies de Alfonso. Este esperó de hecho a que el retrasado cogiese uno de sus tobillos, hundiendo en ese preciso instante la filosa navaja en el dorso de su mano atravesándola de lado a lado. Alejandro saltó desde la cabina estando a punto de caerse, aullando de dolor como el animal herido que era. Por desgracia para Alfonso, se había desecho de la única arma que le quedaba.

––¡Me moddio! ¡La addilla me moddio!–– repetía Alejandro, batiendo sus brazos al aire sin tan siquiera intentar extraer el punzante objeto. Fuera de sí, Julia profirió una riada de insultos, la mayoría de ellos atrozmente obscenos. Alfonso No quería arriesgarse a enfrentarse contra el retrasado ya que había sentido su descomunal fortaleza en los pocos segundos que este aferró su tobillo; sabiendo que al herirlo se volvería aún más agresivo.

––¡Judla!…, ¡Judla!… ¡Heridda! ¡Rodjo!…, ¡mudcho rodjo!

Miguel todavía aturdido, caminaba dando tumbos con la mitad del rostro cubierto de sangre. Cuando llegó al lado de la mujer que veló por él durante toda su vida, se tocó la frente repetidas veces para que esta pudiese comprobar lo que la «addilla» le había hecho.

Agotado, Alfonso vio como sus esperanzas de salir vivo de aquel lugar se reducían al constatar que el daño infligido al otro hermano era menor de lo que creyó en un principio. Tarde o temprano le cogerían, y era evidente que la inminente aparición de los guardias era otra de las muchas mentiras contadas por la perturbada enfermera.

––Aaaaahhh! ––Chilló Alejandro cuando Julia le extrajo la navaja con un enérgico movimiento. A continuación, sacó de uno de sus bolsillos un rollo de vendas con el cual cubrió la herida. Alfonso sonrío con amargura al ver como efectivamente aquella mujer se había preparado con semanas de antelación.

––Tranquilos mis niños… tranquilos ––les susurraba Julia, mientras sus dedos largos y delgados se introducían bajo los pantalones de los retrasados––. Shhhhhh… Ya mis niños…, ya… Sé que os duele mucho y os curaré luego; pero ahora tenemos que atrapar a la ardilla mala. No debemos consentir que se vaya y muerda a otros niños. Si lo atrapáis, os haré las «cosquillas» que tanto os gustan.

De pie sobre el techo de la carretilla elevadora, Alfonso contemplaba desconcertado la indecente escena. Los dos oligofrénicos mantenían las manos juntas a la altura de sus labios. Inmóviles, con los párpados entreabiertos, parecían encontrarse en una especia de trance mientras Julia los masturbaba con violenta impetuosidad. Su sonrisa le decía a Alfonso a través de sus encorvados labios que jamás saldría de allí con vida. Que muy pronto lo atraparían y entonces averiguaría lo que les ocurría a las «ardillas malas».

Luchando por no perder el control de sus emociones, Alfonso miró a su alrededor en busca de algo que pudiese utilizar; algo que le ayudase a huir de aquel aberrante desvarío. Carretillas, cajas, mesas llenas de equipos y pilas inclinadas de manuales técnicos; componían el desolador paisaje que se extendía ante él. Más allá, las desnudas paredes de yeso se prolongaban hasta los estériles techos surcados por los conductos del sistema contra incendio.

––¡Los aspersores! ––exclamó en voz baja, al darse cuenta de que su salvación había estado sobre él todo este tiempo. A una distancia relativamente corta, una de las carretillas elevadoras cuyas horquillas debían de medir aproximadamente 4 ms. de altura, se encontraba justamente debajo de unos de los aspersores. Si lograba llegar a sus dos barras paralelas y activar el dispositivo con su encendedor, la alarma contra incendios atraería a los vigilantes.

Como si leyese sus pensamientos, Julia se detuvo en su malsana demostración de afecto, estudiando con detenimiento a su próxima víctima.

Alfonso se bajó del techo del vehículo de un salto, corriendo hacia su única esperanza. No muy lejos de él, Julia incitaba a Miguel y Alejandro a que lo atrapasen en aquel alienante «déjà vu».

Antes de Trepar al techo de la cabina del conductor de la carretilla elevadora, Alfonso retiró la llave del encendido. Desde allí, saltó hasta el mástil de elevación sujetándose a una de las horquillas. Por unos terribles instantes pudo sentir los gruesos dedos de los retrasados aferrándose a sus tobillos, jalándole hacia sus bocas colmadas de dientes y podredumbre. Pero aquella no fue más que una visión momentánea; una posibilidad que se tornaría real si permitía que su miedo le dominase. Balanceando su cuerpo, flexionó la cintura hasta que sus piernas pasaron por encima de la horquilla. De un salto, se afianzó a una de las barras del mástil de elevación e impulsándose con los brazos y piernas logró sentarse sobre la angosta pieza de hierro; para acto seguido pararse sobre esta asiéndose a una de las dos barras paralelas que integraban el mástil.

Alejandro y Miguel hicieron todo lo posible por subir hasta donde se encontraba su presa; pero esta vez las limitaciones de su coordinación motriz les impidió tan siquiera ascender al techo de la cabina. En esta oportunidad, fue Alfonso quien desde las alturas se burló de los vanos esfuerzos de la enfermera y de sus dos obedientes perros humanos.

––¡Puedes enseñarles lo que quieras, y puedes masturbarlos hasta que te duelan las muñecas…; pero esas dos bestias jamás subirán hasta aquí, vieja puta!

El miedo que había experimentado hasta ese momento se transformó en una sensación de euforia que era incapaz de reprimir.

––¡Te recomiendo que te los lleves fuera de aquí y abandones este hospital, antes de que les cuente a los doctores la terapia tan especial que le das a tus pacientes!

Al oír esto último, Julia se apartó unos cuantos pasos del vehículo. Sus ojos grises resplandecían con un fulgor metálico bajo las luces fluorescentes del techo. Esperando que la perversa enfermera no oliese su miedo, Alfonso extrajo el mechero del bolsillo derecho del pantalón acercándolo lo más que pudo al rociador situado a menos de metro y medio de distancia.

Solo tengo que esperar, se convenció así mismo, mirando con avidez la fluctuante llama del encendedor. Allí se encontraba a salvo, debiendo solamente aguardar a que el calor activase la ampolla de cierre del rociador. Solo debía de ignorar las abyectas ofensas de aquella alienada mujer y los rugidos de sus dos bestias. Solo debía de…

Cuando comenzó a inclinarse la estructura del mástil, la primera reacción de Alfonso fue aferrarse a la ancha barra soltando el mechero al vacío. Lo segundo que su instinto le impulsó a hacer, fue saltar lo más lejos posible para evitar quedar atrapado bajo la pesada estructura. Lamentablemente para él, sus reflejos privados de cualquier cálculo o razonamiento no le respondieron correctamente; golpeándose el pecho y rostro contra la horquilla de otra carretilla elevadora estacionada a unos metros de distancia. El fuego lacerante que penetró en sus encías y nariz le confirmó que había perdido varios dientes y que su tabique nasal estaba fracturado. La fiebre de la adrenalina le exhortó a pararse de inmediato, mas el piso bajo sus pies parecía también haberse inclinado. Las lágrimas le enturbiaban su visión aunque a pesar de ello logró vislumbrar la carretilla sobre la cual segundos antes creyó haber estado a salvo.

––La han volteado ––murmuró fascinado––. Dios… ¡Entre los dos han volteado la carretilla!

En sus oídos todavía resonaba el eco generado por el ensordecedor sonido de la pesada estructura al caer, aunque no conseguía recordar el ruido del impacto en sí.

––¡Cogedla! ¡Coged a la ardilla! ––gritaba Julia próxima a él.

––¡Addilla! ¡Addilla! ––Aullaban Miguel y Alejandro aún más cerca.

Luchando por no perder el equilibrio, Alfonso intentó nuevamente ponerse en pie apoyándose en el área de metal contra la cual se había lesionado. Un intenso dolor desgarró su costado derecho apoderándose de la escasa resistencia de sus piernas las cuales fueron incapaces de sostenerlo en pie. El brutal puñetazo asestado por Miguel le acababa de fracturar tres costillas.

––¡Sujetadlo por los brazos! ––ordenó Julia, cuyas blancas e impecables zapatillas Alfonso podía distinguir desde el suelo. Las grandes y poderosas manos de los retrasados se cerraron con fuerza en torno a sus muñecas envolviéndolas por completo. Cuando Miguel jaló su brazo izquierdo, sintió como si le insertaran decenas de clavos al rojo vivo a través de su axila.

––¡Bueno, chicos! ––exclamó Julia––, creo que nuestra ardillita no tiene más sitios a donde treparse.

––¡Addilla madda!…, ¡addilla muedde!…, ¡addilla muedde! –– bramó Alejandro enardecido.

A excepción de la sangre seca que cubría la cara de Miguel cual macabra máscara de un infernal carnaval, los idénticos oligofrénicos parecían sonreír permanentemente a pesar de la furia que emanaba de sus bestiales resoplidos. Alfonso se giró hacia la delgada enfermera que se encontraba a unos pasos de él. Degustando el sabor cobrizo que manaba profusamente de sus encías, le preguntó casi sin aliento:

––¿Por qué me haces esto?

Julia se acercó a él. Arrodillándose a su lado, le habló del modo que una madre le hablaría a su hijo para explicarle la razón de su castigo.

––Porque eres una mala persona, Alfonso. Porque la única razón por la cual visitas a tu hermano es el dinero que te pagan tus padres para no tener que confrontar su vergüenza. Porque eres un ladrón que roba las drogas destinadas a niños indefensos, al igual que te aprovechas de la necesidad de los adictos a quienes se las vendes. Porque en definitiva… necesitaba cerciorarme que un simple trozo de tela sería suficiente para convertirte en una «ardilla».

Alfonso deseó preguntarle que quería decir con aquello; pero un violento acceso de tos le obligó a escupir una rociada de sangre. Cuando por fin recobró el aliento, no se molestó en formular la pregunta. Lo único que deseaba era poder inspirar sin la sensación de docenas de cuchillas clavándose en su costado. Lo que verdaderamente quería, es que todo aquello terminase de una vez.

Julia retrocedió unos pasos, pronunciando las últimas cuatro palabras que Alfonso escucharía:

––¡Matad a la ardilla!

Alejandro y Miguel golpearon con feroz crueldad a Alfonso, quien pudo sentir como los huesos pertenecientes a la órbita de su ojo izquierdo y al pómulo derecho crujían al impactar contra los férreos nudillos. El insoportable tormento inundó sus sentidos con una marejada de dolor que amenazó con ahogarlo entre sus propios gritos.

Cuando los retrasados le soltaron, Alfonso se puso boca abajo protegiéndose la cabeza con ambos brazos. Una despiadada sucesión de puñetazos se precipitó sobre su espalda, hombros y piernas; hasta que finalmente uno de ellos descendió inexorable sobre la zona posterior de su cuello. El dolor de sus heridas, excepto las de la cabeza, se fueron desvaneciendo hasta tal punto que pudo inspirar el suficiente aire para llenar sus pulmones. Con asombro comprobó que apenas sentía el mortal ataque de sus agresores, como si estos lo golpeasen a través de una gruesa y mullida manta de algodón, o quizás; de terciopelo negro.

Su imposibilidad para enfocar la vista sobre ningún objeto no impidió que Alfonso viera como el retrasado al que la enfermera llamaba Miguel ––supo que era él por el borrón carmesí que flotaba en la mitad de su rostro–– cogía unos de sus brazos inertes, colocando su cuerpo paralizado boca arriba. El retrasado empezó a morder ávidamente su antebrazo, ascendiendo en dirección al hombro. No lo podía ver, pero percibía el distante hormigueo que producían los dientes del depredador humano al desgarrar su piel. Cediendo a los mismos impulsos que su hermano, Alejandro se unió al atroz banquete degustando con exultante placer el sudor acre que cubría el muslo de su presa, hasta llegar gradualmente a su cintura, abdomen y…

¡Dios mío… van a devorar mi cara!, concluyó Alfonso con horror. Las cálidas lágrimas que resbalaban por sus mejillas le confirmaron que aquella porción de su cuerpo todavía conservaba la sensibilidad; y que muy pronto sufriría la inimaginable sensación de aquellos dientes clavados en ella. Miguel soltó su brazo, arremetiendo ahora contra su pecho y abdomen en medio de roncos jadeos de satisfacción. La sangre comenzó a fluir en abundancia por la boca de Alfonso debido a las múltiples hemorragias internas. Lentamente, la frecuencia e intensidad de su respiración fue disminuyendo a medida que los músculos del tórax y diafragma cesaban de contraerse.

Si… si, por favor Dios… deja que me ahogue. No permitas que esté consciente cuando lleguen a mi cara.

El contorno borroso de Miguel fue oscureciéndose junto con el resto de los objetos, mientras que el frenético latir de su corazón continuaba bombeando torrentes de sangre sin oxígeno a través de todo su ser.

––¡Aaaaahh! ¡Aaaaaahh! ––gemía Miguel con delirante lujuria al hendir sus colmillos romos en el hombro derecho de su víctima. La oscuridad que se desplegaba sobre Alfonso era total. El universo completo se desvanecía, salvo su miedo.

Por favor…, por favor… ¡Quiero irme ya! ¡Quiero irme!, rogaba en su mente; pero su corazón le repetía que «no» con cada titubeante latido.

            «No, no… No, no… No, no…»

––¡Aaaaahh! ¡Aaaaaahh! ––gemía Alejandro, mordiendo su blando e inmóvil vientre.

Por favor, deja que me vaya…

Esta vez, su corazón pareció dudar en la respuesta.

«No, no… No…»

––¡Aaaaahh! ¡Aaaaaahh! ––contestó Alejandro, abriendo su boca repleta de dientes rojos sobre el rostro del moribundo ladrón.

XVIII

––[…] Por último, se destaca el hecho de haberse descubierto una especie de accesorio no identificado; el cual consta de un pedazo alargado de tela de aproximadamente unos 120 cm. de longitud constituida por múltiples fibras sintéticas de color negro. En su interior se descubrió un alambre de ½ centímetro de grosor, presumiblemente hecho de alguna aleación de estaño o aluminio.

Sonido de estática y después, silencio.

La descripción de las heridas presentadas por Alfonso De la Huerta en aquella grabación, significó para la aterrorizada Sara el preludio de la espantosa muerte que le esperaba. Ante ella, surgió la nítida visión de sus hermanos lamiéndose los labios rebosantes de sangre con sus dientes apestosos a carne podrida desgarrándole la piel en tiras; semejantes a la cola que colgaba desde su cintura.

Muy pronto Julia aparecería en aquella sala oscura junto con Miguel y Alejandro. Ella sería la ardilla que ellos destrozarían, tal y como lo habían hecho con aquel joven cuyo cadáver mutilado fue hallado en el arcén de la carretera A-3.

Tal y como lo hicieron con el pobre de Héctor.

––«Héctor» ––pronunció en voz baja.

Desde aquel terrible suceso, Sara se había convencido así misma de que a sus doce años de edad, jamás podría haberse imaginado que la bestialidad en sus hermanos excedería a su ínfima humanidad de una forma tan absoluta como para asesinar a otro niño. Sencillamente supuso que le asustarían lo suficiente como para que sus padres, incluyendo a su madre, reconocieran el peligro de convivir con ambos retrasados bajo un mismo techo. ¿Pero realmente había creído que al ver a un niño con una enorme cola negra enganchada a su espalda, Alejandro y Miguel simplemente reaccionarían agitando los brazos y farfullando silabas inconexas?

La verdadera respuesta era que nunca quiso pensar en ello. Quizás no deseaba recordar tampoco los restos de la pequeña ardilla que se introdujo en su hogar, reducidos a una amorfa masa de entrañas y pelos.

Si; ella sabía lo que sucedería. Su conciencia de niña, tan amoral como las de sus hermanos, le había dicho que el fin justificaba los medios. Y el fin en aquel entonces fue deshacerse de sus hermanos, y los medios a su alcance, la vida inocente de un niño. La verdad es que creyó aquello que quiso creer. Julia tenía razón. Ella no se había alegrado con la muerte de Héctor; pero si lo había hecho el día que se llevaron a los monstruos.

Su deseo se había cumplido.

Puede que la muerte de Héctor hubiese sido un accidente causado por el temor y la aversión de una niña contra la aberrante naturaleza que moraba en su hogar; pero su deseo transformaba aquel accidente en un crimen. En el asesinato de un niño y el posterior intento de suicidio de su madre.

Y en la infelicidad de la suya propia.

No…, aún así no me merezco esto. No merezco morir de esta manera.

Sara se obligó a interrumpir su tardío acto de contrición. Tenía que escapar antes de que Julia ideara una excusa para alejar a Miguel y Alejandro de la fiesta, con el fin de utilizarlos nuevamente como el arma de su odio. Antes de que los manipulara como ella misma lo había hecho años atrás.

Poniéndose en cuclillas, empujó hacia atrás hasta que la tensión en ambas muñecas le arrancó un leve gemido.

Tengo que seguir jalando… Esto no es nada comparado con lo que ellos me harán.

Con cada impulso la fina cinta de plástico penetraba más y más en su piel, hasta que una sombra escarlata comenzó a aparecer por debajo de las esposas. El ardor de sus heridas era tan intenso como el originado por la tensión en sus hombros y antebrazos; pero aún así, Sara continuó moviéndose de un lado a otro causando que las esposas fuesen deslizándose a través de sus manos. En un momento dado, estas se detuvieron en la base de sus pulgares. Los fuertes calambres que sufrían sus piernas la obligaron a detenerse totalmente extenuada. Lágrimas y sudor se entremezclaban con un regusto salado en sus labios, mientras las imágenes de sus hermanos y de Julia atravesando la puerta de aquella oscura sala la hacían temblar incluso más que su actual suplicio.

Un poco más… solo un poco más…

Ignorando la incipiente inflamación de sus muñecas, Sara continuó tirando con todas sus fuerzas columpiándose con sus piernas y cadera en un balanceo rítmico y angustiante. El cortante perfil de las cintas reinició su avance, desprendiendo su dermis como si se tratase de un guante extremadamente ajustado. Cuando creyó desfallecer por segunda ocasión, sus manos quedaron repentinamente libres del lacerante grillete de plástico. Pese a ser consciente de que Julia podía presentarse en cualquier instante, el desmesurado esfuerzo efectuado la obligó a permanecer tendida boca arriba sobre el pétreo suelo del almacén. El ruido sordo producido por los ecos de su corazón fue mermando, hasta que únicamente pudo escuchar el sonido de su propia respiración. Y al igual que Alfonso de la Huerta semanas antes, el creciente jadeo de los dos animales humanos que la acechaban desde la oscuridad.

¡Están aquí… han estado aquí todo este tiempo!

Sin reparar en el dolor de sus piernas y brazos, Sara se incorporó de inmediato, y con ella, un cegador amanecer resplandeció con la fría luminosidad de las lámparas fluorescentes. A un lado de la puerta de entrada, presionando todavía el interruptor de la luz; Julia la observaba con despiadada satisfacción mientras los retrasados resoplaban con apasionado miedo a través de sus bocas eternamente húmedas… y eternamente ávidas.

––Hola Sara ––le saludó Julia, sujetando un llavero descolorido repleto de llaves de diferentes tamaños––. Me ha costado mucho mantener a mis niños quietos a pesar de que no parabas de «sacudir» tu cola.

Los imponentes miembros erectos de Miguel y Alejandro se erigían en toda su salvaje vitalidad a través de la cremallera abierta de sus pantalones.

––Puede que hayas sido tú la que descubrió su miedo a las ardillas ––le concedió Julia con evidente rencor––; pero hay algunas cosas que no sabes: La primera; es que sus emociones primarias están íntimamente ligadas. Cuando algo les asusta, en la misma proporción se sienten excitados sexualmente ––al decir esto, cogió de la mano a los retrasados––. La segunda…, es que cuanto más se mueve la cola, más miedo les da la «ardilla».

Sara comprendió con horror el porque Julia la había atado de esa forma. Posiblemente incluso, hubiese dejado las esposas lo suficientemente holgadas para que esperanzada intentase liberarse de sus ataduras, y en el forcejeo, sacudir vigorosamente la enorme y mullida cola de terciopelo negro para el morboso deleite de sus hermanos.

––Es hora de que los conozcas mejor, Sara ––ante el desconcierto de esta, Julia comenzó a acariciar lascivamente los hinchados penes de los enardecidos oligofrénicos––. Es posible que contigo quieran jugar primero ––le advirtió casi entre susurros.

––¡Aaaaahhh! ¡Aaaaahhh! ––gemían los hermanos, con más placer que miedo.

––¡Coged a la asquerosa ardilla! ––gritó Julia, con más odio que placer.

Alejandro y Miguel se precipitaron hacia su hermana blandiendo los puños; columpiando de un lado a otro sus propios apéndices goteantes de deseo. Sara cayó de rodillas, rodando sobre sí misma por debajo de la amplia mesa a la cual instantes atrás había estado atada. Perplejos por su inesperada acción, Alejandro y Miguel golpearon la sólida superficie fabricada en algún tipo de aleación inoxidable.

––¡Addilla! ¡Addilla!

––¡No, no… está debajo de la mesa! ¡Tenéis que cogedla por debajo de la mesa!

Julia se agachó en el lugar donde Sara lo había hecho previamente, indicándoles a los retrasados por donde se había escabullido su presa. Instintivamente ––no podía ser de otra forma––, Alejandro y Miguel se pusieron de rodillas y juntos gatearon por debajo de la mesa en busca de la «ardilla». Sara salió velozmente por el extremo contrario, y corriendo tan de prisa como pudo volvió a esconderse debajo de otra de las tres mesas existentes. Julia sonrió con desprecio, arañando la superficie metálica con sus cortas y pulcras uñas.

–– ¡Salid de allí! ¡La ardilla se ha metido debajo de otra mesa!

Después de casi medio minuto, los retrasados salieron por uno de los extremos. Julia los esperaba de pie, a un lado de la segunda mesa bajo la cual se ocultaba Sara.

––¡Venid…, ella está aquí! ¡La ardilla está aquí abajo! ––anunció la vengativa enfermera sin separarse de la mesa cubierta por diferentes piezas y repuestos mecánicos.

Alejandro y Miguel dudaron unos instantes antes de ir hacia donde se les indicaba. Cuando se disponían a ponerse en cuclillas, Julia cogió del brazo a Miguel evitando que este siguiera a su hermano.

––Tú vienes conmigo cariño. Juntos esperaremos a la «ardilla» cuando Alejandro la haga salir de su escondite.

Justo antes de que Alejandro empezara a agacharse, Sara emergió del extremo opuesto de la mesa completamente desnuda. Su cuerpo, casi fantasmagórico bajo la espectral luz de los fluorescentes, apenas destacaba contra la blanca pared a sus espaldas salvo por el negro intenso del triángulo invertido que formaba su vello púbico. Completamente estupefacta, Julia tardó unos segundos en reaccionar.

––¡Niños, cogedla! ¡Coged a la ardilla! ¡Que no vuelva a escabullirse!

Con los brazos extendidos a los lados, Sara empezó a girar lentamente bajo la lechosa claridad mostrando la firme y tersa piel de su espalda, glúteos y muslos; como un delicado violín girando sobre un eje móvil en el escaparate de alguna tienda nocturna. Alejandro y Miguel se detuvieron desconcertados cuando no vieron la oscura cola adherida a la cimbreante anatomía que posaba para ellos en todo su joven esplendor. Los obtusos gemelos jamás habían contemplado la arrebatadora desnudez del sexo opuesto. Julia ya no poseía dominio sobre ellos, pues la lujuriosa visión se había adueñado de los retrasados como el otro estímulo primigenio que escoltaba a su miedo: el deseo carnal.

Sara se acercó pausadamente a sus hermanos. Estos no podían dejar de extasiarse con la exuberante flecha (de terciopelo negro) señalando el nunca vivido y jamás soñado placer que les aguardaba oculto entre las piernas de su hermana mujer.

––Alejandro… Miguel… ¿Os acordáis de mi? ––les preguntó Sara, sabiendo que no la entenderían pero si reaccionarían ante el sugerente tono de su voz. Miguel prosiguió con su expresión de mórbida vacuidad, siendo Alejandro el que inesperadamente balbuceó su nombre prolongando con obtuso embelesamiento la segunda vocal.

––¡Sadaaaaaaaa…!

Sara se detuvo frente a los retrasados que ahora admiraban el suave rosado que circunvalaba los puntiagudos pezones de sus pechos. Con suavidad, tomó en cada una de sus manos los penes erectos. Sus dedos escasamente rodeaban los gruesos falos cuyas dilatadas venas murmuraban bajo su contacto. Abriendo aún más sus lánguidos labios, los gemelos gimieron con más ímpetu oprimiendo ansiosos los carnosos pechos de su hermana. Sara hizo acopio de toda su voluntad por no desfallecer del asco que le producía la ominosa combinación de calor que desprendían los dos trozos de carne en sus manos, y el fétido aliento que inundaba sus fosas nasales con vaharadas de putrefacción y saliva sedimentada. Sobreponiéndose al dolor que le causaba el tosco tacto de los oligofrénicos, continuó acariciando sus trémulas virilidades deslizando sus dedos hacia abajo, hasta envolver con ellos los lánguidos sacos arrugados que encerraban sus pequeños testículos.

Julia comprobó hasta donde llegaría Sara por conservar la vida. Había manipulado a sus hermanos con el sucio truco de la cola, y ahora utilizaba su aún más sucia sexualidad para dominarlos por segunda vez. Pero no… ella no consentiría que la asesina culpable de haber desterrado a «sus hijos» de su hogar se librase tan fácilmente. Si su indecencia no toleraba que se comportase como una hermana, ella se encargaría de que muriese chillando como un (ardilla) animal.

––¡Cogedla por los brazos y las piernas! ––Les ordenó delirante de furia–– ¡Yo os ensañaré lo que tenéis que hacer! ¡Yo misma os la pondré dentro de ella hasta que la partáis en dos! ¡Hasta que…!

Dos aullidos de crudo dolor sofocaron los juramentos de Julia junto con el desesperado grito de Sara, quien mantuvo sus uñas clavadas en los testículos de los retrasados hasta que estos se desplomaron al suelo.

––¡Aaaaahhh! ¡Aaaaahhh! ¡Aaaaahhh! ––gritaban Alejandro y Miguel, retorciéndose con espasmódicas contracciones. Ambos tenían los párpados fuertemente apretados y sus rostros se encogieron incluso más, convirtiéndolos en la espantosa caricatura de dos horrendos bebés gigantes teniendo su primera rabieta.

––¡Maldita! ¡Maldita niña! ¡¿Qué es lo que has hecho?!

Sara cogió por los hombros a Julia cuando esta se arrojó sobre ella, sin darse cuenta de que la hábil enfermera sostenía oculta una afilada arma. Al principio no sintió casi nada, apenas un ligero tirón a la altura de su vientre. Cuando se apartó de Julia, un fortísimo pinchazo atravesó su ingle y muslo izquierdo hasta la rodilla, provocando que esta última cediera ante su peso.

Sentada sobre el piso, confundida; Sara vio la sangre brotar profusamente de la herida tiñendo de rojo el hirsuto negro de su vello púbico, como un delta desbordado por las afluencias de su propio interior.

Julia se encontraba a un lado de ella. La filosa navaja retráctil resplandecía en su diestra con hermosos destellos dorados que contrastaban con el granate goteante de su hoja. La perversa enfermera le ofreció una última sonrisa.

––No te preocupes…, no permitiré que te desangres ––le prometió, pintando una estela escarlata al restregar la esbelta cuchilla contra su falda inmaculadamente blanca––. Las dos esperaremos a que Alejandro y Miguel se recuperen, y yo me encargaré de que obtengas lo que has pedido. Yo me encargaré de que te violen por cada orificio que poseas. De que te muerdan y te golpeen…

Julia se acercó un paso más a Sara, quien retrocedió arrastrándose sobre su costado cubriendo la herida con su mano izquierda.

––¿Sabes qué, Sara?… Quizás yo también te muerda un poco.

––¡Nooooooooo!

Esta vez fue Sara quien actuó por puro instinto, pateando con ambas piernas el tobillo derecho de Julia quien inevitablemente perdió el equilibrio. Su sien izquierda impactó de lleno contra una de las sólidas esquinas de la segunda mesa bajo la cual Sara se había ocultado. Un sonido amortiguado, como si se hubiese roto un plato de porcelana debajo de una almohada, le confirmó a Sara que todo había terminado. A unos metros de ella, los retrasados seguían sollozando con ambas manos en su entrepierna.

Sara se sobrepuso al pulsante dolor que se extendía por su cadera. Apoyando la mayor parte de su peso sobre el pie izquierdo, se dirigió cojeando hasta donde yacía Julia. Del bolsillo derecho de la otrora inmaculada falda de la enfermera, se asomaban una docena de llaves insertadas en una medía luna de cobre oxidado. Cuando Sara consiguió hacerse con el vetusto llavero, un quejido; algo más bien como un suspiro prolongado, se unió al lamento de sus hermanos. Alejándose de inmediato, recogió del piso la fina cuchilla que había desgarrado su abdomen con tanta facilidad. Apretando el frío mango de la navaja, vio como Julia estiraba uno de sus brazos procurando asirse al borde de la mesa. Lo que sucedió a continuación fue el horrible epílogo de su pesadilla…

––Addilla…, addilla…, cojed a la addilla…

El grisáceo iris izquierdo de Julia permanecía inmóvil sin importar la dirección en la cual se moviese el resto de su cabeza. Parecía observar fijamente a Sara (y al mismo tiempo, mirar a través de ella) mientras sus finos y pálidos labios temblaban sin control al tratar de articular los ecos distantes de pensamientos que agonizaban antes de nacer. Sentada sobre el suelo, con las piernas y brazos temblando sin control, un suceso en esta realidad o en otra llamó su atención exponiendo al girar el rostro la sangre que fluía en abundancia por su cuello. Cuando Julia se volvió nuevamente hacia Sara, un hilo de baba colgaba desde la comisura de sus labios meciéndose libremente en el vacío.

––Addilla…, addilla…, cojed a da addilla…

Sara no sabía con certeza si aquellas palabras provenían de Julia, ni si su ignominiosa transfiguración era real o por el contrario el deformado producto de su aterrorizada imaginación. Mas lo que si era seguro es que si no huía cuanto antes de aquel horror; la locura o la muerte ––la que se presentase primero–– también se la llevaría a ella consigo.

Tres minutos interminables se demoró en encontrar la llave correspondiente a la puerta de entrada. Delante de ella se extendía un angosto pasillo cuyas paredes estaban pintadas en su mitad superior de un blanco pastel, contrastando con el verde musgo de la parte inferior. Tenía que llegar al ascensor y subir hasta la primera planta donde con suerte alguien oiría sus gritos de auxilio.

La sangre brotaba incesante desde la herida abierta, empapando sus dedos con el cálido flujo de su interior.

Tengo que llegar al ascensor…, tengo que llegar…

Apoyándose en la granulosa superficie de la pared, sus piernas se estremecían con cada paso que daba.

Tengo que llegar…, tengo que…

Detrás de Sara, tres seres sumidos en la noche de un mundo en penumbras, repetían una y otra vez:

––«La addilla…, la addilla…, la…»

XIX

El ritmo de su corazón se aceleró al escuchar los pasos de Alejandro y Miguel acercándose con lentitud, deformando su nombre con aquellos labios untuosos rebosantes de hambre y deseo:

«Sadda…, Sadda… Quiero coged, modded y comedme a Sadda…»

Sentándose bruscamente sobre la amplia cama de hospital, la fuerte punzada en su abdomen hizo que un involuntario gemido brotase de su garganta.

––¿Sara…?

Felipe, quien dormía hasta ese momento en una de las dos butacas de la habitación ubicadas una a cada lado de la cama, pronunció su nombre entre las brumas de la somnolencia.

––¡¿Papá…?! ––exclamó Sara al verlo. Sin reparar en las sondas insertadas bajo su piel, adelantó los brazos en un gesto hartamente elocuente. Abrazados, percibiendo uno el cálido aliento del otro, padre e hija permanecieron en aquella posición durante unos breves instantes.

––¿Dónde están, papá? ––le preguntó Sara en un leve susurró.

Felipe prolongó el abrazo unos segundos más antes de responderle.

––Alejandro y Miguel se encuentran desde ayer bajo supervisión médica y psiquiátrica ––le explicó––. Este viernes el Dr. Arenas encabezará un comité de evaluación para determinar su estado físico y mental después… después de todo lo ocurrido.

––¿Y cómo… cómo está Julia?

––Julia fue ingresada por Urgencias en el Hospital Central de Madrid, la noche que os encontramos. De acuerdo a lo que nos han informado, el golpe que recibió afectó a diferentes áreas del cerebro que controlan el lenguaje y la función motriz.

Visiblemente cansado, Felipe guardó silencio. Sus acentuadas ojeras de un translucido azul índigo, le revelaron a Sara que probablemente no había dormido desde que ella misma fuese ingresada en cirugía.

––Ayer por la noche fue trasladada a cuidados intensivos, y según nos ha explicado el neurólogo que la asistió en Urgencias, Julia se encuentra en coma inducido a causa de un edema cerebral. El pronostico según nos han dicho no es nada bueno ––concluyó Felipe, quien claramente no deseaba proseguir hablando sobre la persona que intentó asesinar a su hija. Sara formuló entonces la pregunta más obvia de todas:

––¿Cómo nos… cómo supisteis donde encontrarnos?

Felipe le acarició el contorno de la ceja derecha, sonriendo con una mezcla de ironía y tristeza.

––Tú madre, Sara ––le contestó bajando la voz––. Julia le había propuesto que se encargara de traer la tarta de cumpleaños, entretanto ella vestía a tus hermanos con una muda de ropa limpia. ––Aún a su pesar, Felipe se esforzó por rememorar los terribles sucesos del día anterior––. Cuando tu madre creyó que tardaban demasiado en volver, le pidió a uno de los enfermeros que la acompañase a los dormitorios de Alejandro y Miguel. Como ya te supondrás, al no encontrarlos alertó a todo el personal hasta que el vigilante de recepción nos informó que una de las cámaras os había grabado a Julia y a ti entrando en el ascensor del Ala Norte, el cual provee acceso a los tres sótanos del edificio residencial.

Haciendo una leve pausa, Felipe prosiguió:

––Julia te cogía por el brazo y tú te veías visiblemente aturdida; como si estuvieses bajo la influencia de alguna droga. Al adelantar la cinta casi una hora la vimos entrar al ascensor con tus hermanos. Por desgracia, debido a que no se ha instalado ningún sistema de vigilancia en los sótanos, tuvimos que revisarlos uno a uno incluyendo los depósitos de mantenimiento ––las lágrimas anegaron rápidamente sus ojos––. Cuando… cuando te vi allí, inconsciente… desnuda y con tanta sangre a tu alrededor; me temí… nos temimos lo peor. Gracias a Dios, en el hospital los médicos nos aseguraron que no habías sufrido lesiones en ningún órgano interno.

Como el recuerdo fugaz de algo tan nimio como para olvidarlo, mas lo suficientemente importante para echarlo en falta, Sara reparó en la ausencia de su madre.

Cuan evidente es lo poco que significamos la una para la otra, pensó con amargo cinismo.

––Mamá está con ellos, ¿verdad?

––Si… está con ellos ––le contestó Felipe con parquedad, sin molestarse en lo más mínimo por excusar el proceder de su esposa. Las preguntas que en cambio este formuló a continuación eran aquellas que Sara no deseaba responder:

––¿Por qué Sara? ¿Por qué Julia te ha hecho esto? Sabemos por la policía que los análisis han corroborado que te drogó con algunos de los sedantes utilizados con los retrasa… con los pacientes más violentos del Centro de Leganés. Pero lo que ninguno de nosotros sabemos es por qué Julia quería matarte. ¿Por qué se llevó a Miguel y Alejandro con ella? ¿Acaso te contó si también pensaba hacerles daño?

Sara conocía perfectamente la respuesta a todas las preguntas. ¿Pero era correcto exponer los pecados de Julia sin confesar los suyos propios? ¿Acaso ––se dijo a sí misma bajo la mirada anhelante de su padre–– haría algún bien en revelar el asesinato de aquel infeliz ladrón el cual involucraba a sus hermanos?

No era justo que su madre volviese a pasar por aquel calvario. Puede que no la amase; pero no la volvería a separar de sus hijos menos ahora que Julia no se encontraba en condiciones de cuidarlos, y que con toda probabilidad nunca más lo estaría. Lo hecho, hecho estaba; y nada de lo que dijese traería de vuelta a aquel infortunado hallado a un lado de la carretera. Tampoco traería de vuelta al pequeño Héctor.

Vislumbrando el tormentoso cielo que se cernía a través de la ventana como una sombría premonición, Sara le ofreció la única respuesta que podía concederle:

––No lo sé, Papá… No lo sé.

XX

Los muebles y demás objetos se prolongaban en larguísimas sombras, cuyas negras siluetas perdían sus contornos primordiales para fusionarse en una maraña de oscuridad adherida a las blancas paredes y al opresivo techo de la habitación. El reloj digital colocado sobre la mesita con ruedas a un lado de la cama, indicaba que eran las 09:14 pm. del 6 de Marzo. De acuerdo a los doctores que la trataban mañana a primera hora le darían el alta. Todavía se sentía adormecida por el efecto de los sedantes; pero su estado no le impidió percibir que alguien la observaba. Sentada en la amplia butaca donde previamente había estado su padre, Sara se sorprendió al constatar que en esta ocasión era su madre quien velaba por ella.

––¿Mamá…?

La vaporosa luz irradiada por la lámpara resaltaba las profundas ojeras de Isabel y con ellas, las cientos de minúsculas cicatrices que los años y las noches de vigilia contenidas en cada uno de ellos grabaron en su ajada tez. Sara advirtió que había estado llorando antes de que ella despertase.

––Mamá… ¿Estás bien? Papá me dijo que…

––¿Sabes por qué fuimos en tu búsqueda? ––le interrumpió Isabel, ignorando por completo la pregunta de su hija––. No se debió a que me preocupase por su demora, porque sabía que mientras tus hermanos estuviesen con Julia nada malo les sucedería. La razón por la cual les pedí que me ayudasen a encontrarte fue porque comencé a creer que ella cumpliría su amenaza.

––No comprendo lo que me dices mamá ––se apresuró en negar Sara, mintiendo por segunda vez en el transcurso de aquel día.

––Julia me lo contó todo, Sara ––anunció Isabel impasible––. Lo hizo después de que Alejandro y Miguel regresaran de aquel horrible pabellón en Leganés al cual tú los enviaste. Me habló acerca de lo que le hiciste a ese infeliz niño en nuestra propia casa, y me confesó como confirmó sus sospechas matando a ese miserable ladrón que robaba las medicinas destinadas a los deficientes mentales.

La frialdad con la que su madre hablaba le produjo a Sara la desagradable sensación ––aunque familiar–– de tratar con una extraña. Ella era consciente que no tenía derecho a juzgarla, pero…

¿Qué era ese reflejo en su mejilla?

Instintivamente Sara buscó la fuente de aquel haz dorado que enmarcaba los ojos de su madre en un inclinado antifaz de luz. Al bajar la mirada, descubrió con terror que la fuente del insidioso destello era la amplia hoja de acero perteneciente al cuchillo que descansaba sobre el regazo de la mujer que la concibió.

––Mamá… ¿Por qué… por qué tienes ese cuchillo contigo? ––la culpa y el miedo acababan de contestar en su mente la retórica pregunta.

––No podía consentir que te lastimaran aún cuando lo merecieras ––le respondió Isabel, apartando la vista de su hija––. Fui para detener a Julia; para evitar que mis niños hicieran por segunda vez algo espantoso. Pero nuevamente lograste proporcionar mucho mayor daño del que te causaron a ti.

––Mamá… por favor… entiende; yo… yo me estaba defendiendo…

––Te entiendo Sara. Realmente lo hago. Pero dime… ¿Es justo? ¿Es justo que tu aversión por los de tu propia sangre haya causado tanto sufrimiento al resto de nosotros?

La inminente amenaza que refulgía en el filo de aquel cuchillo fue sustituido por la tristeza que colmaban las palabras de Isabel, y por la verdad que estas destilaban con imparcial crudeza. Sara no vislumbró odio en su semblante, sino tan solo la resignación más absoluta.

––Mamá, lo siento… En verdad lo siento…

Su arrepentimiento no significaba nada para su madre. Eran sus actos los que hablaban por ella, y fueron estos los que ahora habían conducido a que ambas se reuniesen en la umbría habitación de un hospital.

––Puede que lo sientas, Sara; pero eso no es suficiente. Ya no eres más una niña ––sentenció Isabel con frialdad, en el instante que el reflejo del igualmente frío acero huía de su rostro al cogerlo por la desgastada empuñadura––. Tu padre no te lo ha contado; pero la policía ya ha descubierto que la cinta hallada en el sótano en donde Julia te mantuvo prisionera, pertenecía al informe forense de aquel delincuente. Solamente han tardado un día en relacionar sus heridas con aquellas mostradas por la primera víctima de tu egoísmo.

La imagen del cuerpo destrozado de Héctor se materializó en la mente de Sara con inmisericorde nitidez. Incluso podía recordar como los dientes de sus hermanos desgarraban con ávido desenfreno la mórbida carne del cadáver.

Isabel empuñó el cuchillo con ambas manos.

––Le he pedido a tu padre que estuviese con Alejandro y Miguel cuando vinieran por ellos. Yo ya no soy capaz de resistirlo ––reconoció ante su aterrorizada hija––. Me queda el consuelo de que muy pronto se irán de este sucio e inclemente mundo. Me queda el consuelo de saber que ya no tendré que presenciar su desdicha.

––No los volveré a ver más, Sara.

––Y sé que tú tampoco lo harás.

La cálida sangre trazó una gruesa y difuminada línea roja desde el pecho hasta la frente de Sara. La boca desencajada de su madre no emitió sonido alguno cuando la afilada hoja de acero se abrió paso de en un extremo a otro de su garganta. Sara se frotó los párpados con delirante apremio, a tiempo de vislumbrar como su madre caía mientras la vida escapaba de ella a través de la mortal herida en su cuello. Posando la diestra sobre el charco de sangre que crecía alrededor de su cabeza, Isabel trazó con sus dedos una línea circular que se extendía desde la altura del hombro hasta su cintura.

Sara gritó enloquecida al ver a su madre agonizar a unos pasos de la cama donde yacía. Gritó al contemplar su cola (de terciopelo) roja (rojo) que se extendía acusadora ante ella.

Copyright © 2017 Relatos de Gehenna

 

 Dejar Respuesta

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>